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LO BUENO, SI BREVE…

Cuando Jesús le preguntó a Felipe de dónde iban a sacar pan para dar de comer a tanta gente, ¿qué fue lo que éste le respondió? Que hacía falta mucho pan para alimentar a tantos. Felipe no vio personas. Vio su número. El número o el tamaño: he aquí dos atractivos esenciales que el mundo puede alcanzar. Cuanto más mejor. Lo bueno no es lo valioso sino lo mucho. Lo poco o lo pequeño carecen de valor. Cuando Andrés, hermano de Simón, se encontró con aquel pequeño que tenía entre sus manos cinco panes y dos peces, ¿cuál fue su reacción?: de escepticismo – “¿qué es esto para tantos?”-. Cinco panes y dos peces eran muy poca cosa, claro está. Pero lo cierto es que no fueron necesarios los doscientos denarios de pan -según los cálculos de Felipe- para dar de comer a tanta gente. Bastaron, para ello, aquellos pocos panes y peces que un niño pequeño apareció de pronto sosteniendo entre sus manos. Cuando no confundimos lo bueno con lo mucho o lo grande ni reducimos las personas a medios o a números, entonces se nos abren los ojos y alcanzamos la visión plena de las cosas. Cada uno de nosotros vive en ese niño pequeño que aparece de pronto. Para el mundo, que es tarea infinita, es muy poca cosa. Pero, con sus cinco panes y sus dos peces, Cristo va a instituir su Eucaristía, Sacramento para la salvación del mundo.

Texto escrito por V.M.P.

MADUREZ O INMADUREZ EN LA FE

Hace algunos años un grupo de cristianos, movidos por su fervor católico, se congregaron  en la región de Nueva York para rezar ante una figura de María y esperar signos del cielo. Estos signos podrían aparecer en formas diversas: un repentino olor a rosas o el propio sol, que brillaba de pronto con extraña luz. Cosas como éstas me mueven a reflexionar sobre la fe y a plantearme la cuestión: ¿cómo distinguir la fe verdadera de la fe mágica? ¿Cómo se distancia la fe genuina de esa fe ingenua cuyo eco llega hasta nosotros desde los recientes conflictos que han tenido como escenario el Oriente Próximo, donde cada una de las partes enfrentadas invocaba la protección del mismo Dios? Es desde este contexto cómo me gustaría volver a leer el evangelio de Marcos.

Todos recordamos la escena en la que vemos a Jesús alimentando a cinco mil personas con tan solo cinco panes y dos peces. Si estamos familiarizados con el mundo del Antiguo Testamento, sabremos ya que esta escena se inspira en el relato del profeta Eliseo -libro de los Reyes-, según el cual éste da de comer a cien personas con veinte panes. Pero el evangelista concluye su relato hablando de un “signo” ¿Signo de qué?


Un signo es como un dedo que apunta a la luna: es la luna lo que hay que mirar, no el dedo  ¿En qué sentido apunta nuestro relato? Fijémonos en los símbolos.

Jesús toma asiento en lo alto de una montaña, exactamente igual que un maestro cuando se dispone a impartir su enseñanza. Después, toma un pan entre sus manos, pronuncia la acción de gracias y lo reparte entre la gente. Este gesto nos evoca claramente la Eucaristía y el pan bendecido y repartido. Nos remite también a sus enseñanzas: no solo a lo que ha enseñado de palabra sino con su vida entera. Así lo han entendido cuantos han comido con Él, pues tienen a Jesús por un profeta, más en concreto, por el nuevo Moisés anunciado por Dios en una nueva revelación.

Todo apunta a una escena enteramente cristiana: tras el paso por el agua del bautismo (el paso a la otra orilla del mar de Galilea), el creyente que soy yo, curado de su enfermedad,    se alimenta con la palabra de Jesús Resucitado, que es de hecho toda su persona, y puede comer cuanto quiera, en la medida que sea capaz de asimilarla. He aquí la Eucaristía. Pero este relato nos enseña mucho más aun.

Recordemos cómo alimenta Dios a su pueblo al salir de Egipto. La gente tuvo que comer de pie y aprisa. En el desierto el alimento cayó del cielo, en forma de maná. En el relato de Juan sucede todo lo contrario: el alimento no viene del cielo, como para darnos a entender que Dios ya no habla a través de quienes creen tener contacto directo con la divinidad. Dios habla ahora a través de las cosas más sencillas de la vida: un niño con un pan en sus manos, por ejemplo. Ya no hay que comer de pie. La gente toma asiento sobre la hierba tranquilamente y se pone a comer sin prisa, como en una fiesta o en una jira campestre. Esto es lo que Dios quiere.

¿Qué quiere decir todo esto? No es en el cielo o en los fenómenos extraordinarios donde podemos encontrar un signo de Cristo. Los panes y los peces que un niño tiene entre sus manos, es decir, mi vida misma, sencilla y cotidiana, basta para alimentar a muchos. Pero ¿cómo puede ser mi vida alimento para los demás? Es la pregunta de Felipe en el evangelio. Nuestra pregunta podría ser: ahora que soy mayor o estoy enfermo, o aislado en un lugar remoto, o sin formación ni títulos, ¿cómo puedo aportar algo a los demás? Cada uno tiene su propia manera de hacerse esta pregunta. El evangelista responde: mira el mundo con los ojos de la fe, porque la fe es una manera de ver lo invisible y decir: “te doy gracias, Señor, por mi vida en el día de hoy, pues, aunque soy mayor y me fallan las fuerzas,  sé que por ella haces maravillas aunque yo no pueda verlas.


