O MOSTEIRO DE SAN MARTIÑO DAS PONTES

Presento hoxe o seguinte artigo de D. Enrique, moi interesante, pois fala da posible existencia dun mosteiro nas Pontes, concretamente do MOSTEIRO DE SAN MARTIÑO DAS PONTES, e que estaría situado no Chamoselo de Abaixo, onde se sitúan os restos romanos.

O artigo leva por título COLABORACIÓN e foi publicado na Revista das Festas do ano 1977. Nel tamén nos aporta información sobre a intención de publicar a segunda edición do seu libro “HISTORIA DE PUENTES DE GARCÍA RODRÍGUEZ”, corrixida e aumentada e editada en galego. E engade que a elaboración xa está en marcha. Mágoa que este traballo estea perdido, pois cando fixen o libro “D. ENRIQUE RIVERA ROUCO, A SUA VIDA E A SÚA OBRA” tratei de atopar todos os traballos posibles, máis desta información non atopei nada, agás esta cita no artigo. De seguro que hai moito aínda sobre a nosa historia pontesa que descoñecemos.

ANO 1977

COLABORACIÓN

ENRIQUE RIVERA ROUCO.

La entusiasta Comisión para las Fiestas Patronales del presente año me rogó con insistencia participara en esta revista informativa; petición que intento complacer adelantando algunos de los datos importantes y últimamente descubiertos sobre el pasado de nuestro Pueblo, que han de engrosar la próxima edición de la Historia de Puentes, corregida y en el idioma gallego, cuya elaboración está ya en marcha. Me refiero principalmente al considerable número de documentos antiguos correspondientes a nuestra Comarca que posee el Archivo Histórico del Reino de Galicia.

Zona do Chamoselo onde D. Enrique sitúa o MOSTEIRO DE SAN MARTIÑO

Aunque todavía no he podido practicar una investigación detallada sobre los mismos, conseguí consultar los inventarios analíticos de las diversas series documentales que integran el mencionado gran Archivo.

La mayor parte de dichas series poseen documentos concernientes al pasado de Puentes.

El hallazgo más sensacional aparecen en la Sección XII, Departamento 3, -Epígrafe: “Documentos Eclesiásticos”- , que contienen libros y documentos procedentes de los antiguos monasterios y que pasaron a ser “prioratos” con motivo de la reforma monástica del sigo XVI; entre los cuales figura el MONASTERIO DE SAN MARTÍN DE PUENTES.

Era tradición inmemorial en Puentes la existencia de un convento, anterior a la actual iglesia, pero se ignoraba el lugar de su ubicación y demás pormenores.

Tal teoría quedó confirmada cuando, al abrir las cimentaciones de los edificios de la zona del “Chamoselo de Abajo”, aparecieron restos del referido monasterio: en el solar de la Granja Rivera fueron descubiertos una estatua de granito que representaba un guerrero y tejas de la montera del primitivo convento; en la finca núm. 40 de la Avda. de Lugo, un pavimento de mosaicos; piezas talladas de granito en las fincas contiguas; etc.

Con los datos del Archivo Histórico aquella vieja leyenda recobra plenamente su sentido real.

Efectivamente hubo en Puentes un Monasterio correspondiente a la “red de monasterios” propagados por San Martín de Braga y cuya antigüedad se remonta al sigo VII, habiendo adoptado la regla de San Fructuoso.

Tuvo vida próspera hasta el siglo XVI en que, con motivo de la reforma eclesiástica entonces ejecutada, pasó a ser “priorato”.

En consecuencia le fue reducido el número de monjes que, a las órdenes de un “prior” se limitaron a explotar sus posesiones al estilo de “granja”.

Dicho “Priorato” no fue “curado”, es decir, no regentó la zona pastoralmente. Tuvo que coexistir con él la Parroquia; de lo contrario el titular de la misma hubiera seguido siento San Martín.

Y resulta que la actual Iglesia Parroquial se remonta a esa antigüedad, ubicada en distinto lugar y con el titular de Santa María.

Aquel viejo convento hubo de quedar deshabitado en la decadencia monacal del siglo XVI y, posteriormente, su edificio pereció ruinoso.

Cotejando estos datos con otros recogidos de la historia general de Galicia se deducen, con fundamento, hechos curiosos del pasado de Puentes, como por ejemplo el haber sido residencia del Obispo. Veámoslo: El Historiador Enrique Corrales y Sánchez (según consigna el Diccionario Enciclopédico Hispano Americano, en el volumen 13) narra lo siguiente: “… La sede episcopal britoniense (después mindoniense) se erigió en el año 561 por decreto del concilio I de Braga… su primer Obispo fue Mailoc… destruida Bretoña por los árabes en el año 717, desapareció la sede.

Volvió a aparecer con el título de “Dumiense” por los años 866-870, arrancada del Monasterio de Dumio, junto a Braga, cuando la huida del Obispo Sabarico a San Martín de Mondoñedo.

Posteriormente se trasladó la silla a Villamahyor (del “Valle Brea” junto a Mondoñedo) en los comienzos del Siglo XII, traslación confirmada en el Concilio de Palencia de 1.113, dejando el título de Eumiense que antes había adoptado y tomando el de Vallibriense y luego el de Mindoniense, tras haber residido diecinueve años en Ribadeo (Sede Ribadense, regentada por Pelayo II de Cebeyra)”.

De este relato histórico y fidedigno se despende que la Sede Episcopal del N.O. de Galicia, durante aquellos siglos de persecución promovida por los musulmanes, anduvo errante y personificada en la persona del Obispo fugitivo.

Los lugares de estancia le dieron nombre y uno de esos nombres es el de “EUMIENSE” (en tierras del Eume).

No cabe lugar a dudas de que tal residencia de la Sede ha sido el Valle de “La Altiplanicie del Eume”, como se llamaba la llanura de Puentes antes del siglo XIV (según los mapas medievales) y donde además había el Monasterio de San Martín, refugio idóneo para nuestro Obispo. Un manantial de rica agua, junto a la “presa de Alende”, llevó desde siempre el nombre de “fuente del Obispo” (al igual que en Ribadeo se llamó desde entonces a la fecha “casa del Obispo” el edificio donde residió, en el barrio de Cabanela); su situación corresponde a un extremo de la huerta del Monasterio de Chamoselo.

A su lado, en el muro de contención del Río Eume, existen piedras talladas de granito, redondas, del estilo de los asientos de los jardines de los monasterios (como las que hay actualmente en La Rábida).

El Historiador lucense AMOR MEILÁN (“Historia de Lugo”, Tomo III) consigna globalmente las tierras asignadas a la Sede de Bretoña: “…las Iglesias de las colonias bretonas, una de ellas con el -Monasterio Máximo-, y posesiones en Asturias…”.

El P. Ferrando (también historiador insigne) describe más al detalle las tierras de dicha Sede que, según él, se estendían desde el Rio Eo al Portus Brigantinus (Betanzos) y desde el Cantábrico hasta cerca de Lugo.

Esa dimensión viene a ser la posterior diócesis de Mondoñedo; algo más extensa en la parte Oeste. De todos modos una cosa es cierta: que la futura Sede Mindoniense fue antes denominada “EUMIENSE” ; en consecuencia estuvo establecida en nuestra región del Eume.

Y no pudo ser en Caaveiro, ya que no existía la Colegiata en esas fechas (según la obra “Galicia Histórica” de López Ferreiro); era el Monasterio de Puentes el único en las riberas del Eume.

La Sede Eumiense se unificó después con la “Dumiense” importada en la persona de Sabarico, pues muchos historidadores afirman que el Obispado Mindoniense es continuación del Britoniense, en oposición de cuantos creen que la Sede de Bretoña pasó a Asturias (recoge estas opiniones el escritor ortigueirés Alfonso Toimil González; “Voz de Ortigueira” nº 3158).

Nuestro Monasterio de San Martín ¿sería acaso el “Monasterio Máximo” de la jurisdicción britoniense? La peña de aficionados esperamos poder dilucidar estas incógnitas en la investigación de los materiales del Archivo Histórico del Reino de Galicia y en la Obra “España Sagrada” del P. Flórez que consigna el elenco de los obispos britonienses, y mejorar lo investigado sobre la Historia de Puentes dentro de los angostos límites de tiempo y medios de que disponemos.

Texto e imaxes aportadas por Xose María Ferro, director do Museo Etnográfico Monte Caxado de As Pontes

¿QUÉ SIGNIFICA CREER?

Hace algún tiempo una corriente de pánico se apoderó de los mercados bursátiles. La confianza se esfumó. Aparecieron en escena imprudentes expertos en finanzas. Algunos de ellos acabaron siendo verdaderos estafadores. El resultado fue un montón de dramas humanos. Muchos vieron su economía reducida a cenizas. Personas que se acercaban a su edad de jubilación se vieron forzadas a seguir trabajando. Algunos perdieron su empleo o tuvieron miedo a perderlo. Los dramas no son fáciles de vivir.



