EL ARDUO CAMINO HACIA LA PAZ

La liturgia pascual proclama estas palabras de Juan: “el sábado al atardecer, durante el encuentro semanal de la comunidad, encerrados aun los discípulos por miedo a los judíos, experimentaron una presencia que les llenó de una paz profunda. Cuando esta paz dio, a su vez, origen a la fe en aquel que había sido crucificado y muerto, los discípulos sintieron un gozo inefable. Fue entonces cuando recibieron la misión de salir de su estupor y guiar a los demás a la misma fe, a la misma paz, al mismo gozo, liberándose, así, de este mundo, lleno de perdición y de muerte, y descubriendo la vida verdadera. El camino de la fe no es evidente, como lo manifiesta Tomás, porque se trata de la fe en un crucificado, esto es, del descubrimiento de la paz y del gozo a través de los sufrimientos y de la muerte”

Amigos lectores, este relato representa, para mí, un desafío considerable, tanto por su comprensión como por su llamada a la fe. Hay que prescindir, ante todo, de una lectura superficial y de primer nivel, como si el evangelista se hubiera propuesto informarme sobre los poderes extraordinarios del Resucitado -capaz de atravesar las paredes y oír las conversaciones de todo el mundo, incluido Tomás- o recordarme que, a los once discípulos más cercanos, les ha concedido el poder de confesar y perdonar los pecados. Este relato, como su final pone de manifiesto, se dirige, en realidad, a todos nosotros, hombres y mujeres de todos los tiempos, para que tengamos vida. En la medida que es como el trampolín para una experiencia de fe, el relato en cuestión no se refiere simplemente a una realidad del pasado sino a contenidos actuales que están a mi alcance y  puedo descubrir. He aquí el desafío.

Sabemos distinguir la vida física de la vida plena para una persona auténtica: algunos están vivos, pero su corazón está muerto; otros, en cambio, a pesar de su salud precaria, respiran felicidad a pleno pulmón. Cuando Jesús habla de vida, no se refiere simplemente a la vida física porque él mismo murió a la vida física.

Hay que distinguir también entre la paz de la que hablan cuantos no quieren que nadie les moleste, como si la paz fuera falta de preocupaciones, y la paz profunda, manifestada por aquellos seres humanos que se encuentran en el corazón de la adversidad, entre preocupaciones y circunstancias nunca antes vividas, como en el momento de la muerte. Jesús dijo a sus discípulos: “yo os dejo mi paz”. Y poco después tuvo que enfrentarse, él mismo, a la incomprensión, los tormentos y la muerte.

Hay, en fin, otra distinción que notar entre el gozo anunciado en televisión por cualquiera con una botella de Coca-cola en su mano y el gozo profundo de alguien que ha encontrado el amor de su vida. Yo imagino que Juan se hace eco fiel de la vida de Jesús cuando pone en sus labios estas palabras: “os digo estas cosas para que mi gozo esté en vosotros y vuestra alegría sea completa”.

Y ahora, la gran cuestión: “¿dónde tener la experiencia de esta paz y de este gozo y encontrar, así, la vida que las preocupaciones, el sufrimiento y la muerte física no pueden alcanzar? Indagando en mi propia experiencia saco a la luz un recuerdo de infancia: cada noche, mientras me iba quedando dormido, mi padre tenía la costumbre de entrar muy despacio en mi habitación a oscuras para cerciorarse de que estaba bien arropado en mi cama. Aun recuerdo aquella sensación que me llenaba de paz: alguien velaba sobre mí y yo me sentía protegido. Es evidente que este sentimiento ha dejado huella en mi personalidad y en los caminos de mi vida. Con el tiempo, sin embargo, ya no basta este sentimiento para hacer frente a ciertas situaciones en la vida. No puedo explicar ahora con detalle cómo ha tenido lugar el tránsito desde aquel sentimiento infantil hasta mi fe actual en Alguien que vela sobre mí y me protege en todas las circunstancias de la vida. O, más bien, cómo tiene lugar cada día este tránsito. Queda claro, de todos modos, que, sin esta vivencia de seguridad y amor, un ser humano no puede alcanzar su plenitud. Sin esta vivencia, es difícil sentirse liberado de toda forma de esclavitud, división, amargura o pecado.


El evangelista me asegura: “es Jesús de Nazareth quien me ha hecho descubrir esta dimensión de un mundo habitado por un Padre amoroso”. Sé que alguien como el Dalai Lama, cuya paz y cuyo gozo admiro profundamente, encuentra de otra manera el poder de la serenidad que nos abre al futuro. Lo que me parece esencial, en todo caso, es que esta vivencia llegue a integrar todos nuestros sufrimientos, miedos, guerras y muertes, porque nuestra fe es en la Resurrección de los muertos, no en una vida sin muerte. La fe en el futuro es fe en algo que escapa a nuestro control: el Espíritu es como el viento, oyes su voz pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. He aquí la dificultad con la que tropieza Tomás y también nosotros, tal vez. 

Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P.

OS TOQUES DE CAMPÁS POR D. ENRIQUE RIVERA

Cando era un rapaz, lembro que había tres feitos ao longo do día polas que sabías a hora que era: a serea da Central (ENCASO), o paso do Coche de “Línea” (autobús de Ferrol-Lugo e viceversa, e o autobús As Pontes- Coruña) e os toques das campás da Igrexa Parroquial cando había reloxo (ata o 1965 porque logo, ao tirar a fachada, sacaron o reloxo e non se volveu a poñer).

Tamén recordo os diferentes toques das campás. Un que non me gustaba escoitar era o de defunto, no que se podía saber polo xeito dos toques se era home, muller ou neno-a.


