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LA BELLEZA QUE SUCEDE

La verdad y el bien, cuando van juntos, brillan. Su esplendor común es la belleza.

Por eso de una buena persona se dice también que es una bella persona. No porque sea bella su apariencia sino porque su bondad es verdadera. Su belleza no es aparente sino transcendental. Por no distinguir la belleza que seduce de aquella que sucede y pasa inadvertida, al común de los mortales nos atrae lo desconocido: tanto más cuanto menos lo conocemos porque ni siquiera necesitamos conocerlo. La belleza aparente está a la vista de cualquiera. Todo el mundo sabe muy bien lo que le gusta.

Así las cosas, nada tiene de extraño que Pilato acabe preguntándole a Jesús en el pretorio:

«¿Qué es la verdad»

La verdad lejos del bien es indiferente, impenetrable como un muro levantado a fuerza de mentiras. La verdad sin el bien, ¿quién la podrá distinguir de la mentira? Servirá, como ésta, a la causa del que la necesite. Cuando la verdad no me acusa me sirve para acusar al mundo entero. Pilato lo sabía. Sabía que podía acusar a la Verdad en carne viva porque, para él, la verdad y la mentira eran solo medios al servicio de sus propios intereses. La verdad por la que pregunta Pilato no es nada que pueda importarle en absoluto. Él, como cualquiera de nosotros, sabe bien lo que le gusta e interesa.

También los sumos sacerdotes sabían bien lo que querían ¿Era Pilato, para ellos, solo un medio entre sus manos? ¿O lo eran ellos, más bien, para Pilato? Cuando la verdad se aleja del bien no es más que un medio al servicio de gustos o intereses. Nada permite distinguir la verdad de la mentira cuando no es más que un instrumento. Todos la buscan pero no porque la amen sino porque la necesitan. Los sumos sacerdotes necesitan la sentencia de Pilato. Pilato, necesita, a su vez, liquidar cuanto antes el asunto. Ni a aquellos ni a éste les importa para nada la verdad. Si Jesús es el rey de los judíos es entonces un problema para todos.

Y es que todos sienten la seducción del poder. El poder religioso no es más religioso que el poder civil o militar. Seduce lo mismo. Sus emblemas son distintos pero su belleza es indiferente, ajena al sufrimiento de los seres humanos. Es la belleza de una verdad abstracta como la ciencia o concreta como la técnica: todos la necesitan pero nadie la ama. Nadie puede amarla porque su belleza es aparente. Gusta o interesa pero no brilla con luz propia porque el bien la ha abandonado. No sabemos si la ciencia y sus aplicaciones técnicas harán mejores a los seres humanos. De lo que sí estamos seguros es de que los harán más poderosos.

Y, entre todos, lo mataron. Pero no pudieron acabar con su voz. El que no convence con sus palabras habla con voz propia:

«todo el que es de la verdad escucha mi voz».

Y ¿quién es de la verdad? ¿Quién puede invocar la verdad como suya? ¿Quién tiene derecho a decir su verdad? El único que ha subido a la cruz, no por una verdad absoluta, indiferente al sufrimiento de los seres humanos, sino por su verdad, por la Verdad que Él mismo es. Y, en El, cada uno de nosotros en la medida que aprendemos a distinguir la belleza aparente, la que seduce, de la que sucede siempre inadvertida. En la oscuridad del calvario. O en la mañana tibia de la Resurrección…

Texto escrito por V.M.P.

AS PONTES EN LA ÉPOCA BARROCA

Entrada da Igrexa do Freixo

Ola de novo! Despois dun longo parón por mor doutros traballos, prosigo cos artigos de D. Enrique e nesta ocasión é o publicado na Revista das Festas Patronais no ano 1989 e que leva por título “AS PONTES EN LA ÉPOCA BARROCA”. Nel fálanos entre outras cousas das fundacións que xurdiron nesa época e do hospital que acollía aos pobres, aos peregrinos e aos viandantes que pasaban polo noso pobo.


ANO 1989
AS PONTES EN LA ÉPOCA BARROCA

– Surgieron varias fundaciones.
– Estuvo en servicio un hospital popular.

Al tratar la época barroca de As Pontes naturalmente no me refiero a la floreciente actualidad de nuestro Pueblo, sino a su etapa histórica propiamente tal.


Este período de la Villa y Comarca de As Pontes (del siglo XVI al XIX) en anteriores publicaciones lo había señalado solamente con breves “pinceladas”. En la presente intento abundar sobre este tema, aunque con extensión resumida.

Nuestra Comarca inició dicha era gozando de cierta prosperidad al estar situada en el cruce de tutas comerciales (Lugo-Ferrol y zonas de La Coruña-Ortigueira) y por haber en As Pontes y su entorno abundancia de maderas, carnes y sus derivados y artesanos (1). Parece ser que nuestros antepasados, a lo largo del siglo XVI, disfrutaron de una vida desahogada y de precios accesibles, prolongación del bienestar de los siglos anteriores.


La situación empeoró desde principios del siglo XVII debido a la excesiva explotación señorial que llegaba hasta el despojo de los colonos negándoles la prórroga en el dominio útil o “aforamiento” de los bienes, abuso que perduró a lo largo de este siglo y del siguiente, a finales del cual el Reino acordó la perpetuidad de los “foros”, proclamada en 1760 por el Diputado “el Marqués de Bosqueflorido” (2).