Este contexto puede ayudarnos a entender el evangelio de Marcos. Después de hablar a los judíos sobre el Reino de Dios por medio de parábolas, Jesús se embarcó de noche con sus discípulos y cruzó el mar de Galilea hasta alcanzar la orilla donde vivían gentes de origen griego. Fue entonces cuando estalló una violenta borrasca con lluvia y viento que a punto estuvo de hundir la barca. Los discípulos  sintieron lo mismo que cualquiera de nosotros cuando llega la tempestad: miedo. Pero en el relato de Marcos hay algo más. Los discípulos no solo tienen miedo: les escandaliza la indiferencia de Jesús, dormido en un rincón de la barca: “¿no te das cuenta del peligro que corremos?”. Lo que viene después ya lo sabemos: Jesús reacciona, aplaca la tempestad y acaba reprochando a los suyos: “pero, ¿dónde está vuestra fe?”.



Para entender mejor nuestro relato debemos situarnos en las circunstancias por las que Marcos pasó cuando lo escribió, seguramente en Roma. Los cristianos habían dejado atrás su tierra de Palestina y cruzado el Mediterráneo para adentrarse en un ambiente pagano donde conocerían la hostilidad. Nerón perseguirá a la joven comunidad cristiana, atará vivos a los creyentes a postes y les prenderá fuego para que ardan toda la noche como antorchas e iluminen la ciudad ¿Qué interrogantes no surgirán entre aquellos jóvenes bautizados que, después de proclamar la Resurrección de Cristo y cantar Aleluyas, han visto la barca de su comunidad casi por entero destruida? Gritarán, sin duda: “¿eres indiferente a lo que nos está pasando?, ¿por qué dejas que tu comunidad acabe destruida?”.

Dos mil años más tarde, se oyen en la noche los mismos gritos. Basta con pensar un momento en los interrogantes que pudieron surgir entre los cristianos de Japón, cuando cayó la bomba atómica sobre la ciudad de Nagasaki, en Agosto de 1945. No olvidemos que en esa ciudad vivía la comunidad cristiana más numerosa de Japón ¿No dirían algo así como: “¡Señor, te has vuelto completamente loco, acabas de terminar con tu hijo, a quien le esperaba tan brillante porvenir!”. Cada cual puede pensar en una situación o un acontecimiento en el que Dios parece ausente y es vana la espera de que intervenga. En ciertos momentos tenemos la impresión de que, si Dios no existiera, no cambiaría absolutamente nada.



Pero, ¿cómo encajar, entonces, la interpelación o reproche de Jesús?: “¿dónde está vuestra fe?   ¿O es la vuestra una fe ciega: “sin ver cambio alguno, ¿seguiréis creyendo igual?”. Cuando uno escucha con atención las palabras de Jesús cae en la cuenta de que, para Él, la fe es lo que hace posible encontrar la vida. La fe es lo que le ha dado a Él la vida. El relato de la tempestad calmada debe ser interpretado a la luz de otro anterior, en el que Jesús proclama su fe al decir que el Reino de Dios se parece a un grano de mostaza. Con el tiempo este grano se convierte en un árbol y a él acuden los pájaros del mundo entero buscando cobijo entre sus ramas. En otras palabras, Jesús viene a decir lo siguiente: “os parece que mi predicación no va a ninguna parte pero debéis saber que mi semilla acabará teniendo un impacto universal a través de los tiempos”. Sin esta fe, Jesús habría vuelto enseguida a su taller y a su oficio de carpintero, a seguir reparando herramientas de madera.

Nuestro error es pensar que, con Dios de nuestro lado, ya no hay tempestades. Pero sucede justo lo contrario ¿Para qué sirve, entonces, la fe? ¿Qué significado tiene la imagen del mar en calma y del viento que cesa en nuestro relato? Cierto periodista informaba recientemente sobre movimientos xenófobos y violentos en Rusia y relataba el testimonio de un juez moscovita que, después de sufrir una herida de gravedad por no ser eslavo, decidió mantener su blog en internet. Un neonazi le escribió entonces: “acabaremos nuestro trabajo y te mataremos”. Él reaccionó asegurándole al periodista: “hay que plantarles cara, no hay otra solución”. La calma no es otra cosa que la capacidad de creer que nuestras acciones darán sus frutos, por más que parezca lo contrario, y seguir adelante.


Jesús pasó por muchas tempestades. La última de todas tuvo lugar para Él en el huerto de Getsemaní. Según nos cuentan, sintió allí verdadera angustia. La angustia es una forma de miedo. Pero la angustia no llegó a paralizarle. Pudo expresarse en una oración a Dios, su Padre, y en una petición a sus discípulos: “quedaos conmigo”. Creer fue, para Él, sentir que no estaba solo, aunque ciertamente la presencia de sus discípulos hubiera podido ser mejor. También se calmó la tempestad cuando los discípulos empezaron a sentir la presencia de Jesús “despierto” ¿Seremos capaces de estar cerca de los que sienten angustia en medio de la tempestad para que ellos, a su vez, sean capaces de creer?

Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P

PUENTES EN EL S. XIX

Escribe este artigo D. Enrique no ano 1974 na Revista das Festas Patronais e leva por título PUENTES EN EL SIGLO XIX. Nel descríbenos como era a vida pontesa neste século e os acontecementos, máis importantes, acaecidos na nosa Vila.

ANO 1974

PUENTES EN EL SIGLO XIX

Por D. Enrique Rivera Rouco.

Época de pobreza y de malestar fue el siglo XIX en la Villa y Parroquia de Puentes de García Rodríguez, al igual que en toda la Región Gallega, pese al afán de mejoramiento económico y de defensa de Galicia que apasionadamente promovían algunos movimientos patrióticos de entonces, como la “Sociedad Económica de Amigos del País”, en que figuraban el Obispo lucense Páramo y Somoza, Cornice. Caamaño y otros; la ”Restauración” de Montero Ríos; el Regionalismo de Alfredo Brañas; etc. La suerte de nuestro Pueblo ha sido precaria principalmente en la primera mitad del siglo en que, a la opresión feudal se sumaron los desmanes de la dominación francesa, y mejoró progresivamente al ser “aforadas” las propiedades.

Comenzó el siglo coincidiendo con el desmoronamiento de la Casa de Lemos, dueña de Puentes desde mediados del XVI, pasando a depender nuestro Pueblo de los sucesores de la última Condesa (Dª Rosa de Castro) que, en este Feudo, fueron dos: D. Joaquín de Castro y Lamas, residente en el Pazo Señorial de Castro de Rey, y D. Manuel Aguiar de Cora Bahamonde y Montenegro, vecino de Vivero. Los bienes del primero se denominaban “el Vínculo de Castro” y comprendían la parte S.E. (desde el Caneiro al Chamoselo). Los del segundo formaron “el Vínculo de Cora”, integrado por la superficie de la actual Villa y sus alrededores.

Aquellos pacíficos agricultores, además de contribuir a la Iglesia con los diezmos de las cosechas, cotizaban a los referidos dueños un tributo abrumador. Constata Florencio Vaamonde Lores, en su obra “Ecos del Eume”, que ascendía a los 100.000 reales anuales el total de los pagos. derechos de vasallaje y talla, penas de cámara, derecho de “mostrencos”, de “luctuosa”, etc.

Según datos del Registro de la Propiedad de Ortigueira y del Archivo Judicial de dicho Partido, el Ayuntamiento de Puentes era presidido por su Alcalde Mayor que provistaba la Cámara de Castilla y no la Intendencia de la Provincia (con sede en Betanzos) ni el Conde de Lemos. Este cargo lo ocupaba en el final del s. XVIII D. Blas Antonio Pita da Veiga, vecino de Gondré . Las restantes personas que regían el Concejo eran nombradas por el Sr. Feudal.

Una descripción de la Villa de Puentes, elaborada en 1850, figura en la obra “Los Obispos de Mondoñedo”, vol. II, (que se conserva en la biblioteca del Seminario de Mondoñedo) entre la relación de todas las parroquias de la Diócesis que, a la sazón, se había hecho pro encargo del entonces Obispo D. Tomás Iglesias Barcones. Según tal descripción, “la Villa de Puentes constaba de 58 casas,, distribuidas en tres calles, con la Iglesia en el centro; Ayuntamiento (en el actual edificio nº 1 de la Plaza de la Iglesia, hoy remozado) y Escuela (en el nº 19 de la Calle Real), dotada con 20 reales al mes por parte del Gobierno. Celebraba una feria “extramuros” el 1º de cada mes. Su población era de 328 habitantes…”

Vista, a grandes rasgos, la situación de nuestro Pueblo en los comienzos del s. XIX, indicamos seguidamente los principales hechos que vivió en su decurso:

En la primera década tuvo lugar la invasión de las huestes napoleónicas, que dominaron nuestra comarca cometiendo sinnúmero de tropelías y vejámenes. Según la tradición oral del Pueblo, “los franceses alojaban sus caballos en el interior de las Ermitas de la Parroquia y los pastaban en los trigales, demoliendo cierres y cosechas y, por si esto fuera poco, exigieron al vecindario un fuerte impuesto para los gastos de guerra”. Nuestros antepasados lucharon intrépidos contra aquellas hordas funestas, repitiendo el sistema primitivo de guerrillas. Se trataba de verdaderas correrías o “monterías de lobos franceses” (en frase de entonces), llevadas a cabo por pequeños grupos de paisanos.

