¡MADRE MÍA, QUIEN ME MIRE TE VEA!

Siguiendo con el proyecto de mantener vivo el legado de D. Manuel Ares, hoy publicamos este artículo que había escrito y fue publicado en la revista del Carmen del año 2018.

A lo largo de todo el año hay un goteo de Ponteses y no Ponteses que van por la Capilla de Nuestra Señora del Carmen, o bien entran en el recinto para ver su Imagen o se paran en el altar exterior para dirigirle una plegaria. Ella es la intercesora ante su Hijo Jesús. Nuestros momentos de penas o alegrías, nuestros momentos de desaliento, nuestras dudas, nuestras faltas de salud… Todos lo depositamos a sus pies y ella se lo muestra a su hijo Jesús y Él que lo ve todo pues es Todopoderoso sale a nuestro encuentro para que no caminemos solos por este destierro mientras peregrinamos por este mundo.

Nuestra Señora del Carmen es el faro de nuestras vidas, Ella nos acompaña siempre y nosotros con nuestras debilidades vamos a su lado y cuánto más triste nos sentimos, Ella nos cubre con su manto maternal.

Si somos verdaderamente sus hijos debemos llevar con dignidad su distintivo, me refiero al Santo Escapulario, no es ningún amuleto, es un signo de nuestra consagración a Ella, es un signo con el cual decimos que Ella es nuestra Madre en este mundo atribulado. Ya decía Santa Teresita del Niño Jesús que para Ella es más Madre que Reina. A ella le gustan las flores que le dejamos a sus pies pero más le gustan las flores que sólo Ella ve. Nuestros sacrificios, nuestra humildad, nuestro cariño hacia los demás hacia los que más nos cuestan, saber pasar inadvertidos.

Pero estas flores y muchas más, hacerlas con mucho amor. Ella ve y nos premia, son como perlas que vamos cosiendo a nuestro Traje cuando nos venga a buscar y presentarnos antes su Hijo Jesús: ¡Madre mía del Carmelo por su Santo Escapulario llévame contigo al Cielo!

Me gustaría que la Capilla de Nuestra Señora del Carmen fuera un remanso de paz, allí están los dos: Jesús en el Sagrario y al lado la imagen de su Madre, de nuestra Madre. Jesús desde la cruz la tarde del Viernes Santo la entregó por Madre a Toda la Humanidad. «Y desde aquel momento la recibió en su casa», así lo dice San Juan en el evangelio. Imagino que todos tenemos un retrato de nuestra madre terrena, tengamos un signo de Nuestra Madre del Cielo y hablemos con Ella como si lo hiciéramos con la de la Tierra. Ambas escuchan, ambas nos acogen con cariño y aunque no digan nada sabemos que nos llevan en su corazón maternal.

¡Madre y Reina del Carmelo! Son muchas las gracias que he recibido de tu Hijo a lo largo de toda mi vida por mediación tuya. Por ello hoy vengo a darte las gracias y a consagrarme a ti en cuerpo y alma.

¡Madre! Te ofrezco: mis ojos para mirarte , mi voz para bendecirte, mi vida para servirte y mi corazón para amarte. ¡Madre y hermosura del Carmelo!: que el bendito Escapulario que llevo en mi pecho sea un recuerdo de todos tus virtudes que procuraré imitar.

Que nunca tenga la desgracia de mancillar la blancura bautismal que simboliza mi Escapulario. Que rechace todo aquello que me aleje de tu Hijo Jesús Madre, concédeme la dicha de que viva siempre mi lema: conocerte, amarte, imitarte, para mejor conocer, amar, imitar e irradiar a tu Hijo Jesucristo. Amén.

¡MADRE MÍA, QUIÉN ME MIRE TE VEA!

Manuel Ares, Sacerdote.

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