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VOLVER, SIEMPRE VOLVER

Versión audio de «Volver, siempre volver»

Yo he vuelto. Quiero decir que, cuando ya no sabía a dónde ir, qué rumbo tomar en la vida, comprendí que me quedaba una oportunidad: volver a la tierra de mis padres. No ya a la ciudad donde me nacieron y criaron sino a los lugares donde nacieron y se criaron ellos. Así, mi viaje sería un regreso.

A una ciudad no se vuelve porque no se ha ido nadie de ella. Las ciudades son indiferentes a los que vienen o van. Cuando uno se va, no se va sin ella. Cuando uno vuelve, siente que no se ha ido nunca del todo. La ciudad ni despide ni recibe. Está ahí siempre: ensimismada en sus prisas y artificios, en sus calles antiguas y sus anchas avenidas.

Igrexa de Santiago de Silva ( Pol – Lugo)

No en vano suele decir «mi pueblo» el que lo tiene. El que no tiene pueblo por ser de ciudad no dice «mi ciudad» con el mismo amor de quien ha nacido en un pueblo. Como Jesús, el nazareno. Lucas dice de él que volvió

«al lugar donde se había criado».

Nazaret no es Jerusalén. Ni Seforis o Tiberiades. Las ciudades se recomiendan a sí mismas. A nadie echan de menos.

Los pueblos y lugares como Nazaret siguen, en cambio, dentro de quienes un día se fueron y regresaron a ellos con el tiempo. Sin ellos se quedan un poco más vacíos. Con ellos de vuelta se llenan de alegría.

Cuando Jesús entró en la sinagoga de Nazaret según su costumbre,

«se puso en pie para leer y se le entregó el libro del profeta Isaías…»

No se le dio. Se le entregó para que lo leyera en voz alta. No es lo mismo dar que entregar. Uno puede disponer de aquello que se le da. De lo que se le entrega, en cambio, no puede disponer. Entregar es confiar algo valioso, no solo para el que lo recibe sino también para los demás. A Jesús no se le da el libro sagrado. Se le entrega para que los demás puedan escucharlo en su voz. Es suya la voz, no la Palabra. Pero, al darle voz, los oyentes descubren algo inesperado: de Jesús es la voz y también la Palabra. Es la Palabra misma la que habla en boca de Jesús.

«Los ojos de todos en la sinagoga se quedaron fijos en Él»

El descubrimiento inesperado de los oyentes obra su efecto. La Palabra de Dios siempre había sido la Palabra de Dios. Nunca se había escuchado así. Nunca había sido la palabra de un ser humano cualquiera. Más que entregada, era ahora una palabra dada. Era la palabra que se da al que necesita solo eso, nada más y nada menos que una palabra de aliento, de gracia, de esperanza.

Una sola palabra es todo lo que necesitamos para sanar. Lo sabía el centurión que tenía enfermo a su criado. Lo saben también los oyentes de Jesús en la sinagoga de Nazaret. En la voz y en la persona del Hijo de Dios la Palabra divina se hace palabra humana. La Palabra que se entregaba en la sinagoga para que todos la escucharan se empieza a dar a cada uno para que sane y recobre las ganas de vivir. Verdaderamente escuchamos en labios de Jesús:

«Hoy se ha cumplido esta Palabra que acabais de oír».

Se ha cumplido no en Jerusalén, la ciudad indiferente y populosa, sino en Nazaret, el pueblo que se llena de alegría a la vuelta de Jesús. Cuando uno ya no sabe qué rumbo tomar en la vida, que regrese como yo he hecho. Es acaso la única manera de salir adelante. Hay que volver con Jesús a Nazaret. Volver, siempre volver.

Texto escrito por V.M.P

FIRMEZA Y SUAVIDAD

Versión audio de Firmeza y suavidad

Siempre he pensado que firmeza y suavidad se necesitan. Que la firmeza sin clemencia es dureza. Y la suavidad sin vigor, una solemne tontería. Por eso el arte de mandar es la habilidad de combinarlas en la justa medida: una parte de rigor y dos de calma, o al revés según el caso. Manda el humilde, el que vale para servir.

Ahora pienso, sin embargo, que no se han de alternar sino de conjugar. En la firmeza misma no ha de faltar la suavidad ni en ésta, a su vez, aquélla. Los contrarios no alternan: se transforman. La indulgencia transforma la firmeza y ésta, a su vez, la suavidad: ambas salen ganando. El agua se transforma en vino y el vino llena las tinajas para el agua en las bodas de Cana.