Cuenta Benito Vicetto en su Historia de Galicia, vol. VII, que “a finales de Enero de 1809 el ejército francés del general Soult avanzaba hacia Ferrol, con el fin de asaltar dicha plaza. Los guerrilleros de la región Eumesa quisieron derribar en Puentes el puente del Eume, mas no se lo permitió la Justicia de la Villa, que cometió un error beneficioso para los franceses. El paso del Gran Corso hubiera sufrido una demora ventajosa para los ferrolanos…

Un gran acontecimiento vino a levantar la moral derrumbada pro el antedicho desastre: “el aforamiento de los Vínculos”. Fernando VII urgió el cumplimiento de la ya existente ley del aforamiento de todas las posesiones señoriales, en virtud de la cual el colono se convertía en dueño del “dominio útil” a cambio de un “canon foral” en cuantía razonable. El señor Cora, adelantándose a la mencionada real orden, concedió a los súbditos este beneficio en los primeros años del siglo, aunque con duración limitada: “…Foro-Enfiteusis, por las vidas de tres Reis de la corona de España y cincuenta años más a lo adelante…”, condición que no llegó a cumplirse, ya que tales bienes fueron comprados en 1902 por D. Sergio Rivera Chao, natural y vecino de Puentes. El “canon foral” exigido consistió en la entrega anual de una cantidad de “reales de vellón”, distinta según cada propiedad. Estos contratos se realizaron ante el Notario de Puentes Josef Freire de Andrade.

D. Joaquín de Castro aforó su “Vínculo” en 1828, ante el escribano lucense Antonio Estévez, gravando cada lugar con el “canon” de 400 reales, un carnero y seis libras de manteca anuales.

En condiciones análogas aforó también sus bienes de Gondré y Freijo el Conde Pita. Todas estas propiedades pasaron al perfecto dominio de los inquilinos en 1927 por orden del Jefe del Gobierno D. Miguel Primo de Rivera, quien decretó la “redención de los foros”.

Nuestros bisabuelos, con gran satisfacción por sentirse ya dueños de algo, a mediados del siglo, inscribieron “su dominio útil” en el Registro de la Propiedad de Ortigueira, cuyas actas todavía son conservadas en los libros correspondientes al Ayuntamiento de Puentes.

A partir de entonces mejoró la situación económica de los agricultores, principalmente en las aldeas por poseer extensión de tierra más abundante que los vecinos de la Villa.

Espasa Calpe, en su gran Diccionario, da cuenta del hurto de una lámpara de plata “de gran valor y mérito artístico”, en el Templo Parroquial de Puentes y que ocurrió el año 1829. Fuera adquirida en 1804 por el entonces Párroco D. Felipe de Neira. Quedó constancia de la misma: “fabricada por el ensayador del Reino, D. José de Luz y Orbazay, en 6.954 reales y 17 maravedís. Pesaba 200 onzas de plata y era copia de las existentes en la Capilla de Ntra. Sra. de los Ojos Grandes en Lugo”

En 1830 recibió Puentes una visita transcendental, preludio de nuestra actual industrialización, la del insigne Ingeniero de Minas, alemán, D. Guillermo Schulz, Inspector General del Cuerpo de Minas en los Reinos de Galicia y Asturias, que estaba elaborando su portentosa obra “Descripción Geonóstica del Reino de Galicia”, a quien se debe el conocimiento de la naturaleza del suelo gallego y asturiano. Localizó y estudió todo lo referente a nuestra cuenca carbonífera. Entre otros datos dejó aclarada la importante composición de alquitrán de algunas especies del carbón de Puentes.

La guerra civil carlista afectó grandemente a nuestro Pueblo, el cual se pronunció a favor de Isabel y llamaban “fouciosos” (de Facciosos) a los partidarios de Carlos (1833-40). Había en la Villa un pequeño ejército anticarlista (“a Tertulia do fondo da Vila”) que tenía el paso a los soldados del pretendiente Carlos. Dos fueron decapitados y colgadas las cabezas en la orilla del camino real; desde entonces se llamó al paraje “Cruz das Cabezas”.

En el año 1835 el Primer Ministro Juan Álvarez Méndez, alias “Mendizábal”, en decreto del 11 de Octubre, ordenó la incautación de los bienes eclesiásticos, bajo el nombre de “Desamortización” de los mismos. Aquella medida drástica y anticlerical privó a la Parroquia de Puentes de la “Finca-Iglesario” (de unas 4 Ha) que poseía en la Magdalena, donde actualmente sólo es dueña del atrio de la Ermita del Carmen y del pequeño campo que ante sus fachada se prolonga en unos 30 metros. Asimismo, con ese motivo, fueron requisadas y trasladadas a Madrid cierto número de alhajas de la Iglesia Parroquial y también perecieron los bienes raíces de las Cofradías y la finca “Obra Pía” de Tras del Puente, dedicada a sostener el Hospital Benéfico existente en el solar hoy ocupado por la Plaza de Cervantes (antes llamada “Plaza del Hospital”). Y, finalmente, usurpó aquel Gobierno las posesiones que el Monasterio de Caaveiro tenía en la parte occidental de nuestro Valle, como eran el lugar de Los Mouros y otros varios, cuyos nombres delatan tal procedencia: “Fraga dos Cregos”, “Porto dos Frades”, etc.

En el siguiente año, 1836, Puentes acogió y publicó la Constitución de Cádiz. Cuenta Freijomil, en su obra “Acontecimientos políticos y Militares del Siglo XIX”, que “fue proclamada solemnemente en la Plaza de la Iglesia, habiendo ido un propio a Ferrol a enterarse de lo pertinente y traído un ejemplar del Real Decreto que la establecía…”

Durante el mandato de Isabel II hubo ordenaciones jurídicas y nacimiento de nuevos organismos: así, en 1833 Puentes dejó de pertenecer a Betanzos, cuya capitalidad pasó a La Coruña. En 1838 fue erigido el Juzgado de Paz, segregándole al Alcalde Mayor las atribuciones propias del Juez, cuyo primer cargo fue ejercido por D. Antonio Ribeira. Hacia el 1855 inició su labor en nuestro Pueblo el Cuerpo de la Guardia Civil, creado diez años antes por el Duque de Ahumada. Tuvo una de sus primeras estancias al lado del Camino de Ortigueira (hoy Calle de José Antonio, nº 8).

Durante este reinado también fue construida la carretera general C641, de Rábade a Ferrol por Puentes, lo que obligó a edificar (en 1860) el Puente Nuevo (de Isabel Ii), por donde pasaría la nueva calzada desviándose de la Villa, pero invitándola a extenderse a la misma para formar posteriormente la Avenida del Generalísimo (antes denominada “Carretera de Castilla”). En la construcción del Puente fue usado el estilo de aquellos tiempos corriente: el Romanticista, en su modalidad Neo-Románica, adaptando el arco de medio punto rebajado.

Surgió, a continuación del mismo y en fecha inmediata, el edificio núms. 2 y 4, que fue dedicado a ultramarinos y fonda, con el nombre de “Mesón del Puente”. Sólo había otra taberna en la Villa: el “Almacén de Ferra”, (en la Plaza de la Iglesia, nº 7).

Durante el resto del siglo fueron apareciendo tres establecimientos más: la “Casa de Antón Fraga” (Avda. José A., 4) y la “Casa de Fraga da Vila” (C/Real, 38).

La epidemia del “Cólera Morbo” motivó la prohibición tajante de enterrar en el interior de los templos. El Pueblo se vio obligado a habilitar su primer Cementerio, para los que donó el solar el Sr. Preito (antepasado de la familia Prieto-Mosteiro). El primer cadáver allí enterrado fue el de D. Ramón Cabarcos, el 30 de Enero de 1858.

El Cementerio (clausurado desde 1924) posee, en hornacina, una imagen de piedra, tosca, de la Virgen del Carmen. Sobre la puerta de entrada tenía una calavera y un epitafio que dice: “Cual te ves me vi, cual me ves te verás, trae esto en la memoria y no te condenarás”.

A lo largo del último tercio del s. XIX se inició lentamente el ensanche de la Villa al ser construidos algunos edificios en el margen derecho del camino de Ortigueira (hasta el número 14 de la Avda. de José A.).

Aumentaba consiguientemente el número de feligreses mientras que la edad del Párroco, D. Antonio Ángel del Riego, resultaba cada vez más avanzada. Por ello solicitó el nombramiento de otro Sacerdote ayudante. Le complació el Obispo D. José Manuel Palacios López creando tal plaza el 1º de Enero de 1884, con el título de “Capellanía Coadjutorial” y dotándola con 550 pts. anuales, del “pío acervo diocesano”. Fuel el primer Capellán Coadjutor D. José María Yanes Picos, cargo que actualmente ocupa el que suscribe, decimoséptimo Coadjutor de esta Parroquia.

