CONSENTIR EN MORIR PARA VIVIR

Cuando uno se para a leer o a escuchar con atención el evangelio descubre enseguida su significado. Unos griegos, medio judíos en su práctica religiosa, se sienten atraídos por la figura de Jesús y tratan de entrar en relación con él a través de sus discípulos más genuinamente helenos, Andrés y Felipe, originarios de Betsaida, región helenizada. Curiosamente, la respuesta inicial de Jesús a estos dos discípulos es una plática sobre el sentido de su propia muerte, ya próxima. Después dará comienzo a una breve plegaria marcada por la angustia y coronada por su decisión de consentir el sufrimiento que le espera. Finalmente volverá sus ojos a la multitud para anunciar el fracaso de los poderes que le atacan y su propia victoria a través de todos los creyentes que se verán atraídos por Él. En resumidas cuentas: la entrada en la comunidad creyente de un grupo de fieles ajenos al pueblo de Israel viene a ser fruto de la gesta incomparable de Jesús, que ha llegado al extremo de consentir una muerte trágica antes de extender su influjo sobre el mundo entero más allá de su muerte.

A mí me parece, de todos modos, que esclarecer las intenciones del evangelista, lejos de poner punto final a nuestra reflexión, deja abiertas ante nosotros muchas preguntas. La primera de todas puede ser la siguiente: ¿por qué es necesario morir para dar fruto? La imagen, en labios de Jesús, es elocuente: “os lo aseguro: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo. Pero, si muere, da mucho fruto”. Esta imagen parece el reflejo de la propia vida de Jesús. Pero, en la trama de nuestras vidas, ¿de que verdad es reflejo, a su vez?

Es, por cierto, en el propio evangelio de Juan donde creo encontrar un esbozo de respuesta a esta pregunta: es el gesto de devolver la vida a Lázaro el que mueve abiertamente a las autoridades judías a sentenciar a muerte a Jesús ¿No es paradójico? Su poder para devolver la vida le llevará a la muerte. Todo lector asiduo del evangelio joánico sabe hasta qué punto el tema de la vida, de la misteriosa “vida sin fin” en concreto, es un hilo conductor del relato evangélico ¿Por qué, entonces, elegir la vida en toda su plenitud supone la muerte?

Creo que la vida me ha dado una respuesta parcial a esta pregunta. En el fondo, yo mismo no he dejado nunca de morir. Al abandonar el vientre materno lo que hice fue poner fin a mi vida dependiente dentro de una cálida crisálida. Cuando me llegó el día de ir, por primera vez, a la escuela, tuve que despedirme de muchas horas jugando feliz y ponerme a aprender a leer y escribir. Ya adolescente, me fui a vivir a un piso compartido, renunciando así a una parte de mis lazos familiares y entregándome a la ardua tarea de adquirir una preparación. Más tarde, a los dieciocho, dejé mi pueblecito de Rouyn-Noranda para matricularme en las instituciones académicas de Montreal. Tomé la decisión de cursar primero estudios universitarios en Ottawa y, después, bíblicos en Europa y en el Oriente Próximo, ávido siempre de conocer culturas y realidades nuevas. Hasta que llegó para mí el día de tomar una decisión crucial: dejar atrás, en buena medida, todo aquello que había estado construyendo durante veinte años, así como la seguridad que me venía deparando, con el fin de empezar un nuevo proyecto de vida, lo que supondría morir a muchas cosas hermosas para poder nacer a otras ¿Qué continuidad puede haber entre todas estas muertes sino el anhelo de ser fiel a la vida, a la llamada de la vida en plenitud y verdad? ¿Qué sentido pueden tener nuestros desiertos sino el de esperar en ellos la tierra prometida?

Yo estoy personalmente convencido de que ningún ser humano puede crecer y seguir adelante, abierto sin cesar a la verdad y a la vida que le salen al encuentro en su camino, sin aceptar la necesidad de morir cada día a una parte de sí mismo, como la crisálida que viene a morir para convertirse en mariposa. No tenemos acceso al diario íntimo de Jesús pero yo imagino en Él esta misma necesidad cuando declara: “allí donde yo vaya irá también mi servidor”.

He hablado, líneas atrás, de una respuesta parcial, en absoluto completa, pues queda en pie un profundo interrogante: ¿por qué hay muertes que, al menos en apariencia, lejos de ayudar a crecer, matan el alma y el corazón de la persona? He vuelto a leer recientemente el relato de los hermanos, padres y amigos de las catorce mujeres asesinadas en la masacre que tuvo lugar en la escuela politécnica de Montreal. Son personas rotas que confiesan haber perdido las ganas de vivir desde aquel seis de diciembre de 1989, si es que no han puesto ya fin a su vida ¿Cómo seguir hablando, entonces, de una muerte que ayuda a crecer? Sin haber dado con la respuesta definitiva a esta pregunta, reconozco que solo puedo hacerme eco de semejante misterio contemplando, en la fe y en el amor, la historia íntima de Jesús que dice: “Ahora mi alma está agitada y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora….”

En esta fe y en este amor me gustaría celebrar la esperanza de que estas muertes sin sentido den a luz una vida absolutamente inesperada.

Texto original de Andréé Gilbert traducido por V.M.P.

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