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ESPERAR Y SEGUIR ESPERANDO

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Todo el mundo conoce la parábola del hijo pródigo. Por eso me pregunto qué puedo añadir yo a un relato como éste, tan conmovedor, en el que un padre acaba encontrándose de nuevo con su hijo. A esta parabola se recurre en todas las celebraciones penitenciales ¿No habla ya por sí misma? Pues no. Si alguien se dejara llevar por sus imágenes, no comprendería el alcance que pueden tener en la vida de cada uno.


Desde hace algunos años existe un movimiento a favor de la «justicia reparadora». Su intención es proponer soluciones alternativas a la justicia «tradicional», esto es, la que castiga a los delincuentes ¿Cuál es su motivación? Según un informe del ministerio de justicia canadiense, el riesgo de reincidencia es mucho más bajo con esta nueva clase de justicia. Un espíritu pragmático podría agregar: «resulta mucho más costosa a corto plazo pero menos a largo plazo».

En la misma línea hay también, entre los psicólogos americanos, un movimiento de crecimiento personal que contempla el perdón como su sexta y última etapa, tras el reconocimiento del propio dolor y de la propia indignación. Bajo este punto de vista, el perdón viene a ser una forma definitiva de liberación ¿Qué tiene que ver con todo esto, por cierto, la parábola de Jesús?


En ella nos venimos a encontrar con un padre cuyo corazón se ha roto porque su hijo ya no está a su lado y ha perdido el contacto con él. Sin desesperarse, espera la vuelta de su hijo y permanece alerta hasta que lo ve llegar de lejos ¡Cuántas veces no lo buscó en vano con sus ojos a lo lejos! Cuando finalmente aparece, no le dirige el menor reproche. Al contrario: organiza una fiesta por todo lo alto. Hay un punto de locura en la reacción de este padre. La inmensa alegría que le embarga, la «locura» que le mueve, es la expresión de su amor desbordante, sin medida ni fin. Cuando Jesús me cuenta esta parábola me está diciendo:

«Aquí está tu Dios, tu Padre, al que intento darte a conocer con mi vida entera»


He aquí, pues, lo que la fe cristiana puede aportar al debate sobre la justicia y el perdón. Pero esta aportación es muy difícil de entender para quienes no han vivido una experiencia como la que nos cuenta la parábola. Me acuerdo, en este momento, de aquel joven sin hogar con el que mi hija se encontró una vez en las calles de Ottawa: su padre le había echado a la calle porque tenía sus principios y no estaba dispuesto a permitir que la droga entrase en su casa.

Pero hay más. Mientras el hijo pródigo se siente indigno de su padre y se dispone a ser tratado por él como un criado más, el padre, que le mira con otros ojos, le pone un anillo en su dedo, símbolo de su condición de hijo. El pródigo tendrá, desde ahora, un reto ante sí: llegar a verse a sí mismo tan valioso como su propio padre le ve a él. En cuanto al otro hijo, el mayor, cabe decir que no se conoce a sí mismo. Se ve como un criado al servicio de su amo que no puede ni matar un cabrito para invitar a sus amigos, por más que su padre le recuerde:

«todo lo mío es tuyo, tienes los mismos derechos que yo»

Hace tiempo pude leer el testimonio conmovedor de un padre que, arruinado su negocio, se vio obligado a sacar a su hija de un colegio privado. La cosa no quedó ahí. Un buen día su hija se metió a bailarina de cabaret. Fueron pasando los años y corriendo el dinero hasta que la mujer empezó a envejecer, aparecieron sobre su piel las primeras arrugas y tuvo que conformarse con actuar en locales de poca monta. Un día, su padre se presentó en el tugurio donde vivía con la esperanza del reencuentro: invectivas, reproches y sarcasmos fueron todo lo que salió de la boca de su hija. Su padre pudo comprobar, entonces, hasta qué punto seguía ella detestandose a sí misma.

Frente a los que cometen crímenes y delitos, una parte muy pequeña de nuestra sociedad es capaz de percibir la fuerza liberadora del perdón. En este contexto, la fe cristiana puede aportar mucho al mostrar el rostro del Padre que está en el origen de nuestras vidas y poner de manifiesto qué es un ser humano para Él ¿No podríamos ser nosotros como este Padre que permanece a la espera, que mira a lo lejos cada día y se resiste a pensar:

«Se acabó. Ya no hay nada que esperar. Ya no hay nada que hacer»

Si amo, estoy condenado a una espera sin límites, la de quien aguarda siempre ver aparecer a su hijo de lejos.

La cuaresma es el símbolo de esta larga espera, del camino hacia la tierra prometida. Sigamos, pues, en camino con todos los que esperan la reconciliación en este mundo. Y recordemos que el camino no es nunca demasiado largo para el que sabe amar. Si ésta ha sido la actitud de Jesús, ¿no podrá ser también la nuestra?

André Gilbert

Trad. de V.M.P.

ENVEJECER Y VIVIR AL MISMO TIEMPO

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Todos conocemos, sin duda, a alguien así. A una mujer que ha tenido varios hijos, por ejemplo. De niños fueron a la escuela, recibieron una educación y, con el tiempo, empezaron a entender la vida de otra manera, ya no como su madre ¿No les había enseñado a todos lo mismo y con toda el alma? Poco a poco, aquellos hijos suyos fueron dejando el hogar, anduvieron por el mundo e hicieron su propia vida. Aunque seguían unidos a su madre en la distancia, no fue aquel vínculo tal como ella lo había soñado. Al menos, eso sí, no se había roto. Su esposo, tantos años a su lado, acabó falleciendo antes que ella. El hogar se le quedaba ahora muy grande sin él y la hora de las comidas le resultaba mucho menos interesante. Pasaron los años y fue perdiendo facultades. Ya no era capaz de limpiar su casa como antes. Sus piernas empezaron a vacilar. No podía caminar hasta la iglesia como solía hacerlo hasta entonces. Se iba dando cuenta de cuántos duelos había tenido que afrontar en los últimos años ¿Es esto vivir? ¿Es esto envejecer? ¿No es todo un poco triste?