Puentes llegó al final del siglo con mejor situación económico-social, aún cuando distaba de ser satisfactoria; prueba de ello fue el éxodo a Cuba de crecido número de vecinos, comenzando el interminable fenómeno de la emigración, sangría de nuestra tierra, síntoma evidente de que nuestro nivel fue y sigue siendo bajo.

Integraban la Parroquia, en dicha época, algunos muy pocos estudiantes y “señoritos”; algunos artesanos dotados de gran habilidad y gusto, como Ramón Pajón, José “das Cortes”, etc., siendo los restantes agricultores pacíficos, merecedores de mayor consideración de la que pudo ofrecerles la suerte de una Galicia menospreciada desde antaño.

Texto e imaxe aportada por José María Ferro, director do Museo Etnográfico Monte Caxado de As Pontes

COMER TODO LO QUE HAY EN EL PLATO

Una vez, hace algún tiempo, me hallaba almorzando en una casa parroquial alemana cuando, después de comer, alargué mi plato a la religiosa que recogía la mesa. Debí, entonces, de enfadarla mucho: había dejado migas y restos de salsa en el plato. Tenía que haberlo rebañado con miga de pan hasta dejarlo limpio. Me enteré, más tarde, de que aquella religiosa había conocido la guerra y el hambre. Por eso no podía soportar que alguien dejara el plato como lo dejé yo. Este recuerdo se me ha quedado grabado y me sugiere, aun hoy, una dimensión de la fiesta del Corpus Christi.

Cada vez que recordamos la última cena de Jesús con sus discípulos: “Jesús tomó pan y dijo: tomad y comed, esto es mi cuerpo, y tomó después el caliz diciendo: esto es mi sangre”, despertamos, entre los cristianos de hoy, toda una gama de sentimientos y percepciones. Para unos, éste es, ante todo, el momento casi mágico de la Transubstanciación, cuando Cristo se hace presente en cuerpo y divinidad atrayendo nuestra veneración plena. Para otros, estas palabras evocan la institución de la Eucaristía y el instante mismo que hace de la misa una misa propiamente dicha. Para otros, en fin, semejantes palabras son evocadoras de un rito sabido y gastado a más no poder que sigue resonando como una música que calma y hace posible la comunión más honda.

Para mí la última Cena de Jesús es otra cosa. Es, ante todo, el momento conmovedor de la cena de despedida, que resume lo que ha sido el sentido de su vida, todo lo que ha intentado hacer y expresar con ella. Lo ha entregado todo, su vida entera: así lo manifiestan los signos de su cuerpo y de su sangre. Todo, en él, se ha convertido en alimento. Con Él ha alcanzado su cima la donación de sí. Así lo sugiere la figura del pelícano, que traspasa sus propias entrañas para dar de comer con ellas a sus crías. Cada vez que revivo este momento, me digo a mí mismo en silencio: “no, yo no olvido; nunca olvidaré lo que ha sido tu vida, nunca; me acordaré siempre”.

No se trata, en realidad, de un mero recuerdo o evocación del pasado, como cuando alguien hojea un álbum de fotos. Los judíos, cada vez que celebran la salida de Egipto y la Pascua, tienen presente que no fueron solo sus antepasados los que se salvaron y comieron la Pascua: con ellos, el pueblo entero, también los judíos de hoy. Cuando quiero recordar la última Cena de Jesús, me imagino en la misma sala, en el mismo momento y en torno a la misma mesa que compartieron los discípulos. Es a mí a quien se dirige Jesús, a nosotros en la actualidad con toda certeza. Por más indigno que sea, yo me siento enviado en misión como Pedro, Juan o Andrés. Es también la actualidad lo que sugiere la escena de los discípulos de Emaús, cuando Jesús camina misterioso con ellos y preside la mesa. Llamemos a esto, si se quiere, una presencia real. Conocí a un sacerdote dominico en París que no quería sentarse en la sede reservada al que preside la Eucaristía cada vez que la celebraba: era a Cristo a quien le estaba reservada con toda verdad, pues era Él el único  con derecho a presidir verdaderamente la Eucaristía.

Hay, además, otra dimensión que, tal vez, solo consigue despertar toda nuestra atención cuando comemos el pan de comunión ¿Por qué pan y vino? ¿Por qué comulgamos el Cuerpo y la Sangre de Jesús? A mi entender, este gesto resume, en pocas palabras, el misterio de la Encarnación. El pan es el centro de nuestra dieta. El vino es el alma de nuestras celebraciones. El cuerpo somos nosotros, es todo nuestro ser con cada una de sus cualidades. La sangre es la vida que circula por nosotros y nos mantiene vivos. Comer el pan, beber el vino es comprender que Jesús, el Viviente, sale a nuestro encuentro en el centro y alma de nuestras vidas y celebraciones: actúa en nosotros a través de aquello que hace posible nuestro ser, nuestra vida personal, nuestro espíritu.


Pero hay más. Cuando como el pan eucarístico y digo Amén digo “sí” a lo que hace posible mi vida. Manifiesto, pues, mi disposición a comer todo lo que hay en el plato, ya sean manjares o ni mucho menos: lo mismo que hizo Jesús con su plato al decir “sí” a lo que había en él y al beber su cáliz hasta el final. A veces, encontraré en mi plato bocados amargos: ¿me los comeré? ¿enteros? Es una verdadera encrucijada para cualquiera. Pienso, por un momento, en esos padres que han dicho “sí” al amor de la vida hasta aceptar y sacar adelante a un niño con trisomía, por ejemplo. Han hecho una opción sin fisuras por la vida.

Por eso termino con una oración: “Señor, ayúdame a hacer lo mismo que tú, a poner las manos en la masa y a beber el caliz de mi vida hasta el fondo, con sus momentos buenos y sus momentos malos”.

Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P

COMPLEJIDAD DEL MUNDO, ¿COMPLEJIDAD DE DIOS?

El 26 de Diciembre del año 2004 quedará grabado para siempre en nuestra memoria: mientras celebrábamos las fiestas navideñas, un tsunami devastador arrasó las costas del océano índico, dejando casi 230000 muertos.

Todo había empezado en los fondos marinos, concretamente en una falla que se conoce como zona de subducción, cuando una placa tectónica comenzó a presionar sobre otra con tanta fuerza que acabó levantando el océano. Sí, nuestro querido planeta Tierra está siempre en movimiento, para bien y para mal.

Un fenómeno similar se produjo, años después, en la región de Sendai, en Japón, el 11 de Marzo de 2012, dejando, en esta ocasión, más de 16000 muertos. Mientras exista la Tierra, seguirá habiendo tsunamis, alguno tal vez, muy cerca de nosotros. Un buscador de Dios no puede por menos de preguntarse: ¿por qué ha creado Dios un planeta tan inestable y cambiante, que expone nuestra vida a situaciones trágicas? Si yo tuviera la capacidad de crear un planeta, ¿lo haría así?

Si los fenómenos naturales nos desconciertan, ¿qué pensar, además, de los fenómenos humanos? Un reportaje periodístico reciente nos contaba la historia descorazonadora de unos niños cuyos padres eran toxicómanos: se pasaban el día solos, frente al televisor o en su cuna, comiendo de pie y sin la oportunidad de llamar a su madre “mamá”. Muchos de ellos, con dos años de vida, no sabían caminar ni hablar todavía.

Estamos lejos, pues, de los cuentos de las mil y una noches. Todo esto se limita, por supuesto, a una parte de la realidad y uno podría pasarse tardes enteras contando historias maravillosas sobre la vida y los milagros del amor. Pero lo cierto es que la realidad humana es compleja, pues abarca zonas de luz y de sombra a la vez. Y, a un buscador de Dios, para quien la realidad visible es reflejo de la realidad invisible, le persigue un interrogante: “¿quién es Dios?”. Porque se siente lejos del mundo griego, tal como lo entendía Aristóteles, para quien la divinidad tenía su morada en las esferas perfectas del cielo: si existe la perfección, no es la que nos imaginamos nosotros.

El evangelio que se proclama en la Iglesia el domingo de la Santísima Trinidad complica aun más las cosas porque, en él, escuchamos a Jesús resucitado decir a los once: “id a hacer discípulos míos en todos los pueblos, bautizándolos en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. No se habla propiamente de Dios sino del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Nos alejamos, pues, de la visión simple de la transcendencia de Alá en el Islam o de Yahveh en el judaísmo. Todavía recuerdo a un dominico de Jerusalén que contaba cómo le había escupido en los pies un soldado israelí como si fuera un idólatra. Fijémonos, por cierto, en que se habla de “bautizar en el Nombre de…”. Entre los griegos, el bautismo se podía referir a un barco que, sumergido en el agua, se terminaba hundiendo. Para un cristiano, el bautismo expresa la muerte a su antigua vida y la adquisición de una identidad nueva. Ahora bien, esa identidad que adquirimos con el bautismo es una identidad trinitaria.

