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DIARIO DE UN SACERDOTE EN EL RURAL

Domingo 12 de junio

Hoy he celebrado la fiesta de la Santísima Trinidad. A los seres humanos nos cuesta demasiado entender que la diferencia no es un obstáculo para alcanzar la unidad, antes bien, es la condición necesaria para que sea posible. No hay verdadera unidad allí donde todos tienen un mismo pensar y sentir sino allí donde todos escuchan y respetan los pensamientos y sentimientos de los demás cuando no coinciden con los propios. La unidad se realiza en la diferencia porque es el gran don de Dios al mundo. A él se ha revelado como Trinidad de Personas diferentes: Padre, Hijo y Espíritu. El Dios trino ha creado un mundo lleno de diferencias que el espíritu humano necesita comprender para alcanzar su propia unidad consigo mismo, con los otros, con su Creador.

Texto escrito por V.M.P.

DIARIO DE UN SACERDOTE EN EL RURAL

Jueves 9 de Junio

La Iglesia celebra hoy la fiesta de Cristo, Sumo y eterno sacerdote. Me recuerda lo que soy para que no olvide quién soy. Soy algo muy grande pero alguien muy pequeño. Y, sin embargo, es mi propia pequeñez la que debe sostener tanta grandeza. Para ser algo en el mundo hay que ser alguien en la vida. Ser una persona: nada más y nada menos.

Y ¿qué es una persona? Es una voz puesta en pie. Las cosas están ahí. Pasan o duran. Y nosotros hablamos de ellas. Aprendemos de otros las palabras para nombrar la roca que resiste, el agua que se escurre o el aroma que se esfuma dando vida…Hablamos de lo que hemos oído para entender lo que vemos. Ser persona es muy poca cosa. Pero, justo por eso, es capaz de sostener en pie el peso de las cosas más grandes: lo que queremos ser en el mundo y lo que admiramos en él.

Texto escrito por V.M.P.

LA VIDA AUTÉNTICA

Versión audio del artículo


¿Tenemos un destino cada uno de nosotros? ¿Está escrito en alguna parte? ¿Qué es el destino? ¿Es algo que podemos cumplir? ¿O algo que no podemos evitar? Solemos entenderlo en este último sentido. Hagamos lo que hagamos, hay un día y un lugar escritos e imprevistos para cada uno. El destino se cumple sin nosotros. Es inexorable.

Pero no es ésta la unica manera de entenderlo. También podemos concebir un destino cumplido por nosotros mismos y no a pesar nuestro. Hace poco escuché a alguien envidiar la suerte del que muere «su propia muerte». Muere su propia muerte el que no la encuentra en un accidente fortuito. Es cierto que, a veces, los accidentes son inevitables. Pero no siempre.

¿Fue la muerte de Jesús su propia muerte? ¿Pudo haberla evitado? Sin duda que pudo. El hombre piadoso aspira a distinguir las cosas que puede cambiar de aquellas otras que debe aceptar. Pero el hombre de fe ha descubierto que puede cambiar todas las cosas ¿Cómo es ello posible? Porque tiene una vocación. Cuando alguien vive su destino como una vocación es capaz de cambiarlo todo. No él mismo, en realidad, sino El que le llama. Vocación es respuesta a una llamada. Ni la llamada ni la respuesta están escritas en ninguna parte.

Cuando el Resucitado recuerda a sus discípulos lo que estaba escrito -«que el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos y en su nombre se predicara la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos…»- no hace alusión a un destino que no pudo evitar sino al que pudo cumplir. Y libremente cumplió. Suya fue la respuesta, no la llamada. La vocación, no el destino. Pudo no haber respuesta alguna. Se habría cumplido, entonces, el destino a pesar suyo. Habría muerto como cualquier hombre, un día y en un lugar escritos e imprevistos. Pero nadie muere como cualquier hombre porque nadie vive como cualquier otro si no quiere.

Si Jesús vivió su propia vida y murió su propia muerte, entonces puede darnos vida. Nos dan vida las personas que nos animan a vivir la nuestra y no la suya. Nos quitan vida, energía, los que se empeñan, por el contrario, en que pensemos y actuemos como ellos. A la Resurrección sigue la Ascensión. A la vida del Resucitado, la vida de la Iglesia. A la Pascua, el envío del Espíritu a todos los pueblos e individuos. Para que todos seamos otros Cristos, pero a nuestra manera. Para que todos seamos uno, pero diferentes. Para que todos podamos convertirnos a una vida auténtica y plena. A una muerte y a un destino que no están escritos en ninguna parte.

Texto escrito por V.M.P.

¿QUIÉN DEFRAUDA A QUIÉN?

Versión audio del texto

¿Cuál es el daño que advertimos primero? ¿El que hacemos o el que nos hacen?

¿Hay alguien que, al golpear, no se defienda? ¿O que, al huir, no crea espantar a su adversario?

¿Quien hay dispuesto a reconocer que se engaña a sí mismo? ¿Y quién no teme, más bien, que otro le engañe?

Judas fue un Judas, el primero de todos. Su propio nombre ha llegado hasta nosotros como sinónimo de traidor. Ahora bien, ¿quién defraudó a quién? Sabemos que Judas defraudó a Jesús. Pero ¿nos hemos preguntado alguna vez si Jesús, a su vez, no defraudó a Judas? ¿No sintió acaso Judas defraudadas sus expectativas acerca de Jesús? ¿Era Jesús la clase de hombre que Judas esperaba encontrar?

Los caminos de Judas y de Jesús se cruzaron un momento antes de separarse para siempre. Uno, hacia el abismo de la desesperacion. El otro, hacia una soledad abismal. En su desesperación piensa el salmista que

«todos los hombres son unos mentirosos».