El evangelio no parece tampoco invitarnos al regocijo. Por él sabemos de dos sucesos que tuvieron lugar en tiempo de Jesús: una revuelta nacionalista en Galilea que Pilato acabó sofocando de una manera sangrienta y la catástrofe ocurrida en Jerusalén, cuando se desmoronó una torre de piedra sobre dieciocho personas que pasaban por allí y murieron en el acto. Cada vez que leemos sucesos como éstos en el periódico de la mañana, reaccionamos de varias maneras. Son cosas muy tristes, desde luego. Pero, si nos preguntamos cómo ha podido pasar algo así, nuestras interpretaciones son diversas. Podemos pensar: los nacionalistas de Galilea han tenido su merecido por lo que han hecho; si no se hubieran alzado en armas no les habría pasado nada. En cuanto a la gente que pasaba aquel día por las inmediaciones de la torre en ruinas, cabe preguntarse si no fueron unos imprudentes.

A menos que no merecieran seguir viviendo mucho tiempo más ¿Y Jesús? ¿Cuál fue su reacción ante estos sucesos? Pues vino a decirnos:

«No pensemos que estas cosas les pasan a otros y no pueden pasarnos a nosotros»

Jesús nos invita a identificarnos con las víctimas de aquellos sucesos y a concluir:

«Dejemos de pensar que nos queda una vida entera por delante y tomemos, desde hoy mismo, la decisión de entrar en la entraña de nuestra existencia como si fuera nuestro último día de vida»

Jesús nos invita a todos con unas palabras que se traducen habitualmente así:

«Os lo aseguro: si no os convertis, perecereis todos de la misma manera»

Hay traductores que prefieren «si no os arrepentis». Lo que, unos y otros, intentan traducir es el verbo griego «metanoein». Su traducción literal sería «cambiar de idea». Pero, ¿a qué cambio de idea, en concreto, se refiere el evangelio? ¿Qué debemos cambiar en nosotros? Si ya nos tenemos por cristianos, ¿qué nos queda por cambiar? ¿Qué, en concreto? Para entender mejor a qué se refiere Jesús, habría que traducir, tal vez, «metanoein» como «aceptar que la vida nos cambie» o «cambiar de idea según nos vaya yendo en la vida». Una intervención militar con desenlace sangriento o un edificio que se viene abajo y aplasta a la gente son acontecimientos excepcionales, sin duda, pero forman parte de los millones de experiencias que van salpicando nuestras vidas. La única actitud plenamente humana a la que se atiene Jesús consiste en dejar que nuestras vivencias nos vayan marcando, esculpiendo nuestro rostro y, en suma, transformandonos. Entrar en la vida es abrir los ojos y el corazón a todo lo que sucede para que ello mismo pueda hablarnos y enseñarnos algo. Rechazarlo o dejar que pase sin más como el agua que corre es negarse a vivir y entregarse a la muerte.

La gran dificultad en la vida es vivir el presente. Cuando somos jóvenes queremos ser adultos, cumplir dieciocho para poder sacar el carnet de conducir, tener nuestro primer empleo con la carrera terminada y fundar una familia: la vida está en el futuro. Cuando somos mayores, en cambio, nos acordamos, nostálgicos, de otros tiempos, cuando estábamos todos en familia por Navidad con los hijos, en momentos inolvidables con nuestra pareja o de viaje por lugares extraordinarios: la vida está en el pasado. Dejar que la vida nos cambie, entrar en la vida, significa que la vida está en el presente, que se vive ahora y que no para de cambiar. Vivir es crecer sin pausa a partir de lo que vivimos cada día. No otro es el mensaje de la parábola de la higuera que leemos en el evangelio: el árbol debería haber dado ya sus frutos pero aun está a tiempo mientras siga vivo…por el momento.

Poco importa nuestra edad. Todos compartimos una misma realidad: el presente. En nuestras manos está la decisión de aceptarlo o rechazarlo. Todos tenemos vivencias grandes y pequeñas: podemos defendernos de ellas o dejar que nos transformen. Dejar que los duros fríos del invierno muerdan nuestro rostro. Envejecer es, sin duda, vivir muchos duelos. Pero es también superar todo aquello que nos movía a huir del presente, aprender a disfrutar de lo esencial y adentrarnos en la hondura de lo que nos queda, la vida misma. Lo que Jesús nos pide, él mismo lo vivió. Por eso es, para nosotros, el Viviente.

André Gilbert

Trad. de V.M.P.

EL MISTERIO DE JESÚS ES TAMBIÉN EL NUESTRO

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¿Eres introvertido o extrovertido? Si eres introvertido, a la gente le parecerá, tal vez, que ocultas algo y se quedará con la impresión de que no te conoce mucho. Si eres extrovertido, tendrán todos seguramente la sensación de saber quién eres porque te expresas mucho y abiertamente. Y, sin embargo, es muy probable que, en ambos casos, te conozcan poco y confundan tu personaje en sociedad con tu identidad real y profunda. Más aun: te conocen poco porque, en realidad, te conoces poco tú a ti mismo.

El evangelio nos habla precisamente de esto: de cómo se nos revela o da a conocer la identidad. Solemos fijarnos en Jesús cada vez que leemos el relato de su Transfiguración. Pero son sus discípulos el centro de este relato. Son ellos quienes viven una experiencia inaudita, quienes descubren a un Jesús diferente y se asoman, en Él, al misterio del Dios vivo, tan vivo como lo fue para Moisés y Elías. Son realmente ellos los que vacilan, estremecidos ante su descubrimiento. Es verdad que esta experiencia no pudo tener lugar antes de Pascua. Con todo, no deja de ser un acontecimiento de alcance existencial.