¿Hemos reflexionado, alguna vez, sobre nuestra propia actividad como seres inteligentes? Somos una conciencia que busca la luz e intenta dar respuesta a infinidad de preguntas, mientras saborea, de vez en cuando, el placer de comprender y comprobar que su comprensión es exacta. Pero no bastan estos momentos de iluminación personal porque es preciso encontrar las palabras justas para expresar lo que uno ha comprendido y comunicárselo a los demás. Me acuerdo, en este momento, de Helen Keller, aquella niña ciega y muda de nacimiento que dio un salto prodigioso en la vida al descubrir que los movimientos de la mano de su tutora tenían un significado -eran palabras- y se referían a ideas: acababa de descubrir la palabra. Pero comprender y expresar lo que hemos comprendido por medio de palabras no es suficiente: somos seres capaces de actuar y necesitamos saber qué es lo que vale la pena hacer. Y nuestra manera de averiguar lo que vale la pena está condicionada, en buena medida, por nuestra idea de lo que está bien o mal, y también por lo que nos atrae, lo que nos gusta y satisface: una mezcla, pues, de inteligencia práctica y de sentimientos. Al describir quiénes somos, estamos describiendo, a la vez, quién es Dios Padre, fuente de toda luz, Dios Hijo, Palabra de esta luz, y Dios Espíritu Santo, Amor derramado por el mundo para transformarlo con la acción. Somos seres esencialmente trinitarios pues hemos sido creados a imagen de Dios.

Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P

APRENDIENDO A RESPIRAR

Voy a contar la historia verídica de Salomón y Dahiru, grandes amigos entre sí desde que iban a la escuela. El primero era cristiano, un hombre de aspecto rechoncho y descendiente de una familia de granjeros desde hacía varias generaciones. El otro era musulmán, un hombre alto y delgado, descendiente de una tribu que se dedicaba a la cría de astados. Los hechos tuvieron lugar en Nigeria, país donde tales diferencias entre individuos pueden ocasionar la muerte. Pero las comunidades que rodeaban a nuestros dos protagonistas lograban siempre convivir en paz: si algún rebaño pisoteaba un campo o un criador se encontraba con algún obstáculo en su camino hacia fuentes de agua, las diferencias se terminaban solventando amigablemente.



Con el tiempo, sin embargo, las familias de granjeros fueron creciendo, el calentamiento climático acabó secando las tierras, la tierra buena escaseaba cada vez más, los granjeros encontraban sus cosechas arruinadas por los rebaños a su paso y los criadores se veían agobiados por nuevos cercados y plantaciones. Acabo estallando el conflicto, las comunidades entraron en guerra y los ataques entre una y otra fueron sucediéndose: cosechas destruidas, animales masacrados, aldeas incendiadas, personas asesinadas. Salomón y Dahiru tuvieron que abandonar sus comunidades respectivas y se convirtieron en refugiados.

Es en este contexto donde a mí me gustaría volver a leer el evangelio de  Pentecostés. Para empezar, Juan pone en labios de Jesús este evangelio con ocasión de su cena de despedida, en el mismo momento en que su misión empieza a parecer un fracaso y a precipitar el odio de las autoridades judías. Queda claro, entonces, que no podrá escapar a una muerte inminente. Cuando Juan escribe este pasaje, hacia el año 90 d. c., él y su comunidad tienen que hacer frente a la hostilidad creciente de la sociedad y, en particular, de la comunidad judía, que acaba de expulsar a los cristianos de la sinagoga. Son horas sombrías en las que uno se siente solo y vulnerable.



¿Qué dice Jesús a sus discípulos cuando se despide de ellos y qué nos está diciendo también a nosotros? Que no serán abandonados a su suerte porque recibirán ayuda, es más, podrán invocar al Ayudante, pues será como un amigo que se acerca y se pone a su lado en los momentos difíciles. Este Ayudante será en ellos como una fuerza inspiradora, para que puedan actuar como Él en las mismas circunstancias. Como Él ya no estará físicamente a su lado, será el Ayudante quien tome el relevo a través de sus palabras y sus gestos. De hecho, debería decir: “podréis actuar como Dios mismo lo haría porque este Ayudante es el aliento mismo de Dios”.


Pero ¡atención! Todo esto no tendrá lugar de la noche a la mañana. Ser adulto en la fe requiere tiempo, mucho tiempo. Es un largo camino, pues aprender a seguir los pasos del Maestro, responder a la incomprensión con la entrega paciente de sí mismo, reaccionar ante el mal, el odio y la violencia con un amor dispuesto al sacrificio voluntario, todo esto queda fuera de nuestro alcance a menos que aceptemos la guía del Ayudante y nos abramos por entero a su aliento interior, apenas perceptible. Cuando lo hagamos Él será glorificado, es decir, la vida extraordinaria que ha venido a traernos saldrá a la luz y podremos comprenderle en plenitud, a Él y a Dios mismo. No hay diferencia alguna entre Él, su camino, y Dios mismo.


¿Cómo reaccionar ante semejantes palabras? Uno puede pensar: ¡qué hermoso! Pero no es suficiente. También hoy el aliento imperceptible de Dios hace su obra dentro de nosotros: como dice San Pablo, “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones  por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5, 5), es decir, todo ser humano tiene, en su interior, algo divino que es la capacidad de amar sin límites, sin condiciones, sin restricciones ni reservas. Como sucede con una ventana, uno puede abrirla para que entre el aire o cerrarla a cal y canto. Es aquí donde se vive el drama humano. No se nota, por lo común, una gran diferencia entre una ventana abierta y otra cerrada hasta que uno pasa por un mal momento.


Pensemos en alguien que está pasando por un mal momento. Todo el mundo le dirá, entonces: “respira con calma, inspira, espira…”. Solo cuando abra bien sus pulmones, deje entrar en ellos el aire fresco y expulse el viciado, volverá a encontrar su centro, su ser propio. Lo mismo sucede en muchos de nuestros momentos difíciles: o bien dejamos entrar con calma el dolor y lo vamos haciendo propio y, a lo más profundo y mejor que hay en nosotros, le dejamos dar una respuesta, o bien nos crispamos, rechazamos con dureza lo que vemos y damos rienda suelta al rencor, al odio y a la violencia. Juan da nombre a esta respuesta de lo mejor de nosotros: el Espíritu Santo o Ayudante gracias al cual podemos continuar el camino iniciado por Jesús.



Pero volvamos a Nigeria. Tres años tardó en reanudarse el diálogo entre las dos comunidades a través de encuentros que empezaban siempre con una oración -cristiana una, musulmana la otra-. Catalizador de esta reconciliación vino a ser una ONG que ofrecía no solo un apoyo material a la reconstrucción -la perforación de nuevos pozos- sino también la formación necesaria para negociar y arreglar los conflictos y acabar así con el miedo y el odio. Salomón y Dahiru, refugiados durante estos tres años para no ceder al odio, dejaron atrás su aislamiento y volvieron a ser amigos delante de todo el mundo ¿Cómo no ver aquí la mano del Ayudante?

El evangelio de Juan es proclamado el día de Pentecostés. Es una fiesta extraordinaria que celebra la capacidad que ha recibido el mundo de seguir el camino de Jesús. He aquí, pues, nuestra esperanza y nuestro porvenir.

Texto original de André Gilbert y traducido por V.M.P.

LA EXTINCIÓN DEL DOMINIO FEUDAL DE PUENTES

Novo artigo de D. Enrique na Revista das Festas Patronais, correspondente ao ano 1972 e que leva por título “LA EXTINCIÓN DEL DOMINIO FEUDAL EN PUENTES” e no que se atopa algo curioso que é un debuxo de como sería a nosa Vila no século XV.

Este debuxo está incluído no seu borrador do libro que temos no Museo Etnográfico e non aparece no libro editado de “HISTORIA DE PUENTES DE GARCÍA RODRÍGUEZ” do ano 1976 e no que si aparece un cadro de D. Raúl Otero Formigo, “de la entrega da altiplanicie del Eume a D. García Rodríguez” e que está baseado neste debuxo.

Con algún erro ao me humilde entender, pois penso que o castelo non sería tan grande e estaría situado máis atrás, pois a rúa San Xoán sería a rúa orixinaria da Vila e no debuxo non aparece; aparecen os ferros na ponte, e son posteriores… e algunha cousiña máis. Mais está logrado, representa o inicio da nosa Vila a carón do río Eume e, na súa orixe, puido moi ben ser algo semellante.


No artigo, D. Enrique, fálanos da extinción do dominio feudal nas Pontes, proporcionándonos detalles da mesma.

ANO 1972
LA EXTINCIÓN DEL DOMINIO FEUDAL EN PUENTES
Por D. Enrique Rivera Rouco – Presbítero
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La planicie de Puentes de García Rodríguez ha sido uno de los parajes más preferidos por el hombre prehistórico y por los Celtas, como prueban las abundantes “medoñas” y “castros” en ella existentes.

