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LAS DOS CARAS DE LA VIDA

Imagen de la transfiguración del Señor

Era un brillante hombre de negocios. Cuando estaba inmerso en sus operaciones, era capaz de hacer cálculos con la mayor rapidez. Era, además, muy generoso con sus hermanos: cada vez que se veían en apuros allí estaba él para echarles una mano. Con su mujer y sus hijos era de una ternura desbordante. Hasta que, un día, empezó a olvidar cosas: un grifo sin cerrar, una estufa sin apagar…Una mañana tomó el autobús y su familia, angustiada, no dio ya con él hasta el anochecer. El diagnóstico estaba claro: tenía Alzheimer. Las cosas, poco después, comenzaron a empeorar: empezó a acusar a su mujer de que le robaba. Para tranquilizarle, a ella se le ocurrió entonces meterle en el bolsillo un fajo de billetes repartido en pequeñas cantidades: así tendría la sensación de que llevaba mucho dinero encima. A veces, salía a pasear en pijama. En los escasos momentos de lucidez que acertó a tener, antes de perderse en la noche, rompía a llorar. Hasta que llegó el momento y fue necesario internarlo. A su familia le embargaba una pena indecible cada vez que le visitaba. Al que fuera esposo y padre había que cambiarle ahora los pañales. Se pasaba los días mordiendo un trapo. No reconocía ya a nadie.

Cuando la enfermedad da la cara uno se encuentra, con frecuencia, ante la negación, tanto en la mente del propio enfermo como en la de sus allegados: “no es posible”, “no le está pasando eso a él”. Y, cuando la enfermedad se acaba apoderando de alguien, crece la tentación de alejarse de él, como si ya no existiera ¿Cuál es, pues, el verdadero rostro de la vida? ¿Quiénes somos realmente cada uno de nosotros? La respuesta a estas preguntas sólo podrá encontrarla el que esté dispuesto a contemplar juntas “las dos caras de la vida”. Y esto es precisamente lo que nos propone el relato evangélico de la Transfiguración. Veámoslo.

Este relato es conocido tradicionalmente como el de la Transfiguración de Jesús. En pocas palabras, Jesús invita a sus discípulos más íntimos a subir con él a lo alto de una montaña. Allí le verán, de pronto, traspasado de luz y en conversación con dos personajes decisivos del Antiguo Testamento. Una voz del cielo les invitará, entonces, a escuchar al Hijo querido de Dios. Nuestras reacciones ante este relato varían desde el estupor que provoca en nosotros todo lo irreal y prodigioso hasta el impulso de piedad que puede suscitar en cada uno la presencia misma del Hijo de Dios, que se nos ha dado a conocer en su divinidad. Pasamos así un tanto de soslayo sobre lo que este relato intenta comunicarnos de una manera un poco desconcertante: entre los anuncios de su Pasión y la cercanía de su muerte, que se perfila ya en el horizonte, la fe de sus íntimos ve y comprende acerca de Jesús ciertas cosas que escapan al común de los mortales. En otras palabras, mientras el común de los mortales no ve en Jesús más que a un condenado a muerte y a un desgraciado, la fe de sus íntimos sigue viendo en él al ser extraordinario y único que ha sabido hablar sobre Dios de una manera extraordinaria y única. Su fe ha sido capaz de contemplar, a la vez, las dos caras de la vida: el rostro doliente y desfigurado, por una parte, y el semblante del ser querido y único que conocieron, por otra. Ambas forman parte de nuestra realidad humana.

Si bajamos al nivel de los hechos, nos encontraremos con que las cosas no sucedieron probablemente tal como se nos han contado: la transformación fulgurante de cuerpos y vestidos,  la nube que envuelve a los protagonistas del relato, la voz que resuena de ultratumba…El evangelista recurre a un lenguaje llamativo para comunicarnos algo profundo y verdadero: es su unión con Jesús en el amor la que les ha permitido a los discípulos superar la atrocidad de su proceso y de su muerte y adentrarse en la experiencia de la Pascua.  Es la mirada que nace del amor la que hace posible ver más allá de un desecho de ser humano.

Cuando uno vuelve al relato de la Transfiguración, se queda con la impresión de que el foco está puesto, en él, sobre la persona de Jesús: craso error. No podemos hablar de Jesús sin pensar en nosotros mismos. Jesús no hace otra cosa que abrirnos el camino. Por eso, cada uno de nosotros no es uno sino dos a la vez: las dos caras de la vida, el ser vestido de luz que es el Hijo amado de Dios y el hombre o la mujer de rostro desfigurado por el dolor. Es muy fuerte la tentación de ver solo, en uno mismo o en los demás, al ser vestido de luz cuando la vida nos sonríe. O al ser hundido en las tinieblas cuando la vida nos golpea. El relato de la Transfiguración nos enseña: cuando el cielo se cubra de sombríos nubarrones, alza tú los ojos hacia las alturas de la fe y no olvides al ser luminoso y bendecido que eres. Es lo que hacen quienes cuidan de aquellos seres cuyo espíritu ha volado hacia mundos imaginarios, como los enfermos de Alzheimer. Sus ojos traspasan las tinieblas para seguir viendo al ser luminoso que han amado.