Una última pregunta ¿Cómo distinguir una fe inmadura de otra que no lo es? La madurez es la capacidad de evolucionar constantemente, de estar aprendiendo siempre. Fijémonos en Jesús. Un día tiene delante a los enfermos, otro, a los hambrientos. Por eso la gente no se pone de acuerdo cuando se pregunta quién es Jesús: ¿un sanador?, ¿un profeta?, ¿un rey? No consiguen identificarle. Por eso pretender saber quién es Dios y qué es lo quiere de una vez por todas revela inmadurez, la propia de quien se queda estancado en el pasado y no quiere seguir evolucionando. Creer es decir: “Señor, yo acepto mi vida tal como es hoy, sin nostalgia del pasado y doy sin esperar nada a cambio. A ti te toca trazar mi camino, pues yo estoy dispuesto a seguirlo hasta mi último suspiro”. 

Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P.

NO ME MUEVE EL MUNDO

El mundo, a los ojos de cualquier ser humano, es tarea y mucha. Por algo nos acaba moviendo a hacer lo que no podemos, a decir lo que no queremos y a dar lo que no tenemos. En torno a Jesús y a sus discípulos “eran tantos los que iban y venían que ni para comer tenían tiempo” (Mc 6, 31). Jesús les invitó a embarcarse con él rumbo a un lugar apartado. Pero la gente les fue siguiendo y, cuando desembarcaron, se encontraron con una gran muchedumbre. Fue entonces cuando Jesús dio lo que tenía, cuando puso cerco al mundo como quien fija un límite a la mano que se alarga hasta alcanzar lo vedado: no debemos dar lo que no tenemos ni hacer lo que no podemos ni decir lo que no sentimos. El evangelista, para subrayar que no era el mundo lo que movía a Jesús, nos dice que “se conmovió”. Se conmovió por dentro ante la muchedumbre “porque eran como ovejas sin pastor”. He aquí al buen pastor: el que da lo que tiene. No le mueve el mundo a dar lo que no tiene. El mundo es tarea y mucha. Se conmueve él por dentro. Antes de empezar la tarea, ya se ha dado a sí mismo por entero. Sin hacer ni decir nada. Basta una mirada al otro para salvarle. El resto es, a veces, estorbo.

Texto escrito por V.M.P

¿COMO SEÑALAR EL NORTE?

Hace poco nos enteramos de que una mujer musulmana, elegida como diputada en las elecciones legislativas celebradas en Palestina, salía en defensa de la poligamia. El amor, según ella, estaba hecho de sacrificios y ella era la primera en sacrificarse al compartir su marido con otra mujer mucho más joven, tanto que bien hubiera podido ser su madre.

A muchos nos deja perplejos semejante idea del amor, así como su puesta en práctica. Entre cuantos estamos en el extremo opuesto del espectro, si pensamos en esta mujer, podemos encontrar, sin embargo, cosas como los clubes de intercambio. Son sitios donde ciertas personas, sin compromiso ni obligación alguna, buscan dar un poco de chispa a su relación de pareja ¿Cómo darle a la vida una orientación realmente liberadora? Es desde este contexto como escucho yo el evangelio: “Jesús vio una muchedumbre inmensa y sintió compasión de todos ellos porque andaban como ovejas sin pastor; se puso, entonces, a enseñarles muchas cosas”

Cabe situar este pasaje evangélico en el contexto del envío misional por parte de Jesús a sus discípulos. Les envía a predicar y a curar a los enfermos. Ser enviado en misión significa ser llamado a dar, tanto en el sentido espiritual como en el físico. Ahora bien, ¿qué significa, en concreto, “dar”? ¿Cómo puede uno dar? ¿Cómo puede uno enseñar algo a personas desconcertadas, en búsqueda, sedientas de amor y de luz? Acerquémonos un poco más a este pasaje.

Los apóstoles enviados en misión se agrupan en torno a Jesús ¿Qué hace Él entonces? Les dice:“Venid vosotros y retiraos conmigo en un lugar apartado para descansar un poco”Se apartan, pues, de la gente para volver a encontrarse entre ellos ¿Por qué? La respuesta es sencilla: nadie puede darse a los demás si primero no se ha dado tiempo para encontrarse consigo mismo.

El simbolismo de la barca y el lugar apartado nos remite a nuestro propio caminar por la vida, a ese largo viaje que hemos aceptado emprender para entrar en nosotros mismos y descubrir, así, quiénes somos realmente. No podemos emprender ese viaje sin “descansar”, es decir, sin tomar distancia de este mundo que nos asalta diciéndonos: “¡vete a la derecha, vete a la izquierda!”. El mundo que nos asalta es tanto el de las prohibiciones religiosas como el de las ideas de moda. Este largo viaje hacia uno mismo es esencial porque nadie puede dar lo que no tiene ni señalar el norte si no lo ha encontrado primero por sí mismo. Si no aceptamos este viaje, no haremos otra cosa que reeditar nuestro superyo individual, familiar o colectivo. Lo único que sabremos transmitir a los demás, una y otra vez, serán principios rígidos o ideas de moda. Adoctrinaremos o culpabilizaremos: nunca llegaremos a liberar realmente a nadie.

Nuestro evangelio no habla de este viaje como de un viaje en solitario sino con otros, en torno a Jesús, que se presenta a sí mismo como el buen pastor. La fraternidad, el calor y apoyo de los demás son esenciales para este viaje. Yo necesito sus ojos, necesito su eco, necesito su paciencia y necesito también su ternura. Como cristiano, necesito saberme además precedido por Uno que ha caminado durante más de treinta años por su lugar de Galilea antes de tomar la palabra en público: Jesús de Nazaret, el mismo que me sigue acompañando hoy.