Vemos allí el agua fría, alojada en grandes tinajas de piedra. Difícil encontrar más clara imagen de una firmeza dura y fría que sirve para purificarse pero no para entregarse. Para cumplir con un rito pero no para llenarlo de sentido. Para sentirse puro pero no tierno. El milagro de Jesús sobre el agua de aquellas tinajas en la vida de unos hombres que se han quedado sin vino cuando más lo necesitan es un signo. El vino no baja del cielo. Transforma el agua. Convierte el rito en una fiesta.

«La madre de Jesús estaba allí…», nos dice el evangelio. Como el agua en las tinajas de piedra. Como los novios que se han quedado sin vino el día más dichoso de sus vidas. Eche o que hai, dirá el gallego. Es lo que hay. El jarro de agua fría o el golpe donde más duele. La vida es así y el rito, hecho sin ansia, nos lo recuerda. Es agua que corre por el río del vivir.

Pero Jesús y sus discípulos son invitados a la boda. Habría otros muchos. Solo de Jesús y los suyos se dice abiertamente que fueron invitados, «llamados», al acontecimiento. Y, si fueron llamados, fueron, sin duda, esperados. En medio de los imprevistos de la vida, capaces de cambiarla en un momento, no debía faltar la esperanza. Esperar el día de la boda y que no faltaran a ella los invitados más queridos, ¿no era lo mejor que podían hacer?

«No tienen vino», le dice a Jesús su madre. Es lo que dice el que espera un milagro antes de resignarse a no esperarlo. El que no sabe qué hacer y callar tampoco. Porque no se puede hacer nada. Manda el que vale, pero no para mandar sino para servir. Y, cuando no se puede hacer nada, es la hora de servir. No es la hora de reinar, como piensa la madre de Jesús:

«aun no ha llegado mi hora»

Aun no ha llegado la hora de Jesús. Es el tiempo de servir y acompañar. El tiempo de estar allí donde nos necesitan o nos esperan. De transformar el agua en vino, el rito en fiesta, los sinsabores de la vida en signos para la esperanza, el rigor en suavidad consoladora. Porque el vino bueno lo reserva Jesús para el final. No se sirve al principio del banquete como los discursos o las promesas que no se piensan cumplir. El vino bueno se reserva para ese momento en el que no se puede hacer nada. Es entonces cuando firmeza y suavidad se necesitan.

Texto escrito por V.M.P.

¿QUIEN SOY YO?

Versión audio de «¿Quien soy yo?

Hay preguntas en la vida que han caído en el olvido. Otras las sepultaron allí. Es el caso, ante todo, de la pregunta por quién soy. Quedó sepultada por otra, mucho más habitual: la pregunta por lo que soy. Lo que soy, lo que he llegado a ser en la vida, es una pregunta de respuesta fácil.

Ser algo en la vida es coincidir, más o menos, con lo que otros esperan de mí. Basta con apropiarme el nombre común de aquello que todo el mundo reconoce como algo útil o importante. Somos lo que otros esperan que seamos. Lo que otros han sido, son o serán.


El problema se presenta cuando uno coincide, poco o nada, con lo que otros esperan de él. Puede ser que quiera pero no pueda coincidir. Y puede ser también que no quiera. Que, por fidelidad a sí mismo -a quien realmente es- no quiera ser lo que no es. A veces, no es posible sepultar en el olvido la pregunta por quiénes somos.

Es eso exactamente lo que le sucedió a Juan el Bautista. La gente esperaba de él que fuera el Mesías. Necesitaba un Mesías y todos se empezaron a preguntar «en sus corazones…

…si él no sería el Mesías»



Es muy duro no ser, no poder o no querer ser, lo que los demás esperan de uno. Pero Juan era un hombre duro, tenaz, según nos cuenta el evangelio. No duro con los demás tanto como consigo mismo. Era un asceta, un predicador en el desierto, alguien en quien los monjes de todos los tiempos se han mirado como en un espejo. Pudiendo pasar por lo que la gente esperaba de él, no lo hizo. Ni pudo ni quiso ser el Mesías.

Pero no ser aquello que esperan de nosotros ¿es no ser nada? ¿no valer para nada? Juan predicó en el desierto -en mitad de la nada- a gentes que venían de la ciudad y de todos sus pecados. Su historia no fue la de un fracasado en la vida. Su vida fue la de quien recordó la pregunta olvidada: ¿quién soy? Recordar esta pregunta nos abre el camino hacia lo que realmente queremos ser. Hacia lo que realmente somos. Y lo que realmente somos es muy poca cosa. Pero muy grande, a la vez:

«Yo bautizo con agua pero el que viene detrás de mí os bautizará con Espíritu Santo y fuego…»



Juan no es el Mesías. Pero es su precursor. Lo que parece poco en la vida es muy grande si se hace con verdad. Ahora bien, ¿qué es vivir con verdad? La respuesta a esta pregunta no la encontraremos en la historia del Bautista. Nadie puede dar una respuesta a esta pregunta. Y es que la respuesta a esta pregunta es la pregunta misma. Es la fuerza del testimonio y del ejemplo. Cuando alguien escucha un testimonio o contempla un ejemplo se acaba preguntando: «¿y yo? ¿por qué yo no…?»