Las escrituras de aforamiento de los principales dueños (sucesores de la Casa de Lemos) en As Pontes datan de finales del siglo XVIII las otorgadas por Don Antonio Cora y de principios del XIX las de Don Joaquín de Castro (3).

La explotación feudal se vio acrecentada durante este siglo al ausentarse el Señor de sus dominios por muy largas temporadas, dejando las tierras en manos del Mayordomo. En As Pontes durante la dominación del tercer García Rodríguez -el nieto- (finalizando el siglo XVI) desempeñó este cargo su jefe de servicio Don Pedro Folla, del que procede el nombre de Perfolla (fincas de Pedro Folla) (4).

Los siglos XVII y XVIII se distinguieron en nuestra Comarca por el gran número de fundaciones entonces erigidas:

En el año de 1665 los Condes de Montenegro (Dª Estua de Florencia y Miranda y su esposo D. Fernando Sanjurjo Montenegro), residentes en el palacio de Pude (San Simón de la Cuesta) y dueños de gran pare de la parroquia de O Freixo (As Pontes ) fundaron la ermita y capellanía de Nuestra Señora de Pena de Francia en el barrio de Solloso (Freixo), por iniciativa de la Condesa.

Era entonces párroco de O Freixo D. Antonio Sanjurjo Montenegro, hermano de los Condes, quién construyó en 1672 la nave norte del templo parroquial y erigió, para desarrollarse en la misma, la capellanía de Nuestra Señora de al Concepción (5). En esas fechas ha sido ampliada la Iglesia de O Freixo, con la fábrica que presenta en la actualidad y ornamentaron la puerta de entrada de la nave principal con columnillas adosadas y con dibujos en bajo relieve delas efigies de la Condesa y de los monarcas entonces reinantes Carlos II y Mariana de Austria.

Asimismo en dichos siglos, el Señor Pita de Mera, titular del Condado de Ortigueira (de origen en la merced de Felipe II a un joven militar de Madrid) ha fundado tres ermitas, una de ellas con capellanía: las de la Inmaculada Concepción de Merlán, la de Santo Tomás de Santomé (Freixo) y de San Martiño en Gondré (As Pontes), esta última, situada en el paraje de “A Cuvela” y actualmente en el barrio de Os Vidás, con fincas otorgadas y capellán residente en As Barosas (6).

En la Iglesia Parroquial de As Pontes la feligresía costeó en 1759 la obra del campanario y de la nave lateral sur, que dedicaron a la Virgen de los Dolores, San Felipe y Santiago, cuya capellanía estaba ya en funciones en 1674. Seguidamente, el Señor Antonio Cora, dueño de parte de la Villa y su entorno, construyó en 1767 la nave del norte, siendo ésta dedicada a la capellanía del Santo Cristo también existente en 1703 (hoy capilla del Sgdo. Corazón) (7).

Además, conforme a la tradición oral y a los datos que se conservan en el Archivo Diocesano de Mondoñedo, surgieron en esta época las siguientes fundaciones de la Comarca:

– De patronato laical:

En As Pontes: Divino Salvador de Illade, Virgen del Rosario del Caneiro, Virgen de los Remedios de Marraxón y S. Ramón del Paraño. En Vilavella, S. Cristóbal del Vilar. En O Freixo, S. Miguel de Sangoñedo. En Somede: S. Miguel da Valiña y la Virgen das Neves en Cervicol. En O Deveso, S. Antonio da Carballeira. En Bermuy, S. Antonio. En Eume: S. Roque de Rego dos Bácaros y Virgen de Guadalupe de Fragachá. En Seoane, S. Roque do Val. En Aparral, Sta. do Carballo (Virgen de la Ascensión). En Recemel: S. Antonio da Toca y S. Roque da Torre, S. Miguel de Buscalte y San Esteban da Tallería. En O Burgo: S. José de Carelle y Ntra. Señora de Seilán. En Muras: Sto. Domingo en Campo da Feira. En Cabreiros, La Sgda. Familia do Reguengo. En Xermade, Sta. Eufemia de Castiñeiras y la Virgen do Camiño. En Xestoso: S. Cosme y S. Miguel. Y en Candamil, Sta. Genoveva da Pena.

– Son de origen antiquísimo, probablemente paleocristianas, las ermitas de S. Vicente de Pontoibo (As Pontes) y de Sta. Eulalia de Espiñaredo (antes existente en la cuenca minera).

– De patronato eclesiástico:

En la Iglesia de Vilavella, S. Andrés,. En la Iglesia do Freixo, S. Roque y S. Antonio. En Somede, la antigua capilla en Hermida. En Aparral, S. Juan Evangelista. En la Iglesia de Recemel, Cátedra de S. Pedro. En Somozas: Virgen das Neves, Virgen de Gradoy, S. Miguel, S. Pedro y Santiago. En Roupar, la Capilla del Campo (de Ntra. Sra. del Carmen y S. Cayetano). En la Iglesia de O Burgo, S. Bartolomé. En la Iglesia de Muras, el Nombre de Jesús. En A Xestosa (Muras), la ermita de S. Antonio. En Lousada, la capilla del Sto. Cristo de O Fondal. En Viveiró, capilla de S. Blas y S. Ignacio. En la Iglesia de Piñeiro, Santos José, Bernardo y Antonio. Y en Xestoso, S. Idelfonso (8).