D. Enrique publica este artigo na revista das Festas Patronais de 1997 relativo ao toque das campás e no que nos dá datos sobre o reloxo existente, noutrora, na fachada da Igrexa Parroquial.

LOS TRADICIONALES TOQUES DE CAMPANA EN EL PASADO DE AS PONTES

Accediendo a la petición de algunos amigos que desean conservar el recuerdo de una de tantas costumbres tradicionales de nuestro Pueblo, ya que era un grato servicio que dispensaba a la Feligresía el lenguaje de las campanas de la Iglesia Parroquial, consignamos a continuación el significado de los diversos toques practicados hasta hacer aproximadamente un cuarto de siglo.

Se diferenciaban dos repiques: el general y el solemne. En el primero eran usadas las dos campanas mayores (grande y pequeña).

Comenzaba con una entrada rápida, de unos diez segundos en cada una, y seguía alternándolas ágilmente durante unos cuatro o cinco minutos. Para el solemne eran necesarios dos campaneros y utilizaban la campana del reloj, además de las otras dos: tras la entrada en cada una, un campanero alternaba repicando la grande y la del reloj y el otro volteaba la campana pequeña tirando de una cadena que tiene asida a la cepa, también unos cuatro o cinco minutos para terminar repicando la grande y la pequeña.


Toques de llamada a la Misa: igual que en la fecha, media hora y un cuarto de hora antes, una serie de tañidos diferenciando al final si es el primero o el segundo; en los días laborales se usaba la campana pequeña y sólo el golpe deferencial con la grande; en los festivos se verificaba todo el sonido con la campana grande. El toque de entrada, que en la actualidad consiste en un tercero con el mismo procedimiento que los anteriores, hasta aproximadamente el año 1940 era ejecutado mediante una campana pequeñita, llamada “el esquilón” que se hallaba con una diminuta espadaña sobre la sacristía vieja adosada a la cabecera de la nave del Sagrado Corazón, accionándola desde la sacristía. Por dicha fecha se suprimió y posteriormente se eliminó la espadaña al ocasionar gotera en el edificio.


Toques fijos a diario: del alba, al salir el sol con un repique general (abolido por el año 1940), de ángelus y de oración hasta hace un cuarto de siglo, respectivamente a las 12 horas y a las 7 de la tarde, con ocho tañidos en cada campana, comenzando por la pequeña. Quienes estaban trabajando en el campo solían interrumpir la labor y rezaban tres avemarías.


Se efectuaba el repique general en las ocasiones siguientes: con el toque de oración todos los sábados y vísperas de festivos, a la salida y regreso de las procesiones, al comenzar el rezo de rogativas en torno a la Iglesia (25 de Abril y antes de la Misa de mediodía en los domingos siguientes hasta el verano), en la “Misa del gallo” (24 de Diciembre) al llegar al gloria, a la llegada del Obispo en la “visita pastoral “ en que además la orquesta o banda del Pueblo interpretaba el himno nacional; y, durante los días en que había sermón al atardecer, por ejemplo, en los novenarios solemnes, tres repiques consecutivos justo con el toque de oración.

Asimismo había repique general cuando salía el “viático” o comunión para los enfermos, si era para un barrio de aldea, sólo el repique de partida, cuando era para una casa de la Villa el Sacerdote llevaba dos partículas y entonces se verificaba el repique a la salida y al regreso a la Iglesia, le acompañaban personas con velas encendidas y, entre ambos repiques, el sacristán volteaba de vez en cuando la campana pequeña.

Tanto si iba a la aldea como al Pueblo precedía al Sacerdote un hombre portando en la mano izquierda una linterna metálica con los laterales de cristal y una vela encendida en el interior y, en la derecha, una campanilla con la que daba toques de atención de que pasaba el Santísimos. La gente descubría la cabeza e incluso muchos se arrodillaban.

Cuando se cruzaba algún despistado sin quitar la boina o el sombreo el Cura le increpaba: ¡¡Descúbrete, hombre, respeta a Nuestro Señor!! En la semana de pascua se llevaba la Comunión a los enfermos del Pueblo, al terminar la Misa de la mañana el día previamente señalado; acudía gran número de personas con velas encendidas y el Sacerdote iba revestido con capa pluvial blanca y banda de hombros y con la cruz alzada y los ciriales y repique general de partida y regreso y el volteo intermedio.


El repique solemne tenía lugar el día víspera de las fiestas patronales del Pueblo (El Carmen y Corpus) a las 12 de la mañana, juntamente con la salva de bombas de palenque que anunciaban la llegada de los festejos.


El repique de alarma se realizaba cuando había incendio en una o en las proximidades de viviendas. Consistía esta señal en repiques breves (de medio minuto) y consecutivos con las dos campanas a la vez. Y más lentos que en el repique general. Entonces los moradores del Pueblo salían de prisa con cubos en la mano al lugar del siniestro para ponerse en hilera hasta el río o el pozo más cercano pasando los cubos llenos de agua de mano en mano. Y depositar en el fuego (hasta la década de los 50 no hubo bomberos en la Empresa Calvo Sotelo, los primeros de As Pontes).


Los toques de difunto y de funerales: por un difunto doblaban las campanas la mayor por parte del día, desde el fallecimiento hasta el funeral, con dos golpes en la campana pequeña y uno en la grande si se trataba de una mujer y al revés, dos en la grande y otro en la pequeña, siendo un hombre. Tres en cada una cuando el fallecido era el Cura.

