UN DIOS EN LA TIERRA

Una vez me dijo un compañero de trabajo: “tú eres un intelectual”. Yo me quedé perplejo al oír estas palabras y solo pude entenderlas cuando agregó: “a ti no te gustan los coches, son para ti simplemente un medio de transporte entre dos puntos. A mí, en cambio, los coches me interesan: ¡soy muy materialista!” ¿Eran sus palabras un cumplido?: en absoluto. En el fondo venía a decirme: “¡no eres de este mundo!”. Lo cierto, sin embargo, es que mi trayectoria personal no ha sido sino una largo empeño por desentrañar el misterio de este mundo, único lugar donde Dios se deja descubrir. El evangelio de la Pasion así lo proclama: con vigor e incluso con violencia.

Cuando uno vuelve a leer los capítulos trece y catorce del evangelio marcano, no puede por menos de llamarle poderosamente la atención su manera de presentar a Jesús: ni sombra ya de aquel taumaturgo que curaba a la gente con una mano y, con la otra, expulsaba sus demonios, predicaba a las multitudes que le aclamaban y venía a ser, en buena medida, un hombre singular. Por primera vez Jesús es presentado como un ser humano cualquiera. Y nada es fácil para él.

Lo que más llama la atención, con todo, es su impotencia. Precisamente Él, que conoce tan bien a su gente, ¿cómo puede equivocarse eligiendo a Judas como discípulo? Ante lo que le espera está asustado y angustiado. No quiere morirse porque está apegado a la vida como cualquier ser humano: “¡Quisiera tanto que esto no me estuviera pasando!”. Una vez esposado ya no será más que un juguete en manos de las autoridades ¿Qué ha sido del que expulsaba demonios y sanaba enfermos? Le abofetean, le escupen en la cara, le azotan y escarnecen. La figura de Jesús no se parece nada a la de un héroe: no solo será incapaz de cargar él solo con su cruz, antes bien, acabará muriendo antes que sus compañeros de suplicio, los malhechores crucificados con él. El propio Pilato quedará sorprendido. Es realmente un ser humano como cualquiera de nosotros.

Pero, si hay algo que me impresiona sobre todo en el relato de la Pasión, es la violencia que desprende de principio a fin. La violencia empieza ya con el asunto del perfume derramado y el dinero que se habría obtenido con su venta ¿Cómo describir la violencia de un discípulo que abraza a su maestro diciéndole respetuosamente “mi maestro” después de darle el beso de la muerte? Violencia en las expresiones de Pedro, que ya no sabe sobre qué cabeza jurar que no conoce a Jesús y que acabará rompiendo en sollozos sin consuelo ante lo que acaba de hacer. Violencia de un proceso en el que todo está ya decidido de antemano, y eso sin hacer mención de las torturas que puede llegar a infligir el ejército de Roma. Violencia en la escena de la gente que observa la escena con un cierto desdén: ¿cómo se puede ser tan duro ante un ser frágil y vulnerable, máxime cuando se ha pasado la vida sirviendo y amando a los demás? Hay una escena, en fin, que, a mi modo de ver, viene a coronar toda esta violencia: tras haber gemido “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado” (salmo 22), Jesús muere dando un gran grito.

Sin saber por qué, no puedo reprimir las lágrimas cada vez que leo el relato de la Pasión. “Será por la edad, sin duda” me he dicho tantas veces hasta que alguien me ha abierto los ojos con estas palabras: “no será, más bien, porque, en el relato de la Pasión, te ves reflejado un poco a ti mismo, a otras personas que conoces, tu mundo propio, en suma?”. Es cierto. Me duelen mis propias negaciones. Me duele la insensibilidad de la gente. Me duele su dolor. Cierto padre, enterado de que su hijo había abatido a sangre fría en su chalet a una pareja de jubilados, solo supo decir: “es cierto, es una estupidez lo que ha hecho”. Después se fue a comprar una caja de cervezas para emborracharse. Cuando leo en la prensa algún reportaje sobre África y regiones enteras de este continente devastadas por el hambre, que describe con detalle la desesperación de sus gentes y la falta de soluciones, no lo puedo soportar. Cierro el periódico enseguida.

Semejante pasión doliente no existiría si el deseo apasionado no estuviera muy vivo, ese deseo que brota de nuestras entrañas. Se ve claro en Jesús: deseo de una comunidad fraterna y ardiente en su última cena, deseo de un grupo capaz de sostener a muchos cuando invita a sus discípulos a acompañarle en la oración, deseo de un mundo renovado en su testimonio sobre el Mesías durante el proceso y, sobre todo, en el final del salmo veintidós (Los pobres comerán y quedarán saciados. Alabaran a Dios los que le buscan). Deseo apasionado y pasión doliente van de la mano y no pueden brotar si no me abro por entero a todas las dimensiones que componen la trama de mi vida. A uno le gustaría huir de este mundo y encontrarse con Dios en el cielo. Pero es en el corazón de este mundo, a través del grito que nos remueve las entrañas, como Dios se nos da a conocer. Por eso, después de haber oído el grito de Jesús, que expresa un deseo tan grande y doloroso, un deseo que invoca la Resurrección, exclama el centurión: “verdaderamente este hombre es el Hijo de Dios”, es decir, no hay que mirar en otro lugar para descubrir el rostro de aquel ser misterioso que llamamos Dios.

Texto de André Gilbert traducido por V.M.P.

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