¿CUAL ES NUESTRA PRÓXIMA ETAPA?



Ésta es la historia de Babai Sathe.


Sucedió en Jawalke, una minúscula población del estado de Maharashtra, en el centro de la India. Se la veía siempre con el manguito neumático de la tensión, el estetoscopio y una báscula para pesar a los bebés ¿Quién era ella? No era médico ni enfermera. Era una mujer analfabeta de la casta de los intocables, nacida en la miseria más absoluta. Sólo comía cuando las castas superiores le tiraban comida y ésta caía al borde de su sari. Caminaba descalza por el pueblo porque las mujeres intocables no tienen derecho a usar calzado. Hasta que se habilitó para trabajar como sanitaria en el pueblo, asistir partos, curar enfermedades y  salvar vidas ¿Qué había pasado, pues?


Sathe se acordaba de cuando debía permanecer durante horas cerca del pozo local, que no tenía derecho a tocar, esperando a que alguna mujer de otra casta superior se compadeciera, al fin, de ella y llenara su cubo de agua. Era tan pobre que lavaba su cabello con barro y no tenía más que un sari: cuando lo lavaba se quedaba esperando en la orilla del río hasta que estuviera seco. Casada a los diez años, nunca pudo ir a la escuela.


Por aquellos días cierto médico, graduado en una de las facultades más prestigiosas de la India, tomó la decisión de consagrarse, junto con su esposa, a los más pobres de los pobres. Para promover la medicina preventiva puso en marcha un programa en el que los propios habitantes del lugar debían implicarse, sobre todo las mujeres de las castas inferiores, tras recibir una formación específica. Así fue como Sathe empezó a formarse. Y lo primero iba a ser la transformación de sí misma. Hasta entonces, cuando alguien le preguntaba su nombre, ella respondía con el nombre de su pueblo natal y de su casta, pues no creía tener identidad propia como ser humano. Fue mirándose en un espejo cómo se acostumbró a decir su propio nombre. Poco a poco fue aprendiendo a habitar su propia persona y a apropiarse de su identidad. Tras varias semanas y meses de formación en cuidados de la salud, llegó a ser una autoridad en el lugar: asistía los partos, prodigaba consejos a las madres más jóvenes, desmitificaba la salud y desmontaba sus mitos. “Yo era como una piedra sin alma -solía recordar-; cuando vine aquí recibí un ser, la vida. Aprendí a ser valiente y audaz. Me convertí en un ser humano”. Sathe acababa de nacer.


La historia de Sathe nos puede ayudar a comprender el evangelio. Jesús, en cierta ocasión, se refirió a una curiosa iniciativa de Moisés, al fabricar y levantar éste en el desierto una serpiente de cobre y bronce para contener la plaga de serpientes venenosas que venía diezmando a su pueblo ¿Por qué fabricar una serpiente? La serpiente es un símbolo de vida, de renovación y eterna juventud al mudar su piel una y otra vez. A Esculapio, dios griego de la salud, se le representaba en forma de serpiente. No en vano, hoy en día, la serpiente enroscada en torno a una vara es el símbolo del árbol de la vida y el emblema de las sociedades médicas. Pues bien, Jesús hará suyo este símbolo para anunciar su propio destino. No olvidemos aquellas palabras que el propio Jesús le dirige a Nicodemo: “sin nacer de nuevo nadie podrá ver el Reino de Dios”. Si estamos hablando nada menos que de un nuevo nacimiento, ¿qué significa, entonces, nacer de nuevo?


No es fácil explicar lo que significa nacer de nuevo. Cuando habla con Nicodemo, Jesús evoca la imagen del viento: uno sabe que hay viento cuando lo oye sonar pero lo que no sabe es en qué dirección va a soplar un momento más tarde. Uno puede trazar un plan pero no puede trazar de antemano la ruta que lo hará prosperar. Prosperar conlleva actuar siempre con transparencia, buscar la luz y secundar una inspiración interior que viene de Dios: “El que realiza la verdad busca la luz para dejar de manifiesto que sus acciones son acordes con la inspiración de Dios”. Tendrá, además, el valor de abandonar su vieja piel, como la serpiente. Eso fue lo que hizo Sathe. Ya no dirá en lo sucesivo “he llegado a la meta” sino “¿cuál es la próxima etapa?”


Pero aun nos queda un paso más. El evangelio enseña que Jesús es la serpiente de vida, la luz que abre el camino hacia una vida sin fin. La serpiente levantada en el desierto es claramente una alusión a la cruz: siguiendo el camino del amor fue en ella donde Jesús abandonó su propia piel, con la que tanto bien hizo, para nacer a la vida universal que hoy en día nos sigue transformando más allá del tiempo, por medio de seres humanos como aquel médico que hizo nacer una persona nueva en Sathe.

En el año 2005 Babai Sathe, la intocable, fue elegida Sarpanch, esto es, líder en la población de Jawalke ¡Qué triunfo de la vida! Nosotros sabemos que esta victoria no ha sido fruto del azar pues tiene rostro: el que Dios ha querido revelarnos por medio de Jesús ¿Estamos dispuestos a que esta misma fuerza de renovación nos siga transformando y conduciendo hacia una vida sin fin?

Texto de André Gilbert y traducido por V.M.P

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