Cuando acababa de ocurrir la defunción siendo en la Villa o lugares próximos, durante los primeros minutos estos tañidos se realizaban de forma muy suave, a los que denominaban “toques de agonía”. Para las funciones de aniversario doblaban desde el toque de ángelus de la víspera y alternando con el sonido en cada campana indistintamente fuere difunto o difunta. Por los suicidas era diferido el funeral durante varios días y sólo sonaban las campanas desde la víspera y al igual que para los aniversarios.

Precedía a la comitiva del entierro sólo la cruz y a media hasta (sin el mango) y en vez de cantar el “miserere” era simplemente recitado por el Sacerdote. En las salidas para la conducción del cadáver, si la casa mortuoria era en al Villa o lugares cercanos, iba el Cura con roquete y pluvial negra, acompañado de varios monaguillos que portaban la cruz parroquial, los ciriales, una bandera negra o guión y los estandartes de las cofradías a las que el difunto estuviera afiliado.

Cuando salían de la iglesia el sacristán volteaba durante unos minutos la campana pequeña añadiendo de vez en cuando un golpe en la grande y repetía este toque si le correspondía pasar a la comitiva por la calle real o por el puente de Isabel II, al transitar por dichos sitios.

También doblaban las campanas de la Capilla del Carmen (solo cuando el difunto o difunta era cofrade) al aproximarse a la misma; y finalmente, en la llegada al cementerio, tañían las campanas de la capilla de allí, siendo estos toques como los de la Iglesia pero apurando más. En las conducciones de la Villa solían acompañar al Párroco algún sacerdote más y no cuando era de la aldea; entonces, al no esperar el entierro en la entrada del Pueblo, tras dar el indiciado toque de salida.

La cruz, estandarte y “guión” venían en manos de paisanos desde la casa, a donde eran previamente trasladados y al que traía la cruz le reemplazaba el monaguillo con otra cruz parroquial más destacada que la primera.

En los entierros de párvulos (o niños menores de los 7 años) al tener el aviso del fallecimiento era tocado un repique especial, llamado “vaivén” que consistía en comienzo como en el repique general y seguía con golpes alternados lentamente en ambas campanas para concluir como en los repiques ordinarios. Se repetía este toque al salir para la conducción del párvulo.

El Sacerdote, precedido por la cruz y ciriales, iba revestido de roquete y estola blanca y durante el trayecto cantaba el salmo “Laudate púeri Dóminum” y, hecho el enterramiento, había la “Misa de Gloria” en la Iglesia. Tratándose de un domicilio en la aldea era usada solamente la cruz, a mano de un paisano.


La remuneración que percibía el Sacristán por todos los servicios de campana era una taza de grano de trigo que pasaba a recoger en el mes de septiembre por las casa a la vez que el Párroco recogía medio ferrado (siete kilos) por el rezo de las rogativas, este tributo se denominaba “rogación”.


Alguna casa negaba la retribución al Sacristán, entonces en vez de doblar a difunto durante la mayor parte del día lo hacía sólo durante unos minutos mañana y tarde y la gente se daba cuenta de que tal familia regateaba la taza de trigo.


Finalmente reseñamos que el reloj de la Iglesia fue cedido en el siglo XIX por el Ayuntamiento de Villalba al de As Pontes a cambio de cien fanegas de trigo en un año de fracaso en las cosechas. El edificio del Ayuntamiento (la casa nº 1 de la plaza de la Iglesia – Casa de Román -) no era adecuado para la colocación y fue fijado en la fachada de la Iglesia ante la nave de Los Dolores.


Actuaba movido por dos pesas de granito que bajaban hasta el suelo por un encajonamiento adosado al interior de la fachada. Hacía sonar las horas y medias horas en una pequeña campana, aún existente en el lado norte del campanario, mediante un cable que accionaba el martillo exterior a la campana.


El Ayuntamiento tenía encargado a un relojero de la Villa para subirle las pesas mensualmente y cuidarlo, retribuyéndole con una exigua cantidad anual. El último relojero que lo atendió fue el Señor José Bouza.

En la ampliación de la Iglesia realizada por D. José Río Seijo en 1964 se previno seguir usándolo, por ello el ventanal redondo de la fachada posee el diámetro exacto de la esfera del reloj y quedó adaptado un bajante en la nueva fachada para el deslizamiento de las pesas, ante la nave del Sagrado Corazón.

Pero, al quedar más distante que en la antigua fachada y perder el cable su verticalidad, ello llevó consigo que la tracción de la pesa quedó insuficiente para mover el martillo que hacía sonar la campana y entonces el reloj ha sido retirado.

Abril de 1997

Enrique Rivera Rouco

Cronista Oficial de As Pontes.

Artículo e fotografías aportados por Xose María Ferro, director do Museo Etnográfico Monte Caxado de As Pontes

 

EL DISCÍPULO AL QUE JESÚS AMA

Tras la muerte de un ser humano, cuando el recuerdo de los acontecimientos que marcaron su vida es evocado en sus funerales y su cuerpo sepultado o incinerado, es el momento de la interiorización. En el relato del sepulcro vacío que leemos el Domingo de Pascua ¿no sucede algo semejante? Es verdad que el tiempo del relato es reducido: lo que dura la acción de bajar el cuerpo de la cruz y envolverlo en lienzos. Nos traslada enseguida al momento en que las exequias ya han terminado: el cuerpo ya no está a la vista y empieza la interiorización.