El evangelio da testimonio de Jesús. En la hora de su bautismo a manos de Juan, Jesús escucha el testimonio de lo alto:

«Este es mi hijo amado, en quien me complazco»



Juan fue algo en la vida. No fue el Mesías pero, sí, al menos, su precursor. Jesús, en cambio, nunca será nada. Nunca podrá ser lo que su familia y su pueblo esperan de él. Pero no necesita ser nada en concreto para ser él mismo, el único, el Hijo de Dios. El amor hace únicos a quienes envuelve. Da respuesta a la pregunta más difícil y olvidada: la pregunta no ya por lo que soy sino por quién soy. Nadie tiene respuesta para esta pregunta si no la recibe de lo alto. Y en lo alto está Dios, que es amor, y el amor mismo que acerca a las personas hacia sus semejantes.

Texto escrito y audio grabado por V.M.P.

LAS PALABRAS DEL AMOR

Versión audio de: «Las palabras del amor«

Siempre ha despertado en mi ánimo serias dudas quien propone cumplir la voluntad de Dios como fin y logro de la entera existencia. La propia atribución a Dios de una voluntad como la humana me suena a desmesura. Si los humanos tenemos voluntad, esto es, capacidad de querer esto o aquello -de querer y no querer, por tanto- ¿cómo atribuir a la divinidad una mera capacidad, esto es, un hueco que el deseo o el temor pueden llenar de tantas maneras?

Dios no tiene voluntad porque es amor. No hay hueco o vacío alguno en Él porque el amor le llena del todo. El que tiene algo es distinto de aquello que tiene: uno puede tener grandes capacidades pero sin descubrir siquiera. El que es algo es, en cambio, aquello mismo que es. «Yo soy el que soy» -dice de sí el unico Dios en la teofanía del Sinaí- es lo mismo que decir, con San Juan: «Dios es amor».

Somos los seres humanos quienes tenemos capacidades, entre las que importa, como ninguna otra, la capacidad de querer y no querer, la voluntad. Somos los seres humanos quienes sentimos, dentro de nosotros, un vacío por llenar. Más que un vacío, un abismo. Por algo somos capaces de lo mejor y lo peor: de querer algo pero quererlo poco; de no quererlo pero no impedirlo tampoco. La voluntad humana es hueca. Se llena enseguida así de grano como de paja.

En la Navidad la Iglesia escucha los relatos de las Anunciaciones. Hay tres, como sabemos: la Anunciación del Ángel a María, a José y a los pastores. La tercera es la que ahora nos atrae por su fuerza reveladora. En las otras, el anuncio llegaba a una sola persona, a una persona en su soledad. En ésta, sin embargo, el Ángel irrumpe en el silencio de la noche para anunciar la Buena Nueva a unos pastores. Mientras en las anunciaciones a María y a José vemos a estos seres humanos en diálogo íntimo con el mensajero celestial, en el anuncio a los pastores vemos a unos hombres hablando espontaneamente entre sí.

Cuando hay un hueco que llenar, una decisión que tomar o una orden que acatar, no hay tiempo que perder. Pero en las Anunciaciones no hay nada de esto. No se trata aquí de un Dios cuya voluntad espera ser cumplida lo antes y mejor posible. Si Dios tuviera voluntad tendría que hacerla cumplir. Si no la hiciera cumplir, ¿de qué le serviría? La voluntad sirve a los humanos para llenar su propio vacío, para desarrollar sus capacidades, para alcanzar su plenitud. Pero la divinidad no necesita alcanzarla. Dios es amor por entero.

El amor es paciente, sentencia San Pablo. Por eso espera. Las Anunciaciones empiezan por la palabra. No son visiones. No son manifestaciones visibles de la Voluntad divina. Son, más bien, palabras que se comunican. En las palabras hay mucho más amor que en los hechos. Los hechos hablan en silencio. No se ven: se escuchan porque hablan sin palabras, hablan como quien busca las palabras oportunas y no las encuentra. Los pastores, nos cuenta San Lucas…

«se volvieron alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto…»

Algunos traductores anteponen el ver al oír y leen: «lo que habían visto y oído». Pierden el matiz, el sabor de la vida misma. Porque todo lo bueno que nos pasa en la vida necesitamos contarlo y escucharlo. Necesitamos palabras para expresar lo que sentimos. Para responder al Dios que nos habla también a nosotros como habló a los profetas de Israel, como habló a María, a José y a los pastores de Belén. Porque Dios no tiene voluntad. No tiene huecos por dentro. Dios es el que es. Dios es amor.

