LO BUENO, SI BREVE…

Cuando Jesús le preguntó a Felipe de dónde iban a sacar pan para dar de comer a tanta gente, ¿qué fue lo que éste le respondió? Que hacía falta mucho pan para alimentar a tantos. Felipe no vio personas. Vio su número. El número o el tamaño: he aquí dos atractivos esenciales que el mundo puede alcanzar. Cuanto más mejor. Lo bueno no es lo valioso sino lo mucho. Lo poco o lo pequeño carecen de valor. Cuando Andrés, hermano de Simón, se encontró con aquel pequeño que tenía entre sus manos cinco panes y dos peces, ¿cuál fue su reacción?: de escepticismo – “¿qué es esto para tantos?”-. Cinco panes y dos peces eran muy poca cosa, claro está. Pero lo cierto es que no fueron necesarios los doscientos denarios de pan -según los cálculos de Felipe- para dar de comer a tanta gente. Bastaron, para ello, aquellos pocos panes y peces que un niño pequeño apareció de pronto sosteniendo entre sus manos. Cuando no confundimos lo bueno con lo mucho o lo grande ni reducimos las personas a medios o a números, entonces se nos abren los ojos y alcanzamos la visión plena de las cosas. Cada uno de nosotros vive en ese niño pequeño que aparece de pronto. Para el mundo, que es tarea infinita, es muy poca cosa. Pero, con sus cinco panes y sus dos peces, Cristo va a instituir su Eucaristía, Sacramento para la salvación del mundo.

Texto escrito por V.M.P.

MADUREZ O INMADUREZ EN LA FE

Hace algunos años un grupo de cristianos, movidos por su fervor católico, se congregaron  en la región de Nueva York para rezar ante una figura de María y esperar signos del cielo. Estos signos podrían aparecer en formas diversas: un repentino olor a rosas o el propio sol, que brillaba de pronto con extraña luz. Cosas como éstas me mueven a reflexionar sobre la fe y a plantearme la cuestión: ¿cómo distinguir la fe verdadera de la fe mágica? ¿Cómo se distancia la fe genuina de esa fe ingenua cuyo eco llega hasta nosotros desde los recientes conflictos que han tenido como escenario el Oriente Próximo, donde cada una de las partes enfrentadas invocaba la protección del mismo Dios? Es desde este contexto cómo me gustaría volver a leer el evangelio de Marcos.

Todos recordamos la escena en la que vemos a Jesús alimentando a cinco mil personas con tan solo cinco panes y dos peces. Si estamos familiarizados con el mundo del Antiguo Testamento, sabremos ya que esta escena se inspira en el relato del profeta Eliseo -libro de los Reyes-, según el cual éste da de comer a cien personas con veinte panes. Pero el evangelista concluye su relato hablando de un “signo” ¿Signo de qué?


Un signo es como un dedo que apunta a la luna: es la luna lo que hay que mirar, no el dedo  ¿En qué sentido apunta nuestro relato? Fijémonos en los símbolos.

Jesús toma asiento en lo alto de una montaña, exactamente igual que un maestro cuando se dispone a impartir su enseñanza. Después, toma un pan entre sus manos, pronuncia la acción de gracias y lo reparte entre la gente. Este gesto nos evoca claramente la Eucaristía y el pan bendecido y repartido. Nos remite también a sus enseñanzas: no solo a lo que ha enseñado de palabra sino con su vida entera. Así lo han entendido cuantos han comido con Él, pues tienen a Jesús por un profeta, más en concreto, por el nuevo Moisés anunciado por Dios en una nueva revelación.

Todo apunta a una escena enteramente cristiana: tras el paso por el agua del bautismo (el paso a la otra orilla del mar de Galilea), el creyente que soy yo, curado de su enfermedad,    se alimenta con la palabra de Jesús Resucitado, que es de hecho toda su persona, y puede comer cuanto quiera, en la medida que sea capaz de asimilarla. He aquí la Eucaristía. Pero este relato nos enseña mucho más aun.

Recordemos cómo alimenta Dios a su pueblo al salir de Egipto. La gente tuvo que comer de pie y aprisa. En el desierto el alimento cayó del cielo, en forma de maná. En el relato de Juan sucede todo lo contrario: el alimento no viene del cielo, como para darnos a entender que Dios ya no habla a través de quienes creen tener contacto directo con la divinidad. Dios habla ahora a través de las cosas más sencillas de la vida: un niño con un pan en sus manos, por ejemplo. Ya no hay que comer de pie. La gente toma asiento sobre la hierba tranquilamente y se pone a comer sin prisa, como en una fiesta o en una jira campestre. Esto es lo que Dios quiere.

¿Qué quiere decir todo esto? No es en el cielo o en los fenómenos extraordinarios donde podemos encontrar un signo de Cristo. Los panes y los peces que un niño tiene entre sus manos, es decir, mi vida misma, sencilla y cotidiana, basta para alimentar a muchos. Pero ¿cómo puede ser mi vida alimento para los demás? Es la pregunta de Felipe en el evangelio. Nuestra pregunta podría ser: ahora que soy mayor o estoy enfermo, o aislado en un lugar remoto, o sin formación ni títulos, ¿cómo puedo aportar algo a los demás? Cada uno tiene su propia manera de hacerse esta pregunta. El evangelista responde: mira el mundo con los ojos de la fe, porque la fe es una manera de ver lo invisible y decir: “te doy gracias, Señor, por mi vida en el día de hoy, pues, aunque soy mayor y me fallan las fuerzas,  sé que por ella haces maravillas aunque yo no pueda verlas.


Una última pregunta ¿Cómo distinguir una fe inmadura de otra que no lo es? La madurez es la capacidad de evolucionar constantemente, de estar aprendiendo siempre. Fijémonos en Jesús. Un día tiene delante a los enfermos, otro, a los hambrientos. Por eso la gente no se pone de acuerdo cuando se pregunta quién es Jesús: ¿un sanador?, ¿un profeta?, ¿un rey? No consiguen identificarle. Por eso pretender saber quién es Dios y qué es lo quiere de una vez por todas revela inmadurez, la propia de quien se queda estancado en el pasado y no quiere seguir evolucionando. Creer es decir: “Señor, yo acepto mi vida tal como es hoy, sin nostalgia del pasado y doy sin esperar nada a cambio. A ti te toca trazar mi camino, pues yo estoy dispuesto a seguirlo hasta mi último suspiro”. 

Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P.