Entre las fundaciones de índole religiosa cabe señalar la ermita y capellanía “de colación laical” en S. Ramón do Paraño, erigida por el vecino del llugar de A Fraga (Paraje de As Pontes, hoy conocido por Casavella da Fraga), cuya familia se unificó después con la casa López de A Forxa (As Pontes), constituyendo un “vínculo” de propiedad. El dato más antiguo que de dicha fusión se conserva se halla en una escritura “de relicta fincabilidad”, de fecha 23 de mayo de 1832, entre Lorenzo da Fraga y su primo Ignacio López de A Forxa, que delata las propiedades de ambos como bienes sujetos a la misma familia y figura la Capilla con sus propiedades en el lugar de Campo da Cova, de la que Lorenzo era “patrono” por “sucesión de sangre”. Poseía cabezas de ganado y Capellán residente en el barrio de A Forxa (9).

De estos edificios fundacionales y sus bienes muchos fueron redimidos por el Obispado en la segunda mitad del siglo XIX (en convenio entre la Iglesia y los Patronos) y otros incautados en cumplimiento de la orden de “desamortización” dictada en 1835 por el Primer Ministro de Isabel II, Juan Álvarez Méndez (alias Mendizábal) (10). Quedan hoy día las ermitas y la devoción popular que todavía mantiene importantes romerías, como en Pontoibo, Pena de Francia, O Paraño, etc.

Entre todas dichas devociones es obvio distinguir el fervor singular de este Pueblo y Comarca a la Virgen del Carmen de As Pontes. En 1738 fue construido el Santuario en el lugar actual, trasladando la primitiva capilla de Sta. María Magdalena de su emplazamiento (a pocos metros, ceñida a la antigua Casa Rectoral).

En 1741 es creada la Cofradía, y desde entonces la fe hacia esta advocación conserva firme raigambre, que se acrecentó desde la segunda guerra civil (11).

Finalmente, en el capítulo de Fundaciones de As Pontes, resulta imprescindible destacar el Hospital, antaño existente en la plaza de su nombre que ocupaba las fincas núms. 5, 7 y 9, cuyo edificio fue lamentablemente derruido en los años 1915-1920. Dejara de utilizarse como hospital en la segunda mitad del siglo XIX, al perder en la desamortización las fincas rústicas que con sus rentas lo sostenían, llamadas “Obra Pía” y que comprendían la llanura de Tas da Pontes, también conocida por “canta-la-rana” (12). Desde entonces el edificio sirvió hasta su eliminación de sede de la Escuela Nacional de la Villa, como aún recuerdan los más mayores de la Parroquia, y se conserva alguna fotografía.

El importante Censo del municipio de As Pontes, elaborado en 1752 por mandato del Ministro de Fernando VI, el Marqués de la Ensenada, en contestación ala cuestión nº 30 del interrogatorio dice que “la Villa tiene en ejercicio un Hospital para recoger, dar posada y asistir a pobres, peregrinos y viandantes…” (13).

Este hospital no aparece entre la documentación que de tales entidades posee el Archivo Diocesano desde el siglo XVII y a nivel de obispado, lo cual muestra su origen popular y no eclesiástico. Una reforma de la Plaza hizo desaparecer el edificio en la segunda década de nuestro siglo (XX) (14); en la misma fecha fue trasladado al lugar de As Campeiras el tradicional cruceiro da Vila, que había en la mencionada plaza (actualmente, ante la Iglesia del Poblado). En este punto, de establecimiento sanitario, As Pontes sufrio un retroceso que no pudo superar, pese a la urgente necesidad del mismo en nuestros días.

El estilo artístico barroco de los siglos XVII-XVIII arraigó en nuestra Comarca, cual demuestran numerosas obras aún existentes: los retablos de los templos parroquiales de As Pontes, Aparral, Roupar, Eume, ,Vilavella, capillas de Illade y Caneiro, y de las naves de la Iglesia de O Freixo. En todos sellos se aprecian trabajos de calidad, de madera tallada (dorada en oro en As Pontes, Villavella y O Freixo) con los elementos característicos de este arte: columnas salomónicas, decoración de follajes, cabezas de ángel, frontones con espirales, jarrones de flores, etc. Merecen especial mención el de Aparral por su sobriedad y formato que lo sitúan en el barroco inicial, y el retablo mayor de As Pontes por la perfección de su conjunto, donde aparece mezcla de churrigueresco.

Al barroco sucedió el neoclásico, con líneas escuetas aunque con algunas reminiscencias del anterior; tales son los retablos de las naves dela Iglesia de As Pontes, de la Iglesia de Goente, de casi todas las ermitas y, en edificación civil, pertenece a este estilo el pazo del Sr. Amarante de Roupar.

La economía de As Pontes en al etapa del barroquismo, aunque precaria, no ha sido tan decadente como en la mayoría de los pueblos gallegos, debido al movimiento comercial y al gran número de artesanos.

Las ferias eran de primera categoría por su gran concurrencia y variedad de ventas, resultando instrumento de relaciones económicas de un área geográfica muy grande. su procedencia puede ser medieval, habida cuenta del contenido de un legajo del Archivo Municipal del siglo XVIII, que indica las diligencias realizadas con motivo de la interrupción de las ferias den el año 1775 por orden del Intendente Mayor de la Provincia de Betanzos ante la denuncia del Sr. Administrador de Rentas Provinciales en el sentido de que las ferias de Puentes no tenían satisfecho el pago de los impuestos correspondientes. No se reanudaron hasta el año 1788, en que, interpuesta apelación en al “Sala de Justicia del Consejo de Hacienda” por el Alcalde Mayor y Mayordomos de las parroquias, pudieron ser continuadas hasta la actualidad. Dichos documentos hacen constar que en aquel intervalo sin ferias “Puentes sufrió un fallo económico de gran magnitud” y se afirman que “venían celebrándose desde tiempo inmemorial”(15).

