DESCUBRIR NUESTRA MISIÓN EN LA VIDA

Aun recuerdo cuándo se puso en marcha el año de pastoral en mi parroquia, hace ya algunos años. La comisión de pastoral había preparado una gran pancarta en la que se podía leer: “nuestra misión es anunciar a Jesucristo al mundo de hoy” ¡Misión inmensa! Una definición como ésta se mantiene a un nivel tan estratosférico que puede valer para todo y para nada al mismo tiempo. Personalmente me sentiría un poco incómodo si tuviera que proyectar en ella mi propia vida.

Y, sin embargo, lo cierto es que las misiones son algo a lo que estoy acostumbrado. En mis ámbitos de trabajo administrativo, cada ministerio, cada departamento, cada sección, tiene su misión, que gira, más o menos, en torno al servicio a los ciudadanos y a la aplicación equitativa de la ley. Los centros de enseñanza tienen su misión. Los medios de comunicación como la radio, la televisión, los periódicos, las revistas, presumen de tener también una misión. La tradición cristiana no tiene ya el monopolio del lenguaje sobre la misión. Pero ¿cómo entender su misión en contraste con las demás?

Me gustaría sumergirme ahora de nuevo en aquel relato de Marcos que presenta a Jesús enviando a sus discípulos en misión ¿En qué consiste esta misión? A primera vista, no hay modo de saberlo. Jesús da sencillamente a los suyos la capacidad de apaciguar a los “espíritus perturbadores” (como podríamos traducir el sentido de la voz hebrea “impuro”, esto es, que se sustrae a la normalidad y a un cierto orden), sin añadir nada más. Cuando uno conoce el evangelio de Marcos, adivina enseguida que se trata, en él, de continuar la tarea de Jesús: su muerte se perfila en el horizonte cuando leemos el relato que sigue, el de la muerte de Juan el Bautista. El rostro de Jesús que nos presenta Marcos es el de un hombre de acción, que ha invitado a la gente a cambiar de vida porque el mundo de Dios está más cerca que antes y que no ha cejado en su empeño por transformar a sus semejantes en todos los sentidos: físico, psíquico y espiritual. Ahora bien, ¿qué hacen los doce para responder a la misión que Jesús les ha confiado? Instan a la gente a cambiar de vida, liberándola de sus pulsiones dañinas (enfermedades psíquicas o mentales) y curando a los enfermos (enfermedades físicas) con el aceite de la unción.

A la vista de este relato, ¿cómo definir la misión cristiana en general y la de cada uno de nosotros, en particular? A mí me parece que no podemos “inventarnos” una misión, por más noble que pueda parecernos, tal como “anunciar a Jesucristo”. Lo único que debemos hacer, en realidad, es “descubrir” nuestra misión. De hecho, el evangelio nos dice: Jesús convocó a los doce y empezó a enviarlos en misión…No se trata, entonces, de una iniciativa por parte de los discípulos. He aquí, pues, el origen de mis interrogantes y de una cierta tensión, a veces: “¿a qué me siento llamado…qué es lo que Dios espera de mí?

El relato me da una pista acerca de mi propia misión: Jesús les dio lo necesario para apaciguar a los espíritus perturbadores…, esto es, la capacidad de encauzar todas aquellas energías que pervierten o desvían al ser humano. Soy llamado solo allí donde tengo la capacidad de actuar: mi misión está en función de lo que yo soy y puedo ofrecer. Y aquí se plantea la pregunta: “¿quién soy yo y qué es lo que puedo ofrecer?”.

Cuando alguien me dice: “¡es increíble, pareces tan apasionado por lo que haces que se te ve radiante!” yo sé muy bien que estoy allí donde me siento llamado. Todo lo que hago con naturalidad es también mi propia misión: me toca, pues, a mí descubrir su sentido espiritual. Y esto me recuerda, por cierto, las imágenes de Pablo de Tarso: ¡qué fuerza, qué ardor, qué amor, qué pasión en todo lo que emprende! Hay que contar, desde luego, con horas sombrías, con momentos difíciles…Cuando mi madre andaba preocupada por uno de mis hermanos, que estaba enfermo, y no podía dormir por la noche, ¿le impedía esto a ella sentir hasta qué punto su vida seguía teniendo un sentido y no la cambiaría por nada? Algunas veces me pesa el trabajo y me aplasta la masa de mis planes y responsabilidades. Y, no obstante, saber que mi presencia y mi quehacer ponen en camino a personas como Mario, John, Gino, Kassen, Paul, me hace olvidar mi cansancio y me trae una paz profunda.

Como todos los que han rebasado ya la cincuentena, sé que llegará un día en que los múltiples compromisos sociales y el trabajo remunerado serán cosas del pasado. Y, sin embargo, vivo convencido de que mi misión no está en función de mi lista de actividades.

Cuando ya no pueda ayudar a los demás con mis conocimientos o competencias y sea, en cambio, yo quien necesite ayuda, entonces recordaré a mis hermanos y hermanas que la vida es, ante todo, pura gratuidad, como un recién nacido, que solo sabe agitar sus manos y sus pies.

¿Misión del cristiano? ¿Misión del musulmán? ¿Misión del agnóstico? Mi respuesta a todas estas preguntas es “sí”. Pero yo sé que lo mío es continuar la tarea comenzada por Jesús cada vez que alimento e intento curar y es esto lo que le da a mi vida todo su sentido. Sé también que, a través de mis acciones más sencillas, se perfila un misterio más grande que yo ¡Y esto me da vida!¿Concierne la misión únicamente al mundo que llamamos “profano”?

Ayer mismo por la tarde me telefoneaba un cura de parroquia para contarme lo angustiado que estaba ante un grupo de sacerdotes que no quería saber nada del proyecto previsto para reorganizar la misión. Cuando uno siente, por ejemplo, el vacío de la palabra en tantas celebraciones, ¿no percibe una llamada misional a los cristianos para que tomen, ellos mismos, la palabra?

Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P

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