He intentado bucear en mi propia experiencia buscando momentos intensos y privilegiados de encuentro, bien sea con los demás o conmigo mismo. Son muy escasos. Se trata, por supuesto, de algo más que de momentos hermosos y gratos en compañía de un ser querido y en torno a una botella de buen vino, por más que momentos como éstos puedan invitarnos a entrar en la profundidad de las cosas y a decir como Pedro:

«prolonguemos estos momentos y hagamos unas tiendas para que se puedan quedar entre nosotros»

El día en que me di cuenta de que estaba enamorado y de que deseaba con todo mi ser empezar un nuevo proyecto de vida hubo, para mí, un momento de luz y de liberación. Pero sentí, a la vez, un profundo estremecimiento, asustado ante lo desconocido que se me venía encima. Cuando una pareja vive en conflicto y descubre, al final de una terapia, que ambos han de tomar rumbos diferentes en la vida, pasan también por algo parecido: en un momento se sienten liberados y aterrados, a la vez, ante lo desconocido que se les viene encima. Conozco a una madre que debió hacer frente, muy pronto, a la deficiencia mental de su hija. O la aceptaba o la rechazaba -como había hecho, por cierto, su pareja-. Descubrir y entender que su hija necesitaba un amor incondicional fue liberador y terrible, a la vez, por lo que ello suponía para el resto de su vida.

¿Nos hemos alejado del relato de la Transfiguración? En absoluto. Al descubrir el misterio de Jesús, es el misterio de sus propias vidas lo que descubren los discípulos. Es increíble y maravilloso: ¡qué momento tan luminoso el de quienes así descubren que sus vidas están íntimamente unidas al Ser que es el origen del mundo y del amor! Pero, al mismo tiempo, se estremecen porque su propio mundo se desmorona y aparecen, en su conciencia, mil interrogantes. Es justo lo que nos sucede también a nosotros en momentos parecidos.

Solo me queda, ahora, una pregunta: ¿por qué los momentos más reveladores de la existencia se dan, tan a menudo, cuando lo estamos pasando mal? En el relato evangélico, el momento más revelador tiene lugar cuando se acerca el arresto de Jesús y su muerte ¿Por qué algunos han necesitado el once de Septiembre y ver miles de folios hechos pedazos y flotando en el aire como copos de nieve para empezar a verse, de pronto, a otra luz? ¿Por qué ha hecho falta esta tragedia para descubrir toda la vida que se venía gestando desde Afganistán? ¿Por qué tenemos que perder, a veces, a un ser querido para emprender un largo camino hacia el fondo de nosotros mismos? ¿Por que unos padres es enterándose de que su hijo es homosexual y pasando sus dificultades por ello cómo llegan a sentir el gozo de un encuentro en la verdad y a redescubrir la belleza de su hijo?

La experiencia de los discípulos de Jesús puede ser también la nuestra, la de cada uno de nosotros según las circunstancias. Lo será, en efecto, si nos dejamos «conducir a la montaña a un lugar aparte». Estas palabras tienen un significado diferente para cada persona. Hay momentos en la vida sobre los que no tenemos control alguno los seres humanos. El tiempo de Cuaresma nos recuerda que la vida es un camino cuyos límites solo conocemos hasta cierto punto. Pero podemos mantener abierto el corazón y dirigir nuestra oración a Jesús, que nos precede en el camino. Seremos, entonces, capaces de vivir los momentos más reveladores de nuestra vida sin temor alguno.

André Gilbert

Trad. de V.M.P.

EL DIFICIL ARTE DE VIVIR

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Voy a hablar un poco de mí. Cada vez que suena mi despertador, a las cinco de la mañana, dudo por un momento: ¿qué hago?, ¿lo apago y sigo durmiendo o me levanto y hago mis treinta minutos matinales de gimnasia? Me levanto. Tras el desayuno, salgo de casa y me voy al trabajo. No hay tiempo que perder. El autobús me está esperando.

Ya sentado en el autobús, me pongo a leer un documento importante. Es entonces cuando una persona de edad sube al vehículo, repleto de pasajeros. Nadie se mueve. Me levanto al instante y le cedo el asiento. El documento puede esperar…

Acabo de llegar a mi lugar de trabajo. Es el momento de organizar el día y distribuir la tarea entre los miembros del equipo. Pero resulta que alguien necesita hablar de sus problemas familiares. Yo no puedo perder el tiempo en algo que excede mis responsabilidades y no me ayuda a prosperar en mi trabajo. Pero es un ser humano y ¿no he dicho acaso que intento dejar el mundo un poco mejor? Al final, me paso una hora escuchándole.

Más tarde, me encuentro con un experto ansioso de presentarme su informe. Lo leo y me doy cuenta de su escaso interés. Pero, ¿qué le digo? ¿Le diré que es un informe deleznable y que no sabe trabajar? Mejor me pongo en plan de coach y le hago todas las preguntas que se me ocurran sobre el documento hasta que él mismo se dé cuenta de sus múltiples carencias.

La jornada llega a su fin. Es el momento de evaluar el rendimiento de un empleado. Según todos los encargados anteriores a mí este empleado venía cumpliendo con las expectativas pero yo sé que decían esto para evitar problemas. A mí me toca decir cosas difíciles, reunirme con Recursos humanos, con el sindicato y con mi propio encargado. Tomo una decisión: voy a decir la verdad y a hacer frente a la borrasca. Con ello espero ayudar al empleado a afrontar la realidad y mejorar así el ambiente en la empresa.

Es, al fin, la hora de volver a casa. Me esperan unos compañeros para tomar juntos una cerveza y una ración de pizza en la cervecería de la esquina. Así podremos pasar un buen rato. Pero no. Voy a volver derecho a casa. Mi mujer me está esperando. Después de la cena me apetece leer el periódico del día. Pero mi mujer ha tenido un día difícil y necesita hablar. El periódico puede esperar para el día siguiente. Es la hora de irme a la cama si quiero levantarme a las cinco ¡Se me ha pasado el día! ¿Cuantas decisiones he debido tomar a lo largo de la jornada? ¿Cuántas tomamos todos cada día? He aquí el difícil arte de vivir.

Puede que esta historia no tenga nada que ver con el evangelio. O sí. Se trata de aquel relato que conocemos como el de las tentaciones de Jesús. Para la mayoría de los lectores, Jesús aparece, en este relato, como un héroe que resiste sin vacilar las insidias diabólicas. Pero, visto así, nos perdemos lo esencial: que Jesús ha vivido en su propia carne todas y cada una de nuestras tentaciones y se ha visto obligado a tomar cientos de decisiones a lo largo de su vida. Como yo. Como cualquiera de nosotros. Veámoslo más de cerca.