Texto escrito por V.M.P.

EL MILAGRO DE LA VIDA

Versión audio: «El milagro de la vida»

¿Por qué Jesús no nació de un padre y una madre como todos los niños del mundo? ¿Qué significa aquello de que su madre, Maria, concibió por obra y gracia del Espíritu Santo? Si Dios vino a este mundo en la persona de su Hijo como un ser humano cualquiera, «en todo semejante a nosotros menos en el pecado» -según San Pablo-, ¿a qué viene atribuirle un origen sobrehumano? ¿No le vuelve este origen menos humano? A todas estas preguntas creo que cabe responder con otra, mucho más compleja: ¿qué es lo que nos hace humanos?


Y la respuesta a esta otra pregunta me parece que podemos encontrarla en las dos anunciaciones: la del Ángel en vigilia a María y en sueños a José. Por allí anda, tal vez, la respuesta a nuestras preguntas comunes, a todas esas preguntas que empiezan con la fórmula «¿por qué no…?»:

¿por qué los curas no pueden casarse? ¿por qué las mujeres no pueden ser sacerdotes?…o, de nuevo, ¿por qué Jesús no nació como todos los niños?

Vivimos en un mundo que acaba reduciendo todas las preguntas a una sola: «¿por qué no…?». Reduciendolas simplificamos su contenido. Acabamos con su sentido. Ya no son verdaderas preguntas. Son afirmaciones tacitas:

¡claro que Jesús nació de un padre y una madre! ¡claro que los curas pueden casarse o las mujeres ordenarse! etc

En realidad, la pregunta simple y natural «¿por qué no…?» no es tan natural como parece. Lo natural no es preguntarse «¿por qué no?». Lo natural es preguntarse «¿por qué?»,o bien, «¿cómo?» Es lo que le pregunta María al Ángel:

«¿cómo va a ser esto posible si yo no conozco varón?»

La pregunta que adivinamos, a su vez, en la mente de José -porque él, de tan prudente que es, nada dice- tras el anuncio del Ángel podría formularse en éstos o parecidos términos:

«¿por qué me ha pasado esto a mí…?» o, tal vez, «¿por qué me ha hecho esto María, mi mujer?».

La pregunta por el sentido de las cosas que nos importan en la vida es la pregunta asombrada de la filosofía o la pregunta inquisitiva de la ciencia. Es la pregunta de la razón. Pero es también la pregunta del corazón. Lo que nos hace humanos no es únicamente la razón. También el corazón nos humaniza.

La razón alcanza un vuelo que el corazón no puede. El corazón vive apegado a la tierra. Sus alas son muy cortas: apenas sobrevuela. Por eso le afecta casi todo, sufre fácilmente. El que se pregunta «¿por qué?» puede acabar preguntandose «¿por qué no?». Es el vuelo fascinante desde la ciencia a la técnica. Empezamos preguntándonos, por ejemplo, por qué vemos la luna tal como la vemos desde la Tierra. Hoy ya nos preguntamos por qué no viajamos todos a la luna. La técnica ha convertido y seguirá convirtiendo nuestras visiones en realidad. Pero ¿qué pasa con los los ángeles y los sueños de los que nos habla la Biblia? No esperan de nosotros que los convirtamos en realidad. Son la realidad. Y, porque son la realidad, tienen el poder de cambiar la nuestra. Cambian nuestro corazón, esto es, nuestra realidad más humana.

Y llega el momento, al fin, de preguntarse: si el niño Dios hubiera nacido como los demás niños, ¿habría cambiado la vida de su Madre? ¿O acaso no cambia la vida de sus padres cada nuevo nacimiento? ¿Qué es más prodigioso?: ¿el nacimiento de Jesús o el tuyo y el mío? ¿Es que no es también un milagro cada nuevo nacimiento? La cuestión de fondo es si lo que nos hace humanos es el reconocimiento de nuestros derechos a ser iguales o el reconocimiento de lo que nos hace diferentes y fruto de un milagro que la ciencia se esfuerza en explicar.