¿Qué sucede, pues, en ese lugar apartado al que Jesús se retira con sus discípulos? Es allí donde se vuelven a encontrar con la gente. Cuando he acertado a tomar el rumbo hacia mí mismo y he decidido llegar hasta el final, soy capaz, entonces, de encontrarme con los otros y de verles entendiendo a fondo lo que viven:”Jesús vio una muchedumbre inmensa y sintió compasión de todos ellos…”

Cuando he llegado a afianzar mi identidad y a saber decir dónde está el norte para mí, estoy en condiciones de guiar a los demás:”Jesús se puso a enseñarles con calma a todas esas gentes que andaban como ovejas sin pastor”

Cuando he llegado a encontrarme conmigo mismo, puedo dar: es así como a nuestro pasaje evangélico le sigue otro en el que vemos a Jesús y a sus discípulos dando de comer a cinco mil personas.

En mi ambiente de trabajo convivo con musulmanes y con budistas, con cristianos que asisten al culto y con otros que no. Y me siento llamado a ayudarles a todos a encontrar su propio norte, según el lugar donde se encuentren. Pero lo primero para mí es encontrar un lugar donde pueda sumergirme en mis raíces, bien sea la vida de pareja o la comunidad ¿Seré capaz de encontrar un lugar así?

Texto original de André Gilbert y traducido por V.M.P

DESCUBRIR NUESTRA MISIÓN EN LA VIDA

Aun recuerdo cuándo se puso en marcha el año de pastoral en mi parroquia, hace ya algunos años. La comisión de pastoral había preparado una gran pancarta en la que se podía leer: “nuestra misión es anunciar a Jesucristo al mundo de hoy” ¡Misión inmensa! Una definición como ésta se mantiene a un nivel tan estratosférico que puede valer para todo y para nada al mismo tiempo. Personalmente me sentiría un poco incómodo si tuviera que proyectar en ella mi propia vida.

Y, sin embargo, lo cierto es que las misiones son algo a lo que estoy acostumbrado. En mis ámbitos de trabajo administrativo, cada ministerio, cada departamento, cada sección, tiene su misión, que gira, más o menos, en torno al servicio a los ciudadanos y a la aplicación equitativa de la ley. Los centros de enseñanza tienen su misión. Los medios de comunicación como la radio, la televisión, los periódicos, las revistas, presumen de tener también una misión. La tradición cristiana no tiene ya el monopolio del lenguaje sobre la misión. Pero ¿cómo entender su misión en contraste con las demás?

Me gustaría sumergirme ahora de nuevo en aquel relato de Marcos que presenta a Jesús enviando a sus discípulos en misión ¿En qué consiste esta misión? A primera vista, no hay modo de saberlo. Jesús da sencillamente a los suyos la capacidad de apaciguar a los “espíritus perturbadores” (como podríamos traducir el sentido de la voz hebrea “impuro”, esto es, que se sustrae a la normalidad y a un cierto orden), sin añadir nada más. Cuando uno conoce el evangelio de Marcos, adivina enseguida que se trata, en él, de continuar la tarea de Jesús: su muerte se perfila en el horizonte cuando leemos el relato que sigue, el de la muerte de Juan el Bautista. El rostro de Jesús que nos presenta Marcos es el de un hombre de acción, que ha invitado a la gente a cambiar de vida porque el mundo de Dios está más cerca que antes y que no ha cejado en su empeño por transformar a sus semejantes en todos los sentidos: físico, psíquico y espiritual. Ahora bien, ¿qué hacen los doce para responder a la misión que Jesús les ha confiado? Instan a la gente a cambiar de vida, liberándola de sus pulsiones dañinas (enfermedades psíquicas o mentales) y curando a los enfermos (enfermedades físicas) con el aceite de la unción.

A la vista de este relato, ¿cómo definir la misión cristiana en general y la de cada uno de nosotros, en particular? A mí me parece que no podemos “inventarnos” una misión, por más noble que pueda parecernos, tal como “anunciar a Jesucristo”. Lo único que debemos hacer, en realidad, es “descubrir” nuestra misión. De hecho, el evangelio nos dice: Jesús convocó a los doce y empezó a enviarlos en misión…No se trata, entonces, de una iniciativa por parte de los discípulos. He aquí, pues, el origen de mis interrogantes y de una cierta tensión, a veces: “¿a qué me siento llamado…qué es lo que Dios espera de mí?

El relato me da una pista acerca de mi propia misión: Jesús les dio lo necesario para apaciguar a los espíritus perturbadores…, esto es, la capacidad de encauzar todas aquellas energías que pervierten o desvían al ser humano. Soy llamado solo allí donde tengo la capacidad de actuar: mi misión está en función de lo que yo soy y puedo ofrecer. Y aquí se plantea la pregunta: “¿quién soy yo y qué es lo que puedo ofrecer?”.

Cuando alguien me dice: “¡es increíble, pareces tan apasionado por lo que haces que se te ve radiante!” yo sé muy bien que estoy allí donde me siento llamado. Todo lo que hago con naturalidad es también mi propia misión: me toca, pues, a mí descubrir su sentido espiritual. Y esto me recuerda, por cierto, las imágenes de Pablo de Tarso: ¡qué fuerza, qué ardor, qué amor, qué pasión en todo lo que emprende! Hay que contar, desde luego, con horas sombrías, con momentos difíciles…Cuando mi madre andaba preocupada por uno de mis hermanos, que estaba enfermo, y no podía dormir por la noche, ¿le impedía esto a ella sentir hasta qué punto su vida seguía teniendo un sentido y no la cambiaría por nada? Algunas veces me pesa el trabajo y me aplasta la masa de mis planes y responsabilidades. Y, no obstante, saber que mi presencia y mi quehacer ponen en camino a personas como Mario, John, Gino, Kassen, Paul, me hace olvidar mi cansancio y me trae una paz profunda.