Jesús acaba de pasar por una experiencia religiosa muy intensa, la de su bautismo en el Jordán. Ha descubierto que Dios le ama de una manera única y que tiene una misión especial en el mundo. Siente, por ello, la necesidad de aislarse para estar listo. El evangelio nos habla de un ayuno de cuarenta días en el desierto. El ayuno es una manera de prepararse para la misión. Cuarenta es una cifra que, en la Antigüedad, expresa el tiempo necesario para alcanzar la madurez en la vida. Y el desierto alude a lo que debió de pasar el pueblo judío cuando se fue de Egipto camino de la tierra prometida. A sus tentaciones de volverse atrás y a aquellos días en los que se tambaleó su fe en Moisés y en Dios mismo. Tambien Jesús pasó, a su manera, por todo esto.

La palabra «diablo», en la lengua griega, hace referencia a un palo que se mete entre las ruedas para impedir su giro. Sugiere, pues, los múltiples obstáculos que se pueden interponer a una misión. Por eso a mí me gusta traducir la expresión «tentación diabólica por deseo contrario a la misión».

Las tres tentaciones podrían resumirse así:

«…si eres un hombre habitado por Dios de verdad, reza, sobre todo, por tus necesidades físicas esenciales, para que se vean satisfechas. Recuerda que necesitas sentirte importante y entrégate, pues, a tu ansia de controlarlo todo y ser alguien. Pídele a Dios que te haga como Él para que puedas verte libre del sufrimiento y de la muerte».

Ya sabemos cuál es la respuesta del evangelio, inspirada en el Antiguo Testamento: el ser humano necesita más que pan; necesita amar y ser amado. Y necesita encontrar el sentido último de su vida. Solo Dios es un absoluto y el ser humano debe, por ello, permanecer libre frente a todo lo demás. Nosotros no podemos controlar a Dios. No podemos obligarle a que nos ahorre las penurias propias del ser humano, en particular la de tener que hacer frente a nuestra propia muerte.

Todas las decisiones de Jesús han ido en este sentido. El pasó en la vida por lo mismo que nosotros ¡La Buena Noticia! La fuerza que fue desplegando a través de sus múltiples decisiones la ha puesto a nuestro alcance hoy para que el difícil arte de vivir pueda dar origen al ser humano renovado ¿El secreto? Basta con abrirnos simplemente al Espíritu cuya voz podemos escuchar ya dentro de nosotros.

André Gilbert

Trad. de V.M.P.

EL DIFÍCIL CAMINO PARA LLEGAR A UNO MISMO

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He aquí el contenido de un vídeo subido hace poco a Facebook por un seguidor del movimiento negacionista que grabó su enfrentamiento en la calle con el periodista de un gran rotativo, encargado de cubrir la información sobre las medidas sanitarias contra la Covid-19. Reproducimos aquí lo que le dijo el negacionista al periodista, sustituyendo con asteriscos las palabras malsonantes:

«Al * tu periódico de *, eres un * de periodista, si no dejas tu trabajo voy a ir a por ti, eres un * de la agenda globalista de *, por eso vas disfrazado…»



A la vista quedan todo el desprecio y la rabia que expresan estas palabras. No son nuevos, en absoluto. Lo que sucede es que los medios de comunicación social les han abierto el camino en democracia. Este mismo periodista recibía, tiempo atrás, un mensaje de texto con  las siguientes palabras:

«Tienes que pasarlo mal cuando arrancas tu coche cada mañana»

Estas palabras iban acompañadas con imágenes de pequeños explosivos. Muchas otras personas de la vida pública podrían aportar testimonios de intimidación parecidos ¿Qué significa todo esto?



Es desde este contexto cómo quiero acercarme al evangelio de Lucas. Recordemos que Jesús nos previene de juzgar a los demás, pues, como él mismo dice, «la medida que usemos la usarán con nosotros». A estas palabras del Maestro siguen unas imágenes a modo de parábola en el evangelio de Lucas. La primera de ellas es la de un ciego guiando a otro ciego. El resultado es catastrófico. Ciego es, en este contexto, el que juzga a otro, o sea, el que pretende guiarlo por el buen camino. La segunda imagen es la de la relación entre un discípulo y su maestro. El discípulo no está por encima de su maestro. Quiere decir esto que es un ciego. Un maestro deberá guiarle hasta que él mismo pueda convertirse, a su vez, en maestro o guía de los demás.



La tercera imagen intenta explicar en qué consiste la formación a la que deberá someterse el discípulo. No podemos juzgar sobre la mota en el ojo ajeno mientras no descubramos la viga que tapa nuestro propio ojo. Pero, ¿cómo descubrir la viga que tapa nuestro ojo? Una cuarta imagen nos da la respuesta: la imagen del árbol y su fruto. El fruto, que es el juicio, brota del árbol que es la persona. Así como un árbol da fruto diferente, según que sea bueno o malo, buenas personas serán las que juzgan bien y malas las que juzgan mal. La expresión esencial es aquí «el tesoro de su corazón». En la mentalidad judía el corazón es la sede de las emociones, las inclinaciones, la reflexión y la acción. Todas las conductas humanas dependen del corazón. Es en él donde encuentra su lugar la Palabra de Dios, capaz de transformarlo. Por eso cabe concluir: «de la abundancia de su corazón habla la boca de una persona».Todos los juicios sobre los demás son, pues, reflejo del corazón, es decir, del ser profundo de una persona.



Lucas ha juntado, en realidad, diversas palabras de Jesús. Pudo haberlas encontrado  en esa fuente común que los biblistas llaman «documento Q». También Mateo debió de conocer esa misma fuente. Es interesante notar cómo recurre Mateo a las mismas imágenes y expresiones pero dispersandolas a lo largo de su evangelio para poner de relieve otras cuestiones importantes. Lo que nos interesa ahora es lo que Lucas, como pastor, quiere hacernos comprender acerca de la palabra de Jesús: no podemos guiar de verdad a los demás -lo que supone emitir juicios- si no hemos puesto primero nuestra vida humildemente a la luz. Y esto solo es posible gracias a la transformación del corazón, un corazón capaz de ver las cosas como las ve  Dios. Solo así dejaremos de ser ciegos guiando a otros ciegos.