NO ME MUEVE EL MUNDO

El mundo, a los ojos de cualquier ser humano, es tarea y mucha. Por algo nos acaba moviendo a hacer lo que no podemos, a decir lo que no queremos y a dar lo que no tenemos. En torno a Jesús y a sus discípulos “eran tantos los que iban y venían que ni para comer tenían tiempo” (Mc 6, 31). Jesús les invitó a embarcarse con él rumbo a un lugar apartado. Pero la gente les fue siguiendo y, cuando desembarcaron, se encontraron con una gran muchedumbre. Fue entonces cuando Jesús dio lo que tenía, cuando puso cerco al mundo como quien fija un límite a la mano que se alarga hasta alcanzar lo vedado: no debemos dar lo que no tenemos ni hacer lo que no podemos ni decir lo que no sentimos. El evangelista, para subrayar que no era el mundo lo que movía a Jesús, nos dice que “se conmovió”. Se conmovió por dentro ante la muchedumbre “porque eran como ovejas sin pastor”. He aquí al buen pastor: el que da lo que tiene. No le mueve el mundo a dar lo que no tiene. El mundo es tarea y mucha. Se conmueve él por dentro. Antes de empezar la tarea, ya se ha dado a sí mismo por entero. Sin hacer ni decir nada. Basta una mirada al otro para salvarle. El resto es, a veces, estorbo.

Texto escrito por V.M.P

¿COMO SEÑALAR EL NORTE?

Hace poco nos enteramos de que una mujer musulmana, elegida como diputada en las elecciones legislativas celebradas en Palestina, salía en defensa de la poligamia. El amor, según ella, estaba hecho de sacrificios y ella era la primera en sacrificarse al compartir su marido con otra mujer mucho más joven, tanto que bien hubiera podido ser su madre.

A muchos nos deja perplejos semejante idea del amor, así como su puesta en práctica. Entre cuantos estamos en el extremo opuesto del espectro, si pensamos en esta mujer, podemos encontrar, sin embargo, cosas como los clubes de intercambio. Son sitios donde ciertas personas, sin compromiso ni obligación alguna, buscan dar un poco de chispa a su relación de pareja ¿Cómo darle a la vida una orientación realmente liberadora? Es desde este contexto como escucho yo el evangelio: “Jesús vio una muchedumbre inmensa y sintió compasión de todos ellos porque andaban como ovejas sin pastor; se puso, entonces, a enseñarles muchas cosas”

Cabe situar este pasaje evangélico en el contexto del envío misional por parte de Jesús a sus discípulos. Les envía a predicar y a curar a los enfermos. Ser enviado en misión significa ser llamado a dar, tanto en el sentido espiritual como en el físico. Ahora bien, ¿qué significa, en concreto, “dar”? ¿Cómo puede uno dar? ¿Cómo puede uno enseñar algo a personas desconcertadas, en búsqueda, sedientas de amor y de luz? Acerquémonos un poco más a este pasaje.

Los apóstoles enviados en misión se agrupan en torno a Jesús ¿Qué hace Él entonces? Les dice:“Venid vosotros y retiraos conmigo en un lugar apartado para descansar un poco”Se apartan, pues, de la gente para volver a encontrarse entre ellos ¿Por qué? La respuesta es sencilla: nadie puede darse a los demás si primero no se ha dado tiempo para encontrarse consigo mismo.

El simbolismo de la barca y el lugar apartado nos remite a nuestro propio caminar por la vida, a ese largo viaje que hemos aceptado emprender para entrar en nosotros mismos y descubrir, así, quiénes somos realmente. No podemos emprender ese viaje sin “descansar”, es decir, sin tomar distancia de este mundo que nos asalta diciéndonos: “¡vete a la derecha, vete a la izquierda!”. El mundo que nos asalta es tanto el de las prohibiciones religiosas como el de las ideas de moda. Este largo viaje hacia uno mismo es esencial porque nadie puede dar lo que no tiene ni señalar el norte si no lo ha encontrado primero por sí mismo. Si no aceptamos este viaje, no haremos otra cosa que reeditar nuestro superyo individual, familiar o colectivo. Lo único que sabremos transmitir a los demás, una y otra vez, serán principios rígidos o ideas de moda. Adoctrinaremos o culpabilizaremos: nunca llegaremos a liberar realmente a nadie.

Nuestro evangelio no habla de este viaje como de un viaje en solitario sino con otros, en torno a Jesús, que se presenta a sí mismo como el buen pastor. La fraternidad, el calor y apoyo de los demás son esenciales para este viaje. Yo necesito sus ojos, necesito su eco, necesito su paciencia y necesito también su ternura. Como cristiano, necesito saberme además precedido por Uno que ha caminado durante más de treinta años por su lugar de Galilea antes de tomar la palabra en público: Jesús de Nazaret, el mismo que me sigue acompañando hoy.

¿Qué sucede, pues, en ese lugar apartado al que Jesús se retira con sus discípulos? Es allí donde se vuelven a encontrar con la gente. Cuando he acertado a tomar el rumbo hacia mí mismo y he decidido llegar hasta el final, soy capaz, entonces, de encontrarme con los otros y de verles entendiendo a fondo lo que viven:”Jesús vio una muchedumbre inmensa y sintió compasión de todos ellos…”

Cuando he llegado a afianzar mi identidad y a saber decir dónde está el norte para mí, estoy en condiciones de guiar a los demás:”Jesús se puso a enseñarles con calma a todas esas gentes que andaban como ovejas sin pastor”

Cuando he llegado a encontrarme conmigo mismo, puedo dar: es así como a nuestro pasaje evangélico le sigue otro en el que vemos a Jesús y a sus discípulos dando de comer a cinco mil personas.

En mi ambiente de trabajo convivo con musulmanes y con budistas, con cristianos que asisten al culto y con otros que no. Y me siento llamado a ayudarles a todos a encontrar su propio norte, según el lugar donde se encuentren. Pero lo primero para mí es encontrar un lugar donde pueda sumergirme en mis raíces, bien sea la vida de pareja o la comunidad ¿Seré capaz de encontrar un lugar así?

Texto original de André Gilbert y traducido por V.M.P

DESCUBRIR NUESTRA MISIÓN EN LA VIDA

Aun recuerdo cuándo se puso en marcha el año de pastoral en mi parroquia, hace ya algunos años. La comisión de pastoral había preparado una gran pancarta en la que se podía leer: “nuestra misión es anunciar a Jesucristo al mundo de hoy” ¡Misión inmensa! Una definición como ésta se mantiene a un nivel tan estratosférico que puede valer para todo y para nada al mismo tiempo. Personalmente me sentiría un poco incómodo si tuviera que proyectar en ella mi propia vida.