Como todos los que han rebasado ya la cincuentena, sé que llegará un día en que los múltiples compromisos sociales y el trabajo remunerado serán cosas del pasado. Y, sin embargo, vivo convencido de que mi misión no está en función de mi lista de actividades.

Cuando ya no pueda ayudar a los demás con mis conocimientos o competencias y sea, en cambio, yo quien necesite ayuda, entonces recordaré a mis hermanos y hermanas que la vida es, ante todo, pura gratuidad, como un recién nacido, que solo sabe agitar sus manos y sus pies.

¿Misión del cristiano? ¿Misión del musulmán? ¿Misión del agnóstico? Mi respuesta a todas estas preguntas es “sí”. Pero yo sé que lo mío es continuar la tarea comenzada por Jesús cada vez que alimento e intento curar y es esto lo que le da a mi vida todo su sentido. Sé también que, a través de mis acciones más sencillas, se perfila un misterio más grande que yo ¡Y esto me da vida!¿Concierne la misión únicamente al mundo que llamamos “profano”?

Ayer mismo por la tarde me telefoneaba un cura de parroquia para contarme lo angustiado que estaba ante un grupo de sacerdotes que no quería saber nada del proyecto previsto para reorganizar la misión. Cuando uno siente, por ejemplo, el vacío de la palabra en tantas celebraciones, ¿no percibe una llamada misional a los cristianos para que tomen, ellos mismos, la palabra?

Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P

EL MISTERIO DE LA VIDA ORDINARIA

Recuerdo que, en una ocasión, recibí en mi despacho a una persona dispuesta a hacerme algunas preguntas. Sabía que yo era biblista y deseaba ardientemente que le diera a conocer los escritos secretos de Jesús, que la Iglesia mantenía ocultos. Era un rosacruz, miembro de esa orden cristiana hermética cuyos orígenes se remontan al siglo XVII. Se quedó decepcionado al enterarse, por mí, de que semejantes escritos nunca habían existido. Años después, en Alemania, mi profesor de alemán en la universidad de Munich me invitó a pasar una tarde en su casa tras enterarse de que yo era biblista. También él pretendía que le hablase acerca de ciertos escritos secretos, ajenos al Nuevo Testamento, que vendrían a desvelar la clave oculta de la vida. Era un asiduo de la meditación que regresaba de California y frecuentaba grupos esotéricos. Yo le hablé un poco sobre los escritos apócrifos, insistiendo, eso sí, en que eran textos de carácter fantasioso, sin el menor valor de realidad. Lo que me sorprendió, en estas dos ocasiones, fue constatar, entre algunos, la convicción de que, en algún lugar, existía un saber capaz de trasladarnos a una vida diferente y reservada a iniciados. Y aquí se plantean dos cuestiones: para dar con la clave de la vida, ¿hace falta un saber especial?, y también ¿es cierto que este saber no está al alcance sino de un reducido grupo de personas?

Me parece que el evangelio da respuesta a ambas preguntas. Recordemos la escena. Jesús regresa al lugar donde se ha criado y trabajado de carpintero, seguramente como su padre. Un carpintero de aquella época no hacía lo mismo que uno de hoy. El oficio de entonces se desempeñaba en muchas tareas: levantar vigas para sostener el techo de las casas de piedra, fabricar puertas y marcos de puertas, travesaños de ventanas, muebles tales como camas, mesas o bancos así como alacenas, baúles o cajas. Justino mártir aseguraba que Jesús había fabricado también arados y yugos para los animales de trabajo. La práctica de este oficio requería una cierta destreza y fuerza física, lo que nos aleja de aquella imagen de niño inocente y enclenque que la piedad nos ha dejado de Jesús. Este carpintero toma la palabra en la sinagoga y su enseñanza llama la atención ¿No parece normal que se diga de él: por quién se tiene? Tiene también fama de sanador ¿No es normal que se diga de él otra vez: cómo es esto posible? Si es nuestro vecino, si la suya es una familia sin historia y son conocidos de toda la vida su madre, sus hermanos y hermanas todos…

Pero hagamos un alto aquí. Es importante superar un esquema vigente entre muchas personas piadosas que suelen decir: al fin y al cabo Jesús era Hijo de Dios; es normal, pues, que enseñe y haga milagros. Una opinión como ésta contradice hasta el fondo el misterio de la Encarnación. Como dice claramente el himno a los filipenses: “Jesús se hizo semejante a los hombres, presentándose como un ser humano cualquiera”(Flp 2, 7). Y lo natural para un ser humano es aprender, aprender de sus propias experiencias y errores,   aprender escuchando a los demás y abriéndose a los acontecimientos ¿Cómo podría ser de otra manera en el caso de Jesús?  Así, el Jesús que vuelve a Nazareth es el mismo que ha venido creciendo como ser humano gracias a su oficio de carpintero artesano. El que ha escuchado los consejos de su padre y su madre, atento siempre a los pequeños acontecimientos de la vida ordinaria (por ejemplo, Lc, 8: “¿cuál es la mujer que, si tiene diez dracmas y pierde una, no enciende una lámpara, barre su casa y se pone a buscar hasta dar con ella?”. El que ha convivido con sus hermanos y hermanas (los mejores biblistas coinciden hoy en señalar que Jesús debió de tener, al menos, seis hermanos y hermanas), el observador atento de la naturaleza (buena parte de sus parábolas tiene su origen en la observación de la naturaleza: el sembrador, el grano de mostaza, los lirios del campo y las aves del cielo, la pesca y selección de los peces), el que ha estado al tanto de las noticias diarias (recordar, por ejemplo, su mención de las dieciocho personas que perdieron la vida al caer sobre ellas la torre de Siloé, Lc 13, 4). He aquí, pues, al hombre cuya sabiduría asombra a la gente de Nazareth. Su sabiduría es, en realidad, el mensaje mismo de los evangelios.