En el evangelio hay mucho más aun ¿Cómo poner nuestra vida a la luz? El evangelio nos habla de la relación entre un discípulo y su maestro y de cómo tiene que formarse un discípulo para llegar a ser como su maestro. Pero hay otra manera mucho más corriente de buscar la luz: ver la mota en el ojo ajeno. Vemos, sin duda , carencias en el otro. Sus diferencias nos ofenden, sus defectos nos irritan …su incomprensión nos frustra. Gracias a su diferencia nos damos cuenta de la nuestra. Gracias a sus carencias advertimos las nuestras. Gracias a la mota en su ojo vemos la viga en el nuestro. Con otras palabras, no podemos nacer a nosotros mismos sin alguna especie de conflicto. La vida de Jesús está marcada por una sucesión de conflictos. Su muerte en la cruz es consecuencia de su último conflicto, que se ha acabado convirtiendo en fuente de vida. El conflicto puede ser tanto fuente de muerte como de vida. Cada vez que tropiezo con una actitud o palabra que considero equivocada o, incluso, hiriente, ¿no debería ser mi primera reacción la de preguntarme si tal actitud o palabra no serán el reflejo de algo que hay también dentro de mí? Es el impacto del conflicto lo que me puede ayudar a evolucionar. Yo mismo soy el resultado de todos los conflictos que he vivido.  Cada vez que he tomado posición ante cada uno de ellos he ido dándome a conocer.

La palabra en la vida social es reveladora de nuestra humanidad. No siempre es agradable. Podríamos censurarla, por supuesto. Algunos estados totalitarios no dudan en hacerlo. Pero la censura, ¿no acaba fomentando la hipocresía, enmascarando la realidad de las cosas? No se deben permitir, desde luego, los mensajes que incitan al odio y cuanto pueda ser destructor para la sociedad. Pero el rostro de Jesús que nos muestra Lucas es el de un ser humano abierto al conflicto y dispuesto a aprender de él. Y el conflicto empieza con la palabra que pone de manifiesto la identidad de una persona. Es el punto de partida de todo encuentro, de toda transformación.



Hay que darle a la palabra toda la libertad posible para que pueda revelarse el corazón de cada uno y cada cual pueda elegir quién quiere ser.

André Gilbert

Trad. de V.M.P.

LA VIDA ES UN LARGO CAMINO

Versión audio de «La vida es un largo camino»


Él se llama Wang. Y ella, Sun Jing. Para poder sobrevivir, esta pareja ha tenido que dejar a su hija de dos años, Siting, en los brazos de su abuelo, el padre de Wang, y abandonar el pueblo, Dongfa, en su Manchuria natal. Desde allí se han trasladado a Dalian, quinientos kilómetros al sur: él, para trabajar en una mina de hierro, y ella en una fábrica de pescado procesado. Un salario de miseria por diez horas diarias de trabajo. Ella se queda a dormir en la fábrica. Él comparte con otros veinte empleados una vivienda de dos habitaciones. Ni una foto de su hija: se echaría a llorar si la tuviera. Una vez al año, la pareja regresa a Dongfa y entrega sus escasos ahorros al padre de Wang, para que puedan sobrevivir su hija y él. La niña se pregunta entonces quiénes son estos dos desconocidos. Y eso que se lo repiten: son papá y mamá.



La historia de esta pareja es como la de tantos miles de desplazados por los grandes movimientos de la economía mundial y las políticas nacionales. En todas estas gentes he pensado al recordar el evangelio:

«Dichosos los pobres, porque es vuestro el Reino de Dios»

Cuando la situación nos desborda, ¿qué nos queda sino este clamor por un futuro mejor?

Si no le prestamos la atención que merece, el pasaje lucano de las Bienaventuranzas puede acabar angustiandonos y culpabilizandonos:

«¡ay de vosotros, los ricos…!»

Es como si tuviéramos que sentirnos culpables por tener bienes y ser felices. O como si lo ideal fuera pasar hambre y estar tristes. Semejante interpretación carece, por completo, de sentido. El propio José de Arimatea, hombre de buena posición, es elogiado en los evangelios por su gesto de ofrecer a Jesús una sepultura ¿Cómo entender, entonces, las Bienaventuranzas?



La clave de interpretación es aquí una visión del ser humano como llamado a crecer sin límites. La vida es un movimiento incesante que solo se detiene con la muerte. Es propia de la vida una evolución sin pausa, una infinita capacidad de adaptación y de cambio hasta encontrar la respuesta adecuada. Y, una vez encontrada, la vida reanuda su marcha ante las nuevas preguntas que se le van planteando. La idea de la vida como un largo camino es importante en el evangelio de Lucas. En él vemos a Jesús de camino a Jerusalén durante diez capítulos (9, 51-18,14), mientras enseña a sus discípulos lo esencial de su doctrina.

¿Cuál es, entonces, el problema con las riquezas? Los bienes se vuelven un problema cuando detienen la evolución del ser humano haciéndole creer que ya lo tiene todo en la vida y que no necesita cambio alguno en torno suyo. Podemos recordar, en este punto, la historia de aquel joven rico que venía cumpliendo los mandamientos desde su infancia y que le preguntó a Jesús: ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna? Cuando Jesús le invitó a dar un paso al frente y a seguirle en su camino, el rico se desanimó, incapaz de dar el paso porque sus propias riquezas se lo impedían:

«¡Ay de los que ahora reís porque gemireis y llorareis!»

Pero no creamos que únicamente las riquezas pueden impedir la marcha hacia adelante y destruir la vida. También el miedo, de muchas maneras. Y la sed de poder. O el ansia de prestigio, tanto en el ámbito público como en el religioso:

«¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros…!»