Quiero abrir aquí un paréntesis: ¿qué habría sucedido si el cuerpo de Jesús hubiera seguido allí, en el sepulcro, y hubiera pasado el tiempo sobre ese cuerpo cubierto de lienzos? Que nadie me diga: “esa situación nunca se habría dado porque Jesús ha resucitado”. Podríamos seguir creyendo en la Resurrección de Jesús sin dejar de ver su cuerpo yacente en el sepulcro: el estado de Resurrección no requiere la presencia -ni la ausencia- de un cuerpo mortal. Entre los expertos hay acuerdo en que la tradición de la Resurrección y la del sepulcro vacío son totalmente independientes entre sí. Basta leer las cartas paulinas para comprobar que no hay, en ellas, la menor alusión al sepulcro vacío. Cuando Pablo habla del “cuerpo resucitado” se refiere a un “cuerpo espiritual” distinto del cuerpo de carne (1 Cor 15, 44). Vuelvo, pues, a mi reflexión inicial. En realidad, si el cuerpo de Jesús hubiera seguido allí, en el sepulcro, y no se hubiera corrompido, se habría operado, en mi opinión, una especie de fijación castradora sobre el pasado: sería la nuestra una religión del recuerdo.

Tenemos que habérnoslas, sin embargo, con la ausencia del cuerpo. Con el cuerpo ausente podemos poner en relación muchas cosas de nuestra propia vida: la carencia de tantas que podrían llenar de estímulo y pálpito nuestra vida, la ausencia de seres queridos que a uno le gustaría tener siempre a su lado, la falta de seguridad íntima que todos necesitamos, la pérdida del cuerpo joven y alerta que uno ha tenido. Se podrían añadir a todo ello los deseos insatisfechos de comprender una historia personal, de dar sentido a todos los azares e imprevistos de la vida, de entender unas circunstancias que pueden parecer insignificantes y sin la menor transcendencia. María la Magdalena llora: “necesito su cuerpo, dime dónde puedo encontrarlo”.

Fijémonos, ahora, en la disposición de Pedro y del otro discípulo. Pedro entra en el sepulcro vacío. Parece el primero en abrirse a esta experiencia de ausencia. Con él nos salen al encuentro todos aquellos para quienes esta experiencia sigue despertando un sinfín de interrogantes dolorosos. El discípulo al que Jesús amaba entra después. A diferencia de Pedro -viéndose, como él, en el corazón de esta experiencia de ausencia-, ve y cree. Será, pues, el primero en la experiencia de la fe ¿Qué es lo que ha visto? ¿Qué es lo que ha creído?

El evangelista repara en que el sudario que había cubierto el rostro de Jesús no se halla entre los lienzos sino enrollado en un sitio aparte. Queda claro, entonces, que la ausencia del cuerpo no se debe a que alguien se lo haya llevado, como creyó María Magdalena, porque no se habría tomado la molestia de coger el sudario y enrollarlo cuidadosamente en un sitio aparte. Estos detalles, por cierto, no han escapado a la atención de Pedro ¿Qué es lo que el otro discípulo ha visto además? ¿Cómo es posible que el sudario se haya convertido en un signo?

Amigo lector, el biblista que soy se siente, ahora, un poco desconcertado. Me resisto a caer en la trampa de los fundamentalistas, para quienes la casualidad no existe porque Dios decide hasta la más insignificante de las cosas que pasan. Sin embargo, estoy convencido de que es el sentimiento de haber sido amado con locura el que ha permitido al otro discípulo ser el primero en presentir los signos o indicios de algo que no era puramente accidental, en buscar febrilmente un sentido para ello, en recordar las palabras de Jesús y en percibir su relación con el conjunto de las Escrituras ¿Cuál es su descubrimiento? El de un significado que emerge de este duelo y hace posible sentir una presencia. Este sentimiento le mueve a decir: “ya no soy ya el discípulo al que Jesús AMABA. En adelante voy a ser el discípulo al que Jesús AMA”. Aquel a quien el amor ha hecho correr más rápido que Pedro contempla ahora su relación con Jesús eternamente viva.

Entre los relatos pascuales éste es el que más me interpela. Como la mayoría de las personas, yo no he tenido nunca experiencias privilegiadas del Jesús Viviente, similares a las que los relatos de encuentro con Jesús resucitado parecen sugerir. Lo cierto, sin embargo, es que el evangelista describe, a mi entender, la experiencia de fe por excelencia: la que tiene lugar sin ver a Jesús. Juan me invita a abrirme a todo aquello que representan los vacíos de mi vida, las ausencias que duelen, los adioses más o menos forzados…Y me dice: “mira un poco mejor al corazón de lo que parece un vacío: ¿no hay ahí una presencia amorosa que te espera? Si lo haces, sentirás una paz que te arrancará palabras como éstas: ¡el Viviente está aquí!”

Mientras escribo estas líneas los periódicos cuentan la historia de unos jóvenes esquimales que se drogan con el vapor del combustible. Sabemos que no tuvieron nunca unos padres que miraran por ellos, les prestaran atención, les quisieran. Su abandono se ha convertido en un pozo sin fondo. Con el discípulo que fue el primero en descubrir lo que significa ser amado con locura, me atrevo a formular esta plegaria: que la Pascua venga para todos, para que, en medio de nuestros duelos, pueda germinar la vida.

Texto original de André Gilbert y traducido por V.M.P.

UN DIOS EN LA TIERRA

Una vez me dijo un compañero de trabajo: “tú eres un intelectual”. Yo me quedé perplejo al oír estas palabras y solo pude entenderlas cuando agregó: “a ti no te gustan los coches, son para ti simplemente un medio de transporte entre dos puntos. A mí, en cambio, los coches me interesan: ¡soy muy materialista!” ¿Eran sus palabras un cumplido?: en absoluto. En el fondo venía a decirme: “¡no eres de este mundo!”. Lo cierto, sin embargo, es que mi trayectoria personal no ha sido sino una largo empeño por desentrañar el misterio de este mundo, único lugar donde Dios se deja descubrir. El evangelio de la Pasion así lo proclama: con vigor e incluso con violencia.

