LA VIOLENCIA DE LA VIDA

El once de septiembre del año 2001 quedará grabado para siempre en nuestra memoria colectiva como el día de la violencia religiosa. Aquellas bombas humanas ¿no buscaron su justificación en una santa cruzada contra el imperio del mal, la civilización occidental, que ataca abiertamente los preceptos milenarios de la ley islámica? Es en esta clave como propongo volver a leer el relato evangélico en que vemos a Jesús expulsando a los mercaderes del templo.


Es curioso que un mismo relato aparezca recogido en los cuatro evangelios.  Excepción hecha naturalmente de los relatos que nos cuentan la muerte y la Resurrección de Jesús. Llama poderosamente la atención que los primeros cristianos hayan querido que llegara hasta nosotros el recuerdo de un hombre Jesús que parece “fundir los plomos”. Juan, por cierto, describe el gesto de Jesús con más crudeza que los demás evangelistas. Nos cuenta, por ejemplo, que “hizo un látigo de cuerdas”, “tiró al suelo las monedas de los cambistas y volcó sus mesas”.  Y, sin embargo, el evangelista no dice en ningún momento de ellos que fueran unos ladrones o embaucadores.  Se limita a recordar que eran unos simples mercaderes y cambistas ¿Cuál es, pues, el problema?


Conviene recordar el papel tan importante que juegan en el templo estos mercaderes. Cuando Lucas, el evangelista, nos cuenta que María y José ofrecieron en sacrificio por la circuncisión de Jesús lo estipulado según la ley, un par de tórtolas, ¿dónde pudieron adquirir esas aves sino en el puesto de uno de estos mercaderes? Al hacer frente a los vendedores de bueyes, de ovejas y de tórtolas, lo que hace Jesús es poner en cuestión todo el sistema de las ofrendas sacrificiales, es decir, el mismísimo culto del templo. Es un gesto radical, no exento, sin duda, de cierta violencia.


¿Qué puede mover a Juan, el evangelista, a presentarnos una escena en la que Jesús parece hacer blanco en el corazón mismo de la religión judía, tal como podría hacerlo un integrista islámico que rechaza la sociedad occidental? Tenemos un esbozo de respuesta a nuestra pregunta en otra escena anterior, de profundo simbolismo, “las bodas de Cana”: el agua se convierte en vino, el agua de las abluciones rituales en la religión de Israel queda reemplazada por algo mejor, el vino de la fiesta y de la alegría en comunidad que trae Jesús. En la escena de los vendedores expulsados a latigazos se proclama, a su vez, que el templo y todo el ritual de los sacrificios han dejado de servir para vivir en relación con Dios y han sido superados por el nuevo templo que es la persona misma de Jesús, vivo para siempre después de una vida entregada hasta la muerte.


Y, no obstante, ¿por qué toda esta violencia? Es la violencia propia de la vida. Como el que va a nacer oprime desde dentro el vientre de su madre para salir de él y sale, al fin, gritando a la luz, así Jesús quiere tirar abajo todos esos muros que impiden una relación amorosa con aquel a quien Él mismo llama “Padre”. Los discípulos encuentran la clave de la actitud de Jesús en el salmo 69: “el celo de tu casa me devora”. Este versículo lo podemos traducir, por cierto, como sigue: “el amor que se entrega me llena del todo” y también “el amor que se entrega acabará por causarme la muerte”. El culto del templo no solo no permite alcanzar una comunión vital con Dios, antes bien, la obstaculiza. Tú y yo, ¿no reaccionaríamos, tal vez, como Jesús en nuestro anhelo de vida auténtica ante todo lo que pudiera representar un obstáculo para el amor verdadero? La intensidad de la violencia es del mismo orden que la intensidad del amor.


¿Qué diferencia hay, pues, entre la actitud de Jesús  y la de los integristas de toda laya, musulmanes o cristianos? El integrismo es una postura de rechazo ante cualquier novedad que pueda brindar el presente, con sus experiencias y conocimientos nuevos. Es el acantonamiento en el statu quo y en la creencia de que la salvación consiste en volver al pasado y a las soluciones de otros tiempos. Hay, en el integrismo, una falta radical de fe y una oposición al dinamismo de la vida. La actitud integrista es una fuente de amargura y de odio ante la situación actual, que se convierten en ideología y en violencia destructora. En el polo opuesto, la necesidad de contraer una relación amorosa con un Dios que es Padre y el ansia de vida que despierta esta misma necesidad moverá a Jesús a tirar por tierra los ritos fosilizados del templo y a presentarse a sí mismo, en la ofrenda de su propio cuerpo, como nuevo ámbito para la relación con Dios. La única violencia que aquí tiene lugar es la del amor que construye, manifestado en la Pascua.

Ojala pudiéramos encontrar la misma violencia amorosa y constructiva entre los cristianos de nuestros días, tal vez demasiado entregados a sus actos rituales. 

André Gilbert

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