¿Hay que bendecir, entonces, la pobreza? No necesariamente. Hay pobrezas que destruyen. Hay pobrezas que se transforman en rabia y amargura. Lo que hay que bendecir son las condiciones de vida que permiten vivir en plenitud y evitar todas aquellas ilusiones que acaban siendo trampas para los vivos. Hay que bendecir las condiciones que nos ayudan a seguir el camino y mantienen vivo nuestro anhelo de un mundo mejor. La pregunta es, pues: ¿en qué condiciones podemos seguir el camino? Por desgracia, a menudo cuando ya no tenemos nada que perder es cuando nos planteamos las verdaderas preguntas, dispuestos a dar pasos hacia adelante.

Es normal que un joven se ponga en camino hacia un mundo mejor. Jesús tenía treinta años cuando recorrió Palestina para hablarnos de un mundo mejor ¿Y nosotros? ¿Dónde estamos? ¿Somos capaces de acompañar a Wang y a Sun Jing? ¿Estamos en el camino de Jesús?

André Gilbert

Trad. de V.M.P.

CUESTIÓN DE COMUNICACIÓN

Aquí puedes escuchar la versión audio del texto


Cada vez que cuelgo el teléfono, después de hablar con mi madre un domingo a mediodía, suelo repetirme:

-bueno, ¡ya está! Hasta dentro de dos o tres semanas no volveré a llamarla.

Hablar con mi anciana madre, a punto de cumplir noventa años, me cuesta: repite siempre lo mismo, olvida todo lo que se le dice y cada vez sé menos de qué hablar con ella. Confinada en su residencia para personas mayores, es fácil comprender hasta qué punto se han reducido sus intereses. Por eso me pregunto cada día: ¿para que sirven unas conversaciones que acaban dando vueltas a lo mismo siempre?

Ya sé que mi madre espera estas llamadas. Mi sueño sería, sin embargo, muy otro: una conversación como la que tienen los amigos entre sí, cada vez que se abren uno al otro el corazón y se ponen a hablar sobre el misterio de la vida. Por desgracia, se abre un abismo entre nuestras generaciones y mundos respectivos. No hay posibilidad alguna de tal cosa.

Habrá muchos que estén pasando por una situación parecida a la mía. Es muy común en nuestros días. Habla de nuestra
dificultad para comunicarnos, sobre todo cuando la vida y las circunstancias de cada uno nos han llevado por caminos diferentes. A mí me sirve de contexto para leer de nuevo aquel pasaje del evangelio de Lucas que solemos conocer como el de la «pesca milagrosa». Antes de referirse a la pesca, el relato en cuestión pone el acento sobre la Palabra de Dios y la necesidad de comunicación.

El relato lucano discurre en dos momentos. El primero alude a la predicación de Jesús: desde la orilla del lago predica a la multitud; ésta le deja tan poco espacio que decide subirse a una barca para seguir predicando. El segundo momento es aquel en el que Jesús pide salir a pescar lago adentro. El resultado es extraordinario. Para el propio Jesús será la ocasión de invitar a Pedro a seguirle y ser así, con él, pescador de hombres. El enlace que mantiene unidos estos dos momentos del relato es la palabra: la pesca milagrosa es el reflejo de la predicación de Jesús, a quien Pedro, Santiago y Juan quedarán unidos. Hay en esta palabra algo mágico. Las gentes se sienten atraídas por Jesús y le buscan. La pesca abundante simboliza, a su vez, el éxito que llegarán a alcanzar los discípulos de Jesús cuando sean ellos los predicadores de su palabra.



Esta primera lectura del evangelio apenas llegará a despertar nuestro interés. Nos habla de un mundo maravilloso, nada que ver con el nuestro: si Jesús ha triunfado, mejor para él, y, si han triunfado también Simón, Santiago y Juan, mejor para ellos ¿Qué nos importa a nosotros? Solo si volvemos a leer un poco más a fondo este relato podremos entender mejor su sentido ¿Nos hemos preguntado alguna vez de qué podía hablar Jesús para atraer tanto a la gente? ¿De moral, acaso? En absoluto. Poco antes, Jesús había dado comienzo a su ministerio en la sinagoga de Nazareth leyendo de nuevo al profeta Isaías y anunciando que acababa de empezar un tiempo en el que los esclavos iban a quedar libres, los ciegos iban a ver, los oprimidos se verían liberados de su opresión y todos podrían disfrutar de un año de gracia ¿Cómo reaccionaría cualquiera de nosotros si oyera algo así? Ahora podemos comprender por qué la gente acabó acudiendo a Él en tropel, llevándole sus enfermos y endemoniados para que los sanara y dejara libres. Una palabra que devuelve la vida es capaz de poner en pie a la gente. Pero, ¿cómo tener una palabra que devuelva la vida?

Sigamos leyendo el evangelio. Ya conocemos la escena. Jesús le pide a Simón que lleve la barca lago adentro para echar las redes. Ya lo habían hecho, la noche anterior, Simón y sus compañeros, sin éxito alguno. Pero ahora llega un momento decisivo. Simón le dice a Jesús:

«Porque tú lo dices voy a echar las redes»

Lo que Simón quiere decir es, más o menos, esto:

«La experiencia me enseña que es inútil pero, ya que tú me lo pides y como yo creo en ti, voy a hacer lo que me pides»

Lo que sigue ya lo sabemos. Pero hay otro momento en el que vale la pena fijarse: el de la reacción de Simón:

«Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador»

No podemos entender esta reacción de Simón si no admitimos, como hacen muchos biblistas, que el contexto originario de este relato es el tiempo después de Pascua, esto es, después de que Simón haya renegado tres veces de Jesús. Dicho de otro modo, ¿cómo es posible que yo, siendo como soy el primero en faltarle el valor y en sucumbir a múltiples tentaciones, pues no soy nada parecido a un héroe, haya sido llamado a dar una palabra capaz de suscitar la vida? Y, si fuera al contrario…Por haber metido la pata una y otra vez, por haber llorado y haberme arrepentido después, es por lo que ahora puedo hablar de la vida y tener un corazón que late al ritmo de los demás.