Y, sin embargo, lo cierto es que las misiones son algo a lo que estoy acostumbrado. En mis ámbitos de trabajo administrativo, cada ministerio, cada departamento, cada sección, tiene su misión, que gira, más o menos, en torno al servicio a los ciudadanos y a la aplicación equitativa de la ley. Los centros de enseñanza tienen su misión. Los medios de comunicación como la radio, la televisión, los periódicos, las revistas, presumen de tener también una misión. La tradición cristiana no tiene ya el monopolio del lenguaje sobre la misión. Pero ¿cómo entender su misión en contraste con las demás?

Me gustaría sumergirme ahora de nuevo en aquel relato de Marcos que presenta a Jesús enviando a sus discípulos en misión ¿En qué consiste esta misión? A primera vista, no hay modo de saberlo. Jesús da sencillamente a los suyos la capacidad de apaciguar a los “espíritus perturbadores” (como podríamos traducir el sentido de la voz hebrea “impuro”, esto es, que se sustrae a la normalidad y a un cierto orden), sin añadir nada más. Cuando uno conoce el evangelio de Marcos, adivina enseguida que se trata, en él, de continuar la tarea de Jesús: su muerte se perfila en el horizonte cuando leemos el relato que sigue, el de la muerte de Juan el Bautista. El rostro de Jesús que nos presenta Marcos es el de un hombre de acción, que ha invitado a la gente a cambiar de vida porque el mundo de Dios está más cerca que antes y que no ha cejado en su empeño por transformar a sus semejantes en todos los sentidos: físico, psíquico y espiritual. Ahora bien, ¿qué hacen los doce para responder a la misión que Jesús les ha confiado? Instan a la gente a cambiar de vida, liberándola de sus pulsiones dañinas (enfermedades psíquicas o mentales) y curando a los enfermos (enfermedades físicas) con el aceite de la unción.

A la vista de este relato, ¿cómo definir la misión cristiana en general y la de cada uno de nosotros, en particular? A mí me parece que no podemos “inventarnos” una misión, por más noble que pueda parecernos, tal como “anunciar a Jesucristo”. Lo único que debemos hacer, en realidad, es “descubrir” nuestra misión. De hecho, el evangelio nos dice: Jesús convocó a los doce y empezó a enviarlos en misión…No se trata, entonces, de una iniciativa por parte de los discípulos. He aquí, pues, el origen de mis interrogantes y de una cierta tensión, a veces: “¿a qué me siento llamado…qué es lo que Dios espera de mí?

El relato me da una pista acerca de mi propia misión: Jesús les dio lo necesario para apaciguar a los espíritus perturbadores…, esto es, la capacidad de encauzar todas aquellas energías que pervierten o desvían al ser humano. Soy llamado solo allí donde tengo la capacidad de actuar: mi misión está en función de lo que yo soy y puedo ofrecer. Y aquí se plantea la pregunta: “¿quién soy yo y qué es lo que puedo ofrecer?”.

Cuando alguien me dice: “¡es increíble, pareces tan apasionado por lo que haces que se te ve radiante!” yo sé muy bien que estoy allí donde me siento llamado. Todo lo que hago con naturalidad es también mi propia misión: me toca, pues, a mí descubrir su sentido espiritual. Y esto me recuerda, por cierto, las imágenes de Pablo de Tarso: ¡qué fuerza, qué ardor, qué amor, qué pasión en todo lo que emprende! Hay que contar, desde luego, con horas sombrías, con momentos difíciles…Cuando mi madre andaba preocupada por uno de mis hermanos, que estaba enfermo, y no podía dormir por la noche, ¿le impedía esto a ella sentir hasta qué punto su vida seguía teniendo un sentido y no la cambiaría por nada? Algunas veces me pesa el trabajo y me aplasta la masa de mis planes y responsabilidades. Y, no obstante, saber que mi presencia y mi quehacer ponen en camino a personas como Mario, John, Gino, Kassen, Paul, me hace olvidar mi cansancio y me trae una paz profunda.

Como todos los que han rebasado ya la cincuentena, sé que llegará un día en que los múltiples compromisos sociales y el trabajo remunerado serán cosas del pasado. Y, sin embargo, vivo convencido de que mi misión no está en función de mi lista de actividades.

Cuando ya no pueda ayudar a los demás con mis conocimientos o competencias y sea, en cambio, yo quien necesite ayuda, entonces recordaré a mis hermanos y hermanas que la vida es, ante todo, pura gratuidad, como un recién nacido, que solo sabe agitar sus manos y sus pies.

¿Misión del cristiano? ¿Misión del musulmán? ¿Misión del agnóstico? Mi respuesta a todas estas preguntas es “sí”. Pero yo sé que lo mío es continuar la tarea comenzada por Jesús cada vez que alimento e intento curar y es esto lo que le da a mi vida todo su sentido. Sé también que, a través de mis acciones más sencillas, se perfila un misterio más grande que yo ¡Y esto me da vida!¿Concierne la misión únicamente al mundo que llamamos “profano”?

Ayer mismo por la tarde me telefoneaba un cura de parroquia para contarme lo angustiado que estaba ante un grupo de sacerdotes que no quería saber nada del proyecto previsto para reorganizar la misión. Cuando uno siente, por ejemplo, el vacío de la palabra en tantas celebraciones, ¿no percibe una llamada misional a los cristianos para que tomen, ellos mismos, la palabra?

Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P

EL MISTERIO DE LA VIDA ORDINARIA

Recuerdo que, en una ocasión, recibí en mi despacho a una persona dispuesta a hacerme algunas preguntas. Sabía que yo era biblista y deseaba ardientemente que le diera a conocer los escritos secretos de Jesús, que la Iglesia mantenía ocultos. Era un rosacruz, miembro de esa orden cristiana hermética cuyos orígenes se remontan al siglo XVII. Se quedó decepcionado al enterarse, por mí, de que semejantes escritos nunca habían existido. Años después, en Alemania, mi profesor de alemán en la universidad de Munich me invitó a pasar una tarde en su casa tras enterarse de que yo era biblista. También él pretendía que le hablase acerca de ciertos escritos secretos, ajenos al Nuevo Testamento, que vendrían a desvelar la clave oculta de la vida. Era un asiduo de la meditación que regresaba de California y frecuentaba grupos esotéricos. Yo le hablé un poco sobre los escritos apócrifos, insistiendo, eso sí, en que eran textos de carácter fantasioso, sin el menor valor de realidad. Lo que me sorprendió, en estas dos ocasiones, fue constatar, entre algunos, la convicción de que, en algún lugar, existía un saber capaz de trasladarnos a una vida diferente y reservada a iniciados. Y aquí se plantean dos cuestiones: para dar con la clave de la vida, ¿hace falta un saber especial?, y también ¿es cierto que este saber no está al alcance sino de un reducido grupo de personas?