Asimismo fue objeto de la ambición de los señores feudales y, desde antaño, sigue siendo lugar especialmente elegido por los forasteros para veranear y participar en sus fiestas patronales.

Nada de extraño tienen estos hechos si tenemos en cuenta, por una parte, las características temperamentales de los habitantes,, en que caben destacar: la sencillez y mansedumbre así como la acendrada hospitalidad para con los visitantes, y, por otra, el suave clima atlántico de que disfruta y el paisaje de ensueño que le engalana.

En efecto, la Villa de Puentes levanta la frente en un valle extenso, muy alegre y pintoresco, con frondosas arboledas, tupidos trigales y floridos campos, surcados por el Río Eume y varios arroyos que le saludan y se zambullen en su regazo, formando un bello conjunto, al que contribuyen la risueña perspectiva que ofrecen el antiguo y los modernos caseríos y las aldeas circundantes, resaltando sobre el verde follaje de que está cubierta tan pintoresca campiña; desparramadas en las tres dimensiones del espacio, son como brisa que siempre impulsó las cuerdas de la lira bucólica de nuestros poetas y que infundió los ánimos sensibles.

Llevan en su memoria los aconteceres de muchas centurias; los recuerdos de nuestra antigua nobleza y los episodios de la vida de muchas generaciones (“cada corredoira túa mil segredos ten de amores”) Mas, ante el riesgo de que este pobre trabajo sea excesivamente prolijo, ciñéndonos al enunciado del tema, diremos que nuestro Valle también fue esclavo del feudalismo, de aquel sistema de organización político-social de la Edad Media, de origen germano, al que definieron los historiadores: “la desventura de nueve siglos”, cuna de las sociedades modernas capitalistas, ya que organizó a Europa y determinó su estado durante mucho tiempo y que vino a ser algo así como la servidumbre del pueblo y el decaimiento de la autoridad de los reyes.

Así pues, durante el largo período desde el siglo XIV al XIX, fue Puentes una posesión feudal, perteneciente a la Provincia de Betanzos y que constituía una de las seiscientas cincuenta y seis jurisdicciones o cotos que integraban el antiguo reino gallego.

El señor feudal era la máxima autoridad, un poco contrarrestada por la magistratura municipal, apoyada por los reyes, quienes, al ver menguado su poder con el feudalismo, buscaron como contrapeso la importancia del elemento popular estableciendo la autoridad municipal de los concejos (prolongación de las curias de los romanos y de los “concilium” de los godos); el Concejo de Puentes era presidido por un Alcalde Mayor nombrado directamente por el Rey (de ahí el título de “Constitucional” que lleva nuestro Ayuntamiento), varios Oficiales Menores de gobierno y de Justicia y un Corregidor, normalmente nombrado por el señor feudal; si bien, los cargos de Alcalde y Corregidor estuvieron casi siempre unificados en la misma persona; así, en 1.798, Don Blas Antonio Pita da Veiga, vecino de Gondré, era “Juez y Justicia Ordinaria, Merino y Alcalde de Puentes”.

El local o sede de dichas funciones era el edificio número 1 de la Plaza de la Iglesia (hoy remozado). Centrándonos en el tema, mencionaremos brevemente el número de dueños feudales que hubo de soportar nuestro Pueblo: Fue el primero D. García Rodríguez de Valcárcel, nieto de Nuño de Andrade, quien recibió el citado feudo en 1375, merced del Rey Enrique I, construyó el puente viejo (el de los hierros) y la fortaleza, ante la cual fue apareciendo la primitiva Villa y la nave mayor de la actual Iglesia (construida en 14441).

Nos referimos a su principal castillo que, ubicado en la finca de Perfolla, dejó de ser habitado a partir del año 1600 y, entrando posteriormente en ruina, fueron utilizadas sus piedras en al construcción de las casas y del campanario de la Iglesia Parroquial.

Hasta el 1420 D. García Rodríguez perdió este feudo y sus fortalezas por orden de Enrique III, quien lo permutó al Sr. Andrade a cambio de unos barcos que necesitaba y que no tenía el García.

Era D. Fernán Pérez de Andrade familiar de nuestro Sr. Feudal, pero su temible enemigo y rival; inició una poderosa dinastía, con el título de Condes de Andrade y de Villalba, que dominaron nuestra tierra durante un siglo; mas, por el año 1540, como consecuencia de parentescos y falta de sucesión, la Casa de Andrade pasó a la de Lemos; desde entonces hasta finales del siglo XVIII nuestra Villa dependió del Señorío de Lemos, el principal condado de Galicia.

Nació dicho condado en 1366 al recibir tal título el Sr. Hernán Ruíz de Castro (siendo ya Conde de Trastamara), a quien sucedieron: Rodrigo de Castro Osorio, Fernando Ruíz de Castro; etc. hasta Ginés de Castro, que murió sin sucesión a fines del siglo XVIII, disolviéndose también este gran Condado.

Eran estos Condes, al mismo tiempo, Virreyes en el extranjero, por eso el escudo de Puentes ostenta una corona de virrey sobre el conjunto formado por los dos antiguos puentes y el castillo.

Durante el largo mandato, de dos siglos y medio, que sobre nuestro pueblo ejerció la Casa de Lemos, nuestros antepasados cotizaban una renta anual, bastante elevada en aquel entonces; más de cien reales, en total, y sufrieron la opresión y menosprecio típicos del feudalismo. Al desmoronarse la Casa de Lemos se inicia la terminación del dominio feudal en Puentes (objeto de este trabajo y que trataremos más detalladamente).

La falta de sucesión obligó a este Condado a fusionarse con el Ducado de Alba de Tormes, cuyos duques son procedentes de D. Fernando Álvarez de Toledo, quien recibiera tal título, en 1439, por gracia de D. Juan II.

Por esas fechas (finales del sigo XVIII) era duquesa de Alba Dª María del Pilar de Silva (la 13ª Duquesa); no dejó descendencia, por eso le sucedió, en 1802, su sobrino D. Carlos Miguel Stuart Fitz James Silva Álvarez de Toledo, Duque de Berwick y Liria, unificándose los tres ducados hasta la fecha, en que ostenta dicho título D. Luís Martínez de Irujo Artacoz, Presidente del Instituto de España.

El Valle de Puentes fue divido en dos posesiones: una correspondiente a los sobrinos de la última Condesa de Lemos (Ginés de Castro) y la otra cayó en poder de la Casa de Alba, representadas aquí por los Sres. de Cora, siendo dominado desde entonces (1775) nuestro pueblo mediante los dos célebres “Vínculos”: el Vínculo de Castro (de Lemos) y el Vínculo de Cora (de Alba), (vínculo = conjunto de bienes, sujetos al perpétuo dominio de una familia).

Las posesiones del Vínculo de Castro ocupaban toda la parte N. E. de Puentes: desde el Caneiro al Chamoselo; comprendían cinco lugares: los dos de La Cuíña (trabajados por José Barro y Benita Ferreiro), el de Narón (por Gaspar Blanco), el de Los Chaos (por Antonio Rivera) y el de La Costa (por Luis Rivera).

Casi todo el resto del Valle pertenecía al otro Vínculo; decían los antepasados que “las cuatro salidas de Puentes eran de Cora”; comprendía los lugares de: Tras do Rego, Chamoselo, Cortes, el de Casimiro da Balsa, el del Fidalgo de Tras del Puente y el del Campo (este último ocupaba toda la parte nueva de la actual Villa, el Barreiro, Perfolla, el Poblado, etc. y tenía por casa la actual número 19 de la Calle Menéndez Pelayo, única entonces en aquel contorno).

Se hallaban intercaladas unas pequeñas colonias del Terrateniente D. Joaquín Romero, dueño de Gondré y de la mitad del Freijo; tales posesiones eran los lugares de Pena do Golpe (Loureiros), Casanova y la finca hoy llamada de “Canta la rana”, en Tras del Puente, esta última, que entonces denominaban “Obra Pía”, estaba destinada a sostener el pequeño hospital en aquellos tiempos existente en la plaza de su nombre (hoy de Cervantes).

La parte occidental de la planicie era un espeso bosque, en el que nuestros terratenientes solo cultivaron una zona del Portorroibo, que dependía directamente de la Esposa del Conde y que por eso la denominaban “Varosa” o finca de la Varonesa.

Dicho sea de paso que la aldea de Vilavella no fue parte del feudo, por existir como propiedad particular cuando D. García Rodríguez tomo posesión. Dicha aldea es, por tanto, muy antigua; de ahí su nombre. La Iglesia que posee, de líneas románicas, denota mayor antigüedad que la de Puentes.

Asimismo también era del dominio particular la finca de la Iglesia, que procediendo de una antiquísima fundación, hallábase ubicada en la zona del Carmen, con la casa y Capilla propias y comprendía un amplio polígono (desde el Grupo Calvo Sotelo al riachuelo “Rego do Campo”, de más de cuatro hectáreas hasta la “desamortización” de Mendizábal en que fue usurpada.