Tras esta lectura, ¿no vemos ahora hasta qué punto el evangelio nos concierne directamente a nosotros? Todos sabemos, en el fondo, qué es lo que les da vida a los demás, estén cerca o lejos de nosotros. Por pura intuición sabemos todos lo que necesita cada uno. El evangelio nos enseña que es dando vida como ponemos en práctica el mensaje de Jesús. Pero hay un problema: no siempre vemos los frutos, como cuando echamos una red al mar; además, ¿quién soy yo para compararme con Jesús? Precisamente yo, cuya lista de errores en la vida no para de crecer…Aquí llegamos a un momento decisivo para nosotros: ¿estamos dispuestos a decir, como Simón: «porque tú me lo pides lo haré»? Yo no tengo la impresión de haber sacado gran cosa en limpio pero voy a mantener abierta la comunicación.

Para terminar, me gustaría volver a mis conversaciones con mi madre. Como la red que se echa a un mar desconocido, es casi imposible calcular por entero el fruto de una conversación ¿Y mi palabra? ¿Suscita de verdad la vida? ¡Quién lo sabe! Hay algo, sin embargo, de lo que puedo estar seguro: al aceptar estas conversaciones, la palabra me transforma a mí. No podemos suscitar la vida si no entramos primero nosotros en ella. Si, al menos, no tenemos fe.



André Gilbert

(trad. de V.M.P.)

CON OJOS HUMANOS

Versión audio de «Con ojos humanos»

Muchas veces pedimos a Dios ver las cosas con sus ojos. Quisiéramos verlas como las ve Él. Con los ojos de Dios y no con los nuestros. Pero, ¿nos hemos preguntado alguna vez si esto es realmente lo mejor para nosotros? En un poema religioso de Damaso Alonso hemos encontrado estos versos:

«Nosotros vemos la creación como hombres;
Dios solo como Dios.
Mas lo abismal es esto: que no puede
dejar de verla
como Dios»

Por eso, «para ver humanamente su Creación, necesita mirarla a través de mis ojos…». Y, si en el sentir del poeta, Dios necesita ojos humanos para ver su Creación, ¿no los voy a necesitar yo? Entre lo sublime y lo terrible, entre el Ángel y la bestia, ¿quién podrá reconocer a simple vista la marca que permite distinguirlos?

A lo largo de mi vida he escuchado a muchas personas, sincera y profundamente religiosas, poniendo a Dios por sujeto de sus propios pensamientos. No hablaban acerca de Dios. Hablaban, de alguna manera, en su nombre. Como si Dios hablase por su boca. O como si, en el fondo, ellos mismos fueran capaces de ver las cosas no ya con sus propios ojos sino con los ojos de Dios.

«¿Te has preguntado si Dios quiere esto o aquello de ti? ¿No es ésta la voluntad de Dios para ti? Dios quiere esto o aquello. Esta o aquella es la voluntad de Dios para mí…»

En forma de pregunta o de afirmación explícita, la superioridad de la voluntad divina sobre la humana es puesta de manifiesto. No se trata de mi ver o querer. Se trata de otra mirada y de otra voluntad que alguien, merced a un don o intuición singular, es capaz de manifestar.

Es lo que pasó en aquella sinagoga de Nazaret entre los paisanos de Jesús. Después de oírle decir «que hoy se estaba cumpliendo la Escritura que acababan de escuchar», empezaron a preguntarse unos a otros:

«¿No es éste el hijo de José?»

¿Cómo podía ser que su propio paisano hubiera tomado la palabra en la sinagoga con semejante autoridad? Vistas las cosas con los ojos de Dios, Jesús era un hombre cualquiera, alguien cuyo origen era sobradamente conocido entre sus propios paisanos ¿Cómo podía hablar un simple hombre como si fuera superior a todos los demás? El germen de la posterior acusación de blasfemia contra la persona de Jesús estaba sembrado.

De hecho, el germen va a germinar enseguida. Si los paisanos de Jesús veían las cosas con los ojos de Dios, Jesús las va a mirar con sus propios ojos. Va a mirar la creación humanamente. El escándalo no se hará esperar. Para el pueblo elegido, Dios es su Dios. Su pueblo es la niña de sus ojos. Ante unos ojos humanos, en cambio, lo primero no es Israel -la Iglesia en sus sacramentos, diríamos nosotros-. Lo primero, ante la mirada humana, es el sufrimiento, allí donde aparezca.

Por eso, cuando Jesús propone a la viuda de Sarepta, en tiempos del profeta Elías, o al sirio Naaman, en tiempos del profeta Eliseo, como elegidos por Dios los paisanos de Jesús rompen en cólera ¿Cómo va a elegir Dios a unos gentiles y los va a preferir a su pueblo elegido? Dios no puede contradecirse a sí mismo. Sus ojos están puestos en Israel y en nadie más.

Lo que los paisanos de Jesús no entienden es que los ojos de Dios, como dice el poeta, «necesitan de los nuestros para ver humanamente la Creación». Los ojos de Dios son también los ojos de su Hijo, hecho hombre por nosotros. Dios necesita de sus ojos. También nosotros necesitamos de los demás para ver y comprender mejor la realidad. Cuatro ojos ven más que dos. También nosotros necesitamos ojos humanos. Razón humana para comprender la Verdad revelada por la fe. Sin razón ni sentimientos humanos, la fe se queda ciega, aparecen las tinieblas de los fundamentalismos y los hombres empiezan a confundir sus opiniones con dogmas.

Si Dios necesita de unos ojos humanos para ver humanamente su creación, ¿no los vamos a necesitar nosotros?

Texto escrito por V.M.P.

VOLVER, SIEMPRE VOLVER

Versión audio de «Volver, siempre volver»

Yo he vuelto. Quiero decir que, cuando ya no sabía a dónde ir, qué rumbo tomar en la vida, comprendí que me quedaba una oportunidad: volver a la tierra de mis padres. No ya a la ciudad donde me nacieron y criaron sino a los lugares donde nacieron y se criaron ellos. Así, mi viaje sería un regreso.

A una ciudad no se vuelve porque no se ha ido nadie de ella. Las ciudades son indiferentes a los que vienen o van. Cuando uno se va, no se va sin ella. Cuando uno vuelve, siente que no se ha ido nunca del todo. La ciudad ni despide ni recibe. Está ahí siempre: ensimismada en sus prisas y artificios, en sus calles antiguas y sus anchas avenidas.