Me parece que el evangelio da respuesta a ambas preguntas. Recordemos la escena. Jesús regresa al lugar donde se ha criado y trabajado de carpintero, seguramente como su padre. Un carpintero de aquella época no hacía lo mismo que uno de hoy. El oficio de entonces se desempeñaba en muchas tareas: levantar vigas para sostener el techo de las casas de piedra, fabricar puertas y marcos de puertas, travesaños de ventanas, muebles tales como camas, mesas o bancos así como alacenas, baúles o cajas. Justino mártir aseguraba que Jesús había fabricado también arados y yugos para los animales de trabajo. La práctica de este oficio requería una cierta destreza y fuerza física, lo que nos aleja de aquella imagen de niño inocente y enclenque que la piedad nos ha dejado de Jesús. Este carpintero toma la palabra en la sinagoga y su enseñanza llama la atención ¿No parece normal que se diga de él: por quién se tiene? Tiene también fama de sanador ¿No es normal que se diga de él otra vez: cómo es esto posible? Si es nuestro vecino, si la suya es una familia sin historia y son conocidos de toda la vida su madre, sus hermanos y hermanas todos…

Pero hagamos un alto aquí. Es importante superar un esquema vigente entre muchas personas piadosas que suelen decir: al fin y al cabo Jesús era Hijo de Dios; es normal, pues, que enseñe y haga milagros. Una opinión como ésta contradice hasta el fondo el misterio de la Encarnación. Como dice claramente el himno a los filipenses: “Jesús se hizo semejante a los hombres, presentándose como un ser humano cualquiera”(Flp 2, 7). Y lo natural para un ser humano es aprender, aprender de sus propias experiencias y errores,   aprender escuchando a los demás y abriéndose a los acontecimientos ¿Cómo podría ser de otra manera en el caso de Jesús?  Así, el Jesús que vuelve a Nazareth es el mismo que ha venido creciendo como ser humano gracias a su oficio de carpintero artesano. El que ha escuchado los consejos de su padre y su madre, atento siempre a los pequeños acontecimientos de la vida ordinaria (por ejemplo, Lc, 8: “¿cuál es la mujer que, si tiene diez dracmas y pierde una, no enciende una lámpara, barre su casa y se pone a buscar hasta dar con ella?”. El que ha convivido con sus hermanos y hermanas (los mejores biblistas coinciden hoy en señalar que Jesús debió de tener, al menos, seis hermanos y hermanas), el observador atento de la naturaleza (buena parte de sus parábolas tiene su origen en la observación de la naturaleza: el sembrador, el grano de mostaza, los lirios del campo y las aves del cielo, la pesca y selección de los peces), el que ha estado al tanto de las noticias diarias (recordar, por ejemplo, su mención de las dieciocho personas que perdieron la vida al caer sobre ellas la torre de Siloé, Lc 13, 4). He aquí, pues, al hombre cuya sabiduría asombra a la gente de Nazareth. Su sabiduría es, en realidad, el mensaje mismo de los evangelios.

En el fondo, ¿por qué le asombra a la gente la persona de Jesús? Si hubiera venido de Roma o de Atenas o si hubiera sido un fariseo de prestigio en Jerusalén como Gamaliel, a la gente le asombraría menos ¿Por qué? Hay una manera de entender la vida según la cual el secreto de la existencia se halla fuera de uno mismo y es casi inalcanzable. Solo una élite formada por personas muy especiales y dispersas por el mundo puede revelárnoslo. Solo algunos, que se presentan como gurús,  tienen oídos para él. Pues bien: esto es justamente lo que denuncia el evangelio. La gente de Nazareth buscaba un gurú y fue el carpintero de la esquina de la calle lo que se encontró.

A mi parecer, hay una cierta ceguera en querer buscar la luz en escritos secretos o esotéricos.  Es querer buscar lejos lo que está cerca. Hay una frase del dominico Marie-Dominique Chenu, experto en el Concilio Vaticano II, que me acompaña sin cesar: “Jesús ha venido a santificar el mundo, no a sacralizarlo”. En otras palabras, Jesús ha revelado que es, sobre todo, en el corazón de la vida ordinaria donde Dios sale a nuestro encuentro, antes que en los santuarios, los templos o las iglesias.

La vida ordinaria nos ofrece todo lo necesario para que podamos descubrir la clave de la existencia. Es ella misma el misterio profundo que se da a conocer a quien se toma su tiempo para acogerlo. Tiene el poder de transformarnos, como transformó a Jesús. Es el maestro que puede hacernos sabios y llenarnos de vida. Y es en ella donde descubrimos a Dios, no en el cielo. Con ella no hacen falta escritos secretos.

Texto original de André Gilbert y traducido por V.M.P

EL CAMBIO SOCIOLÓGICO EXPERIMENTADO EN AS PONTES EN LAS ÚLTIMAS DÉCADAS

Primeiramente facer unha aclaración sobre o último artigo de D. Enrique publicado, do ano 1977 sobre o MOSTEIRO DE SAN MARTIÑO. Segundo me comenta D. Xabier Martínez Prieto, párroco de Ortigueira e que exerceu tamén aquí nas Pontes, o mosteiro que D. Enrique cita, correspóndese con Pontedeume e débese a que nos documentos fálase de Ponte do Eume (que sería Pontedeume) e non Pontes do Eume (que sería As Pontes).

A D. Xabier Martínez, As Pontes débelle moito, pois mentres estivo exercendo neste concello, pescudou infinidade de datos sobre a Igrexa Parroquial, sobre as outras igrexas e capelas espalladas polo municipio; ademais de crear a Asociación de Estudos Históricos “Hume” (feito que algúns teñen esquecido) e de ser unha persoa defensora do nos Patrimonio. Moitas grazas Xabier!

O artigo de hoxe vai sobre “EL CAMBIO SOCIOLÓGICO EXPERIMENTADO EN AS PONTES EN LAS ÚLTIMAS DÉCADAS”, publicado tamén na Revista das Festas, no ano 1980.

