PALABRAS MÁGICAS

Nada hay tan mágico como las palabras. Con ellas podemos curar o herir, calmar o cansar, dar vida o quitarla. Las palabras muestran lo que intentan decir y ésta es su magia: son más que palabras. Por eso nos parece poco de fiar aquel cuyas palabras se las lleva el viento. De fiar es, más bien, el que da su palabra. El que da su palabra sabe lo que hace: mostrar, hacer presente, lo que con sus palabras intenta. Ahora bien, nadie da lo que antes no ha recibido.

Sobre Juan, el precursor de Jesús, escribe Lucas que «se hizo presente la Palabra de Dios». La Palabra de Dios es aquella única palabra que el viento no puede llevarse. A diferencia de la palabra humana, que podemos darla o simplemente decirla, la Palabra divina solo podemos darla. Pero, para darla, necesitamos recibirla. Nadie da lo que antes no ha recibido. Y he aquí el acontecimiento que se proclama en el evangelio de Lucas: que la Palabra de Dios se hizo presente «sobre Juan». Juan, el precursor, no fue quien dispuso de ella para darla o no. De la Palabra de Dios no podemos disponer, como de las palabras humanas. Es ella la que dispone de nosotros, de nuestra libertad.

Disponer de las palabras es disponer de las personas. Servirse de ellas, aun para los más nobles fines, es, en el fondo, servirse de las personas como si fueran medios y no fines en sí mismas. Allí donde el lenguaje es un medio de comunicación, manipulable como una herramienta cualquiera, las personas dejan de ser importantes. Son meros destinatarios de un mensaje en busca de clientes o de fieles.

El relato de la misión de Juan, el relato del acontecimiento que cambia su vida al disponer de ella la Palabra divina, aparece enmarcado por las figuras de aquellos que disponían de las palabras y de las personas en tiempos de Juan: el emperador Tiberio, el gobernador Poncio Pilato, cada uno de los tetrarcas y los sumos sacerdotes que ejercían el poder religioso por entonces. Todos ellos disponían de las palabras necesarias para hacer valer su autoridad sobre la gente. Pero ninguno de ellos, con todo su prestigio, fue capaz de hacer lo que la Palabra de Dios sobre la vida de Juan: transformarla, darle un sentido, una misión propia.

La Palabra de Dios actúa sobre el profeta Juan de una manera semejante a las palabras que nos alumbran a todos el camino de la vida. Son las palabras que no podemos olvidar. Nos las dijeron una vez, acaso hace ya mucho tiempo, y siguen acompañandonos. Cuando las oímos por primera vez no las comprendimos, tal vez. No encontramos en ellas nada interesante. Pero siguen sobre nosotros, alumbrando nuestro camino. Gracias a ellas podemos comprender la Palabra de Dios que se hizo presente sobre Juan. Gracias a ellas comprendemos que no todas las palabras se las lleva el viento. Gracias a ellas podemos dar nuestra propia palabra. Y, con ella, nuestra propia vida a quien la necesite. Porque hay palabras que curan y no hieren. Que calman y no cansan. Que dan vida y no pueden quitarla.

Hay palabras mágicas.

Texto escrito por V.M.P.

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