MAS ALLÁ DE LA FELICIDAD



“¿Qué hay que hacer para ser feliz?”

He aquí la pregunta a la que responden tantos autores como es dado encontrar hoy sobre los anaqueles de las librerías que han hecho sitio a la espiritualidad o a la psicología, especialmente bajo el epígrafe de “libros de autoayuda”. La felicidad es algo que está a nuestro alcance si hacemos lo que nos enseñan los autores de estos libros. En realidad, la pregunta sobre lo que hay que hacer para conseguir la felicidad no es de hoy. Hace dos mil años encontramos ya esta misma pregunta en labios de aquel hombre que se acercó a Jesús corriendo y, cayendo de rodillas ante él, le interrogó diciendo:

“¿Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para conseguir la vida eterna?”

El hombre aquel venía haciendo ya todo lo que estaba en sus manos para conseguir la felicidad. Desde su juventud había puesto en práctica todos y cada uno de los mandamientos: no mataba, no robaba, no engañaba ni hacía daño a nadie, cuidaba de su padre y de su madre… Hacía todo esto y, sin embargo, no era feliz. No había conseguido la vida eterna.

Por eso decidió acudir a Jesús. Se preguntaba él seguramente cómo era posible que quien había hecho todo lo preciso para ser feliz no lo fuera. Su pregunta “¿qué tengo que hacer?” debía de sonar a sus propios oídos como “¿qué más puedo hacer?”. Pero, cuando aquel hombre escuchó la respuesta de Jesús, fruncio el ceño y se marchó disgustado. Los traductores suelen repetir aquello de que “se entristeció” pero yo no veo relación alguna entre la respuesta de Jesús y la tristeza de su interlocutor. No había nada que pudiera entristecer a nadie en la respuesta de Jesús.

Lo que sí había, en las palabras de Jesús, era un efecto inesperado. El hombre aquel no esperaba oír esas palabras. Por eso debió de quedarse con una cara muy característica: la que ponemos todos cuando nos vemos comprometidos y no queremos comprometernos. Cuando huimos del compromiso ponemos cara de apuro y tierra de por medio echando mano de la primera excusa que nos viene a la cabeza.

Eso fue lo que le debió de pasar a aquel hombre bueno y piadoso que había hecho todo lo posible para ser feliz y no lo era. Los filósofos de la antigüedad -los primeros que empezaron a escribir libros sobre la felicidad y cómo conseguirla- le habrían aconsejado que no estuviera apegado a sus bienes porque, en cualquier momento, los podemos perder. Al que pierde la salud, por ejemplo, ¿de qué le sirve el dinero? Pero Jesús no le dio un consejo. Le dio una orden: vende lo que tienes, dáselo a los pobres, ven y sigueme..

Nadie soporta una orden espontáneamente. Un consejo todo el mundo está dispuesto a recibirlo, aunque solo sea por educación. Pero una orden no es un consejo. Una orden no pertenece a esa clase de cosas que uno está dispuesto a recibir. Y, sin embargo, el evangelio, la Buena noticia de Jesús, ¿es una noticia o no será, más bien, una orden? Con el que tiene hambre, está desnudo o enfermo o en la cárcel, ¿cabe preguntarse qué hacer?

La felicidad -o la manera de conseguirla- es algo sobre lo que podemos hacernos muchas preguntas y darnos algunas respuestas. Sobre el evangelio de Jesús, en cambio, no cabe hacerse pregunta alguna. Él mismo es la pregunta que nos compromete. No espera, requiere respuesta. Es como una orden. O la cumplimos o no. El que la cumple conoce una dicha que nadie es capaz de alcanzar en este mundo. Ni siquiera el que escribe libros enseñando a los demás cómo ser felices.

Texto escrito por V.M.P.

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