Nel D. Enrique fálanos dos trocos experimentados por mor da industrialización coa chegada de ENDESA ANO 1980 CAMBIO SOCIOLÓGICO EXPERIMENTADO EN AS PONTES EN LAS ÚLTIMAS DÉCADAS.

Por D. Enrique Rivera Rouco.

Como en pasados años, a instancias de la Comisión Organizadora de los festejos patronales, vengo obligado a dedicar unas líneas acerca de nuestro Pueblo para insertar en la revista informativa de la fiesta. En esta ocasión intento describir -a mi manera, sin otras directrices- el cambio sociológico experimentado en esta Villa y Comarca en los últimos tiempos, con base en la observación y reflexión sobre las características que le configuran en la fecha actual y comparativamente sobre las que presentaba en la época de mi infancia.

Era entonces un Municipio de unos cinco mil habitantes, en que la Villa tomaba creciente auge con motivo de la factoría “Calvo Sotelo” pero donde sin embargo predominaban las formas de vida tradicionales:

– La Parroquia de As Pontes poseía el sentido de comunidad y de unión para los intereses comunes, todos nos conocíamos. Hoy en cambio, el sistema de vida es individual y, en porcentaje considerable, no nos conocemos unos a otros.

– Casi toda la población era entonces nativa, mientras que la inmigración de los últimos lustros la convirtió en una sociedad nueva o, mejor, en un conglomerado nuevo que se integra en comunidad.

– El ambiente general ofrecía un tono agrícola y, aunque había un pequeño número de “señoritos” y otros profesionales que no trabajaban en el campo, de hecho todo el Pueblo estaba mentalmente vinculado a la agricultura, en contraposición al aire ciudadano que hoy se respira.

– La manera de vivir era todo el año uniforme, sin vacaciones, sin fines de semana, con acusado sentido del ahorro, pues no se disponía de Seguridad Social y era preciso prever cualquier eventualidad. Los niños trabajábamos en medio de los mayores, lejos de divertirnos, compartiendo con ellos aquella vida esclava.Hoy la mayoría disfruta de vacaciones y fines de semana; no sienten necesidad de ahorrar, y los pequeños poseen todos los mimos.

– Las actuales diversiones (si es que así pueden llamarse) han emprendido el extraño derrotero de las discotecas y de la huida sistemática a lugares lejanos, mientras que los esparcimientos de antaño -más vividos, más satisfactorios y saludables- consistían en las fiestas y bailes del Pueblo y del alrededor, los animados paseos del domingo, los carnavales, celebraciones familiares, etc.-

Entre la juventud de antes no había, por falta de medios, tantos estudiantes como en la actualidad en que casi todos acometen los estudios de enseñanza media y muchos los superiores.

En la gran mayoría, al terminar la edad escolar, no había otra aspiración que la de seguir el sistema de los padres o la de emigrar al extranjero: primero a Venezuela, después a Europa. En cambio hoy frecuentemente piensan en emplearse en las industrias locales y en las vecina, aún a costa de truncar los estudios.

En los hogares va desapareciendo aquel tipo de organización en que el padre respondía de la educación y hasta de la profesión del hijo; es decir, ahora el padre ya no decide por y sobre el hijo, sino que éste se reivindica el derecho de decidir.

Aunque este hecho tenga su factor positivo, es de lamentar el elemento negativo que conlleva el nuevo tipo de relaciones entre padres e hijos: al no hacer caso a los mayores queda automáticamente truncada aquella trasmisión cultural de una generación a otra, con toda la riqueza de experiencia y de valores humanos y espirituales que llevaba consigo.

El extremo opuesto que hoy tiende a imponerse, de la falta de contacto y de convivencia de los muchachos con su familia, supone, sin lugar a dudas, un contravalor y puede ser incluso una de las causas de la delincuencia juvenil.

En suma, hemos de admitir que el Pueblo de As Pontes se encuentra hoy subiendo los últimos peldaños en el tránsito de sociedad tradicional agraria a sociedad moderna industrial.

Comprende actualmente el Municipio unas tres mil familias, de las que solo el 10% residen en los barrios de aldea. Ya no hay, afortunadamente, aquella clase marginal de antaño de gentes muy pobres, sino que, partiendo del nivel económico y de las formas de vida de los vecinos (más que de los principios de la Sociología), podemos catalogar en tres las actuales clases sociales de As Pontes: Un número no elevado de clase alta (ingenieros, técnicos de la industria y algunos industriales autónomos).

Un número mayoritario de clase media -entendida ésta en su sentido amplio de cuantos viven holgadamente-: comerciantes, pequeños industriales, administrativos, profesores, funcionarios, etc. y también los productores de la gran industria, ya que versan en situación ventajosa entre los restantes vecinos de la Comarca.

Y queda un buen número comprendido en la clase baja, por cuanto sus condiciones de vida son más precarias : los agricultores, los obreros eventuales, empleadas del hogar y cuantos no consiguieron colocación. Los ingresos consisten respectivamente a base de honorarios, salarios y (en la clase baja) en unos pequeños productos acompañados de alguna pensión de vejez o de desempleo, por lo que la renta de estos últimos ha de ser conceptuada como de “simple subsistencia”.

La conciencia de clase es “difusa” en la inmensa mayoría; quizás sólo sea “clara” -en línea conservadora- en la clase alta y parte de la clase media, y -en línea reformadora- en los grupos jóvenes.

El ánimo y sentimiento popular aparece como de satisfacción en las clases alta y media, y de frustración en la mayoría de los agricultores y de los que no consiguen empleo en la industria. Cuanto a la formación intelectual hemos de reconocer que sólo una minoría posee estudios universitarios, un número notable (cada vez mayor) el bachillerato y el resto la educación primaria.

Tras esta exposición de las facetas ambientales de nuestro Pueblo, podemos preguntarnos: ¿A dónde vamos los ciudadanos ponteses? Yo diría hacia mayores conocimientos científicos, hacia mejores condiciones de vida, pero quizá en disminución de valores éticos, morales y de convivencia; es decir, el progreso es parcial, no perfecto.

PY, a propósito, quedaría manco este trabajo (siendo quien lo realiza un sacerdote) de no tocar el problema religioso que el antedicho cambio social lleva consigo. ¿Qué pensar del panorama religioso actual de nuestro Pueblo? No se puede ocultar un hecho patente: en gran descenso de las prácticas religiosas.