Cuando uno vuelve a leer los capítulos trece y catorce del evangelio marcano, no puede por menos de llamarle poderosamente la atención su manera de presentar a Jesús: ni sombra ya de aquel taumaturgo que curaba a la gente con una mano y, con la otra, expulsaba sus demonios, predicaba a las multitudes que le aclamaban y venía a ser, en buena medida, un hombre singular. Por primera vez Jesús es presentado como un ser humano cualquiera. Y nada es fácil para él.

Lo que más llama la atención, con todo, es su impotencia. Precisamente Él, que conoce tan bien a su gente, ¿cómo puede equivocarse eligiendo a Judas como discípulo? Ante lo que le espera está asustado y angustiado. No quiere morirse porque está apegado a la vida como cualquier ser humano: “¡Quisiera tanto que esto no me estuviera pasando!”. Una vez esposado ya no será más que un juguete en manos de las autoridades ¿Qué ha sido del que expulsaba demonios y sanaba enfermos? Le abofetean, le escupen en la cara, le azotan y escarnecen. La figura de Jesús no se parece nada a la de un héroe: no solo será incapaz de cargar él solo con su cruz, antes bien, acabará muriendo antes que sus compañeros de suplicio, los malhechores crucificados con él. El propio Pilato quedará sorprendido. Es realmente un ser humano como cualquiera de nosotros.

Pero, si hay algo que me impresiona sobre todo en el relato de la Pasión, es la violencia que desprende de principio a fin. La violencia empieza ya con el asunto del perfume derramado y el dinero que se habría obtenido con su venta ¿Cómo describir la violencia de un discípulo que abraza a su maestro diciéndole respetuosamente “mi maestro” después de darle el beso de la muerte? Violencia en las expresiones de Pedro, que ya no sabe sobre qué cabeza jurar que no conoce a Jesús y que acabará rompiendo en sollozos sin consuelo ante lo que acaba de hacer. Violencia de un proceso en el que todo está ya decidido de antemano, y eso sin hacer mención de las torturas que puede llegar a infligir el ejército de Roma. Violencia en la escena de la gente que observa la escena con un cierto desdén: ¿cómo se puede ser tan duro ante un ser frágil y vulnerable, máxime cuando se ha pasado la vida sirviendo y amando a los demás? Hay una escena, en fin, que, a mi modo de ver, viene a coronar toda esta violencia: tras haber gemido “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado” (salmo 22), Jesús muere dando un gran grito.

Sin saber por qué, no puedo reprimir las lágrimas cada vez que leo el relato de la Pasión. “Será por la edad, sin duda” me he dicho tantas veces hasta que alguien me ha abierto los ojos con estas palabras: “no será, más bien, porque, en el relato de la Pasión, te ves reflejado un poco a ti mismo, a otras personas que conoces, tu mundo propio, en suma?”. Es cierto. Me duelen mis propias negaciones. Me duele la insensibilidad de la gente. Me duele su dolor. Cierto padre, enterado de que su hijo había abatido a sangre fría en su chalet a una pareja de jubilados, solo supo decir: “es cierto, es una estupidez lo que ha hecho”. Después se fue a comprar una caja de cervezas para emborracharse. Cuando leo en la prensa algún reportaje sobre África y regiones enteras de este continente devastadas por el hambre, que describe con detalle la desesperación de sus gentes y la falta de soluciones, no lo puedo soportar. Cierro el periódico enseguida.

Semejante pasión doliente no existiría si el deseo apasionado no estuviera muy vivo, ese deseo que brota de nuestras entrañas. Se ve claro en Jesús: deseo de una comunidad fraterna y ardiente en su última cena, deseo de un grupo capaz de sostener a muchos cuando invita a sus discípulos a acompañarle en la oración, deseo de un mundo renovado en su testimonio sobre el Mesías durante el proceso y, sobre todo, en el final del salmo veintidós (Los pobres comerán y quedarán saciados. Alabaran a Dios los que le buscan). Deseo apasionado y pasión doliente van de la mano y no pueden brotar si no me abro por entero a todas las dimensiones que componen la trama de mi vida. A uno le gustaría huir de este mundo y encontrarse con Dios en el cielo. Pero es en el corazón de este mundo, a través del grito que nos remueve las entrañas, como Dios se nos da a conocer. Por eso, después de haber oído el grito de Jesús, que expresa un deseo tan grande y doloroso, un deseo que invoca la Resurrección, exclama el centurión: “verdaderamente este hombre es el Hijo de Dios”, es decir, no hay que mirar en otro lugar para descubrir el rostro de aquel ser misterioso que llamamos Dios.

Texto de André Gilbert traducido por V.M.P.

A PARROQUIA DA VILAVELLA POR D. ENRIQUE RIVERA

A parroquia da Vilavella foi unha das máis afectadas polo tema da expropiación de ENDESA, de feito que moitos dos lugares que formaban esta parroquia hoxe están desaparecidos por mor, primeiro, da mina e da escombreira e, logo, do lago.

Era das parroquias máis grandes de As Pontes en extensión e lugares.

Para min, persoalmente, é unha parroquia que me toca de cheo, pois dela é a miña dona e na súa Igrexa caseime.

Un dos achádegos máis representativos da nosa Prehistoria pontesa, o vaso campaniforme, atopouse nunha medoña desta parroquia.

O seu nome, Vilavella, danos unha orientación sobre a antigüidade da súa existencia.

Hoxe, do núcleo arredor da Igrexa e o cemiterio, só un par de casas quedan para lembrar algo do que foi.