En el fondo, ¿por qué le asombra a la gente la persona de Jesús? Si hubiera venido de Roma o de Atenas o si hubiera sido un fariseo de prestigio en Jerusalén como Gamaliel, a la gente le asombraría menos ¿Por qué? Hay una manera de entender la vida según la cual el secreto de la existencia se halla fuera de uno mismo y es casi inalcanzable. Solo una élite formada por personas muy especiales y dispersas por el mundo puede revelárnoslo. Solo algunos, que se presentan como gurús,  tienen oídos para él. Pues bien: esto es justamente lo que denuncia el evangelio. La gente de Nazareth buscaba un gurú y fue el carpintero de la esquina de la calle lo que se encontró.

A mi parecer, hay una cierta ceguera en querer buscar la luz en escritos secretos o esotéricos.  Es querer buscar lejos lo que está cerca. Hay una frase del dominico Marie-Dominique Chenu, experto en el Concilio Vaticano II, que me acompaña sin cesar: “Jesús ha venido a santificar el mundo, no a sacralizarlo”. En otras palabras, Jesús ha revelado que es, sobre todo, en el corazón de la vida ordinaria donde Dios sale a nuestro encuentro, antes que en los santuarios, los templos o las iglesias.

La vida ordinaria nos ofrece todo lo necesario para que podamos descubrir la clave de la existencia. Es ella misma el misterio profundo que se da a conocer a quien se toma su tiempo para acogerlo. Tiene el poder de transformarnos, como transformó a Jesús. Es el maestro que puede hacernos sabios y llenarnos de vida. Y es en ella donde descubrimos a Dios, no en el cielo. Con ella no hacen falta escritos secretos.

Texto original de André Gilbert y traducido por V.M.P

UNA ENERGÍA INCREÍBLE CONTRA EL DESTINO

Quedé impresionado recientemente al leer el testimonio de unos profesores en un liceo de las afueras de París. Me recordó al de los educadores en ciertos colegios públicos de ambientes desfavorecidos. Se tienen que hacer violencia. Durante una hora de clase a duras penas consiguen enseñar quince minutos. Acudir al aula es, para ellos, como entrar en una jaula de leones. No me sorprende, pues, la cantidad de enseñantes que acaban causando baja por depresión. Lo que me sorprende es que sigan queriendo dar clase ¿Por qué? Necesitan su salario, por supuesto. Pero, ¿no habrá nada más? ¿no habrá, en ellos, algo que puede asomarnos al evangelio?



El evangelio nos ofrece dos relatos entramados. El de la mujer que sufre hemorragias es el más importante y explica el resto. Lleva doce años luchando por su salud. Ha gastado en ello todos sus recursos. Sus ganas de vivir, propias de quien no se resigna a una vida menguada en sus posibilidades, son tan fuertes que le ayudan a superar el miedo y salir al encuentro de Jesús, logrando romper el muro que la multitud ha levantado en torno a Él. Según el evangelista, Jesús sintió que salía de él una energía increíble. El texto griego emplea la palabra “dynamis”, étimo de palabras como “dinamismo” o “dinamita”. Las biblias suelen traducirla por “fuerza”, “poder” o “milagro”, tal vez. Yo prefiero esta traducción: “energía increíble”. Para esta mujer será su segundo nacimiento, el que ella misma tendrá la oportunidad de elegir y preparar. Hablar de energía es una manera de hablar de la fe. No es sino a esta luz cómo podemos acercarnos al segundo relato, el de la curación de la hija de Jairo.



La manera que tiene Marcos de contárnoslo y los símbolos que emplea ponen de manifiesto que está describiendo la situación del creyente. La casa en la que Jesús entra es la Iglesia. Y entran con él, acompañándole, los pilares de la fe, que son Pedro, Santiago y Juan, así como los familiares más íntimos de la niña. Es la fe lo que nos acerca a esta niña. Los incrédulos, los que se burlan de Jesús, no son invitados a entrar. Para describir, según el texto griego, el gesto de Jesús al tomar la mano de la niña y ayudarla a levantarse, se utilizan las mismas palabras que aparecen en el relato de la Resurrección. Y, cuando Jesús manda dar de comer a la niña, no sucede otra cosa que lo que celebramos en la Eucaristía después del Bautismo. Por el bautismo pasamos de la muerte a la vida, resucitamos con Cristo y nos sentamos a la mesa de los creyentes con Él. La clave tanto de este relato como del anterior es la misma: es la increíble energía desplegada por la fe de cada uno lo que hace posible el paso de un universo de muerte hacia una vida plena.



