SER UNO MISMO, SER DIOS

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El evangelio nos resulta, a veces, muy difícil de entender. Es muy bella, por ejemplo, su imagen del pastor que da la vida a sus ovejas. Ellas escuchan su voz y nadie podrá arrebatarselas. Pero, ¿cuál es el sentido profundo de expresiones como «vida eterna» o «escuchar su voz»? Damos por supuesto que su sentido no se reduce al de otra vida después de la muerte o al de una llamada a escuchar al Papa y a los obispos, representantes de Jesús en el mundo.

Cuando Jesús afirma que el Padre y Él son uno, ¿se limita a a afirmar su propia condición divina? «¡Tanto mejor para Él!», es lo único que se nos ocurriría decir entonces. Pero, ¿y si hay en esta afirmación algo que nos puede concernir profundamente a todos?

En nuestro mundo los medios de comunicación han llegado a ser extremadamente poderosos e invasivos: prensa, revistas, radio, televisión e internet multiplican la información que ya nos aporta el grupo de familiares, amigos y compañeros de trabajo. Llegan a nuestros oídos, pues, muchas voces. Cada una de ellas nos comunica un mensaje diferente: que esto o aquello es importante, que deberíamos hacer esto o aquello. Nunca ha habido tal diversidad de mensajes ¿Nos sorprende encontrarnos hoy con tanta gente «confundida»?

¿Por qué escuchamos una voz antes que otra? En una ocasión -estaba por entonces de moda el movimiento carismático-, me encontraba en Trois-Rivieres cuando una joven se acercó a mí llorando. Había quedado sin nada y caído en la cuenta de la tontería que acababa de hacer: dejar su empleo en Rimuski porque se lo había pedido alguien de su grupo de oración. Pretendiendo tener el don de profecía, le había asegurado que debía escuchar una llamada a mudarse a Trois-Rivieres. Ni ella supo escuchar el susurro de su ser profundo ni el supuesto profeta sabía nada de su vida. Cuando jóvenes musulmanes desesperados escuchan de buena fe la llamada de un mulah a convertirse en bombas humanas, ¿escuchan, acaso, la voz adecuada? Incluso las voces que suenan con un acento religioso pueden ser destructivas.

De una voz que resuena dentro de nosotros y nos despierta a la conciencia de nuestra propia grandeza como seres humanos: de esto nos habla el evangelio. No vayamos a creer que se trata de una voz exterior. Brota de nuestro ser más hondo. Si no sabemos escucharla, las voces de moda o los charlatanes de turno nos llevarán donde ellos quieran. Una madre no tiene dificultad en reconocer el grito de su hijo. Pero, entre los vaivenes y reveses de la vida, la dificultad es mucho mayor ¿Cómo es posible que una joven como Jacqueline, psicóloga de carrera en la región de Montreal, se vea ante la responsabilidad de construir una escuela para los Tuareg en el Sahara nigeriano, tras un viaje al continente africano con su marido y la amistad adquirida con su guía Tuareg? Lo que vio y oyó encendió la llama que ardía en su interior, es decir, lo mejor de sí misma.

Podemos decir algo semejante de un hombre o una mujer que, sin haber viajado nunca, han escuchado en el seno de su propia familia esta voz que les acerca a lo mejor de sí mismos. En cualquier caso, nos encontramos con el mismo gozo y la misma paz, signos de la voz del buen pastor.

¿Tiene algo que ver nuestra reflexión, mundana en apariencia, con el evangelio de Juan? Mucho. Cuando Juan escribe su evangelio han pasado ya muchos años desde la muerte de Jesús y desde su tránsito a otra vida. Ha reflexionado mucho sobre el sentido de una vida con Jesús y ha descubierto que no es necesario buscarle saliendo fuera de nosotros mismos. Es en nuestro interior donde podemos escuchar el eco de su voz porque somos, al fin, miembros suyos. Y solo en la medida que sepamos escuchar esta voz interior seremos capaces de distinguir los buenos pastores de los malos en nuestro mundo. Cuando muramos, solo aquello que somos de verdad -lo mejor de uno mismo- permanecerá para siempre. Es lo que Juan llama «vida eterna». El resto perecerá. La vida que realmente nos identifica y viene de Dios nadie nos la podrá arrebatar.

El evangelista va más allá aun: al ser nosotros mismos, con todos los rasgos de nuestra historia personal, nuestro rostro se empieza a parecer al de Jesús, esto es, al del mismo Dios. He aquí, pues, el misterio que Dios nos ha revelado: ser uno mismo es, al mismo tiempo y de alguna manera, ser Dios ¿Somos conscientes de esto?

Texto escrito por André Gilbert con traducción de V.M.P.

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