Los derechos reducen todas nuestras preguntas a la de siempre: «¿por qué no…?». El milagro que es la vida, desde su inicio hasta su término, mantiene viva y abierta la pregunta por el sentido de las cosas que nos importan, incluso el de aquellas que nos parecen en conflicto con nuestros derechos o necesidades como el sacerdocio de los varones o el celibato de los clerigos…


Y el milagro de la vida se celebra en Navidad
porque la vida, escribe Juan: «era la luz de los hombres»

Texto escrito por V.M.P.

PEQUEÑOS GRANDES DETALLES

versión audio del texto

Es fácil decir que Dios está siempre a nuestro lado. No lo es, en cambio, estar junto al necesitado cuando nos necesita. No siempre sino a tiempo: ni antes ni después. Porque nosotros no podemos ser como Dios, que está siempre a nuestro lado. Pero de lo que sí somos capaces es de estar cuando alguien nos necesita. De Dios, solo de Él, es la eternidad. Nuestro, en cambio, es el tiempo.

Nuestro es el tiempo. Lo saben los que se encuentran. En la Biblia nos encontramos con muchos encuentros. Ninguno, acaso, tan conmovedor como el de María, la Madre de Dios, con su prima Isabel. Este encuentro es el pórtico de la Navidad. Con él se cierra el tiempo del Adviento y se abre un tiempo nuevo. Es lo que pasa en todo encuentro. Cada vez que dos personas se encuentran sienten que estaban esperando su encuentro. Estaban en Adviento, que es el tiempo de la espera, y empiezan el tiempo de la hermosa esperanza. Nada será igual después de su encuentro.

Pero lo más extraño de los encuentros que llenan la vida de esperanza porque son inesperados es que recordamos de ellos casi todo. Los detalles más nimios del encuentro se tornan absolutamente relevantes. Lo que parecía inesperado no lo era. Había una espera de fondo, tenue como una brisa de verano y callada como una plegaria sin palabras. Cuando no hay palabras hay detalles, signos que hablan en silencio.

Es lo que vemos cuando nos fijamos en el camino de María al encuentro de Isabel. Se nos dice de la Virgen que se levantó y se puso en camino aprisa ¡Qué cosa más obvia observar que se levantó, por ejemplo! O también, ¿por qué notar que caminaba aprisa y no al paso de cualquiera? O bien, ¿para qué necesitamos saber que entró en la casa de Zacarías antes de saludar por fin a Isabel? Detalles, solo son detalles que se han tornado, de pronto, dignos de particular mención.

Nos pasa lo mismo a nosotros. Nuestra memoria es un poema. Olvidamos los grandes momentos de la vida y recordamos los pequeños detalles que precedieron o sucedieron a esos grandes momentos. Recordamos lo pequeño, las cosas próximas de las que hablaba Nietzsche. Olvidamos, en cambio, las cosas importantes. Y es que lo pequeño habla por sí mismo, sin necesidad de palabras. Lo importante, sin embargo, pide la palabra. Por sí mismo está mudo.

Y este brinco de lo mudo hasta el umbral de las palabras tiene lugar también en cada encuentro. El encuentro es verdadero -y no aparente, como sucede tantas veces por desgracia- cuando los que se encuentran encuentran las palabras necesarias para decir lo que piensan y sienten. Las encuentran porque el otro se las da. Le da la palabra, la oportunidad de hablar libremente. Dar la palabra es dar libertad al que tiene algo importante que decir. Lo importante hay que decirlo con palabras. No habla por sí mismo, como lo pequeño, como los detalles que recordaremos siempre.

Y así sucede también en el encuentro entre María e Isabel. Después de los detalles vienen las palabras necesarias. Ambas mujeres tienen grandes cosas que decirse. En el evangelio de Lucas leemos las cosas tan importantes que Isabel dice de María y ésta, a su vez, de la grandeza del Señor. Pero no perdamos de vista que estas cosas y las palabras necesarias para expresarlas vienen después. Lo primero son los detalles, las cosas pequeñas que hablan por sí mismas, sin necesidad de palabras. Como el niño que salta de alegría en el vientre de Isabel. No habla todavía pero ya se hace notar.

En la vida, si no sabemos hablar sin palabras, con los detalles y las cosas pequeñas, no sabremos hablar con palabras de las cosas importantes. Sin amor la fe es vacía. Sin Adviento no hay verdadera Navidad. Porque la Navidad no es más que un encuentro inesperado. Un poema. Una ocasión para los pequeños detalles que nos hacen tan grandes.

Texto escrito por V.M.P.

