¿QUÉ ES LO QUE NOS ALIMENTA DE VERDAD?


Un periódico local destacaba recientemente el valor nutritivo de ciertos alimentos: la proporción de lípidos, colesterol, sodio, azúcares, fibras, proteínas etc que contenían. Hoy no podemos dejar de leer las etiquetas de los envases si queremos evitar todo aquello que sería nefasto para nuestra salud y consumir únicamente lo que es beneficioso, especialmente por su valor en proteínas, pues son éstas las que nos aportan energía y fuerza. Pero yo me hago la siguiente pregunta: ¿qué es lo que nos alimenta de verdad y nos da el vigor necesario para la vida? No hay etiquetas donde podamos encontrar la respuesta a esta pregunta. Lo que tengo claro es que hay vidas cuyo vigor me interpela.


Los medios de comunicación nos hicieron llegar noticias desalentadoras de Pakistán en la primavera del 2018, en particular acerca de las persecuciones sufridas por las pequeñas comunidades cristianas que fueron víctimas del movimiento islamista. Por ejemplo, el veintidós de Abril de aquel año, Yasma Yaqoob,  de veinticuatro años, murió en el hospital de Lahore a consecuencia de las heridas recibidas por haberse negado a convertirse al Islam y a casarse con un musulmán. Pero semejante vigor no se encuentra solo entre los cristianos. Basta con pensar en Asma  Jahangir, una musulmana paquistaní y defensora de los derechos humanos. Tomó parte en la fundación de la comisión encargada de velar por los derechos humanos en Pakistán desde 1987. Ha sido representante de la libertad religiosa ante las Naciones Unidas durante seis años y se ha enfrentado a las conocidas leyes “antiblasfemia” defendiendo a sus víctimas. No  llegó a morir asesinada, es cierto, sino a consecuencia de una hemorragia cerebral a la edad de sesenta y seis años. Pero su vigor y su extraordinario coraje han quedado en el recuerdo para siempre ¿Qué es lo que ha podido alimentar a estos seres humanos y les ha dado un vigor tal que han llegado a ser lo que son?


He aquí el contexto desde el que me gustaría volver a leer aquel evangelio en el que Jesús proclama: “Yo soy el pan de vida”, es decir, el que pone en nuestras manos un alimento único, fuente de la vida en plenitud que no se acaba nunca. La liturgia dominical selecciona un texto breve -once versículos-, procedente de un extenso pasaje joánico que presenta similitudes con las homilías propias del culto sinagogal y que arranca con una cita de Éxodo 16, 4: “los padres que comieron en el desierto un pan que bajó del cielo…”, cita que volverá a aparecer al final del pasaje en cuestión. Esta especie de homilía da respuesta a la pregunta: ¿cómo es posible que Jesús haya bajado del cielo, tal como él mismo declara? La respuesta, en dos momentos. Ante todo, en la medida que alguien se abre a esta palabra, ya presente en lo más hondo de su corazón -que, según San Juan, viene de Dios-, se abre a la palabra misma de Jesús: ambas palabras proclaman los mismos valores, apuntan en la misma dirección. Y el Jesús humano e histórico, que ha trabajado y recorrido los caminos de Palestina, es el rostro mismo de Dios. Este tipo, “¿no es Jesús, el hijo de José cuyo padre y cuya madre conocemos ya?” -se preguntan los judíos-. Y es que Jesús no está en el cielo sino entre nosotros.


Pero hay también una segunda respuesta. Cuando alguien trata de vivir lo mismo que Jesús proclamó y vivió, descubre una vida increíble que no se acaba nunca: tiene el sabor de Dios. Puede resultar paradójico el que uno haya de estar dispuesto a entregar su propia vida para que otros puedan vivir. Es así como termina nuestra perícopa: “el pan que yo le daré es mi carne para que el mundo viva”. Dar la propia vida es hacer posible la vida.


¿Qué significa todo esto? Uno se pasa la vida aprendiendo a resucitar, esto es, dando cuerpo a aquello que alguien ha dejado en lo más profundo de nosotros mismos y sigue ahí desde el día de nuestro nacimiento: nuestro verdadero ser. Para llegar a ser lo que somos de verdad, tenemos que aprender a escuchar esta palabra del corazón, en medio del ruido y la presión de todo lo que nos rodea así como de nuestras múltiples heridas: “serán todos discípulos de Dios”, nos recuerda el Jesús de Juan. También nosotros necesitamos ayuda para liberarnos de todo aquello que nos despersonaliza. Es así como Juan nos presenta a Jesús bajo el nombre de “pan de vida”. Es el pan de una palabra que se hace eco de lo que ya estaba en nuestro corazón y nosotros éramos incapaces de escuchar y creíamos sin vida. Esta palabra vuelve a dar vida a aquello que somos de verdad y esta vida, según el Jesús de Juan, está llamada a no tener ya fin.


Pero hay más. Esta palabra, que nos permite ser nosotros mismos, no es fácil. Juan nos dice: “antes de la Pascua…habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, Jesús les amó hasta el extremo”. Y es que Jesús ha venido a liberar el amor en el corazón humano, el amor que es la única fuerza capaz de conducirnos hasta nosotros mismos. Él la encarnó para que nosotros pudiéramos verla en acción con nuestros propios ojos y convencernos así de que el sufrimiento y la muerte no pueden ser la última palabra, no pueden poner fin al amor. El apóstol Pedro es un hermoso ejemplo de esto que decimos. Cedió a la presión y acabó renegando de su Maestro. Juan cuenta, al final de su evangelio, que, tras la muerte de Jesús, Pedro tiene la experiencia de que Jesús vive y, por tres veces,  responde a su pregunta diciendo: “yo te amo”. Es entonces cuando se siente capaz de morir mártir. El amor liberado es ahora su fuerza.


Desconozco cuáles hayan podido ser las motivaciones de Yasma Yaqoob o de Asma Jahangir. Pero estoy convencido de que han sabido escuchar la palabra más profunda de su corazón, una palabra marcada por la fuerza del amor, una palabra asumida por Jesús cuando dice: “el pan que yo daré es mi carne para que el mundo viva”. Nadie puede amar sin darse nacimiento a sí mismo y dárselo también  a los demás. Y, cuando alguien da nacimiento, la muerte no tiene ya poder alguno sobre él.

Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P.

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