Que la gente es mala o que no te puedes fiar de nadie…¿no es lo que solemos tomar por verdadero? Pero, si no te puedes fiar de nadie, ¿te vas a fiar de ti? Judas, en su desesperación, se acaba quitando de en medio. Implacable lógica.

Jesús, en su soledad, sabe en quién puede con fiar ¿se arrepintió, acaso, de haber confiado en Judas? ¿Se sintió defraudado por él? Yo creo que no. Al hombre en su soledad no le sobra nadie. Sabe por experiencia que nadie engaña o defrauda a otro si no se ha engañado primero a sí mismo. Ahora bien, ¿cómo se yo que no me engaño? Si habito en la confianza. Fuera de ella, no es posible la vida. Judas lo supo y se la quitó. A los infiernos bajó Jesús en su busca. Por eso ahora podemos cumplir el mandato del Señor:

«amaos unos a otros como yo os he amado»

Texto escrito por V.M.P

Lo que no somos

«No era él la luz sino testigo de la luz» Jn 1, 6

Saber lo que no queremos ser, le oí decir una vez a cierto sabio, ya es algo. Sabiendo lo que no quiere ser es como empieza uno a saber lo que quiere. Yo, en cambio, no pienso así. El fariseo en oración sabía que no quería o no creía ser como el publicano en quién tenía puestos sus ojos en vez de ponerlos en su Señor. Los acusadores de Socrates creían saber quién era el que estaba corrompiendo a los jovenes. Pero se mostraron incapaces de señalar quién era el que los hacía mejores. Saber lo que no queremos o no creemos ser no siempre nos ayuda a descubrir lo que somos y queremos ser. Tanto el fariseo como el acusador de Sócrates, si algo ponen de manifiesto, es su profunda -y culpable- ignorancia. Creen saber lo que no saben.

Por eso la figura de Juan el Bautista, sometido al interrogatorio de los sacerdotes y levitas enviados desde Jerusalén, crece tanto a nuestra vista. Enfrentado a los profesionales de la religión, es decir a quienes creen saber lo que son y quieren ser, Juan se revela en su verdad más íntima. Dice, ante todo, lo que él no es. Tener claro lo que no somos no tiene nada que ver con proclamar, como el fariseo o el acusador de Sócrates, lo que no queremos ser. Una es la verdad. Otra, la opinión. La opinión puede estar equivocada. La verdad, en cambio, nada tiene en común con la mentira.

Juan no era la luz sino testigo de la luz. Cuanto menos queremos brillar, enseña San Bernardo, más verdadera es nuestra luz. El Bautista, que pudo brillar ante la muchedumbre de los que bajaban al Jordán a ser bautizados por él, no quiso lucir sino arder. Anunció así un bautismo de fuego y Espíritu el que nos invita hoy a nosotros, con el testimonio de su vida, a descubrir y manifestar a los demás nuestra verdad más íntima: lo que no somos.

Texto escrito por Víctor Márquez, sacerdote de la UPA de As Pontes

TRIGO LIMPIO

«Detrás de mí viene el que puede más que yo» (Mc 1, 1-8)

Me parece que hay dos maneras de ser humilde. Una consiste en quitarse importancia a sí mismo. La otra, en dársela a quien necesita que se la demos. La ascética tradicional ha recomendado vivamente la primera pero descuidado, ignorado incluso, la segunda. Por eso, en el trigal de los hombres con fama de virtud, ha crecido la cizaña de los recelosos ante otra especie de virtud que no sea la ya reconocida.

De Juan, el precursor del Mesías, sabemos, sin embargo, que fue trigo limpio. Él no era «el que había de venir» pero supo prepararle el camino. Pudo pasar por Mesías y ser aclamado entre la gente pero escogió ser la voz del que grita en el desierto. Fue la voz, no la Palabra. La Palabra, observa San Agustín, ha creado la voz de los profetas de ayer y de hoy, cuya figura y cumbre es Juan el Bautista.

«El mayor de los nacidos de mujer, si bien el más pequeño es mayor que él», en palabras de Jesús. Y es que si «humildad es andar en verdad», como proclama nuestra santa más humana y universal, no hay humildad tan verdadera como hacer mayor al más pequeño, esto es, darle a cada uno la importancia que necesita.

Ser la voz de la Palabra, abrir camino a quien necesita andar el suyo, poner la luz en el candelero para que ilumine toda la casa. Sin recelos propios de hombres, tal vez, faltos de miras: con fama de virtud pero con miedo.

Escrito por Víctor Márquez, sacerdote de la UPA de As Pontes

ESTAR AHÍ

Corona de adviento 2020 Iglesia Santa María de As Pontes

«Le encargó que estuviera alerta…» (Mc 13, 34)

En la parábola del dueño de la casa que se va de viaje y confía a sus criados el cuidado de la hacienda solo uno de ellos recibirá el encargo de permanecer a la espera hasta la venida de su señor. Es el portero. Los demás podrán ocuparse tranquilamente de sus tareas porque uno de ellos ha quedado encargado de la más delicada de todas: permanecer alerta, a la espera, hasta la venida del Señor.

Estar ahí, como esa persona con la que sabes que puedes contar en un momento crítico. Cuando venga el Señor te avisará. Mientras tanto cuidará de ti en silencio. Su tarea, la de velar por los demás o cuidar de ellos, es, a menudo, poco valorada. En nuestra sociedad las tareas productivas gozan de mucho mayor reconocimiento que los desvelos humildes del que cuida, vela, está siempre a nuestro lado y no le vemos.

¡Qué sería de nosotros, sin embargo, en este tiempo de pandemia sin tantas personas anónimas que son, a su manera, el portero de la parábola evangélica que se proclama en todas las iglesias este primer domingo de Adviento…!

Texto escrito por Víctor Márquez Pailos.