Voy a confesar una costumbre que he tenido. Durante varios años pude ver a muchos recién nacidos cada vez que visitaba con mi mujer a las parejas para preparar el bautismo de sus vástagos. Me quedaba entonces mirándoles a los ojos mientras me preguntaba: “¿qué será de esta criatura?”. Hoy en día, cada vez que me encuentro con alguien, quién quiera que sea o cuál sea su conducta, no puedo dejar de imaginarme al bebé que fue, al muñeco de sonrisa tierna y luminosa que todos hemos sido una vez. Ya lo sé: me hablaréis de Hitler, de Saddam Husseim, de Gadafi…¿ha muerto para siempre, en algunos casos, el muñeco enternecedor? ¿O nos engaña el relato de la Transfiguración? Seamos, pues, como los centinelas en pie hasta la aurora, el día en que el ser luminoso acabará traspasando las tinieblas y Pascua será, al fin, una realidad universal. Al menos, si nos queda fe para entonces…

André Gilbert

CUARESMA, ¿TIEMPO DE DESIERTO?

De las tentaciones nos han enseñado a huír desde que tenemos la capacidad de hacerlo. Las tentaciones son peligros a los que no hacemos frente sino huyendo de ellos. Y, como el mundo está lleno de peligros, al final huír de ellos viene a ser lo mismo que huír del mundo. Fuera del mundo ya no tendremos tentaciones. Ya no las tendremos por haber caído en ellas. El que ha caído en la tentación ya no puede caer: solo puede levantarse. Y enseguida. Si no lo hace, si la tentación en que ha caído sigue viva en él, ya no estará dispuesto a levantarse. La costumbre se le hará naturaleza. Lo que tenía por malo se le convertirá en bueno. Fuera del mundo, en el desierto, viven los demonios y los endemoniados, es decir, los que saben que en el mundo no pueden hacer nada. Allí donde hombres y mujeres caminan de la mano, trabajan juntos, se ayudan y se dan apoyo y consuelo, el tentador no tiene nada que hacer.

Jesús lo sabía bien y por eso ni huyó al desierto ni huyó de las tentaciones. Ni se apartó del mundo ni de las tentaciones que en el mundo se encuentran. Por el contrario, les hizo frente. No huyó al desierto: el Espíritu le encaminó hacia él. No se quedó solo frente a los peligros. El Espíritu por el que hombres y mujeres pueden caminar de la mano, trabajar juntos, darse apoyo y consuelo, estuvo a su lado frente a los peligros. El desierto ya no es el desierto, de hecho, para él. Nos cuenta el más antiguo de los evangelios, el de Marcos, que el Espíritu encaminó a Jesús hacia el desierto enseguida. No le dio tiempo para nada: ni para pensar en lo que le haría falta en el desierto ni siquiera para desengañarse de este mundo y huír de él. No fue al desierto huyendo de este mundo como los desengañados. Fue el Espíritu quién lo llevó allí enseguida. No le dio tiempo a planear la huída.

Y nos cuenta también el más antiguo de los evangelios que allí, en el desierto, pasó Jesús cuarenta días viviendo entre las fieras. El evangelio de Marcos parece que fue escrito en los años sesenta del siglo primero, cuando Nerón echaba a los cristianos a las fieras en el circo. Los oyentes del evangelio suponemos que se estremecerían al oír a Marcos hablar de las fieras. Y quedarían asombrados, al mismo tiempo: Jesús no había sometido a las fieras sino que había convivido con ellas. En el fondo tenemos aquí el compendio y sustancia de las tentaciones a las que Jesús se vio expuesto y, en Él, también nosotros: echados a las fieras de este mundo -a los riesgos y peligros de los que nadie puede librarse-, ¿lucharemos contra ellas hasta someterlas o bien quedaremos nosotros mismos sometidos a ellas, esclavos del miedo a los peligros? En el relato de las tentaciones de Jesús tenemos la respuesta a nuestra pregunta: ni someter ni dejarse someter, vivir entre las fieras, convivir con ellas, es decir, amar y perdonar a nuestros enemigos.

En el fondo, la lucha en el corazón de quien no quiere someter a nadie ni dejarse someter por nadie es tan dura que nadie es capaz de sostenerla él solo. Por eso Jesús no está solo en el desierto. “Le servían los ángeles”, nos cuenta el evangelio. Los ángeles, ¿acaso no son aquellos que le dan un vaso de agua a cualquiera de los más pequeños de este mundo? Cuando lo estamos pasando mal de verdad, cuando huyen de nosotros los amigos con la excusa de hallarse muy atareados, ¿no son como ángeles para nosotros los pocos que siguen a nuestro lado? A huír de la quema, de los peligros, de las tentaciones, de los problemas: he aquí lo primero que aprendemos en la vida. Jesús, por el contrario, nos enseña a dejar de huír de nosotros mismos. Frente a cierta espiritualidad de la “fuga mundi”, del silencio y el desierto, hoy de actualidad, la de caminar de la mano, trabajar juntos, darse apoyo y consuelo, encaminados por el Espíritu de Jesús que nos lleva a donde nadie quiere verse: entre fieras y peligros. La Cuaresma, ¿es de veras el tiempo del desierto? A mí me parece que es el tiempo para dejar de huír.