Si hay algo que tuerce el rumbo de los seres humanos es esa percepción de la realidad que la gente llama “destino”. Todavía oigo decir a los que se acercaban al féretro de mi cuñada, víctima de un cáncer con apenas treinta y tres años: “era su destino”. De ninguna manera. Creer que un destino cualquiera marca el rumbo de nuestra vida o que una situación marcada por la privación o el deterioro es normal no puede ser otra cosa que un camino de muerte. Hace falta, pues, la energía increíble de la fe para luchar contra esta idea de un destino fijado de antemano. Tanto la realidad cotidiana como la que viven los profesores a los que me empecé refiriendo es tan compleja y difícil en ciertos momentos y tan inquietante, a veces, que solo la fe puede liberar la energía vital que nos habita, solo ella puede sacar a la luz los anhelos profundos que llevamos dentro, solo ella ayuda a esperar la salida del sol al otro lado de la montaña. La fe rompe la lógica del destino. En la película sobre la vida de Tina Turner, cantante americana de color, golpeada y maltratada durante años por su marido, podemos ver aquella escena en la que ella, con una serenidad desconcertante, hace frente a las amenazas de su exmarido, pistola en mano: gracias a los consejos y la ayuda de una amiga, entró, de alguna manera, en el mundo…de la fe, nació a sí misma.



Para Tina Turner el budismo fue el camino hacia la fe. A los educadores en ambientes desfavorecidos diversos caminos les han ayudado a descubrir esta energía asombrosa. Para la mujer que padecía hemorragias frecuentes, para Jairo, para mí y para ti, sin duda, es el contacto con Jesús, que ha pasado de la muerte a la vida, el gran descubrimiento ¿Qué nos impedirá llegar hasta el final de esta formidable energía?

Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P.

COMER TODO LO QUE HAY EN EL PLATO

Una vez, hace algún tiempo, me hallaba almorzando en una casa parroquial alemana cuando, después de comer, alargué mi plato a la religiosa que recogía la mesa. Debí, entonces, de enfadarla mucho: había dejado migas y restos de salsa en el plato. Tenía que haberlo rebañado con miga de pan hasta dejarlo limpio. Me enteré, más tarde, de que aquella religiosa había conocido la guerra y el hambre. Por eso no podía soportar que alguien dejara el plato como lo dejé yo. Este recuerdo se me ha quedado grabado y me sugiere, aun hoy, una dimensión de la fiesta del Corpus Christi.

Cada vez que recordamos la última cena de Jesús con sus discípulos: “Jesús tomó pan y dijo: tomad y comed, esto es mi cuerpo, y tomó después el caliz diciendo: esto es mi sangre”, despertamos, entre los cristianos de hoy, toda una gama de sentimientos y percepciones. Para unos, éste es, ante todo, el momento casi mágico de la Transubstanciación, cuando Cristo se hace presente en cuerpo y divinidad atrayendo nuestra veneración plena. Para otros, estas palabras evocan la institución de la Eucaristía y el instante mismo que hace de la misa una misa propiamente dicha. Para otros, en fin, semejantes palabras son evocadoras de un rito sabido y gastado a más no poder que sigue resonando como una música que calma y hace posible la comunión más honda.

Para mí la última Cena de Jesús es otra cosa. Es, ante todo, el momento conmovedor de la cena de despedida, que resume lo que ha sido el sentido de su vida, todo lo que ha intentado hacer y expresar con ella. Lo ha entregado todo, su vida entera: así lo manifiestan los signos de su cuerpo y de su sangre. Todo, en él, se ha convertido en alimento. Con Él ha alcanzado su cima la donación de sí. Así lo sugiere la figura del pelícano, que traspasa sus propias entrañas para dar de comer con ellas a sus crías. Cada vez que revivo este momento, me digo a mí mismo en silencio: “no, yo no olvido; nunca olvidaré lo que ha sido tu vida, nunca; me acordaré siempre”.

No se trata, en realidad, de un mero recuerdo o evocación del pasado, como cuando alguien hojea un álbum de fotos. Los judíos, cada vez que celebran la salida de Egipto y la Pascua, tienen presente que no fueron solo sus antepasados los que se salvaron y comieron la Pascua: con ellos, el pueblo entero, también los judíos de hoy. Cuando quiero recordar la última Cena de Jesús, me imagino en la misma sala, en el mismo momento y en torno a la misma mesa que compartieron los discípulos. Es a mí a quien se dirige Jesús, a nosotros en la actualidad con toda certeza. Por más indigno que sea, yo me siento enviado en misión como Pedro, Juan o Andrés. Es también la actualidad lo que sugiere la escena de los discípulos de Emaús, cuando Jesús camina misterioso con ellos y preside la mesa. Llamemos a esto, si se quiere, una presencia real. Conocí a un sacerdote dominico en París que no quería sentarse en la sede reservada al que preside la Eucaristía cada vez que la celebraba: era a Cristo a quien le estaba reservada con toda verdad, pues era Él el único  con derecho a presidir verdaderamente la Eucaristía.

Hay, además, otra dimensión que, tal vez, solo consigue despertar toda nuestra atención cuando comemos el pan de comunión ¿Por qué pan y vino? ¿Por qué comulgamos el Cuerpo y la Sangre de Jesús? A mi entender, este gesto resume, en pocas palabras, el misterio de la Encarnación. El pan es el centro de nuestra dieta. El vino es el alma de nuestras celebraciones. El cuerpo somos nosotros, es todo nuestro ser con cada una de sus cualidades. La sangre es la vida que circula por nosotros y nos mantiene vivos. Comer el pan, beber el vino es comprender que Jesús, el Viviente, sale a nuestro encuentro en el centro y alma de nuestras vidas y celebraciones: actúa en nosotros a través de aquello que hace posible nuestro ser, nuestra vida personal, nuestro espíritu.