Quizás las formas de vida religiosa propias del ambiente rural no sean válidas para la sociedad moderna industrial. La vida religiosa urbana, igual que todas las actividades urbanas, presupone un nivel cultural que no se da en las masas trabajadoras inmigradas del campo: es decir, la religión no es una herencia sino que requiere un fondo de convicciones sentidas y vividas.

Los hechos quieren insinuarnos que la religión deja de ser el elemento determinante en la organización de la vida social. No obstante, no quiero concluir con aire pesimista; no preveo la desaparición total de lso sentimientos religiosos de mi Pueblo, sino una crisis característica de nuestra época y que define el siguiente párrafo del Concilio Vaticano II: “El género humano se halla hoy en un período nuevo de su historia, caracterizado por cambios profundos y acelerados, que progresivamente se extienden al universo entero. Se puede hablar de una verdadera metamorfosis social y cultural, que redunda también sobre la vida religiosa”.

Texto e imaxe aportada por Xose María Ferro, director do Museo Etnográfico Monte Caxado de As Pontes.

UNA ENERGÍA INCREÍBLE CONTRA EL DESTINO

Quedé impresionado recientemente al leer el testimonio de unos profesores en un liceo de las afueras de París. Me recordó al de los educadores en ciertos colegios públicos de ambientes desfavorecidos. Se tienen que hacer violencia. Durante una hora de clase a duras penas consiguen enseñar quince minutos. Acudir al aula es, para ellos, como entrar en una jaula de leones. No me sorprende, pues, la cantidad de enseñantes que acaban causando baja por depresión. Lo que me sorprende es que sigan queriendo dar clase ¿Por qué? Necesitan su salario, por supuesto. Pero, ¿no habrá nada más? ¿no habrá, en ellos, algo que puede asomarnos al evangelio?



El evangelio nos ofrece dos relatos entramados. El de la mujer que sufre hemorragias es el más importante y explica el resto. Lleva doce años luchando por su salud. Ha gastado en ello todos sus recursos. Sus ganas de vivir, propias de quien no se resigna a una vida menguada en sus posibilidades, son tan fuertes que le ayudan a superar el miedo y salir al encuentro de Jesús, logrando romper el muro que la multitud ha levantado en torno a Él. Según el evangelista, Jesús sintió que salía de él una energía increíble. El texto griego emplea la palabra “dynamis”, étimo de palabras como “dinamismo” o “dinamita”. Las biblias suelen traducirla por “fuerza”, “poder” o “milagro”, tal vez. Yo prefiero esta traducción: “energía increíble”. Para esta mujer será su segundo nacimiento, el que ella misma tendrá la oportunidad de elegir y preparar. Hablar de energía es una manera de hablar de la fe. No es sino a esta luz cómo podemos acercarnos al segundo relato, el de la curación de la hija de Jairo.



La manera que tiene Marcos de contárnoslo y los símbolos que emplea ponen de manifiesto que está describiendo la situación del creyente. La casa en la que Jesús entra es la Iglesia. Y entran con él, acompañándole, los pilares de la fe, que son Pedro, Santiago y Juan, así como los familiares más íntimos de la niña. Es la fe lo que nos acerca a esta niña. Los incrédulos, los que se burlan de Jesús, no son invitados a entrar. Para describir, según el texto griego, el gesto de Jesús al tomar la mano de la niña y ayudarla a levantarse, se utilizan las mismas palabras que aparecen en el relato de la Resurrección. Y, cuando Jesús manda dar de comer a la niña, no sucede otra cosa que lo que celebramos en la Eucaristía después del Bautismo. Por el bautismo pasamos de la muerte a la vida, resucitamos con Cristo y nos sentamos a la mesa de los creyentes con Él. La clave tanto de este relato como del anterior es la misma: es la increíble energía desplegada por la fe de cada uno lo que hace posible el paso de un universo de muerte hacia una vida plena.



Si hay algo que tuerce el rumbo de los seres humanos es esa percepción de la realidad que la gente llama “destino”. Todavía oigo decir a los que se acercaban al féretro de mi cuñada, víctima de un cáncer con apenas treinta y tres años: “era su destino”. De ninguna manera. Creer que un destino cualquiera marca el rumbo de nuestra vida o que una situación marcada por la privación o el deterioro es normal no puede ser otra cosa que un camino de muerte. Hace falta, pues, la energía increíble de la fe para luchar contra esta idea de un destino fijado de antemano. Tanto la realidad cotidiana como la que viven los profesores a los que me empecé refiriendo es tan compleja y difícil en ciertos momentos y tan inquietante, a veces, que solo la fe puede liberar la energía vital que nos habita, solo ella puede sacar a la luz los anhelos profundos que llevamos dentro, solo ella ayuda a esperar la salida del sol al otro lado de la montaña. La fe rompe la lógica del destino. En la película sobre la vida de Tina Turner, cantante americana de color, golpeada y maltratada durante años por su marido, podemos ver aquella escena en la que ella, con una serenidad desconcertante, hace frente a las amenazas de su exmarido, pistola en mano: gracias a los consejos y la ayuda de una amiga, entró, de alguna manera, en el mundo…de la fe, nació a sí misma.



Para Tina Turner el budismo fue el camino hacia la fe. A los educadores en ambientes desfavorecidos diversos caminos les han ayudado a descubrir esta energía asombrosa. Para la mujer que padecía hemorragias frecuentes, para Jairo, para mí y para ti, sin duda, es el contacto con Jesús, que ha pasado de la muerte a la vida, el gran descubrimiento ¿Qué nos impedirá llegar hasta el final de esta formidable energía?

Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P.

O MOSTEIRO DE SAN MARTIÑO DAS PONTES

Presento hoxe o seguinte artigo de D. Enrique, moi interesante, pois fala da posible existencia dun mosteiro nas Pontes, concretamente do MOSTEIRO DE SAN MARTIÑO DAS PONTES, e que estaría situado no Chamoselo de Abaixo, onde se sitúan os restos romanos.

O artigo leva por título COLABORACIÓN e foi publicado na Revista das Festas do ano 1977. Nel tamén nos aporta información sobre a intención de publicar a segunda edición do seu libro “HISTORIA DE PUENTES DE GARCÍA RODRÍGUEZ”, corrixida e aumentada e editada en galego. E engade que a elaboración xa está en marcha. Mágoa que este traballo estea perdido, pois cando fixen o libro “D. ENRIQUE RIVERA ROUCO, A SUA VIDA E A SÚA OBRA” tratei de atopar todos os traballos posibles, máis desta información non atopei nada, agás esta cita no artigo. De seguro que hai moito aínda sobre a nosa historia pontesa que descoñecemos.