D. Enrique, no seu artigo publicado na revista das Festas Patronais do ano 1998, fálanos dos lindes, da historia e dos avatares polos que pasou esta Parroquia.

RESEÑA HISTÓRICA DE LA PARROQUIA DE VILAVELLA

Esta parroquia, perteneciente al Miunicipio de As Pontes, hállase hoy prácticamente desaparecida , debido a las expropiaciones de las Empresas Calvo Sotelo y ENDESA. Hasta la década de los cuarenta y siguientes, en las que ocurrió la expropiación, comprendía 30 barrios con unas 150 casas rurales habitadas, en un territorio de forma irregular, estrecho y alargado, desde la Parrocha y Acibido hasta Cheiván y Rámez, de los que en la actualidad solo quedan: Bidueiro, Vila, Casilla, Alimpadoiros, Saa, Carballeira, Esfarrapa, Cheiván y Rámez.

Juntamente perecieron muchos monumentos prehistóricos: gran número de “mámoas” (medoñas) o sepulturas del hombre primitivo y el “Castro da Uz” (fortificación celta de varios siglos antes de Cristo), ejemplar destacado en la Comarca por poseer tres muros paralelos de protección.

La mayor parte de la Parroquia es valle de sedimentación, formado en la Era Terciaria (hace 20 millones de años, a juzgar por la naturaleza del carbón) y con la sucesiva acumulación de vegetales arrastrados por el Río Eume y por los aluviones o avalanchas de agua torrenciales, dando así origen al mineral de lignito, materia prima de las industrias aquí establecidas.

Los estractos de lignito alcanzan una profundidad de325 metros, según la Empresa “Adaro”, que realizó los sondeos. En el fondo aparecieron moluscos de mar petrificados (que ingresaron en un museo de Madrid), cuyo hallazgo demuestra que la Ría de Ferrol en la Era Terciaria se prolongaba por entre las montañas de Iglesiafeita hasta As Pontes, en donde desemboca el río Eume, el cual, al rellenarse el valle, tuvo que abrirse paso a Pontedeume.

Sobre los estractos de lignito había una capa de tierra de “humus” con solo un metro de espesor, procedente de la Era Cuaternaria, que sostenía el cultivo agrario. Era terreno húmedo y fértil propiciando el cultivo y la explotación agrícola y ganadera y, al ser lugares con extensión relativamente grande, sus moradores se defendían bastante bien económicamente.

La asistencia docente era satisfactoria, con tres escuelas mixtas: la de Barosa (luego Saa), la del Meidelo y en la cabeza de la Parroquia.

Limitaba con la Parroquia de As Pontes a lo largo del camino vecinal de Os Mouros a As Pontes (actual calle Pardo Bazán), de suerte que antes en los edificios adyacentes a la desembocadura de dicho camino (en Rego do Muíño, números 6 y 10) figuraban los nombres de “Riego del Molino de Puentes” en el primero y “Riego del Molino de Vilavella” en el segundo.

A principios de este siglo, durante el mandato del Obispo D. Manuel Fernández de Castro, tuvieron lugar la creación de muchas parroquias nuevas (como Somede, Ambosores, Valle de Xestoso, etc) y reformas en los límites de las ya existentes. A Vilavella le desplazaron la frontera contra As Pontes, perdiendo el espacio comprendido entre el camino vecinal de Os Mouros y el “Camiño de Iglesia” de Os Mouros a la capital de la Parroquia, que cruzaba por la Casilla para salir a donde está hoy situado el Bar Cantábrico y continuar por la Areosa, quedando así delimitada la línea divisoria.

Cuando el Obispo le comunicó al Párroco esta decisión, él le dijo: – Sr. Obispo “Consumata est iníquidas” (Se llevó a cabo la injusticia).

Desde entonces y a lo largo de muchos años hubo enemistad entre los Párrocos de Vilavella y As Pontes por haberle quitado de su territorio. Eran a la razón Párroco de Villavella D. Francisco Chao Fernández y de As Pontes, D. Antonio Ángel del Riego.

El nombre de Vilavella lógicamente indica su anterioridad sobre los pueblos vecinos. Asimismo se aprecian en el Templo Parroquial elementos de gran antigüedad, como son los ventanales de la nave, al tener forma avocinada, son típicos del arte románico. En el resto hubo reformas posteriores., como se nota en la fachada, que está compuesta por piedras nobles, pero de distinta clase y época.

El retablo es un importante ejemplar del bajo barroco del siglo XVIII.

Al igual que todas las demás iglesias antiguas no quedan escritos acerca de su fundación. Entonces estas memorias solo se escribían en los Monasterios y Cabezas de Diócesis, y las partidas sacramentales de las parroquias parten de finales del siglo XVII. La más antigua de Vilavella data del año 1686.

Curiosamente el titular de la Parroquia es “Santa María de Vilavella” (en la advocación de la Virgen de las Angustias), mientras que el Santo Patrono venerado en la Feligresía y que se vino celebrando desde tiempo inmemorial, en el último domingo de Agosto, es San Andrés de Vilavella. Asimismo la tradición popular da cuenta de que esta Parroquia en tiempos antiguos se llamaba “San Andrés del Bosque”.

En el archivo Diocesano de Mondoñedo, Secciones de “Expedientes de Patronato Parroquial” y “Expedientes de Provisión de Capellanías”, se conservan gran número de expedientes en que se asigna un presbítero para atender la Institución de San Andrés de Vilavella, datando el primer expediente del año 1632.