Pero hay más. Cuando como el pan eucarístico y digo Amén digo “sí” a lo que hace posible mi vida. Manifiesto, pues, mi disposición a comer todo lo que hay en el plato, ya sean manjares o ni mucho menos: lo mismo que hizo Jesús con su plato al decir “sí” a lo que había en él y al beber su cáliz hasta el final. A veces, encontraré en mi plato bocados amargos: ¿me los comeré? ¿enteros? Es una verdadera encrucijada para cualquiera. Pienso, por un momento, en esos padres que han dicho “sí” al amor de la vida hasta aceptar y sacar adelante a un niño con trisomía, por ejemplo. Han hecho una opción sin fisuras por la vida.

Por eso termino con una oración: “Señor, ayúdame a hacer lo mismo que tú, a poner las manos en la masa y a beber el caliz de mi vida hasta el fondo, con sus momentos buenos y sus momentos malos”.

Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P

COMPLEJIDAD DEL MUNDO, ¿COMPLEJIDAD DE DIOS?

El 26 de Diciembre del año 2004 quedará grabado para siempre en nuestra memoria: mientras celebrábamos las fiestas navideñas, un tsunami devastador arrasó las costas del océano índico, dejando casi 230000 muertos.

Todo había empezado en los fondos marinos, concretamente en una falla que se conoce como zona de subducción, cuando una placa tectónica comenzó a presionar sobre otra con tanta fuerza que acabó levantando el océano. Sí, nuestro querido planeta Tierra está siempre en movimiento, para bien y para mal.

Un fenómeno similar se produjo, años después, en la región de Sendai, en Japón, el 11 de Marzo de 2012, dejando, en esta ocasión, más de 16000 muertos. Mientras exista la Tierra, seguirá habiendo tsunamis, alguno tal vez, muy cerca de nosotros. Un buscador de Dios no puede por menos de preguntarse: ¿por qué ha creado Dios un planeta tan inestable y cambiante, que expone nuestra vida a situaciones trágicas? Si yo tuviera la capacidad de crear un planeta, ¿lo haría así?

Si los fenómenos naturales nos desconciertan, ¿qué pensar, además, de los fenómenos humanos? Un reportaje periodístico reciente nos contaba la historia descorazonadora de unos niños cuyos padres eran toxicómanos: se pasaban el día solos, frente al televisor o en su cuna, comiendo de pie y sin la oportunidad de llamar a su madre “mamá”. Muchos de ellos, con dos años de vida, no sabían caminar ni hablar todavía.

Estamos lejos, pues, de los cuentos de las mil y una noches. Todo esto se limita, por supuesto, a una parte de la realidad y uno podría pasarse tardes enteras contando historias maravillosas sobre la vida y los milagros del amor. Pero lo cierto es que la realidad humana es compleja, pues abarca zonas de luz y de sombra a la vez. Y, a un buscador de Dios, para quien la realidad visible es reflejo de la realidad invisible, le persigue un interrogante: “¿quién es Dios?”. Porque se siente lejos del mundo griego, tal como lo entendía Aristóteles, para quien la divinidad tenía su morada en las esferas perfectas del cielo: si existe la perfección, no es la que nos imaginamos nosotros.

El evangelio que se proclama en la Iglesia el domingo de la Santísima Trinidad complica aun más las cosas porque, en él, escuchamos a Jesús resucitado decir a los once: “id a hacer discípulos míos en todos los pueblos, bautizándolos en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. No se habla propiamente de Dios sino del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Nos alejamos, pues, de la visión simple de la transcendencia de Alá en el Islam o de Yahveh en el judaísmo. Todavía recuerdo a un dominico de Jerusalén que contaba cómo le había escupido en los pies un soldado israelí como si fuera un idólatra. Fijémonos, por cierto, en que se habla de “bautizar en el Nombre de…”. Entre los griegos, el bautismo se podía referir a un barco que, sumergido en el agua, se terminaba hundiendo. Para un cristiano, el bautismo expresa la muerte a su antigua vida y la adquisición de una identidad nueva. Ahora bien, esa identidad que adquirimos con el bautismo es una identidad trinitaria.

¿Hemos reflexionado, alguna vez, sobre nuestra propia actividad como seres inteligentes? Somos una conciencia que busca la luz e intenta dar respuesta a infinidad de preguntas, mientras saborea, de vez en cuando, el placer de comprender y comprobar que su comprensión es exacta. Pero no bastan estos momentos de iluminación personal porque es preciso encontrar las palabras justas para expresar lo que uno ha comprendido y comunicárselo a los demás. Me acuerdo, en este momento, de Helen Keller, aquella niña ciega y muda de nacimiento que dio un salto prodigioso en la vida al descubrir que los movimientos de la mano de su tutora tenían un significado -eran palabras- y se referían a ideas: acababa de descubrir la palabra. Pero comprender y expresar lo que hemos comprendido por medio de palabras no es suficiente: somos seres capaces de actuar y necesitamos saber qué es lo que vale la pena hacer. Y nuestra manera de averiguar lo que vale la pena está condicionada, en buena medida, por nuestra idea de lo que está bien o mal, y también por lo que nos atrae, lo que nos gusta y satisface: una mezcla, pues, de inteligencia práctica y de sentimientos. Al describir quiénes somos, estamos describiendo, a la vez, quién es Dios Padre, fuente de toda luz, Dios Hijo, Palabra de esta luz, y Dios Espíritu Santo, Amor derramado por el mundo para transformarlo con la acción. Somos seres esencialmente trinitarios pues hemos sido creados a imagen de Dios.

Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P

APRENDIENDO A RESPIRAR

Voy a contar la historia verídica de Salomón y Dahiru, grandes amigos entre sí desde que iban a la escuela. El primero era cristiano, un hombre de aspecto rechoncho y descendiente de una familia de granjeros desde hacía varias generaciones. El otro era musulmán, un hombre alto y delgado, descendiente de una tribu que se dedicaba a la cría de astados. Los hechos tuvieron lugar en Nigeria, país donde tales diferencias entre individuos pueden ocasionar la muerte. Pero las comunidades que rodeaban a nuestros dos protagonistas lograban siempre convivir en paz: si algún rebaño pisoteaba un campo o un criador se encontraba con algún obstáculo en su camino hacia fuentes de agua, las diferencias se terminaban solventando amigablemente.



Con el tiempo, sin embargo, las familias de granjeros fueron creciendo, el calentamiento climático acabó secando las tierras, la tierra buena escaseaba cada vez más, los granjeros encontraban sus cosechas arruinadas por los rebaños a su paso y los criadores se veían agobiados por nuevos cercados y plantaciones. Acabo estallando el conflicto, las comunidades entraron en guerra y los ataques entre una y otra fueron sucediéndose: cosechas destruidas, animales masacrados, aldeas incendiadas, personas asesinadas. Salomón y Dahiru tuvieron que abandonar sus comunidades respectivas y se convirtieron en refugiados.

Es en este contexto donde a mí me gustaría volver a leer el evangelio de  Pentecostés. Para empezar, Juan pone en labios de Jesús este evangelio con ocasión de su cena de despedida, en el mismo momento en que su misión empieza a parecer un fracaso y a precipitar el odio de las autoridades judías. Queda claro, entonces, que no podrá escapar a una muerte inminente. Cuando Juan escribe este pasaje, hacia el año 90 d. c., él y su comunidad tienen que hacer frente a la hostilidad creciente de la sociedad y, en particular, de la comunidad judía, que acaba de expulsar a los cristianos de la sinagoga. Son horas sombrías en las que uno se siente solo y vulnerable.



¿Qué dice Jesús a sus discípulos cuando se despide de ellos y qué nos está diciendo también a nosotros? Que no serán abandonados a su suerte porque recibirán ayuda, es más, podrán invocar al Ayudante, pues será como un amigo que se acerca y se pone a su lado en los momentos difíciles. Este Ayudante será en ellos como una fuerza inspiradora, para que puedan actuar como Él en las mismas circunstancias. Como Él ya no estará físicamente a su lado, será el Ayudante quien tome el relevo a través de sus palabras y sus gestos. De hecho, debería decir: “podréis actuar como Dios mismo lo haría porque este Ayudante es el aliento mismo de Dios”.


Pero ¡atención! Todo esto no tendrá lugar de la noche a la mañana. Ser adulto en la fe requiere tiempo, mucho tiempo. Es un largo camino, pues aprender a seguir los pasos del Maestro, responder a la incomprensión con la entrega paciente de sí mismo, reaccionar ante el mal, el odio y la violencia con un amor dispuesto al sacrificio voluntario, todo esto queda fuera de nuestro alcance a menos que aceptemos la guía del Ayudante y nos abramos por entero a su aliento interior, apenas perceptible. Cuando lo hagamos Él será glorificado, es decir, la vida extraordinaria que ha venido a traernos saldrá a la luz y podremos comprenderle en plenitud, a Él y a Dios mismo. No hay diferencia alguna entre Él, su camino, y Dios mismo.


¿Cómo reaccionar ante semejantes palabras? Uno puede pensar: ¡qué hermoso! Pero no es suficiente. También hoy el aliento imperceptible de Dios hace su obra dentro de nosotros: como dice San Pablo, “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones  por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5, 5), es decir, todo ser humano tiene, en su interior, algo divino que es la capacidad de amar sin límites, sin condiciones, sin restricciones ni reservas. Como sucede con una ventana, uno puede abrirla para que entre el aire o cerrarla a cal y canto. Es aquí donde se vive el drama humano. No se nota, por lo común, una gran diferencia entre una ventana abierta y otra cerrada hasta que uno pasa por un mal momento.


Pensemos en alguien que está pasando por un mal momento. Todo el mundo le dirá, entonces: “respira con calma, inspira, espira…”. Solo cuando abra bien sus pulmones, deje entrar en ellos el aire fresco y expulse el viciado, volverá a encontrar su centro, su ser propio. Lo mismo sucede en muchos de nuestros momentos difíciles: o bien dejamos entrar con calma el dolor y lo vamos haciendo propio y, a lo más profundo y mejor que hay en nosotros, le dejamos dar una respuesta, o bien nos crispamos, rechazamos con dureza lo que vemos y damos rienda suelta al rencor, al odio y a la violencia. Juan da nombre a esta respuesta de lo mejor de nosotros: el Espíritu Santo o Ayudante gracias al cual podemos continuar el camino iniciado por Jesús.



Pero volvamos a Nigeria. Tres años tardó en reanudarse el diálogo entre las dos comunidades a través de encuentros que empezaban siempre con una oración -cristiana una, musulmana la otra-. Catalizador de esta reconciliación vino a ser una ONG que ofrecía no solo un apoyo material a la reconstrucción -la perforación de nuevos pozos- sino también la formación necesaria para negociar y arreglar los conflictos y acabar así con el miedo y el odio. Salomón y Dahiru, refugiados durante estos tres años para no ceder al odio, dejaron atrás su aislamiento y volvieron a ser amigos delante de todo el mundo ¿Cómo no ver aquí la mano del Ayudante?

El evangelio de Juan es proclamado el día de Pentecostés. Es una fiesta extraordinaria que celebra la capacidad que ha recibido el mundo de seguir el camino de Jesús. He aquí, pues, nuestra esperanza y nuestro porvenir.

Texto original de André Gilbert y traducido por V.M.P.