Dicho sea de paso, que también pertenece a esta era el misionero franciscano pontés D. Antonio José Prieto (de la familia “Prieto da Vila”), evangelizador de las tribus “jíbaras” del Perú (16), en el siglo XVIII.

La opresión del dominio feudal perduró en As Pontes. Una prueba de ello está reflejada en un documento del Archivo Parroquial de fecha 29 de Noviembre de 1756, que contiene duplicado del acta notarial de la protesta y oposición común contra la dueña Dª Rosa de Castro, Concesa de Lemos , por su exigencia en el tributo de “alcabalas” y arbitraria administración de las fincas. La firman el Cura Propio, los Mayordomos y otros representantes de la Parroquia. Dª Rosa fue la última Condesa de Lemos y sucedió en el dominio de As Pontes de Don Ginés de Castro, al que precedieron Don Pedro Antonio y Don Francisco de Castro(17). No dejó sucesores legítimos y las posesiones de As Pontes pasaron a sus parientes Don Antonio de Cora (descendiente dela ilustre Familia Cora de Xerdíz-Viveiro) y Don Joaquín de Castro y Lamas, morador del pazo de Castro de Rey (Lugo), que se constituyeron en amos titulares de los dos principales “vínculos” de nuestro valle y otorgaron las escrituras de aforamiento a final del siglo XVIII y primera mitad del XIX(18). En el decurso de los años entre los colonos algunos llegaron a comprar la propiedad y la mayoría continuó satisfaciendo el “canon foral” hasta la “redención de los foros” dictada en 1927 por el primer ministro D. Miguel Primo de Rivera(18).

El Archivo Histórico del Reino de Galicia de La Coruña posee en su acervo documental un amplio y muy detallado informe acerca de la Villa y Feligresía de As Pontes en el censo o catastro que, con fecha 1752, fu escrito por mandato del Ministro de Fernando VI, “el Marqués de la Ensenada”, y que constituye una información exhaustiva y detallada del elemento humano, aristocracia, propiedades, cultivos industrias, tiendas, condiciones personales, oficios y retribuciones, etc. Según el mencionado censo el casco urbano de As Pontes estaba compuesto por 47 casas habitadas y 2 arruinadas, y el resto de la feligresía por 178 casas habitadas y 4 en ruínas. Tenía entonces de primera autoridada el Alcalde Mayor D. Uuan Clemente Meira y Ron. Según se pretende del contenido de dicho trabajo, As Pontes, aunque zona primordialmente agrícola, el número de dedicados a oficios era considerable y también había muchos artesanos, lo cual demuestra que la agricultura no era lo suficientemente pujante para absorber la actividad de la población, así como a destreza de los moradores para fabricar esos productos y la demanda de los mismos en las ferias y desde el exterior. Abundaban los arrieros, borreros (tapizadores), fabricantes de cerámicas del hogar en Rego do Muíño y Avda. de la Habana, fundidores, herreros y herradores, torneros de escudillas de palao, zapateros y curtidores, carpinteros, muchos carboneros, gran número de tejedores, un platero en Avda. Galicia 14, etc. (13).

Como epílogo de esta sencilla reseña he de agregar que las partidas de los Archivos Parroquiales (o asientos de nacimiento, matrimonios, defunciones, administración y demás diligencias) comienzan en 1674 en As Pontes, a principios del siglo XVII en las feligresías de Xermade y, oscilando desde 1680, en las demás parroquias del alrededor. No hay otros datos de las personas hasta la creación de la “audiencias de un solo juez” o juzgados en las comarcas, a mediados del siglo XIX por real decreto de Isabel II. En las reformas administrativas de este reinado fue suprimida la provincia de Betanzos, siendo As Pontes anexionado a La Coruña.

NOTAS:
(1).- Vicente Risco, Historia de Galicia, Cap.XII.
– Obra “España Sagrada” de Enrique Fernando Flórez, tomo 10 y sigs.
– Catastro del Marqués de la Ensenada. Censo detallado de As Pontes en 1752. Archivo Histórico del Reino de Galicia en La Coruña, serie 3ª- Hacienda.
(2).- Reales Provisiones a la Audiencia de Galicia. Cf.: López Ferreiro “Galicia Histórica”.
(3).- Escrituras conservadas por diversas familias en As Pontes.
(4).- Obra: “Linajes y Blasones de Galicia” del Padre Crespo Pozo.
– Tradición oral de As Pontes.
(5).- Manuscrito del Cronista Mindoniense, D. Eduardo Lence-Santar y Guillán.
– Obra “Estudios Mindonienses”, vol. I. cp. II.
– Datos del Archivo Parroquial de O Freixo.
(6).- “Estudios Mindonienses, vol. I”; manuscrito de Lence-Santar.
– Datos de los Archivos Parroquiales de O Freixo y As Pontes, en que hay constancia de las rentas de los bienes de las capellanías.
(7).- Libro de “Fábrica” de la Parroquia de As Pontes.
– Inscripciones gravadas en las paredes del templo.
– Relación y datos de las capellanías en el Archivo Diocesano.
– Tradición oral de As Pontes.
(8).- Archivo Diocesano y la tradición de las Parroquias.
(9).- Documentación original de la fundación, que posee un vecino de As Pontes.
(10).- Historia general de Galicia.
– Diccionario enciclopédico Hispano Americano de Montaner y Simón, editado en Barcelona en 1898. Vocablo “fundación”.
(11).- Libro 1º de la Cofradía del Carmen.
– Archivo Diocesano de Mondoñedo.
(12).- Escrituras que se conservan de las sucesiones precedentes en el dominio de propiedad de la finca.
(13).- Archivo Histórico del Reino de Galicia (La Coruña), Serie 3ª (Catastro del Marqués de la Ensenada).
(14).- En la memoria de los ancianos de As Pontes.
(15).- Esta efemérides fue publicada por D. Ramón Tobar (Administrador de la Empresa Calvo Sotelo) en la revista de las Fiesta Patronal de As Pontes de 1953, bajo el título “Un fallo decisivo para la Villa”.
(16).- Obra “Los Gallegos y el nuevo mundo en la época virreinal”, cap. 6º Evangelización. Ediciones “Nono Art”.
(17).- Documentos que se conservan en algunas casas y la obra “Antropología Cultural de Galicia” de Carmelo Lisón Tolosana.
(18).- Escrituras conservadas en varios domicilios.



