CUARESMA, ¿TIEMPO DE DESIERTO?

De las tentaciones nos han enseñado a huír desde que tenemos la capacidad de hacerlo. Las tentaciones son peligros a los que no hacemos frente sino huyendo de ellos. Y, como el mundo está lleno de peligros, al final huír de ellos viene a ser lo mismo que huír del mundo. Fuera del mundo ya no tendremos tentaciones. Ya no las tendremos por haber caído en ellas. El que ha caído en la tentación ya no puede caer: solo puede levantarse. Y enseguida. Si no lo hace, si la tentación en que ha caído sigue viva en él, ya no estará dispuesto a levantarse. La costumbre se le hará naturaleza. Lo que tenía por malo se le convertirá en bueno. Fuera del mundo, en el desierto, viven los demonios y los endemoniados, es decir, los que saben que en el mundo no pueden hacer nada. Allí donde hombres y mujeres caminan de la mano, trabajan juntos, se ayudan y se dan apoyo y consuelo, el tentador no tiene nada que hacer.

Jesús lo sabía bien y por eso ni huyó al desierto ni huyó de las tentaciones. Ni se apartó del mundo ni de las tentaciones que en el mundo se encuentran. Por el contrario, les hizo frente. No huyó al desierto: el Espíritu le encaminó hacia él. No se quedó solo frente a los peligros. El Espíritu por el que hombres y mujeres pueden caminar de la mano, trabajar juntos, darse apoyo y consuelo, estuvo a su lado frente a los peligros. El desierto ya no es el desierto, de hecho, para él. Nos cuenta el más antiguo de los evangelios, el de Marcos, que el Espíritu encaminó a Jesús hacia el desierto enseguida. No le dio tiempo para nada: ni para pensar en lo que le haría falta en el desierto ni siquiera para desengañarse de este mundo y huír de él. No fue al desierto huyendo de este mundo como los desengañados. Fue el Espíritu quién lo llevó allí enseguida. No le dio tiempo a planear la huída.

Y nos cuenta también el más antiguo de los evangelios que allí, en el desierto, pasó Jesús cuarenta días viviendo entre las fieras. El evangelio de Marcos parece que fue escrito en los años sesenta del siglo primero, cuando Nerón echaba a los cristianos a las fieras en el circo. Los oyentes del evangelio suponemos que se estremecerían al oír a Marcos hablar de las fieras. Y quedarían asombrados, al mismo tiempo: Jesús no había sometido a las fieras sino que había convivido con ellas. En el fondo tenemos aquí el compendio y sustancia de las tentaciones a las que Jesús se vio expuesto y, en Él, también nosotros: echados a las fieras de este mundo -a los riesgos y peligros de los que nadie puede librarse-, ¿lucharemos contra ellas hasta someterlas o bien quedaremos nosotros mismos sometidos a ellas, esclavos del miedo a los peligros? En el relato de las tentaciones de Jesús tenemos la respuesta a nuestra pregunta: ni someter ni dejarse someter, vivir entre las fieras, convivir con ellas, es decir, amar y perdonar a nuestros enemigos.

En el fondo, la lucha en el corazón de quien no quiere someter a nadie ni dejarse someter por nadie es tan dura que nadie es capaz de sostenerla él solo. Por eso Jesús no está solo en el desierto. “Le servían los ángeles”, nos cuenta el evangelio. Los ángeles, ¿acaso no son aquellos que le dan un vaso de agua a cualquiera de los más pequeños de este mundo? Cuando lo estamos pasando mal de verdad, cuando huyen de nosotros los amigos con la excusa de hallarse muy atareados, ¿no son como ángeles para nosotros los pocos que siguen a nuestro lado? A huír de la quema, de los peligros, de las tentaciones, de los problemas: he aquí lo primero que aprendemos en la vida. Jesús, por el contrario, nos enseña a dejar de huír de nosotros mismos. Frente a cierta espiritualidad de la “fuga mundi”, del silencio y el desierto, hoy de actualidad, la de caminar de la mano, trabajar juntos, darse apoyo y consuelo, encaminados por el Espíritu de Jesús que nos lleva a donde nadie quiere verse: entre fieras y peligros. La Cuaresma, ¿es de veras el tiempo del desierto? A mí me parece que es el tiempo para dejar de huír.

Texto escrito por V.M.P

Un pensamiento en “CUARESMA, ¿TIEMPO DE DESIERTO?

  1. Jesús María Ros Forteza

    Me ha interpelado este artículo.
    Y es que yo mismo pienso, cuando mis cruces pesan más, el aislarme.Irme a un convento, a un retiro en el “desierto”…Y creo, que sin parecer objetivamente “perjudicial”, me llevaría a ese aislamiento, donde uno piensa que sus problemas quedarán resueltos.
    Pero, sin combate, no hay “victoria”.
    Sin cruz, no hay luz.
    Felicidades, me ha parecido muy edificante.
    Cuando compartimos las cruces con otros, se hacen más llevaderas.

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