ANO 1977

COLABORACIÓN

ENRIQUE RIVERA ROUCO.

La entusiasta Comisión para las Fiestas Patronales del presente año me rogó con insistencia participara en esta revista informativa; petición que intento complacer adelantando algunos de los datos importantes y últimamente descubiertos sobre el pasado de nuestro Pueblo, que han de engrosar la próxima edición de la Historia de Puentes, corregida y en el idioma gallego, cuya elaboración está ya en marcha. Me refiero principalmente al considerable número de documentos antiguos correspondientes a nuestra Comarca que posee el Archivo Histórico del Reino de Galicia.

Zona do Chamoselo onde D. Enrique sitúa o MOSTEIRO DE SAN MARTIÑO

Aunque todavía no he podido practicar una investigación detallada sobre los mismos, conseguí consultar los inventarios analíticos de las diversas series documentales que integran el mencionado gran Archivo.

La mayor parte de dichas series poseen documentos concernientes al pasado de Puentes.

El hallazgo más sensacional aparecen en la Sección XII, Departamento 3, -Epígrafe: “Documentos Eclesiásticos”- , que contienen libros y documentos procedentes de los antiguos monasterios y que pasaron a ser “prioratos” con motivo de la reforma monástica del sigo XVI; entre los cuales figura el MONASTERIO DE SAN MARTÍN DE PUENTES.

Era tradición inmemorial en Puentes la existencia de un convento, anterior a la actual iglesia, pero se ignoraba el lugar de su ubicación y demás pormenores.

Tal teoría quedó confirmada cuando, al abrir las cimentaciones de los edificios de la zona del “Chamoselo de Abajo”, aparecieron restos del referido monasterio: en el solar de la Granja Rivera fueron descubiertos una estatua de granito que representaba un guerrero y tejas de la montera del primitivo convento; en la finca núm. 40 de la Avda. de Lugo, un pavimento de mosaicos; piezas talladas de granito en las fincas contiguas; etc.

Con los datos del Archivo Histórico aquella vieja leyenda recobra plenamente su sentido real.

Efectivamente hubo en Puentes un Monasterio correspondiente a la “red de monasterios” propagados por San Martín de Braga y cuya antigüedad se remonta al sigo VII, habiendo adoptado la regla de San Fructuoso.

Tuvo vida próspera hasta el siglo XVI en que, con motivo de la reforma eclesiástica entonces ejecutada, pasó a ser “priorato”.

En consecuencia le fue reducido el número de monjes que, a las órdenes de un “prior” se limitaron a explotar sus posesiones al estilo de “granja”.

Dicho “Priorato” no fue “curado”, es decir, no regentó la zona pastoralmente. Tuvo que coexistir con él la Parroquia; de lo contrario el titular de la misma hubiera seguido siento San Martín.

Y resulta que la actual Iglesia Parroquial se remonta a esa antigüedad, ubicada en distinto lugar y con el titular de Santa María.

Aquel viejo convento hubo de quedar deshabitado en la decadencia monacal del siglo XVI y, posteriormente, su edificio pereció ruinoso.

Cotejando estos datos con otros recogidos de la historia general de Galicia se deducen, con fundamento, hechos curiosos del pasado de Puentes, como por ejemplo el haber sido residencia del Obispo. Veámoslo: El Historiador Enrique Corrales y Sánchez (según consigna el Diccionario Enciclopédico Hispano Americano, en el volumen 13) narra lo siguiente: “… La sede episcopal britoniense (después mindoniense) se erigió en el año 561 por decreto del concilio I de Braga… su primer Obispo fue Mailoc… destruida Bretoña por los árabes en el año 717, desapareció la sede.

Volvió a aparecer con el título de “Dumiense” por los años 866-870, arrancada del Monasterio de Dumio, junto a Braga, cuando la huida del Obispo Sabarico a San Martín de Mondoñedo.

Posteriormente se trasladó la silla a Villamahyor (del “Valle Brea” junto a Mondoñedo) en los comienzos del Siglo XII, traslación confirmada en el Concilio de Palencia de 1.113, dejando el título de Eumiense que antes había adoptado y tomando el de Vallibriense y luego el de Mindoniense, tras haber residido diecinueve años en Ribadeo (Sede Ribadense, regentada por Pelayo II de Cebeyra)”.

De este relato histórico y fidedigno se despende que la Sede Episcopal del N.O. de Galicia, durante aquellos siglos de persecución promovida por los musulmanes, anduvo errante y personificada en la persona del Obispo fugitivo.

Los lugares de estancia le dieron nombre y uno de esos nombres es el de “EUMIENSE” (en tierras del Eume).

No cabe lugar a dudas de que tal residencia de la Sede ha sido el Valle de “La Altiplanicie del Eume”, como se llamaba la llanura de Puentes antes del siglo XIV (según los mapas medievales) y donde además había el Monasterio de San Martín, refugio idóneo para nuestro Obispo. Un manantial de rica agua, junto a la “presa de Alende”, llevó desde siempre el nombre de “fuente del Obispo” (al igual que en Ribadeo se llamó desde entonces a la fecha “casa del Obispo” el edificio donde residió, en el barrio de Cabanela); su situación corresponde a un extremo de la huerta del Monasterio de Chamoselo.

A su lado, en el muro de contención del Río Eume, existen piedras talladas de granito, redondas, del estilo de los asientos de los jardines de los monasterios (como las que hay actualmente en La Rábida).

El Historiador lucense AMOR MEILÁN (“Historia de Lugo”, Tomo III) consigna globalmente las tierras asignadas a la Sede de Bretoña: “…las Iglesias de las colonias bretonas, una de ellas con el -Monasterio Máximo-, y posesiones en Asturias…”.

El P. Ferrando (también historiador insigne) describe más al detalle las tierras de dicha Sede que, según él, se estendían desde el Rio Eo al Portus Brigantinus (Betanzos) y desde el Cantábrico hasta cerca de Lugo.

Esa dimensión viene a ser la posterior diócesis de Mondoñedo; algo más extensa en la parte Oeste. De todos modos una cosa es cierta: que la futura Sede Mindoniense fue antes denominada “EUMIENSE” ; en consecuencia estuvo establecida en nuestra región del Eume.

Y no pudo ser en Caaveiro, ya que no existía la Colegiata en esas fechas (según la obra “Galicia Histórica” de López Ferreiro); era el Monasterio de Puentes el único en las riberas del Eume.