As Pontes, fiesta patronal de º1989
Enrique Rivera Rouco
Cronista Oficial de As Pontes

Texto e fotografía aportadas por Xose María Ferro, director do Museo Etnográfico Monte Caxado de As Pontes.

DATOS Y DONES

Hay una distancia infinita entre el ver y el mirar. El ojo que ve no es el mismo que mira. Uno se limita a ver. El otro quiere ver. Para unos hay lo que hay. Para otros hay más de lo que parece. La distancia entre el ver y el mirar es la misma que separa el dato del don. El dato es un hecho medido. El don, en cambio, no tiene medida. Solo podría medirlo el donante. Y no lo hace. Si el donante midiera sus dones no daría nada. No habría don alguno.

Los hechos más demoledores son los que anuncian el fin del mundo. Los datos más desalentadores, los que ponen fecha al fin previsto. Pero el fin del mundo es, en realidad, el fin de un mundo. Y el fin de un mundo es, a su vez, el principio de otro. Los ojos ven el fin en los hechos y en los datos que miden los hechos con rigor. Pero la mirada ve más allá de los hechos y los datos. La mirada ve más allá del fin, de todo lo finito.

Cada vez que termina el año litúrgico la Iglesia proclama el evangelio del fin de los tiempos. Los hechos más demoledores anuncian el final:

«el sol se cubrirá de tinieblas, la luna ya no dará su resplandor, las estrellas se acabarán cayendo del cielo…».

Es el final, sin duda. Tras la aparición de falsos cristos y falsos profetas que llegarán a seducir incluso a los elegidos, ¿qué cabe esperar? Cuando las tinieblas de la tristeza o la desesperanza cubren el corazón humano, acaban cubriendo también el mundo entero. Cuando estoy negro por dentro todo lo veo negro. Todo va mal para quien se siente
mal.

Pero la mirada ve siempre más allá de uno mismo. Más allá aun del mundo visto por uno mismo. Más allá incluso del mundo visto por muchos que están viendo lo mismo. Más allá, en suma, de los hechos más demoledores y los datos más desalentadores. Después de todo, el ojo que se limita a ver no se limita a ver, en realidad. Nadie hay que vea algo sin verse a sí mismo -sin ver las tinieblas de sus propios temores- en aquello que está viendo.

La palabra de Cristo es elocuente, al respecto:

«cuando uno ve brotes tiernos en las ramas de una higuera, sabe que se acerca la estación del fruto…así también vosotros, cuando veais todos estos hechos, sabed que el fin está en puertas».

Una cosa es ver y otra diferente saber o conocer. Conocer no es ver hechos o recabar datos ¿Será entonces mirar dones?

Los datos son hechura nuestra. Somos nosotros quienes medimos y valoramos los hechos. Los datos no se dan. Nadie los da. Los dones, en cambio, no son cosa nuestra. Los dones se nos dan. Alguien da. Alguien se acerca. Alguien se hace presente. El donante es el don en persona. La gracia es Cristo. El Resucitado no es visto. La Resurrección no es un hecho que podamos reducir a dato. Es el don que llama y une. Es la Palabra de Dios que convoca a los elegidos de un extremo a otro de la Tierra.

El final del mundo es, pues, el final de un mundo. El Resucitado le ha puesto fin. Ha puesto fin a un mundo en el que podemos asistir espantados a los hechos más demoledores y a los datos más desalentadores para dar comienzo a otro: el mundo del don sin medida en el que las personas se dan, se miran y tratan sin temor, se dicen palabras veraces, aquellas de las que está escrito:

«cielo y tierra pasarán pero mis palabras no pasarán».

Texto escrito por V.M.P.

EL ESPECTÁCULO DEL DINERO

Dar y tener no son dos verbos correlativos. No da el que tiene sino el que quiere. El que quiere da lo que tiene cuando se da a sí mismo. El que no quiere no tiene nada que dar. No da de lo que tiene sino de lo que le sobra: excusas para dar o para no dar. Muchos ricos se acercaban al arca de las ofrendas, en presencia de Jesús, para dar de lo que les sobraba. El que da de lo que le sobra no tiene nada que dar porque no se tiene ni siquiera a sí mismo. Necesita, entonces, el espectáculo. Que todo el mundo sepa cuánto le sobra. Cuando hace un donativo, lo pregona. Cuando rehúsa hacerlo, también.