Así estaba constituida en Puentes la denominación feudal en su última época, cuya decadencia se verificó en tres etapas o sucesivas efemérides que determinaron su extinción:

a) – El aforamiento de los vínculos, en 1828,

B) – Las transacciones de los mismos, a finales del siglo, y

c) – La redención de los “foros” en 1927.

Constituyó, por tanto, el primer golpe contra la opresión feudal la Real Orden de Fernando VII, en que obligaba a aforar todos los “vínculos” y “mayorazgos”. Consistía esta operación en ceder perpetuamente al inquilino el “dominio útil” de la propiedad, gravado por un canon foral, quedándose el terrateniente con el “dominio directo” y también con el derecho de percibir el canon y el derecho de “laudemio”, en virtud del cual, si el inquilino deseare vender su dominio útil, tendría preferencia el Señor, al que debían avisar con dos meses de antelación, y, no queriendo comprar, percibiría la décima parte; todo ello so pena de volver a constituirse en dueño absoluto.

Desde entonces los lugares de Puentes se llamaron “foros” en vez de “colonias”, como les denominaban anteriormente. Las propiedades del Vínculo de Castro fueron aforadas por el dueño, D. Joaquín de Castro, el 6 de Marzo de 1828, ante el escribano lucense, D. Antonio Estévez.

El canon foral que hubieron de pagar anualmente desde entonces cada uno de los inquilinos constaba de cuatrocientos reales, un carnero (valorado en cuarenta y ocho reales) y seis libras de manteca (valoradas en otros cuarenta y ocho reales).

En la misma fecha fue aforado el otro Vínculo y en análogas condiciones, por el dueño, D. Esteban Cora. Estos dominios o usufructos fueron inscritos, unos años después, en el Registro de la Propiedad de Ortigueira, en el tomo 60, libro IV correspondiente al Ayuntamiento de Puentes.

Con profunda satisfacción nuestros antepasados se sintieron dueños de algo y con alguna personalidad, ya que hasta entonces solo fueran esclavos servidores.

Hacia finales del siglo XIX, hallándose nuestros terratenientes aquejados por problemas económicos, decidieron enajenar sus posesiones de Puentes. El Vínculo de Castro fue comprado por D. Antonio Castro Pérez, vecino de Castro de Rey (Lugo) y el Vínculo de Cora lo compró D. Sergio Rivera Chao, vecino de Puentes, en el Lugar del Campo. El primero siguió el sistema de arrendamiento foral, pero con mayor benignidad y humanismo que los anteriores. D. Sergio Rivera, “el hombre rico de la comarca”, explotó y benefició sus amplias propiedades del lugar del Campo, para lo que contrató los vecinos de Puentes, a quienes pagaba buenos jornales, con él experimentó el Pueblo de Puentes un amo vecino, justo y amable.

En la primera década de nuestro siglo, D. Sergio compró las minas de hierro de Villaodrid, uno de los principales criaderos de España que llegó a producir trescientas mil toneladas anuales, para cuya explotación fue vendiendo su gran propiedad de Puentes pasando ésta a los vecinos compradores, finalizando así el dominio feudal del Vínculo de Alba.

Se comenzaron a construir entonces las casas de la Avda. del Generalísimo y de la Calle Magdalena (antes solo existían las tres antiguas calles del Pueblo viejo y unas muy pocas casas en al Calle de José Antonio).

Quedaba como resabio del feudalismo, el otro Vínculo (el de Castro), con sus cinco lugares, que feneció en 1927 con el decreto del Jefe del Gobierno, D. Miguel Primo de Rivera, en que obligó a redimir los “foros” a favor de los inquilinos, por precio de tasa (el cuatro y medio por cien del valor estimado pro la Comisión Provincial). Con ello, los colonos pasaron a ser propietarios de una vez para siempre.

Así pues, el 13 de Julio de 1927, la entonces propietaria del mencionado Vínculo, Dª Consuelo Castro Penabad, vecina de Castro de Rey, efectuó la redención ante el Notario Lic. D. José Diez del Corral y Bravo, de Lugo, percibiendo la indemnización legal que importó por cada lugar 2.755,55 pts., con lo cual se extinguió definitivamente la dominación feudal en nuestro Pueblo.

Tal ha sido, en síntesis, la trayectoria del feudalismo en nuestra amada tierra y su decaimiento en fecha no lejana.

Puentes posee, por tanto, detrás del gran auge e industrialización actuales, una brillante historia de paz y valores humanos con su Nobleza y servicio a los Reyes.

Es hoy un pueblo próspero y floreciente, si bien heterogéneo debido a la creciente inmigración de los últimos años; mas no por eso pierde sus virtudes hospitalarias; sigue siendo el Pueblo humilde y pacífico donde la Naturaleza vistió sus mejores galas.

¡¡¡Viva Puentes!!!

Texto e imaxe aportada por Xose María Ferro, director do Museo Etnográfico Monte Caxado de As Pontes

ACTUALIDAD DEL AGRO DE LA COMARCA DE PUENTES

Imaxe dun hórreo vello

Na Revista das Festas Patronais do ano 1975, atopámonos cun artigo de D. Enrique relacionado, en certo xeito, co publicado a pasada semana que se lembran levaba por título A CRISIS DO ENTORNO RURAL DAS PONTES. Este de hoxe é ACTUALIDAD DEL AGRO DE LA COMARCA DE PUENTES e nel, D. Enrique, primeiro fai un análise das características climáticas e do chan pontés, para logo analizar a situación do noso agro e aportar algunhas posibles solucións.

D. Enrique nacera no seo dunha familia labrega e sabía o que era o traballo no campo, coñecía o esforzo que había que facer para obter unha colleita, sabía en que condicións se traballaba, coñecía a terra, sabía que produtos podía dar e sabía, tamén, que os sacrificios eran moitos para obter ben pouco. Era unha vida de subsistencia, sen beneficios, a do labrego pois os métodos de produción seguían a ser os de toda a vida, sen modernizar.

Ano 1975

ACTUALIDAD DEL AGRO DE LA COMARCA DE PUENTES

Por D. Enrique Rivera Rouco

Paralelamente al auge industrial de nuestra Villa contrasta el desnivel económico y humano del restante Municipio, que vive pobremente a pesar de ser una zona rural rica en las condiciones naturales de que está dotada; alcanza la extensión de 153 km. cuadrados de territorio que, aunque accidentado en su mayor parte, posee óptimas aptitudes ganaderas y agrícolas, pues se trata de un suelo idóneo para rendimientos satisfactorios si se usaran métodos apropiados de producción.

Su clima es templado; alcanza en Enero 21º de temperatura máxima y 1º de mínima; y, en Julio, 37º de máxima y 1/5º de mínima. La presión atmosférica suele ser del orden de 739,7 mm. Hg. máxima y 708,2 mm. Hg. mínima.

Lo fertilizan superabundancia de manantiales, a la par de las frecuentes lluvias (acostumbra a llover un promedio de 13 días en Enero, 16 en Marzo, 6 en Julio y 16 en Diciembre).

El suelo en sí, aunque poco humificante es ácido y depara un rendimiento de primer orden tratándolo con compuestos de Potasio y Fósforo. Son altamente fértiles los valles, como los de Merlán y Sucadío en El Freijo; Calvela en San Mamed; Gondré, Veiga y los alrededores de la Villa en Puentes; etc.

Formados por sedimentación, contienen el 8% de materia orgánica, el 3,6% de carbono, notable cantidad de arena y pequeñas porciones de grava, y son útiles para toda clase de cultivos. La parte montañosa es de origen volcánico; en su constitución abundan la grava, el limo y la arcilla.

Al estar entretejidas de manantiales, las montañas de Puentes forman un sector eminentemente ganadero y, de hecho, alimentaban, en años atrás, muchos miles de cabezas de ganado caballar, vacuno y lanar, cuya riqueza fue cortada de raíz por el Patrimonio Forestal que, al prohibir el pastoreo, hirió de muerte la débil economía de nuestros paisanos, principalmente en El Freijo, Deveso y San Mamed.

Más, paradójicamente, y volviendo al comienzo del tema, sobre esta tierra adornada de buenos recursos naturales continúa languideciendo el pobre labrador, en viviendas carentes de los medios más elementales (incluso sin luz eléctrica), cultivando unas parcelas cada vez más exiguas y con métodos trasnochados.

En las eras ya no destacan airosas las “medas” de trigo, ni la finca del lugar exhibe su riqueza de patatas, ni enseñorean la casa los huertos de tubérculos y hortalizas, ni retozan las reses en la cercana vertiente…

Los jóvenes han emigrado y los mayores malviven hundidos en la soledad y aislamiento no solo físico sino mental. ¿A qué se debe esta sombría situación de nuestro agro? El campesino de Puentes comparte la suerte de los restantes agricultores gallegos; el área rural gallega sufre creciente decadencia y las causas son las mismas para toda la Región.

Esta agonía ha aumentado intensamente en las últimas décadas, en que el joven gallego se le presenta con facilidad un único (aunque lamentable) medio de mejorar su suerte: la emigración.

