LO DURO DURA

¿Hay un amor para siempre? Nuestra sociedad ha tomado conciencia de que nada es para siempre. El amor, tampoco. También el amor se acaba. Pero, cuando pensamos en un amor para siempre, ¿en qué estamos pensando? ¿En un amor que dura sin altibajos a través del tiempo? Nada vivo es capaz de tal cosa. Lo vivo necesita cambiar. Por eso el amor cambia para seguir vivo. El amor de ayer no puede seguir siendo el de hoy ni será tampoco el de mañana. La cuestión es entonces cómo unir el ayer al hoy, el hoy con el mañana. Cómo el amor puede ser el mismo sin ser lo mismo.

La cuestión no es la duración sino la unidad del amor, la unión de los que se quieren a través del tiempo y de la diferencia que los tiempos van marcando a través del tiempo. Somos los mismos pero no somos lo mismo con el paso de los años. Por eso el amor no dura, no permanece idéntico mientras el tiempo pasa. Lo que dura es lo duro. Jesús reprochaba a los fariseos su dureza de corazón. El corazón duro no cambia nunca. Permanece endureciendose cada vez más. El egoísta es cada vez más egoísta. El que tiene retiene y acumula. El que se ama solo a sí mismo acaba repudiando a todos los demás.

Ahora bien, ¿cómo distinguir las dos ciudades que, según San Agustín, fundan dos amores: el amor a uno mismo hasta el olvido de Dios -de todo otro- y el amor a Dios -al otro- hasta el olvido de uno mismo? Me parece que el de la permanencia es un buen criterio para distinguir el uno del otro. Lo duro dura. Lo vivo -lo necesitado de cambio, como supo ver Aristóteles- no dura. Hay que cuidarlo cada día, uniendo el amor de ayer al de hoy y el de hoy al de mañana. Lo vivo no se endurece. Necesita sentirse vivo, joven y actual, cada mañana. Lo vivo aspira a la belleza y hondura del momento, del gesto, de la palabra o el detalle. Lo vivo busca el amor como la cierva sedienta las corrientes de agua, en palabras del salmista.

“Ya no son dos sino una sola carne”, sentencia Jesús acerca del hombre y la mujer que, dejando a su padre y a su madre, se unen en matrimonio. Ya no son dos egoísmos que se unen, porque los egoísmos no se pueden unir. Se pueden juntar pero no unir. Solo el amor, que viene de Dios según San Juan y que es el fruto de la fe según San Pablo, es capaz de unir. Así cabe entender aquellas palabras de Cristo: “lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”. Lo separa el hombre que no cuida su amor cada día, el que, creyendo creer y amar, vive sin fe y sin amor. Aquellos fariseos cuya dureza de corazón condenaba Jesús abiertamente, ¿no continúan su obra entre las personas religiosas de nuestros días? Lo duro, por desgracia, dura.

Texto escrito por V.M.P.

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