Todo esto parece indicar que en tiempos anteriores, quizá paleocristianos, hubo en este lugar una comunidad católica que veneraba a San Andrés y posteriormente, al constituir Parroquia y edificar nueva Iglesia sobre la Ermita de San Andrés, le dieron el título de Santa María, titular casi común en las parroquias gallegas, aunque sobrevivió a lo largo de muchos siglos el culto a San Andrés con carácter de capellanía.

Según la obra “Manual de Historia Eclesiástica” de Bernardino Llorca, las diócesis y parroquias fueron delimitadas geográficamente en el siglo IX; antes eran grupos humanos (comunidades) sin límites territoriales fijos.

Posteriormente, en el siglo XVIII, fue eregida la Capilla de San Cristóbal del Vilar por la Familia Fresco, vecina de dicho paraje. Esta Ermita pereció en la expropiación y con tal motivo fue trasladada al barrio de Esfarrapa.

En 1966, por causa de la gran distancia a la Iglesia Parroquial, los vecinos de Saa construyeron su Capilla, dedicada a la Virgen del Pino, advocación procedente del Santuario con éste titular en Canarias.

En los últimos meses fue practicada una importante restauración a la Iglesia Parroquial que tenía muy deteriorada la cubierta y los lucidos; ahora recuperó su belleza inicial.

En la restauración aparecieron bajo los cales, seis confesionarios tipo hornacina, empotrados en las paredes con el fin de ocupar menos espacio en la nave, modelo no usual en esta zona.

Inmediatamente antes de esta reconstrucción del edificio hubo un intento de traslado a las inmediaciones de Os Alimpadoiros, que pertenece a Vilavella, liberándolo así de la contaminación colindante del parque de carbones; además vino a quedar en un extremo deshabitado de la Parroquia; pero fracasó el empeño al no haber acuerdo unánime entre todos los feligreses, pues cierto número discrepó de este proyecto.

Algunos de los barrios desaparecidos perpetúan su nombre en las nuevas calles de la Villa, como la Rúa do Meidelo (junto a As Campeiras), donde se asentaron muchos vecinos de tal barrio.

Como dato curioso he de constatar que el caso de Vilavella no está previsto en el Derecho Canónico: el desaparecer el curato dejando al cura sin plaza; en tiempos pasados solo era imaginable con un cataclismo. Si hubiera abundancia de sacerdotes como antes, el de Vilavella tendría que concluir con un cese especial al tener que dejar la Parroquia no por un ascenso ni por un castigo.

En resumen, el tributo que As Pontes tuvo que pagar al progreso llevó consigo la desaparición de un valle pintoresco y el éxodo y desarraigo de muchos paisanos como los de Vilavella.

D. Enrique Rivera Rouco

Festas do Carme 1.998

Texto aportado por Xose María Ferro, Director do Museo Etnográfico Monte Caxado (As Pontes)

Fotografía do Cruceiro da Vilavella aportado por Xose María Ferrol

A parroquia do Aparral por D. Enrique Rivera

Na revista das Festas Patroais do ano 1999, D. Enrique publicaba este artigo no que nos aporta datos sobre esta parroquia relativos á poboación, datos sobre a freguesía e a capela.

La Parroquia de Aparral, situada en la parte Sur de la Villa de As Pontes es, en extensión, una de las más pequeñas del Municipio. Está compuesta por los siguientes barrios: Aparral de Arriba, Besura, Cabeza dos Fornos, Candedo, Casas Hermas, Casilla da Sta. do Carballo, A Cova, Cornocelo, Novil, Pedrafita, Pedregás, Pereiro, Porvelo, Precordeiro, Rega, Sexe y Tarrao.

Su nombre procede del gallego primitivo romance:“APO-REIRO” = “Junto al río”. Efectivamente el río Chamoselo, que nace en Roupar, pasa cerca de la Iglesia.Por el costado Norte discurre el trazado de la carretera Comarcal-641 (de Rábade a Ferrol) y comunican sus aldeas varias pistas, siendo las principales, las de A Cova a Ponte do Souto y a Mariñaleda.

Poseía, al comienzo del siglo XX, 270 habitantes; 185 en 1960 y actualmente 65 en las 22 casas que quedan habitadas por los referidos barrios; algunos de los cuales están totalmente vacío, como Besura, Cornocelo, Novil y Rega. La despoblación fue motivada principalmente por motivos laborales: gran número de habitantes se estableció en As Pontes para trabajar en la industria, otros en Ferrol, Vascongadas, Cataluña e incluso en el extranjero. Si bien algunos retornaron al ser jubilados construyendo nuevas vivienda en sus propiedades de antaño.

El suelo de esta parroquia es en general quebrado con abundancia de manantiales, formando diversos arroyos que desembocan en el Río Chamoselo. Los principales son: Lavadoiro, Paluceiro, Cocido y Sexe.Entre los lugares de Porvelo y O Pereiro s eencuentra un yacimiento de arcilla de óptima calidad para toda clase de labores de cerámica, que en años pasados fue explotado por la telleira “Cerámica del Carmen” de As Pontes.

Actualmente hállase sin aprovechamiento, pudiendo proporcionar puestos de trabajo.En el año 1900, siendo Obispo de Mondoñedo D. Manuel Fernández de Castro, se verificó una reforma en sus límites parroquiales, habiéndolo pedido los vecinos de los barrios de Cornocelo, Candedo y Novil por quedarles muy distante la Iglesia de Aparral.

Dichos lugares fueron eclesiásticamente agregados a la Parroquia de Piñeiro, aunque civilmente continúan perteneciendo a Aparral; así poseen el mismo cartero, pedáneo y capataz de caminos de esta Feligresía.