Igrexa de Santiago de Silva ( Pol – Lugo)

No en vano suele decir «mi pueblo» el que lo tiene. El que no tiene pueblo por ser de ciudad no dice «mi ciudad» con el mismo amor de quien ha nacido en un pueblo. Como Jesús, el nazareno. Lucas dice de él que volvió

«al lugar donde se había criado».

Nazaret no es Jerusalén. Ni Seforis o Tiberiades. Las ciudades se recomiendan a sí mismas. A nadie echan de menos.

Los pueblos y lugares como Nazaret siguen, en cambio, dentro de quienes un día se fueron y regresaron a ellos con el tiempo. Sin ellos se quedan un poco más vacíos. Con ellos de vuelta se llenan de alegría.

Cuando Jesús entró en la sinagoga de Nazaret según su costumbre,

«se puso en pie para leer y se le entregó el libro del profeta Isaías…»

No se le dio. Se le entregó para que lo leyera en voz alta. No es lo mismo dar que entregar. Uno puede disponer de aquello que se le da. De lo que se le entrega, en cambio, no puede disponer. Entregar es confiar algo valioso, no solo para el que lo recibe sino también para los demás. A Jesús no se le da el libro sagrado. Se le entrega para que los demás puedan escucharlo en su voz. Es suya la voz, no la Palabra. Pero, al darle voz, los oyentes descubren algo inesperado: de Jesús es la voz y también la Palabra. Es la Palabra misma la que habla en boca de Jesús.

«Los ojos de todos en la sinagoga se quedaron fijos en Él»

El descubrimiento inesperado de los oyentes obra su efecto. La Palabra de Dios siempre había sido la Palabra de Dios. Nunca se había escuchado así. Nunca había sido la palabra de un ser humano cualquiera. Más que entregada, era ahora una palabra dada. Era la palabra que se da al que necesita solo eso, nada más y nada menos que una palabra de aliento, de gracia, de esperanza.

Una sola palabra es todo lo que necesitamos para sanar. Lo sabía el centurión que tenía enfermo a su criado. Lo saben también los oyentes de Jesús en la sinagoga de Nazaret. En la voz y en la persona del Hijo de Dios la Palabra divina se hace palabra humana. La Palabra que se entregaba en la sinagoga para que todos la escucharan se empieza a dar a cada uno para que sane y recobre las ganas de vivir. Verdaderamente escuchamos en labios de Jesús:

«Hoy se ha cumplido esta Palabra que acabais de oír».

Se ha cumplido no en Jerusalén, la ciudad indiferente y populosa, sino en Nazaret, el pueblo que se llena de alegría a la vuelta de Jesús. Cuando uno ya no sabe qué rumbo tomar en la vida, que regrese como yo he hecho. Es acaso la única manera de salir adelante. Hay que volver con Jesús a Nazaret. Volver, siempre volver.

Texto escrito por V.M.P

FIRMEZA Y SUAVIDAD

Versión audio de Firmeza y suavidad

Siempre he pensado que firmeza y suavidad se necesitan. Que la firmeza sin clemencia es dureza. Y la suavidad sin vigor, una solemne tontería. Por eso el arte de mandar es la habilidad de combinarlas en la justa medida: una parte de rigor y dos de calma, o al revés según el caso. Manda el humilde, el que vale para servir.

Ahora pienso, sin embargo, que no se han de alternar sino de conjugar. En la firmeza misma no ha de faltar la suavidad ni en ésta, a su vez, aquélla. Los contrarios no alternan: se transforman. La indulgencia transforma la firmeza y ésta, a su vez, la suavidad: ambas salen ganando. El agua se transforma en vino y el vino llena las tinajas para el agua en las bodas de Cana.

Vemos allí el agua fría, alojada en grandes tinajas de piedra. Difícil encontrar más clara imagen de una firmeza dura y fría que sirve para purificarse pero no para entregarse. Para cumplir con un rito pero no para llenarlo de sentido. Para sentirse puro pero no tierno. El milagro de Jesús sobre el agua de aquellas tinajas en la vida de unos hombres que se han quedado sin vino cuando más lo necesitan es un signo. El vino no baja del cielo. Transforma el agua. Convierte el rito en una fiesta.

«La madre de Jesús estaba allí…», nos dice el evangelio. Como el agua en las tinajas de piedra. Como los novios que se han quedado sin vino el día más dichoso de sus vidas. Eche o que hai, dirá el gallego. Es lo que hay. El jarro de agua fría o el golpe donde más duele. La vida es así y el rito, hecho sin ansia, nos lo recuerda. Es agua que corre por el río del vivir.

Pero Jesús y sus discípulos son invitados a la boda. Habría otros muchos. Solo de Jesús y los suyos se dice abiertamente que fueron invitados, «llamados», al acontecimiento. Y, si fueron llamados, fueron, sin duda, esperados. En medio de los imprevistos de la vida, capaces de cambiarla en un momento, no debía faltar la esperanza. Esperar el día de la boda y que no faltaran a ella los invitados más queridos, ¿no era lo mejor que podían hacer?

«No tienen vino», le dice a Jesús su madre. Es lo que dice el que espera un milagro antes de resignarse a no esperarlo. El que no sabe qué hacer y callar tampoco. Porque no se puede hacer nada. Manda el que vale, pero no para mandar sino para servir. Y, cuando no se puede hacer nada, es la hora de servir. No es la hora de reinar, como piensa la madre de Jesús:

«aun no ha llegado mi hora»

Aun no ha llegado la hora de Jesús. Es el tiempo de servir y acompañar. El tiempo de estar allí donde nos necesitan o nos esperan. De transformar el agua en vino, el rito en fiesta, los sinsabores de la vida en signos para la esperanza, el rigor en suavidad consoladora. Porque el vino bueno lo reserva Jesús para el final. No se sirve al principio del banquete como los discursos o las promesas que no se piensan cumplir. El vino bueno se reserva para ese momento en el que no se puede hacer nada. Es entonces cuando firmeza y suavidad se necesitan.

Texto escrito por V.M.P.