LA BELLEZA QUE SUCEDE

La verdad y el bien, cuando van juntos, brillan. Su esplendor común es la belleza.

Por eso de una buena persona se dice también que es una bella persona. No porque sea bella su apariencia sino porque su bondad es verdadera. Su belleza no es aparente sino transcendental. Por no distinguir la belleza que seduce de aquella que sucede y pasa inadvertida, al común de los mortales nos atrae lo desconocido: tanto más cuanto menos lo conocemos porque ni siquiera necesitamos conocerlo. La belleza aparente está a la vista de cualquiera. Todo el mundo sabe muy bien lo que le gusta.

Así las cosas, nada tiene de extraño que Pilato acabe preguntándole a Jesús en el pretorio:

«¿Qué es la verdad»

La verdad lejos del bien es indiferente, impenetrable como un muro levantado a fuerza de mentiras. La verdad sin el bien, ¿quién la podrá distinguir de la mentira? Servirá, como ésta, a la causa del que la necesite. Cuando la verdad no me acusa me sirve para acusar al mundo entero. Pilato lo sabía. Sabía que podía acusar a la Verdad en carne viva porque, para él, la verdad y la mentira eran solo medios al servicio de sus propios intereses. La verdad por la que pregunta Pilato no es nada que pueda importarle en absoluto. Él, como cualquiera de nosotros, sabe bien lo que le gusta e interesa.

También los sumos sacerdotes sabían bien lo que querían ¿Era Pilato, para ellos, solo un medio entre sus manos? ¿O lo eran ellos, más bien, para Pilato? Cuando la verdad se aleja del bien no es más que un medio al servicio de gustos o intereses. Nada permite distinguir la verdad de la mentira cuando no es más que un instrumento. Todos la buscan pero no porque la amen sino porque la necesitan. Los sumos sacerdotes necesitan la sentencia de Pilato. Pilato, necesita, a su vez, liquidar cuanto antes el asunto. Ni a aquellos ni a éste les importa para nada la verdad. Si Jesús es el rey de los judíos es entonces un problema para todos.

Y es que todos sienten la seducción del poder. El poder religioso no es más religioso que el poder civil o militar. Seduce lo mismo. Sus emblemas son distintos pero su belleza es indiferente, ajena al sufrimiento de los seres humanos. Es la belleza de una verdad abstracta como la ciencia o concreta como la técnica: todos la necesitan pero nadie la ama. Nadie puede amarla porque su belleza es aparente. Gusta o interesa pero no brilla con luz propia porque el bien la ha abandonado. No sabemos si la ciencia y sus aplicaciones técnicas harán mejores a los seres humanos. De lo que sí estamos seguros es de que los harán más poderosos.

Y, entre todos, lo mataron. Pero no pudieron acabar con su voz. El que no convence con sus palabras habla con voz propia:

«todo el que es de la verdad escucha mi voz».

Y ¿quién es de la verdad? ¿Quién puede invocar la verdad como suya? ¿Quién tiene derecho a decir su verdad? El único que ha subido a la cruz, no por una verdad absoluta, indiferente al sufrimiento de los seres humanos, sino por su verdad, por la Verdad que Él mismo es. Y, en El, cada uno de nosotros en la medida que aprendemos a distinguir la belleza aparente, la que seduce, de la que sucede siempre inadvertida. En la oscuridad del calvario. O en la mañana tibia de la Resurrección…

Texto escrito por V.M.P.

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