Pero el espectáculo del dinero que sobra y se blanquea cuando es necesario no despierta la atención de Jesús. El espectáculo lo busca el que se aburre: lo grande o mucho, lo que se pueda contar con palabras o con números. Lo que rompa la rutina cotidiana. Y ver a los ricos acercarse al arca de las ofrendas, en el templo de Jerusalén, debía de ser todo un acontecimiento. Sus monedas sonaban al caer y todo el mundo podía oírlas. La vista y el oído de todos quedarían, sin duda, impresionados.

Pero he aquí que al templo se acercó también una viuda. No era más que una, leemos en el evangelio, y esto es lo sorprendente: ¿eran tantos los ricos y tan pocos los necesitados – huérfanos o viudas- que se acercaban al templo para entregar su ofrenda? ¿No eran precisamente éstos los que tenían algo que dar y aquellos los que no tenían nada? A mí me parece que al templo debían de acudir también los que tenían mucho que dar, los que, como la viuda del evangelio, querían dar lo que tenían: a sí mismos.

Pero la mirada de Jesús debió de hacer de muchos uno. Es así la mirada del amor: de muchos hace uno. No se distrae con el espectáculo de muchos o de grandes hombres. No necesita distraerse porque no se aburre. En medio del espectáculo, encuentra lo que busca: la unidad pura, la sencillez conmovedora del que se da a sí mismo. No da de lo que le sobra sino de lo que tiene. Y la mirada del amor se posa sobre él y lo unifica. Lo salva para siempre.

Mirar con amor al otro es descubrir su soledad. Es apartar los ojos del espectáculo que buscan los que se aburren y ponerlos allí donde no sobra nada. La mirada del amor alcanza el corazón de cada uno y ve lo que hay: alguien que lo da todo porque se da a sí mismo. Uno que puede hacerlo porque se tiene a sí mismo. Tenerse uno a sí mismo y darse tal como es: he aquí la única y verdadera riqueza. Lo demás son excusas para dar o no dar. Lo demás es espectáculo para matar el tedio. El que no se tiene a sí mismo no tiene nada. Si da no es de lo que tiene sino de lo que le sobra.

Texto escrito por V.M.P

CONTRA LA HEREJÍA

La historia de la fe, ¿no es la de su lucha sin tregua contra la herejía? La historia contra la herejía: he aquí también la médula de nuestra propia historia. Porque en cada vida individual se revive el mismo conflicto: la fe que abre caminos -que hace historia- contra la herejía que los cierra todos y pretende poner término a la historia.

No brota la herejía -bueno es recordarlo- de un conflicto entre la fe y la razón. Si la fe es un don y la razón otro, ¿podremos agradecer el don de la razón de mejor manera que formulando preguntas -abriendo caminos- a quien nos da la fe? La razón no es herética. Como un don dispone a recibir con gratitud otro, así la razón dispone a recibir la fe y no a rechazarla. La herejía no es, pues, un conflicto entre dos bienes.

Entonces, ¿qué es? Una ruptura de la fe consigo misma. Cuando la fe en la razón se repliega sobre sí misma ya no reconoce nada fuera de ella. No atiende a razones porque ella misma tiene la razón de su parte. Se aleja del amor. El drama de una fe sin amor es el conflicto permanente de la historia contra todo aquello que cierra los caminos de la historia. En la frase del posmoderno «somos química» no deja de resonar, en versión secular, el «somos alma» del hombre premoderno. Si al primero le basta la química para ser feliz, al segundo le basta Dios para alcanzar el mismo objetivo.

Cuando el escriba le pregunta a Jesús cuál es el mandamiento más importante de todos, es obvio que le está preguntando por uno solo: por el que basta para que el buen creyente sea feliz cumpliendo la ley entera. Pero Jesús no le responde al escriba con uno solo y suficiente. Le responde -y esto es lo paradójico- con dos. No hay pues nada en este mundo -la química de la felicidad- ni más allá de él -la fe en la divinidad- que pueda bastar para que un hombre cumpla su destino. Ni la quimica ni Dios pueden hacernos felices.

¿Tampoco Dios? Tampoco Dios ¿No ha dicho la santa de Avila aquello de que «solo Dios basta»? Claro que sí. Pero bien entendido que Dios no basta para hacer feliz al que no hace feliz a su projimo como a sí mismo. Porque la fe abre caminos. El amor los transita, paso a paso. Sin caminos la razón no interroga ni el amor se entrega. Los caminos son tarea de ambos: de la fe que los abre y de la razón que los busca porque es razón sentida. Porque es amor en marcha.

Muy elocuentemente el verbo que preside los dos mandamientos esenciales para el creyente es el mismo: «amarás». No leemos «creerás en Dios» y «amarás a tu prójimo». A Dios lo hemos de amar con amor humano pues el primer mandamiento nos habla de capacidades propiamente humanas: «con todo el corazón, con toda la mente, con todas las fuerzas…». Es lo humano en su complejidad y ambigüedad. Y, ¿cómo amaremos, pues, al prójimo?

Si a Dios lo hemos de amar con amor humano, al prójimo solo cabe que le amemos, pues, divinamente. El evangelista lo dice muy claro: «como a ti mismo». Y esto es lo mejor que podemos dar a los demás: la propia verdad, más allá de la complejidad y la ambigüedad propias de la condición humana. Claro que la verdad de uno mismo no se da del todo a otro sino poco a poco, caminando a su lado, viviendo juntos la historia de una fe. La verdad del todo y de golpe: ésta es la herejía de una fe que se ha alejado del amor.

