Archivos Mensuales: septiembre 2021

SERVIDORES DE TODOS

Tener que elegir -apunta el historiador americano James M. Redfield en su estudio sobre la obra y el mundo de Homero- es la carga que nos impone a todos la sociedad. Es una carga porque elegir implica rechazar o renunciar. Si yo elijo un camino renuncio a otros posibles. Si elijo a una persona -si le doy mi voto en una elección democrática- rechazo otros candidatos alternativos. Para acallar nuestra conciencia, siempre abierta a otras posibilidades, solemos decirnos cosas como que “no hay mucho donde elegir”. Creyendo elegir “entre lo malo y lo peor” -el mal menor- uno acalla su conciencia y pasa a otra cosa.

El problema de la conciencia es que habla siempre y que nunca se la puede acallar del todo. La conciencia es responsable de las posibilidades que se le abren a cada paso. Podrá cerrarse a ellas pero ellas siguen abiertas a la conciencia. Cuando Jesús preguntó a sus discípulos de qué venían discutiendo por el camino, ellos enmudecieron ¿Por qué? Porque su Maestro, al interrogarles, estaba llamando a la puerta de una conciencia cerrada. Venían discutiendo acerca de quién era más grande entre ellos. Tener que comparar y elegir conlleva tener que rechazar y descartar, cerrarse a posibilidades abiertas a la conciencia. Por eso enmudecieron al escuchar la pregunta de de Jesús. Era la más natural y espontánea, la más inocente de todas las preguntas posibles que un ser humano puede hacerle a otro: “¿de qué hablas?, ¿de qué venías hablando por el camino?”.

Recordada por todos es la respuesta de Jesús al mutismo de sus discípulos. No les había preguntado sobre su opinión acerca de algún asunto: opinar es elegir opinión, tomar partido. Les había preguntado simplemente por el asunto mismo. Cualquier asunto es interpretable: algo sobre lo que podemos hablar y discutir. Y, más que ninguno, el asunto que somos los propios seres humanos, la vida que vivimos y los problemas que la vida nos plantea. No hay respuestas cerradas, definitivas, a los problemas de la vida humana. Con ellos la conciencia se abre a posibilidades diversas. Con ellos la conciencia misma se manifiesta como lo que es: apertura, acogida.

Y de apertura o acogida es de lo que nos habla la respuesta de Jesús a sus discípulos. No habla con palabras sino con un gesto simbólico. Levanta con sus brazos a un niño -un ser insignificante como cualquiera de nosotros en el fondo- y sentencia:

“el que acoge a un niño como éste en mi nombre es a mí a quien acoge”.

Un momento antes -importa recordarlo- había salido al encuentro de nuestra conciencia enfrentada por la sociedad a la necesidad de elegir y rechazar tomando la libertad de cada uno como quien coge el toro por los cuernos: “si alguien quiere ser el primero…”.

No dice Jesús: “si alguien quiere elegir al primero, al más grande…”. Esto es lo decisivo en el mensaje de Jesús. La libertad más honda, más íntima, no consiste en elegir -no es una carga, la de tener que elegir- sino en ser uno mismo. Y ser uno mismo, ser aquello que uno quiere ser, consiste en acoger al niño que cada uno de nosotros es, en el fondo. Y acoger al niño que es cada uno de nosotros es, en la práctica, acogerme a mí mismo como ser insignificante. Insignificante, no porque sea poca cosa -casi nada en tiempos de Jesús- o el candidato menos malo en una elección democrática, sino porque no conozco de antemano el significado de mi propia existencia. No tengo la respuesta a los problemas de la vida. Pero tengo una conciencia abierta a posibilidades. Tengo la posibilidad de las posibilidades, la capacidad de abrirme a todas. Soy esa misma apertura, esa misma capacidad de acogida. Soy el “primero y el último” – el “eschatos”, en palabras de Jesús-, el servidor de todos.

Si alguien piensa en quién o que camino elegir en la vida, que piense primero en acogerse a sí mismo tal como es y en acoger a los demás tal como pueden llegar a ser si los acogemos “en el nombre de Jesús”. Nada ni nadie es rechazable por el mero hecho de existir. De todos somos servidores.

Los que siguen pensando que la libertad consiste en poder elegir o renunciar -o, más bien, en tener que hacerlo, como apuntaba Redfield- acaban siendo esclavos de las decisiones que un día tomaron creyendo tomar, por supuesto, la menos mala posible. Nadie que sea servidor de todos será nunca, en efecto, esclavo de nadie.

Texto escrito por V.M.P.

POR DONDE TE LLEVE LA VIDA

Dios es luz sin sombra alguna. El mundo, a su vez, luz que deja sombras. Luz que asombra.

La luz de la fe es claridad que envuelve y baña todas las cosas. La claridad no brilla, aclara. El mundo, en cambio, brilla tanto que deslumbra a quien pone en él sus ojos. No aclara nada. No hace falta: hay lo que hay, lo que no se puede no ver porque está a la vista. El mundo presta -o resta- su brillo a cuanto lo necesita.