Hubo en esta parroquia, hasta hace pocas décadas en que dejó de practicarse, una Cofradía famosa: la Cofradía de Ánimas, la más antigua y de las más pujantes de la Comarca. Existió ya antes del siglo XVIII, ya que su primer libro que se conserva en el Archivo Parroquial de Roupar se titula “Nueva Fundación de la Cofradía de Ánimas”, lo que demuestra su existencia anterior y que fuera interrumpida por alguna circunstancia. Este libro de “Nueva Fundación” comienza en el año 1735, siendo Párroco de Aparral D. Diego González y Obispo de Mondoñedo Fray Sarmiento de Sotomayor.

Contiene los estatutos por los que se vino rigiendo y la relación de Cofrades afiliados, en gran número ya entonces, además de los Feligreses habían ingresado una alta cantidad de las parroquias colindantes e incluso lejanas. Poseía Mayordomo y Contable para su desenvolvimiento.Los socios estaban recompensados con indulgencias, así como con servicios y sugragios “post mortem”.

Cuando fallecía un Cofrade, el Mayordomo acudía a su funeral portando, a lomo de caballos una abundante cantidad de fachas de cera para lucir durante la función, y además se le aplicaban sufragios o cultos periódicos en al Iglesia de Aparral.En el mencionado libro y siguientes continúa descrita la narración administrativa de cuentas y vicisitudes que vivió la Cofradía hasta su decadencia y extinción desde hay al menos cuarenta años, por haberse quedado obsoleta y la Parroquia despoblada.

Esta Feligresía de Aparral tuvo Cura propio hasta mediados del siglo XIX en la “desamortización de Mendizábal”, en que dicho Ministro de Isabel II expropió los bienes eclesiásticos y despojó la Parroquia de las fincas que integraban el Iglesario e incluso de la Casa Rectoral, situadas en Aparral de Arriba, en donde se aprecia todavía la cimentación del edificio. Desde entonces fue agregada al “Curato de Roupar” con la categoría de “Anejo” o Parroquia unida, y atendida por el Cura de Roupar.

Posee Aparral una Ermita en el barrio de A Casilla, llamada “Santa do Carballo” y cuya Patrona titular es “LA VIRGEN DE LA ASCENSIÓN”, título inusual a la Sma. Virgen (hay muy pocos casos en España); naturalmente no es la “Asunción” sino que, por estar asociada con Cristo a todos los misterios de nuestra redención, se refiere al dogma de la Ascensión del Señor, y efectivamente vino celebrándose la fiesta desde siempre en Mayo, el día de esta solemnidad litúrgica.

En la memoria de los mayores pervive la leyenda, según la cual en otro tiempo se apareció allí la Virgen en la rama de un roble, de ahí el título de “Santa do Carballo”; lo cual no pasa de simple leyenda, ya que si fuera verdad tendría esta romería mucha mayor resonancia.

La fundación del Santuario es antiquísima. La primitiva Capilla estaba situada unos 1400 metros más atrás de la actual, junto al riachuelo. Era más pequeña y ostentaba en el dintel superior la inscripción de la fecha en que fuera construída, en el siglo XIII, pero lamentablemente la demolieron tras edificar la actual, que fue costeada por el Sacerdote D. Paulino Pérez Ledo, natural de A Casilla (hijo del entonces Peón Legoeiro de la Carretera C_641). Párroco de Somede, donde falleció en 1.951, poco después de inaugurar la Ermita.

Asimismo esta Parroquia dispone de dos cruceros de granito antiguos: uno en el barrio de Pedrafita distinguidamente logrado con basamento e imágenes tradicionales y capitel del Orden Corintio. El otro, ubicado en A Cova, es de fabricación más simple, sin imágenes, y con capitel de imitación Dórica.La Iglesia Parroquial es muy antigua, procedente de la Edad Media, como demuestran su estructura con dos pórticos primitivos, el retablo con la sobriedad del barroco inicial y el estar separada de la torre-espadaña, que también procede de esa época; como lo prueba su constitución con frontispicio dotado de gárgolas rudimentarias y “Ojo de Buey” sobre la campana. Hállase catalogada en el Patrimonio Cultural del Estado.Ambos monumentos recibieron en el presente año (1999) una importante restauración que les devolvió su sabor primitivo: la techumbre de la Iglesia estaba muy deteriorada y, por si fuera poco, debido a la falta de medios, en 1976 sustituyeron su mayor parte por uralita acanalada, cometiendo una aberración arquitectónica.

La torre-espadaña sufrió en los últimos años grave ruina al ceder la cimentación y principalmente con los seísmos que sacudieron Galicia en 1997.El costeo de estas restauraciones fue subvencionado por el “Programa Próder” de Euro-Eume y por la Excma. Diputación Provincial, además de la contribución de los Feligreses y donativos de entidades y vecinos de As Pontes.

Asimismo, en el pasado año, fueron restauradas las dos principales imágenes de esta Iglesia, muy antiguas, con vestido y mérito histórico: la Patrona a expensas de D. Marcelino Blanco Fernández, de As Pontes, y la Virgen del Rosario, por Dª Carmen Castro y otro Feligrés.

La Patrona es la Virgen de la Asunción que antaño se celebró el 15 de Agosto. Mas, desde hace mucho tiempo, la devoción popular se desvió hacia San Juan y viene celebrándose en el mes de Junio.

Finalmente hemos de señalar que tampoco en Aparral faltó alguna persona ilustre, por ejemplo el Excmo. Señor D. Diego Franco Couceiro (que aún vive), natural de Casas Hermas y General de Brigada de Aviación, con base en Reus (Barcelona)

Aparral, verano de 1999

Enrique Rivera Rouco.

Texto e fotografías aportados por Xose María Ferro director do Museo Etnográfico Monte Caxado