Texto escrito por V.M.P.

LA AMBIGUEDAD DEL SILENCIO

El silencio ha alcanzado un prestigio inmerecido. Lo ha ensalzado un movimiento de reacción al ruido que nos persigue por todas partes: por lo que vemos sin mirar y por lo que oímos sin escuchar. Es tan ensordecedor el volumen de los mensajes recibidos que la vuelta a lo que ni se ve ni se oye, al silencio, se ha impuesto por pura necesidad. Pero volver no siempre significa ponerse en camino. A veces, volver es simplemente huir, evadirse. Y la vuelta al silencio necesario en nuestro tiempo, ¿no tiene algo de evasión?

Yo creo que sí. El hijo pródigo volvió a su casa por necesidad más que otra cosa. Por eso lo que verdaderamente importa en la parábola del hijo pródigo no es el retorno del hijo sino la acogida del padre, que nunca se había ido. El retorno contemporáneo a los desiertos y monasterios poco tiene que ver con las razones de quienes, confinados voluntariamente en ellos, siguen luchando hoy contra el maligno, que aprovecha la sequedad de la oración y el silencio de una vida privada de estímulos para atraer el corazón del monje. El turismo espiritual y la espiritualidad del silencio, ¿no son, a menudo, experiencias de evasión para quienes han soportado ya todos los ruidos y probado todos los estímulos?

Pero la necesidad no queda satisfecha con el silencio porque el silencio no es mudo. Alguien habla siempre en él y, si es preciso, a pesar suyo. Alguien grita y rompe el silencio. La figura evangélica de una voz que se levanta y rompe el silencio es la del ciego Bartimeo. Bartimeo se pone a gritar para que le oiga el Maestro. La gente le manda callar pero él no se calla. En el silencio impuesto por uno mismo o por otro -por Otro, tal vez, muy poderoso- sale a relucir la profunda ambigüedad del silencio mismo. Lo injustificado que resulta su prestigio. Nadie debería callar lo que necesita decir. Ni guardar silencio ante lo que debería ser dicho.

Es la voluntad de Dios revelada en su Hijo. Mientras la gente manda callar al ciego Bartimeo, Jesus le manda hablar. El silencio no es Palabra de Dios. Ni siquiera condición necesaria para escucharla. La sola condición necesaria para escuchar la Palabra divina es la fe, no el silencio. Y la fe es una sístole y una diástole. No podría ser de otro modo porque su órgano es el corazón. Hay momentos en la vida para el silencio, para caminar en paz de la mano de aquellos en los que confiamos. Y hay otros momentos en la vida para romper el silencio y sentarse al borde del camino como Bartimeo, el mendigo ciego. Hay momentos en los que vemos claro el camino. Hay otros en los que no vemos nada y lo necesitamos todo: una mano tendida y una voz que nos diga algo así como «ánimo, levántate, el Señor te llama.

Una fe que solo fuera sístole, camino en paz hacia la luz, no sería fe. Le faltaría la diástole del grito que, al borde del camino, rompe el silencio impuesto por necesidad o por deber. A los que huyen del ruido en busca del ensalzado silencio les conviene recordar la figura desfigurada del bronco y ciego Bartimeo.

Texto escrito por V.M.P.

EL LABERINTO DEL PODER

La sensación de poder es un laberinto. Uno siente que puede y se siente capaz. Es uno mismo -su propio cerebro- el que da órdenes a sus brazos y éstos se levantan. Si da órdenes a sus piernas, se ponen en marcha. Si las reciben sus ojos éstos miran. Si sus oídos, oyen y, además, escuchan. Uno se siente a sí mismo al sentir todo lo que puede hacer, hasta dónde alcanza su poder. Y aquí está el laberinto.

En un laberinto una es la entrada y otra la salida. El que entra en él tiene que encontrar la manera de salir de él. Si no la encuentra tiene que volver al punto de partida. Pues bien, esto es lo que pasa cuando uno siente que tiene poder sobre sí mismo y, tal vez, sobre los demás. No encuentra la salida y, por eso, vuelve siempre sobre sí mismo. El poder es siempre el poder de uno solo. Por eso aísla. Las personas capaces y valiosas, poderosas en su ámbito de influencia, no suelen tener amigos. Tienen seguidores pero no amigos.

Para que haya alguna forma de amor entre seres humanos éstos tienen que poder salir de sí mismos. Si no pueden salir de sí mismos -de su propio laberinto- no pueden amar. Podrán imaginar que aman o cómo es el amor. Podrán imaginar incluso que aman a Dios y que Dios les ama a ellos de una manera especial. Los poderosos siempre han buscado en la religión un aliado para permanecer en su laberinto como si pudieran salir de él. Y las personas religiosas son, a veces, personas incapaces de amar. Rezan mucho pero se relacionan poco o de una manera muy superficial con los demás.

Pero la sensación de poder es un laberinto no solo porque el que la tiene no puede dejar de tenerla: necesita sentirla para sentirse vivo. La sensación de poder es un laberinto porque el que la tiene no quiere dejar de sentirla. Ni puede ni quiere. Por eso el poderoso aspira a permanecer en el poder. El evangelio en el que vemos a Santiago y a Juan, hijos del Zebedeo, acudir a Jesús y pedirle los primeros puestos, a su derecha y a su izquierda, «en la gloria» es un testimonio absolutamente laberíntico. Santiago y Juan no le piden a Jesús un poder temporal. Le piden un poder eterno: reinar con Él para siempre. No quieren otra cosa. No se contentan con menos. El poder es una sensación que nadie quiere dejar de tener. Nadie quiere perder o ceder poder. Al menos sobre uno mismo -sobre su propio cuerpo y su propia mente- nadie hay que no aspire a seguir mandando hasta el final y más allá. El debate contemporáneo sobre la calidad de vida y la muerte digna no es, en el fondo, otra cosa que esto: una lucha por el poder. La lucha por morir dentro del laberinto.

