EL MISTERIO DE JESÚS ES TAMBIÉN EL NUESTRO

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¿Eres introvertido o extrovertido? Si eres introvertido, a la gente le parecerá, tal vez, que ocultas algo y se quedará con la impresión de que no te conoce mucho. Si eres extrovertido, tendrán todos seguramente la sensación de saber quién eres porque te expresas mucho y abiertamente. Y, sin embargo, es muy probable que, en ambos casos, te conozcan poco y confundan tu personaje en sociedad con tu identidad real y profunda. Más aun: te conocen poco porque, en realidad, te conoces poco tú a ti mismo.

El evangelio nos habla precisamente de esto: de cómo se nos revela o da a conocer la identidad. Solemos fijarnos en Jesús cada vez que leemos el relato de su Transfiguración. Pero son sus discípulos el centro de este relato. Son ellos quienes viven una experiencia inaudita, quienes descubren a un Jesús diferente y se asoman, en Él, al misterio del Dios vivo, tan vivo como lo fue para Moisés y Elías. Son realmente ellos los que vacilan, estremecidos ante su descubrimiento. Es verdad que esta experiencia no pudo tener lugar antes de Pascua. Con todo, no deja de ser un acontecimiento de alcance existencial.

He intentado bucear en mi propia experiencia buscando momentos intensos y privilegiados de encuentro, bien sea con los demás o conmigo mismo. Son muy escasos. Se trata, por supuesto, de algo más que de momentos hermosos y gratos en compañía de un ser querido y en torno a una botella de buen vino, por más que momentos como éstos puedan invitarnos a entrar en la profundidad de las cosas y a decir como Pedro:

«prolonguemos estos momentos y hagamos unas tiendas para que se puedan quedar entre nosotros»

El día en que me di cuenta de que estaba enamorado y de que deseaba con todo mi ser empezar un nuevo proyecto de vida hubo, para mí, un momento de luz y de liberación. Pero sentí, a la vez, un profundo estremecimiento, asustado ante lo desconocido que se me venía encima. Cuando una pareja vive en conflicto y descubre, al final de una terapia, que ambos han de tomar rumbos diferentes en la vida, pasan también por algo parecido: en un momento se sienten liberados y aterrados, a la vez, ante lo desconocido que se les viene encima. Conozco a una madre que debió hacer frente, muy pronto, a la deficiencia mental de su hija. O la aceptaba o la rechazaba -como había hecho, por cierto, su pareja-. Descubrir y entender que su hija necesitaba un amor incondicional fue liberador y terrible, a la vez, por lo que ello suponía para el resto de su vida.

¿Nos hemos alejado del relato de la Transfiguración? En absoluto. Al descubrir el misterio de Jesús, es el misterio de sus propias vidas lo que descubren los discípulos. Es increíble y maravilloso: ¡qué momento tan luminoso el de quienes así descubren que sus vidas están íntimamente unidas al Ser que es el origen del mundo y del amor! Pero, al mismo tiempo, se estremecen porque su propio mundo se desmorona y aparecen, en su conciencia, mil interrogantes. Es justo lo que nos sucede también a nosotros en momentos parecidos.

Solo me queda, ahora, una pregunta: ¿por qué los momentos más reveladores de la existencia se dan, tan a menudo, cuando lo estamos pasando mal? En el relato evangélico, el momento más revelador tiene lugar cuando se acerca el arresto de Jesús y su muerte ¿Por qué algunos han necesitado el once de Septiembre y ver miles de folios hechos pedazos y flotando en el aire como copos de nieve para empezar a verse, de pronto, a otra luz? ¿Por qué ha hecho falta esta tragedia para descubrir toda la vida que se venía gestando desde Afganistán? ¿Por qué tenemos que perder, a veces, a un ser querido para emprender un largo camino hacia el fondo de nosotros mismos? ¿Por que unos padres es enterándose de que su hijo es homosexual y pasando sus dificultades por ello cómo llegan a sentir el gozo de un encuentro en la verdad y a redescubrir la belleza de su hijo?

La experiencia de los discípulos de Jesús puede ser también la nuestra, la de cada uno de nosotros según las circunstancias. Lo será, en efecto, si nos dejamos «conducir a la montaña a un lugar aparte». Estas palabras tienen un significado diferente para cada persona. Hay momentos en la vida sobre los que no tenemos control alguno los seres humanos. El tiempo de Cuaresma nos recuerda que la vida es un camino cuyos límites solo conocemos hasta cierto punto. Pero podemos mantener abierto el corazón y dirigir nuestra oración a Jesús, que nos precede en el camino. Seremos, entonces, capaces de vivir los momentos más reveladores de nuestra vida sin temor alguno.

André Gilbert

Trad. de V.M.P.

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