DESPUÉS DE LA TORMENTA

Después de la tormenta versión audio

¿Cuánto necesitamos? No lo sabemos. La necesidad es un pozo sin fondo. El mercader sabe cavar en él creando en nosotros necesidades nuevas. El pozo puede estar siempre un poco más vacío. El vacío abierto por la necesidad puede ser cada vez más difícil de llenar. Y el mercader, a su vez, un poco más capaz de llenarlo. Por eso no sabemos cuánto podemos llegar a necesitar. Necesitamos más y no menos. Pero no sabemos por qué. La necesidad es un enigma: cada vez que aparece otra nueva nos preguntamos cómo hemos vivido tanto tiempo sin aquello que ahora necesitamos para seguir viviendo.

«El que tenga dos túnicas…», le empieza diciendo el Precursor a la gente. El que tiene dos túnicas seguro que las necesita: una para vestir y otra para mudarse. Y, si tuviera tres, las necesitaría también: una para vestir, otra para mudarse y la tercera para los días de fiesta. Y, si tuviera más, seguiría necesitandolas todas. Pues bien, al que tiene dos túnicas o comida -todo es necesario, por supuesto- el Precursor le pide compartir con el que no tiene ropa o qué llevarse a la boca. El pozo sin fondo de la necesidad se llena de pronto con un solo gesto: el de la mano que da lo que necesita para vivir tanto como el que lo recibe. Es un milagro este gesto porque llena un vacío inmenso dentro de nosotros y lo llena en un instante.

Cuando damos lo que necesitamos damos con la respuesta a la pregunta más honda que podemos hacernos en la vida. No es la pregunta por la felicidad en este mundo o más allá. Es la pregunta que la gente corriente, según el evangelio, le hacía a Juan, el Precursor, cuando se acercaba a recibir su bautismo de conversión en las aguas del Jordán:

«¿Qué podemos hacer?»

Hacerse esta pregunta significa sentir el vacío de la necesidad y no saber llenarlo. No se le ocurre esta pregunta sino al que no sabe lo que necesita. El mercader sabe lo que necesita cada cual y cómo responder a esta pregunta. Pero, a veces, el mercader no es lo bastante hábil o la conciencia de cada cual no está lo bastante atormentada por su propio vacío. Es, entonces, cuando brota la pregunta, como una flor después de la tormenta: ¿qué podemos hacer?, esto es, cómo podemos llenar el pozo sin fondo de la necesidad, de la codicia, del ansia de tener más, siempre más y nunca menos…

Y la respuesta es decisiva, tajante como una orden en boca del Bautista ante los que se acercan a recibir el bautismo de agua. Todo es tremendo en la vida del Precursor: su palabra, su forma de vida y su final violento, cortada su cabeza y aun caliente sobre una bandeja cortesana. Todo es así porque su bautismo de agua no es más que un gesto, un signo del bautismo de Espíritu Santo y fuego que anuncia: el bautismo cristiano. Dar lo necesario para vivir, aplacando en un instante el ansia de tener necesidades nuevas, es solo eso, un gesto. Los gestos no son la vida: una vida no se puede llenar solo de buenas intenciones. Pero son el principio de una vida nueva, de otra manera de vivir: en paz, como la flor que brota en un día risueño después de la tormenta.

Texto escrito por V.M.P.

PALABRAS MÁGICAS

Nada hay tan mágico como las palabras. Con ellas podemos curar o herir, calmar o cansar, dar vida o quitarla. Las palabras muestran lo que intentan decir y ésta es su magia: son más que palabras. Por eso nos parece poco de fiar aquel cuyas palabras se las lleva el viento. De fiar es, más bien, el que da su palabra. El que da su palabra sabe lo que hace: mostrar, hacer presente, lo que con sus palabras intenta. Ahora bien, nadie da lo que antes no ha recibido.

Sobre Juan, el precursor de Jesús, escribe Lucas que «se hizo presente la Palabra de Dios». La Palabra de Dios es aquella única palabra que el viento no puede llevarse. A diferencia de la palabra humana, que podemos darla o simplemente decirla, la Palabra divina solo podemos darla. Pero, para darla, necesitamos recibirla. Nadie da lo que antes no ha recibido. Y he aquí el acontecimiento que se proclama en el evangelio de Lucas: que la Palabra de Dios se hizo presente «sobre Juan». Juan, el precursor, no fue quien dispuso de ella para darla o no. De la Palabra de Dios no podemos disponer, como de las palabras humanas. Es ella la que dispone de nosotros, de nuestra libertad.

Disponer de las palabras es disponer de las personas. Servirse de ellas, aun para los más nobles fines, es, en el fondo, servirse de las personas como si fueran medios y no fines en sí mismas. Allí donde el lenguaje es un medio de comunicación, manipulable como una herramienta cualquiera, las personas dejan de ser importantes. Son meros destinatarios de un mensaje en busca de clientes o de fieles.

