LA PUERTA DE ENTRADA EN EL MISTERIO DE DIOS

La vida está hecha de contrastes. Basta, como ejemplo, el conflicto palestino-israelí: empezó hace más de tres mil años y se ha reavivado hace sesenta, sin que nadie sea capaz, por ahora, de predecir su fin. A una escala mucho más reducida y próxima a nosotros, podemos fijarnos en los niños que han sufrido maltrato severo o abandono: viven traumatizados y angustiados por el miedo a ser rechazados.

Es el caso del pequeño Simón, que ha sido noticia en algunos medios: su madre soltera, incapaz de hacerse cargo de él, lo llevó a un centro de menores donde se pasaba las horas bajo la mesa de la cocina, enrabietado, chillando y escupiendo. Una educadora, con paciencia de ángel, consiguió iniciar con él una cierta relación de confianza. Después vino algo no menos difícil: encontrar una familia de acogida. Cuando uno piensa con lucidez en todas las dimensiones de la vida, ¿cómo interpretar aquel pasaje de Juan que suena a canción de amor de otro mundo?

Para acercarnos a las palabras de Jesús cuando habla de su Padre y de su relación con nosotros, he imaginado la escena siguiente: un padre o una madre, consciente de que su fin está ya próximo, siente la necesidad de reunir a los suyos para dejarles, de alguna manera, su testamento. “Como me han querido mis padres, así también os he querido yo. Mantened vivo el amor que os he dado. Si os comportáis en la vida tal como yo os he enseñado, podréis mantener vivo el amor que os he transmitido. Yo también me comporté en la vida tal como me enseñaron mis padres y pude mantener vivo su amor. Os digo estas cosas para que también vosotros podáis sentir el gozo que a mí me llena: así será completo. Esto es lo que os pido: que aprendáis a quereros unos a otros, como os he querido yo. Nadie da pruebas de un amor más grande como el que se entrega por entero a los suyos. Vosotros seréis mis amigos si hacéis lo que os pido. Fijaos bien en que ya no os llamo hijos, pues un hijo no comparte la vida más íntima de sus padres. Os llamo amigos, porque he podido compartir con vosotros la intimidad vivida con mis propios padres. No sois vosotros los que habéis decidido traerme al mundo, antes bien, soy yo quien he decidido traeros al mundo a vosotros y os he educado para que dejarais un día en los demás un recuerdo duradero, permaneciendo siempre a vuestro lado para echaros una mano en caso de necesidad. Esto es, pues, lo que os pido: aprended a quereros unos a otros”.

Este testamento viene a ser, como es fácil de advertir, una paráfrasis del testamento de Jesús. Es precisamente el lenguaje de la relación entre padres e hijos el que emplea Jesús para acercarnos al misterio de Dios. Pero no nos equivoquemos: que la sencillez de las palabras no nos impida enfrentarnos a una realidad difícil de comprender, en la medida que el evangelio de Juan -lo sabemos- no habla solo de Jesús sino también de nosotros mismos y de nuestro mundo ¿Dónde encontrar, pues, este amor que nosotros mismos y nuestro mundo habríamos recibido como un regalo y que seríamos invitados a transmitir como pasa de una mano a otra la antorcha olímpica? ¿Cómo explicar esto al pequeño Simón, huérfano de padre, o a los palestinos en conflicto con los israelíes?

Una vez dijo un padre a su hija: “el día que tengas hijos entenderás todo lo que hemos hecho por ti”. En otras palabras: no se llega a comprender de verdad el amor recibido sino hasta que uno mismo lo vive. Así, las personas que han recibido de sus padres todo su amor no comprenden de verdad el amor que han recibido hasta que empiezan a querer a criaturas como el pequeño Simón. Y Simón, a su vez, no conseguirá descubrir el amor que le ha ayudado a ser un hombre hasta que sepa corresponder a ese amor. Por algo necesitamos unos de otros: para descubrir quiénes somos.

Pero hay más. Al proceder así, dice Jesús, nos hacemos amigos suyos, es decir, entramos en el misterio mismo de Dios: “Ya no os llamo siervos o hijos sino amigos…porque ahora compartís mi vida íntima”.

Estamos lejos, pues, del amor romántico. Madre Teresa de Calcuta dijo ya: “el amor empieza cuando empieza a doler”. El amor que podrá restañar las heridas de palestinos e israelíes dolerá. Es curioso, sin embargo, que este mundo nuestro, donde la Madre Teresa ha trabajado con los más pobres de los pobres, ha sido llamado “ciudad de la alegría”. “Os he dicho estas cosas -dijo Jesús- para que sintáis también vosotros el gozo que me llena y este gozo sea así completo”. Nuestra es, ahora, la oportunidad.  

Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P

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