HABLAR SIN DECIR NADA

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Ayer le oí decir a una mujer:

«la vida no da más que palos».

Y le oí contar el último palo que la vida le había dado ¿Es verdad que la vida no da más que palos? ¿Por qué recordamos los palos y olvidamos lo que la vida sigue dándonos? ¿Por qué somos más dados a lamentar que a agradecer?

Cuando los discípulos volvieron aquella mañana con las redes vacías, ¿lamentaron haber salido a faenar de anochecida? ¿O no pensaron, más bien: «bueno, la vida es así, unas veces se gana y otras no…»?



Que la vida nos dé palos no significa nada más que eso. Los seres humanos convertimos los palos de la vida en una vida que no da otra cosa. Los lloros en un valle de lágrimas. Nos enfadamos con la vida cuando no nos sonríe. Hablamos mal de los demás cuando no encontramos razones para hablar bien. Pero que no las encontremos no quiere decir que no las haya. Que aquellos discípulos no hubieran encontrado peces toda la noche no quiere decir que no los hubiera.



Los había. Pero era necesaria la voz del que indica dónde. En este mundo son muchos los que hablan de lo que saben o piensan. Pocos, en cambio, los que dicen algo. Decir es in-dicar, mostrar el camino a otros, que también hablan de lo que saben o piensan. El Resucitado indica a los discípulos dónde han de echar sus redes para encontrar peces. Ellos ya pensaban que no los había. La pesca milagrosa no consiste en que una red, de pronto, se llene de peces. Consiste en que unos hombres, cansados de faenar en vano toda la noche, escuchan una palabra.



El milagro es escuchar. Escuchar no es una disposición: por eso no es hábito ni virtud. No escucha el que quiere ni el que sabe sino el que puede. Hay una clase de palabras que no es posible no escuchar. Son las palabras del que dice algo, del que muestra un camino a otros. Hay que estar sordo para no escuchar esta clase de palabras. Los discípulos que volvían de la faena con las redes vacías estaban cansados pero no sordos. La vida en sus fracasos nos cansa. Nos desencanta y asoma al abismo. Pero no nos deja sordos. Sordos nos dejan las palabras del que habla sin decir nada. Sabe pensar y hablar pero no mostrar un camino a quien lo necesita.



Las palabras del Resucitado no solo muestran el camino. Lo abren, además. La pesca abundante culmina en la mesa compartida. Él parte para nosotros el pan y nos da de comer a cada uno. Es la Eucaristía, camino abierto por las palabras del que las pronuncia cada vez en nombre de Jesús. Esto es decir: mostrar y abrir el camino. Lo demás son discursos. Con el discurso de la religión, con el de la ciencia, el de la filosofía o el del sentido común, pensamos y hablamos todos. Pero, muchas veces, sin decir nada.

Texto escrito por V.M.P.

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