El relato de la misión de Juan, el relato del acontecimiento que cambia su vida al disponer de ella la Palabra divina, aparece enmarcado por las figuras de aquellos que disponían de las palabras y de las personas en tiempos de Juan: el emperador Tiberio, el gobernador Poncio Pilato, cada uno de los tetrarcas y los sumos sacerdotes que ejercían el poder religioso por entonces. Todos ellos disponían de las palabras necesarias para hacer valer su autoridad sobre la gente. Pero ninguno de ellos, con todo su prestigio, fue capaz de hacer lo que la Palabra de Dios sobre la vida de Juan: transformarla, darle un sentido, una misión propia.

La Palabra de Dios actúa sobre el profeta Juan de una manera semejante a las palabras que nos alumbran a todos el camino de la vida. Son las palabras que no podemos olvidar. Nos las dijeron una vez, acaso hace ya mucho tiempo, y siguen acompañandonos. Cuando las oímos por primera vez no las comprendimos, tal vez. No encontramos en ellas nada interesante. Pero siguen sobre nosotros, alumbrando nuestro camino. Gracias a ellas podemos comprender la Palabra de Dios que se hizo presente sobre Juan. Gracias a ellas comprendemos que no todas las palabras se las lleva el viento. Gracias a ellas podemos dar nuestra propia palabra. Y, con ella, nuestra propia vida a quien la necesite. Porque hay palabras que curan y no hieren. Que calman y no cansan. Que dan vida y no pueden quitarla.

Hay palabras mágicas.

Texto escrito por V.M.P.

ECOLOGÍA O RELIGIÓN

¿Será la ecología la religión del futuro? Yo pienso que caben dos respuestas alternativas a esta pregunta. Si nos sentimos parte de la naturaleza, una especie animal entre otras tantas como, sobre nuestro planeta, han sido, entonces la respuesta es afirmativa: la ecología es, en efecto, la religión del futuro. Ligados a la naturaleza por naturaleza -especie entre especies-, nuestra religión consiste en religarnos a ella. La civilización nos ha desligado de la naturaleza: nos ha desarraigado. Volver a su seno fértil y gozoso, del que nunca debimos separarnos, es lo mejor que podemos hacer con nuestras vidas.

Pero cabe también la otra respuesta. Si la ecología es lo que es, lo que su propio nombre significa, erigirla en religión será, entonces, olvidar su significado. Porque la ecología no se ocupa propiamente de la naturaleza en cuanto naturaleza sino en cuanto casa común de todos los seres vivos. «Eco-» no significa «naturaleza» sino «casa». Si la naturaleza es nuestra casa, entonces nosotros no somos parte suya. Somos sus moradores. La habitamos y cuidamos de ella. No la somos.

Una cosa es, pues, que seamos parte de la naturaleza y otra, muy diferente, que la naturaleza sea nuestra morada común. Para que haya casa debe haber alguien dispuesto a habitarla: una casa deshabitada acaba siendo parte de la naturaleza, ruina y madriguera. El morador cuida de su casa como de algo diferente de sí mismo y de lo que necesita. Si el morador y la morada fueran lo mismo -partes de la naturaleza-, no habría nadie al cuidado de otro ni nada que cuidar, en realidad. Por eso la ecología como religión viene a ser el olvido de la ecología como ecología. Donde no hay dos -creador y creación- sino uno solo y el mismo, no hay casa que cuidar. Claro que, cabe objetar, uno siempre puede cuidar de sí mismo. Y a esta objeción cabe replicar: ¿qué razón hay para cuidar uno de sí mismo?

Solo hay una razón para cuidar de nosotros mismos: que alguien pueda venir a nuestra casa. El mundo es un lugar inhóspito y hostil cuando no esperamos la llegada de nadie. Se convierte en un hogar cuando la esperamos. Esta transformación maravillosa del mundo o la naturaleza en un hogar es la visión del apocalipsis, que la Iglesia contempla cada vez que termina un año litúrgico y se abre otro nuevo con el tiempo del Adviento. Antes de la llegada «del que ha de venir», la Humanidad se entrega al miedo angustioso que produce una naturaleza de la que el propio ser humano se siente parte:

«Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra la angustia se apoderará de la gente, asustada por el estruendo del mar y de sus olas. Los hombres se morirán de miedo al ver esa conmoción del universo…»