Pero la pregunta sigue en pie: ¿Por qué éstos males en Galicia? Para comprenderlo debidamente sería preciso repasar la historia de nuestro pasado desde los comienzos del régimen feudal el pueblo gallego fue constantemente vejado por la nobleza y por la Corte Castellana.

Una sucesiva y copiosa acumulación de traumas fue gravitando sobre nuestros antepasados hasta acarrear la decadencia de la Región.

Desde tiempos tan remotos Galicia cayó en la postración, sin que hubiera desde entonces a la fecha ayuda para levantarla. Es natural que, con tanta incomprensión y desamparo, el viejo Reino de Galicia se fuese replegando sobre sí mismo, reconociéndose en los achaques psicosociales de la desconfianza y el “trasacordo” No ha de extrañar pues la deserción continua de braceros agrícolas, dejando carta blanca al tojo para que invada su fértil solar.

Es la emigración la sangría de nuestra tierra, mal pretérito y presente; antes, a la siega de Castilla, a Cuba y Méjico; actualmente -y en muy mayor escala- a Inglaterra, Suiza, Francia y a centros industriales dela Península. Nadie podrá pensar que el gallego emigra por gusto.

El alma gallega, apegada al “terruño”, no es ansiosa de caminos en la tierra ni de estelas en la mar si la miseria y opresión no le obligaran.

El Cancionero Popular es elocuente; en él pueden verse glosadas “as estreituras da vida” y los malos tratos recibidos por el “labrego”, viéndose obligado a ser introvertido y desconfiado.

¿Qué reformas debe haber y debiera haber habido ya? Los Sociólogos y Economistas son los autorizados para hablar. Podemos, no obstante, alegar algunos datos que saltan a la vista, incluso de quienes no estamos versados en estas materias.

En vez de la extraversión del ahorro gallego, de la alineación del capital y de la incumplida misión de los Bancos de Fomento, debieran ocurrir la modernización del agro, con la consiguiente concesión de créditos y subvenciones, organización de cooperativas, exterminación del aparcelamiento y minifundio, garantía de demandas de productos. Implantación de industrias, mejoras de vivienda, etc. Todo lo que vinieron disfrutando en mayor escala las demás Regiones Españolas.

Texto e fotografía aportado por Xose María Ferro, Director do Museo Etnográfico Monte Caxado de As Pontes.

APRENDIENDO A CAMINAR COMO CARLOTA

Una anécdota reciente me ha sorprendido gratamente. Mi pequeña Carlota se encontraba con nosotros en cierto evento al que habían acudido también otros niños con sus padres. Mientras que la mayoría de aquellos niños seguían pegados a sus padres, intimidados por cuanto estaba sucediendo a su alrededor, nuestra pequeña Carlota correteaba de aquí para allá alegre y feliz, buscando compañeros de juego ¿Dónde había encontrado ella la confianza que le permitía enfrentarse con desconocidos? ¿Y por qué los demás niños estaban intimidados? Carlota era una niña tímida pero adoraba a su abuela, que la cuidaba durante el día, le preparaba la comida, la entretenía y mimaba mientras su madre estaba trabajando. Fue seguramente esta convivencia amorosa con su abuela la que le inspiró una confianza esencial en la vida. Los demás niños, en cambio, criados en las guarderías, al verse entre desconocidos, revivieron el miedo a la separación que la guardería había dejado en ellos.       

Presencia, confianza, separación y miedo forman parte de nuestra vida y son esenciales para comprender el evangelio de Marcos.

Empecemos despejando ciertos obstáculos que nos impiden entender el evangelio. Los biblistas coinciden unánimes en que la conclusión del evangelio marcano no es obra de Marcos, esto es, del mismo autor que da su nombre al evangelio. El vocabulario y el estilo de esta parte conclusiva son diferentes del resto. Además, los versículos 10-20 tejen un texto que toma prestados muchos elementos a Lucas, a su evangelio -alusión a los discípulos de Emaús- y a los Hechos de los apóstoles -los apóstoles imponen las manos a la gente para curarla, Pablo se deja morder por una víbora sin sufrir daño alguno- . Debió de parecer, tal vez, inaceptable que el evangelio terminase con unas mujeres llenas de miedo ante la tumba vacía. Había que buscar otro final mejor. Ahora bien, ¿por qué recordar ahora todo esto? Para no caer en la tentación de contemplar la escena evangélica como un relato cinematográfico de hechos que fueron sucediendo uno tras otro. Si caemos en esta tentación el evangelio pierde, ante nosotros, todo su sentido.

Vayamos a lo esencial. Se nos comunica un mensaje de Jesús que nos invita a difundir por todo el mundo la Buena Nueva que Él mismo se ha pasado la vida proclamando, con la seguridad de que acogerla en la fe será liberador, es decir, permitirá acabar con el mal y con las barreras sociales, hasta el punto de que la enfermedad y la muerte ya no tendrán poder alguno sobre el creyente. Luego se nos dirá simplemente que Jesús va a estar ausente en adelante porque ha pasado al mundo de Dios para compartir sus prerrogativas. Por su parte, los discípulos han respondido a la llamada misional y han visto realizada la consoladora promesa de Jesús.

¿Cuál es la llave que permite descubrir el sentido profundo de este relato?: la fe. De hecho, las escenas precedentes insisten en la incredulidad de los discípulos que se niegan a creer el anuncio de María Magdalena o el de los dos discípulos por el camino, hasta que Jesús les sale al encuentro y les reprocha su incredulidad, antes de enviarlos a la misión. Ahora bien, cuando hablamos de fe, ¿de qué estamos hablando, en realidad?

Conservo en mi memoria el recuerdo de un santo varón, sacerdote en la Sociedad misionera de los santos apóstoles, que, sin ser en absoluto un intelectual, cursó estudios teológicos a edad avanzada. Los exámenes eran una tortura para él. Una tarde, víspera de examen al día siguiente, se puso a rezar preguntándose cómo podría aprobar una materia que le resultaba tan difícil: “Señor, yo sé que tú me amas y me has llamado a ser sacerdote. Mira mis dificultades. Ven en mi ayuda. Necesito un 60 % para aprobar. Si lo consigo, ni más ni menos, sabré que ha sido tu aprobado, no el mío”. El sacerdote aprobó el examen con su 60 %. Lo que quiero destacar de esta historia es el sentimiento de aquel hombre, que se sabía amado y sostenido. Gracias a él se puso a rezar con la confianza de que le iba a ir bien en el examen. La fe brota en la experiencia de un amor incondicional. Empieza normalmente en casa y  alcanza dimensiones insospechadas cuando se abre al amor infinito que está en el origen del universo. Lo vemos en los evangelios, que asocian el bautismo de Jesús a su experiencia de sentirse amado por Dios: “Tú eres mi Hijo, el predilecto”. Es lo que viene a decir, en definitiva, el creyente: “yo soy alguien valioso y querido, no estoy solo y sí embarcado en una aventura que me supera. Poco importan las dificultades y sufrimientos: esta aventura tendrá un desenlace venturoso, aunque pase por la muerte”. Esta confianza esencial cambia por completo el horizonte: aunque haya crisis dolorosas, rupturas que desgarren las entrañas, clamorosos fracasos que nos dejen perdidos, nunca llegará a desaparecer del todo la sensación de que nada de esto podrá acabar con nosotros y, al final, resucitaremos.

    
Es un mensaje como éste lo que se pone en boca de Jesús: los creyentes podrán expulsar las pulsiones malignas (demonios) y y frenar el avance del mal en cualquiera de sus formas; los creyentes saldrán de la prisión de su pequeño mundo y se abrirán confiados al universo mundo (hablarán lenguas nuevas); los creyentes sabrán cómo hacer para que sus experiencias de daño y aparente destrucción (serpientes, venenos mortales) no puedan destruirles; los creyentes ejercerán un influjo saludable sobre los demás (los enfermos sanarán). Es la misma fe gracias a la cual la ausencia de Jesús se transforma en una presencia nueva, la Ascensión: Jesús comparte a partir de ahora las prerrogativas de Dios y nosotros podemos así percibir su presencia de una manera nueva.

Este relato forma parte de la liturgia de la Ascensión, que se celebra cuarenta días después de Pascua ¿Necesita Jesús cuarenta días para alcanzar el mundo de Dios? Desde luego que no. Su muerte y su tránsito hacia la dimensión divina son probablemente una sola y misma cosa ¿Por qué hablar, entonces, de cuarenta días? Con este número simbólico se sugiere el tiempo que necesitamos para abrirnos a la fe, como los cuarenta años en el desierto que necesitaron los israelitas para alcanzar la tierra prometida. Cuando dejamos que la fe guíe nuestra vida renacemos a una vida nueva, ya no hablamos de la Ascensión de Jesús sino de la nuestra y caminamos confiados como Carlota ¿Estamos dispuestos a embarcarnos en esta aventura?

Texto original de André Gilbert y traducido por V.M.P.