La Sede Eumiense se unificó después con la “Dumiense” importada en la persona de Sabarico, pues muchos historidadores afirman que el Obispado Mindoniense es continuación del Britoniense, en oposición de cuantos creen que la Sede de Bretoña pasó a Asturias (recoge estas opiniones el escritor ortigueirés Alfonso Toimil González; “Voz de Ortigueira” nº 3158).

Nuestro Monasterio de San Martín ¿sería acaso el “Monasterio Máximo” de la jurisdicción britoniense? La peña de aficionados esperamos poder dilucidar estas incógnitas en la investigación de los materiales del Archivo Histórico del Reino de Galicia y en la Obra “España Sagrada” del P. Flórez que consigna el elenco de los obispos britonienses, y mejorar lo investigado sobre la Historia de Puentes dentro de los angostos límites de tiempo y medios de que disponemos.

Texto e imaxes aportadas por Xose María Ferro, director do Museo Etnográfico Monte Caxado de As Pontes

¿QUÉ SIGNIFICA CREER?

Hace algún tiempo una corriente de pánico se apoderó de los mercados bursátiles. La confianza se esfumó. Aparecieron en escena imprudentes expertos en finanzas. Algunos de ellos acabaron siendo verdaderos estafadores. El resultado fue un montón de dramas humanos. Muchos vieron su economía reducida a cenizas. Personas que se acercaban a su edad de jubilación se vieron forzadas a seguir trabajando. Algunos perdieron su empleo o tuvieron miedo a perderlo. Los dramas no son fáciles de vivir.



Este contexto puede ayudarnos a entender el evangelio de Marcos. Después de hablar a los judíos sobre el Reino de Dios por medio de parábolas, Jesús se embarcó de noche con sus discípulos y cruzó el mar de Galilea hasta alcanzar la orilla donde vivían gentes de origen griego. Fue entonces cuando estalló una violenta borrasca con lluvia y viento que a punto estuvo de hundir la barca. Los discípulos  sintieron lo mismo que cualquiera de nosotros cuando llega la tempestad: miedo. Pero en el relato de Marcos hay algo más. Los discípulos no solo tienen miedo: les escandaliza la indiferencia de Jesús, dormido en un rincón de la barca: “¿no te das cuenta del peligro que corremos?”. Lo que viene después ya lo sabemos: Jesús reacciona, aplaca la tempestad y acaba reprochando a los suyos: “pero, ¿dónde está vuestra fe?”.



Para entender mejor nuestro relato debemos situarnos en las circunstancias por las que Marcos pasó cuando lo escribió, seguramente en Roma. Los cristianos habían dejado atrás su tierra de Palestina y cruzado el Mediterráneo para adentrarse en un ambiente pagano donde conocerían la hostilidad. Nerón perseguirá a la joven comunidad cristiana, atará vivos a los creyentes a postes y les prenderá fuego para que ardan toda la noche como antorchas e iluminen la ciudad ¿Qué interrogantes no surgirán entre aquellos jóvenes bautizados que, después de proclamar la Resurrección de Cristo y cantar Aleluyas, han visto la barca de su comunidad casi por entero destruida? Gritarán, sin duda: “¿eres indiferente a lo que nos está pasando?, ¿por qué dejas que tu comunidad acabe destruida?”.

Dos mil años más tarde, se oyen en la noche los mismos gritos. Basta con pensar un momento en los interrogantes que pudieron surgir entre los cristianos de Japón, cuando cayó la bomba atómica sobre la ciudad de Nagasaki, en Agosto de 1945. No olvidemos que en esa ciudad vivía la comunidad cristiana más numerosa de Japón ¿No dirían algo así como: “¡Señor, te has vuelto completamente loco, acabas de terminar con tu hijo, a quien le esperaba tan brillante porvenir!”. Cada cual puede pensar en una situación o un acontecimiento en el que Dios parece ausente y es vana la espera de que intervenga. En ciertos momentos tenemos la impresión de que, si Dios no existiera, no cambiaría absolutamente nada.



Pero, ¿cómo encajar, entonces, la interpelación o reproche de Jesús?: “¿dónde está vuestra fe?   ¿O es la vuestra una fe ciega: “sin ver cambio alguno, ¿seguiréis creyendo igual?”. Cuando uno escucha con atención las palabras de Jesús cae en la cuenta de que, para Él, la fe es lo que hace posible encontrar la vida. La fe es lo que le ha dado a Él la vida. El relato de la tempestad calmada debe ser interpretado a la luz de otro anterior, en el que Jesús proclama su fe al decir que el Reino de Dios se parece a un grano de mostaza. Con el tiempo este grano se convierte en un árbol y a él acuden los pájaros del mundo entero buscando cobijo entre sus ramas. En otras palabras, Jesús viene a decir lo siguiente: “os parece que mi predicación no va a ninguna parte pero debéis saber que mi semilla acabará teniendo un impacto universal a través de los tiempos”. Sin esta fe, Jesús habría vuelto enseguida a su taller y a su oficio de carpintero, a seguir reparando herramientas de madera.

Nuestro error es pensar que, con Dios de nuestro lado, ya no hay tempestades. Pero sucede justo lo contrario ¿Para qué sirve, entonces, la fe? ¿Qué significado tiene la imagen del mar en calma y del viento que cesa en nuestro relato? Cierto periodista informaba recientemente sobre movimientos xenófobos y violentos en Rusia y relataba el testimonio de un juez moscovita que, después de sufrir una herida de gravedad por no ser eslavo, decidió mantener su blog en internet. Un neonazi le escribió entonces: “acabaremos nuestro trabajo y te mataremos”. Él reaccionó asegurándole al periodista: “hay que plantarles cara, no hay otra solución”. La calma no es otra cosa que la capacidad de creer que nuestras acciones darán sus frutos, por más que parezca lo contrario, y seguir adelante.


Jesús pasó por muchas tempestades. La última de todas tuvo lugar para Él en el huerto de Getsemaní. Según nos cuentan, sintió allí verdadera angustia. La angustia es una forma de miedo. Pero la angustia no llegó a paralizarle. Pudo expresarse en una oración a Dios, su Padre, y en una petición a sus discípulos: “quedaos conmigo”. Creer fue, para Él, sentir que no estaba solo, aunque ciertamente la presencia de sus discípulos hubiera podido ser mejor. También se calmó la tempestad cuando los discípulos empezaron a sentir la presencia de Jesús “despierto” ¿Seremos capaces de estar cerca de los que sienten angustia en medio de la tempestad para que ellos, a su vez, sean capaces de creer?

Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P