Hay una pregunta de Jesús a Santiago y a Juan que todos recordamos: «¿podéis beber el caliz que yo bebo y ser bautizados con el bautismo con el que yo soy bautizado?». Yo creo que lo que Jesús nos viene a preguntar a nosotros, en ellos, es algo muy concreto: ¿para qué queréis el poder? De otra manera: ¿por qué permaneceis en el laberinto? La respuesta de los discípulos a la pregunta de Jesús aparece cargada de ironía: «¡podemos!» La ironía no está propiamente en la respuesta unánime, inmediata y rotunda de Santiago y de Juan. La ironía aparece a la luz de la réplica posterior de Jesús: «ciertamente el caliz que yo bebo lo bebereis…».

La ironía en la respuesta de los discípulos y en la réplica de Jesús es nada menos que la salida del laberinto. Los que pretendían permanecer en él para siempre, sentados uno a la derecha y otro a la izquierda de Jesús en su gloria, saldrán un día de él ¿Cómo? Dando la vida por sus hermanos. El amor, siempre amante del juego y de la ironía, es la salida del laberinto. Los que entraron en él por el ansia natural de poder y de gloria acabarán saliendo de él por el deseo de amar y el sacrificio que este deseo conlleva siempre.

Texto escrito por V.M.P.

MAS ALLÁ DE LA FELICIDAD



«¿Qué hay que hacer para ser feliz?»

He aquí la pregunta a la que responden tantos autores como es dado encontrar hoy sobre los anaqueles de las librerías que han hecho sitio a la espiritualidad o a la psicología, especialmente bajo el epígrafe de «libros de autoayuda». La felicidad es algo que está a nuestro alcance si hacemos lo que nos enseñan los autores de estos libros. En realidad, la pregunta sobre lo que hay que hacer para conseguir la felicidad no es de hoy. Hace dos mil años encontramos ya esta misma pregunta en labios de aquel hombre que se acercó a Jesús corriendo y, cayendo de rodillas ante él, le interrogó diciendo:

«¿Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para conseguir la vida eterna?»

El hombre aquel venía haciendo ya todo lo que estaba en sus manos para conseguir la felicidad. Desde su juventud había puesto en práctica todos y cada uno de los mandamientos: no mataba, no robaba, no engañaba ni hacía daño a nadie, cuidaba de su padre y de su madre… Hacía todo esto y, sin embargo, no era feliz. No había conseguido la vida eterna.

Por eso decidió acudir a Jesús. Se preguntaba él seguramente cómo era posible que quien había hecho todo lo preciso para ser feliz no lo fuera. Su pregunta «¿qué tengo que hacer?» debía de sonar a sus propios oídos como «¿qué más puedo hacer?». Pero, cuando aquel hombre escuchó la respuesta de Jesús, fruncio el ceño y se marchó disgustado. Los traductores suelen repetir aquello de que «se entristeció» pero yo no veo relación alguna entre la respuesta de Jesús y la tristeza de su interlocutor. No había nada que pudiera entristecer a nadie en la respuesta de Jesús.

Lo que sí había, en las palabras de Jesús, era un efecto inesperado. El hombre aquel no esperaba oír esas palabras. Por eso debió de quedarse con una cara muy característica: la que ponemos todos cuando nos vemos comprometidos y no queremos comprometernos. Cuando huimos del compromiso ponemos cara de apuro y tierra de por medio echando mano de la primera excusa que nos viene a la cabeza.

Eso fue lo que le debió de pasar a aquel hombre bueno y piadoso que había hecho todo lo posible para ser feliz y no lo era. Los filósofos de la antigüedad -los primeros que empezaron a escribir libros sobre la felicidad y cómo conseguirla- le habrían aconsejado que no estuviera apegado a sus bienes porque, en cualquier momento, los podemos perder. Al que pierde la salud, por ejemplo, ¿de qué le sirve el dinero? Pero Jesús no le dio un consejo. Le dio una orden: vende lo que tienes, dáselo a los pobres, ven y sigueme..

Nadie soporta una orden espontáneamente. Un consejo todo el mundo está dispuesto a recibirlo, aunque solo sea por educación. Pero una orden no es un consejo. Una orden no pertenece a esa clase de cosas que uno está dispuesto a recibir. Y, sin embargo, el evangelio, la Buena noticia de Jesús, ¿es una noticia o no será, más bien, una orden? Con el que tiene hambre, está desnudo o enfermo o en la cárcel, ¿cabe preguntarse qué hacer?

La felicidad -o la manera de conseguirla- es algo sobre lo que podemos hacernos muchas preguntas y darnos algunas respuestas. Sobre el evangelio de Jesús, en cambio, no cabe hacerse pregunta alguna. Él mismo es la pregunta que nos compromete. No espera, requiere respuesta. Es como una orden. O la cumplimos o no. El que la cumple conoce una dicha que nadie es capaz de alcanzar en este mundo. Ni siquiera el que escribe libros enseñando a los demás cómo ser felices.

Texto escrito por V.M.P.