¿Qué pasa, entonces, con lo que no necesita brillar? Lo que no necesita destacar, ser importante, queda en la sombra. La sombra es su lugar propio: allí donde no llega la luz de este mundo. Dice el Papa Francisco:

“no importa saber que Jesús fue grande en la historia: importa el lugar que yo le doy en mi vida”.

No importa, pues, lo importante. Lo que brilla -la grandeza de Jesús en la historia- no es lo que importa. Lo que importa no es importante: ¡paradoja cabal! El lugar “que yo le doy a Jesús en mi vida” no es importante. No necesita serlo. No necesita destacar o brillar con la luz de este mundo. Su lugar es la sombra: allí donde no llega la luz de este mundo.

Pero, ¿por qué hablar de un lugar y de mí o de ti? ¿Por qué el Santo Padre piensa en aquel lugar que tú o yo podemos dar a Jesús? ¿Es siquiera posible dar un lugar a quien no cabe en ninguno pues su propia grandeza llena, si cabe, la historia entera? ¿Necesita un lugar el que todo lo llena?

Lo necesita, en efecto. Jesús le dice a Pedro, que le ha reconocido como el Cristo, aquellas palabras inauditas para el propio Pedro, para todos sus discípulos de ayer y de hoy, para ti y para mí:

“es necesario que el Hijo del hombre pase por muchas cosas…”.

Pedro no puede creer que el Cristo, el último y definitivo enviado de Dios a Israel, tenga que pasar por cosas como el rechazo de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas así como la misma muerte violenta ¿Quién de nosotros se imagina por lo que puede llegar a pasar en la vida o por lo que pueden llegar a pasar sus seres queridos? Todos tenemos una idea acerca de a dónde queremos ir en la vida pero ¿sabemos por dónde nos puede llevar? Necesitamos un lugar para ella, para que, nos lleve por donde nos lleve, nos encuentre alerta. Más que saber lo grande que fue Jesús en la historia, lo que importa es “el lugar que yo le doy en mi vida…”.

La luz de este mundo llega donde llega, asombrosa y espléndida. Más allá de ilusiones y proyectos, que brillan como lo más importante en nuestras vidas, se encuentra ese lugar sombrío por donde ni Pedro ni sus discípulos de ayer y de hoy se imaginan tener que pasar siguiendo a Cristo.

“Para ir a donde no sabes has de ir por donde no sabes…”, enseña San Juan de la Cruz.

Dar lugar en la vida a Jesús, en palabras de Francisco, ¿no es cuidar del que encuentro a mi lado cada vez que paso en la vida por donde nunca hubiera creído tener que pasar? La luz de la fe no brilla, aclara solo ese lugar donde el brillo no llega – no necesita llegar- y la sombra queda…

Texto escrito por V.M.P.

LA PRIMERA PALABRA

Creo que soy feliz, que lo he sido desde que tengo conciencia de lo que significa serlo. Pero creo también que mi felicidad no ha sido nunca un estado: ni de bienestar ni de beatitud. No vivo en la dicha. Vivo dichoso en algún lugar de este mundo. Nada me ha hecho feliz. La felicidad se me ha dado. Cada vez que he escuchado la palabra “gracias” he sido feliz. Y, esperando volver a escucharla, he vivido agradecido. Mi felicidad es mi gratitud.

No puedo imaginar otra palabra en labios del sordomudo que Jesús curó una vez acercándose a su cuerpo, levantando sus ojos al cielo con un gemido y diciéndole: “ábrete”. La primera palabra que pronunció el sordomudo en respuesta a la palabra de Jesús no pudo ser sino de gratitud. Sencillamente “gracias”. En el evangelio no la encontramos, ciertamente, pero sí el eco de esta gratitud entre los circunstantes: “¡todo lo ha hecho perfecto…!”. En estas palabras de asombro ante Jesús, ¿no resuenan aquellas otras que leemos en el relato de la creación, una vez concluida: “y vio Dios todo lo que había hecho y todo era muy bueno…”?

Pero ¿como va a ser bueno un mundo lleno de sordos, ciegos, seres dependientes, dolientes, desgraciados…? Si entendemos la felicidad como bienestar y no como gratitud, entonces las palabras del creador son un insulto a la inteligencia. Ahora bien, ¿qué es mejor? ¿Un mundo feliz? ¿O una sola persona agradecida?


La respuesta a esta pregunta es el evangelio de la curación del sordomudo. Ahí no vemos más que una persona abriéndose a otra. Un ser embotado, obtuso, insensible, incapaz de articular palabra -todo esto sugieren las palabras empleadas en el texto original- que, de pronto, se abre al otro. Cada vez que una persona se abre a otra el milagro se recuerda y la gratitud se proclama.

No es posible, acaso, en este mundo, la felicidad sin gratitud. Sí lo es, por supuesto, el bienestar, necesario siempre para todo menos para una cosa: para ser agradecido. La palabra de gratitud es la única palabra verdaderamente libre. La gratitud es libertad plena. El sordomudo llegó a ser él mismo abriéndose a la presencia de Jesús: empezó a escuchar con sus oídos y a hablar con sus propias palabras. Y la primera de todas las palabras es “gracias”. Por eso cada vez que escucho esta palabra soy feliz. Mi felicidad no es un estado de bienestar. Es mi gratitud.

Texto escrito por V.M.P.