Y no solo al miedo se entrega la Humanidad sin hogar. También al exceso. Si somos parte de la naturaleza, somos entonces depredadores entre los depredadores, consumidores de experiencias y personas. Nadie podrá frenar nuestra codicia por la sencilla razón de que no hay nadie. A nadie esperamos en ninguna parte porque no hay partes en el todo. No hay casa en este mundo.Todo es naturaleza. La madre naturaleza es sabia y a todos nos acoge en su seno. Y nosotros somos sabios si comprendemos que no hay más. De su seno salimos y a él acabamos regresando. Vivamos mientras tanto:

«Procurad que vuestros corazones no se emboten por el exceso de comida…»

Pero el Adviento es el que adviene: hay alguien que llega. Hay que arreglarse. Hay que preparar la casa para el que viene. Si no viniera nadie seguiríamos entregados al miedo y al exceso, perdidos en medio de un mundo que unas veces nos asusta y otras nos divierte. Si no viniera nadie daría todo igual. Nuestra religión sería la naturaleza, de la que nos sentimos parte. Una madre siente que sus hijos son siempre parte suya. Pero el ser humano es el único animal que construye casas. No solo para habitarlas. También para esperar al que viene. Para el Adviento. El Adviento es el tiempo de levantar la cabeza sobre el suelo de este mundo, sobre la naturaleza, y escuchar: «se acerca vuestra liberación».

Texto escrito por V.M.P.

LA BELLEZA QUE SUCEDE

La verdad y el bien, cuando van juntos, brillan. Su esplendor común es la belleza.

Por eso de una buena persona se dice también que es una bella persona. No porque sea bella su apariencia sino porque su bondad es verdadera. Su belleza no es aparente sino transcendental. Por no distinguir la belleza que seduce de aquella que sucede y pasa inadvertida, al común de los mortales nos atrae lo desconocido: tanto más cuanto menos lo conocemos porque ni siquiera necesitamos conocerlo. La belleza aparente está a la vista de cualquiera. Todo el mundo sabe muy bien lo que le gusta.

Así las cosas, nada tiene de extraño que Pilato acabe preguntándole a Jesús en el pretorio:

«¿Qué es la verdad»

La verdad lejos del bien es indiferente, impenetrable como un muro levantado a fuerza de mentiras. La verdad sin el bien, ¿quién la podrá distinguir de la mentira? Servirá, como ésta, a la causa del que la necesite. Cuando la verdad no me acusa me sirve para acusar al mundo entero. Pilato lo sabía. Sabía que podía acusar a la Verdad en carne viva porque, para él, la verdad y la mentira eran solo medios al servicio de sus propios intereses. La verdad por la que pregunta Pilato no es nada que pueda importarle en absoluto. Él, como cualquiera de nosotros, sabe bien lo que le gusta e interesa.

También los sumos sacerdotes sabían bien lo que querían ¿Era Pilato, para ellos, solo un medio entre sus manos? ¿O lo eran ellos, más bien, para Pilato? Cuando la verdad se aleja del bien no es más que un medio al servicio de gustos o intereses. Nada permite distinguir la verdad de la mentira cuando no es más que un instrumento. Todos la buscan pero no porque la amen sino porque la necesitan. Los sumos sacerdotes necesitan la sentencia de Pilato. Pilato, necesita, a su vez, liquidar cuanto antes el asunto. Ni a aquellos ni a éste les importa para nada la verdad. Si Jesús es el rey de los judíos es entonces un problema para todos.

Y es que todos sienten la seducción del poder. El poder religioso no es más religioso que el poder civil o militar. Seduce lo mismo. Sus emblemas son distintos pero su belleza es indiferente, ajena al sufrimiento de los seres humanos. Es la belleza de una verdad abstracta como la ciencia o concreta como la técnica: todos la necesitan pero nadie la ama. Nadie puede amarla porque su belleza es aparente. Gusta o interesa pero no brilla con luz propia porque el bien la ha abandonado. No sabemos si la ciencia y sus aplicaciones técnicas harán mejores a los seres humanos. De lo que sí estamos seguros es de que los harán más poderosos.

Y, entre todos, lo mataron. Pero no pudieron acabar con su voz. El que no convence con sus palabras habla con voz propia:

«todo el que es de la verdad escucha mi voz».

Y ¿quién es de la verdad? ¿Quién puede invocar la verdad como suya? ¿Quién tiene derecho a decir su verdad? El único que ha subido a la cruz, no por una verdad absoluta, indiferente al sufrimiento de los seres humanos, sino por su verdad, por la Verdad que Él mismo es. Y, en El, cada uno de nosotros en la medida que aprendemos a distinguir la belleza aparente, la que seduce, de la que sucede siempre inadvertida. En la oscuridad del calvario. O en la mañana tibia de la Resurrección…

Texto escrito por V.M.P.