Texto escrito por V.M.P

CORESMA, TEMPO DE DESERTO?

Das tentacións ensináronnos a fuxir dende que temos a capacidade de facelo. As tentacións son perigos aos que non facemos fronte senón fuxindo deles. E, como o mundo está cheo de perigos, ao final fuxir deles énos o mesmo que fuxir do mundo. Fóra do mundo xa non teremos tentacións. Xa non as teremos por termos caído nelas. O que caeu na tentación xa non pode caer: só pode erguerse. E axiña. Se non o fai, se a tentación na que caeu remanece nel, xa non querera erguerse. O costume faráselle natureza. O que tiña por mao háselle trocar en bo. Fóra do mundo, no deserto, viven os demoños e os endemoñados, é dicir, os que saben que no mundo non poden facer nada. Alí onde os homes e as mulleres camiñan da man, traballan xuntos, axúdanse e danse apoio e consolo, o tentador non ten nada que facer.

Xesús sabíao ben e por iso nin fuxiu ao deserto nin fuxiu das tentacións. Nin se arredou do mundo nin das tentacións que no mundo se atopan. Pola contra fíxoas fronte. Non fuxiu ao deserto: o Espírito encamiñouno cara a el. Non quedou só fronte aos perigos. O Espírito polo que os homes e as mulleres poden camiñar da man, traballar xuntos, darse apoio e consolo, estivo a caron del fronte aos perigos. O deserto xa non é deserto, de feito, para él. Dinos o máis antigo dos Evanxeos, o de Marcos, que o Espírito encamiñou a Xesús cara ao deserto axiña. Non lle deu tempo para cousa ningunha: nin para pensar no que lle faría falla no deserto nin sequera para se desenganar deste mundo e fuxir del. Non foi ao deserto fuxindo deste mundo coma os desenganados. Foi o Espírito quen o levou axiña. Non lle deu tempo para matinar a fuxida.

E dinos tamén o máis antigo dos Evanxeos que alí, no deserto, pasou Xesus corenta dias vivindo entre as feras. O evanxeo de Marcos disque foi escrito nos anos sesenta do século primeiro, cando Nerón botaba aos cristiáns ás feras no circo. Os oíntes do Evanxeo supoñemos que tremerían ao oíren a Marcos falar das feras. E ficarían abraiados, ao mesmo tempo: Xesus non asoballara as feras, senón que convivira con elas. No fondo temos aquí o resumo e o miolo das tentacións ás que Xesús viuse exposto e nel tamen nosoutros: botados ás feras deste mundo -aos riscos e perigos dos que ninguén pode afastarse-, ¿loitaremos contra elas ata asoballalas ou ben seremos nós mesmos asoballados por elas e escravos do medo aos perigos? No relato das tentacións de Xesús temos a resposta a nosa pregunta: nin asoballar ni deixarse asoballar, vivir entre as feras, convivir con elas, é dicir, amar e perdoar aos nosos inimigos.

No fondo, a loita no corazón do que non quere asoballar a ninguén nin deixarse asoballar por ninguén é tan acerba que ninguén é quen de sostela só. Por iso Xesús non está só no deserto. “Servíano os anxos”, dinos o Evanxeo. Os anxos ¿seica non son aqueles que lle dan un vaso de auga a calquera dos máis cativos neste mundo? Cando o estamos pasando mal de verdade, cando foxen de nós os amigos coa escusa de se atoparen moi atarefados, ¿non son coma anxos para nos os poucos que seguen ao noso caron? A fuxir do lume, dos perigos, das tentacións, dos problemas: velaquí o primeiro que aprendemos na vida. Xesús, pola contra, apréndenos a parar de fuxir de nós mesmos. Fronte a certa espiritualidade da “fuga mundi, do silencio e o deserto, hoxe de actualidade, a de camiñar da man, traballar xuntos, darse apoio e consolo, encamiñados polo Espirito de Xesús que nos leva onde ninguén quere verse: entre as feras e os perigos. A Coresma ¿é, de feito, o tempo do deserto? A mín paréceme que é o tempo para pararmos de fuxir.

Texto escrito por V.M.P

LA PIEL DE LOS ENAMORADOS

Cuando Jesús extendió su mano y tocó al leproso que se le había acercado rogándole de hinojos, nos dice el Evangelio que “se conmovió profundamente”. Le conmovió, sin duda, aquella súplica del leproso jamás oída: “si quieres, puedes limpiarme”. Entre los cinco sentidos que, según la canción que le oía cantar a mi madre siendo yo un niño, “perdemos cuando nos enamoramos”, el del tacto es el de la libertad. Veo y no soy visto. Oigo y no soy oído. Huelo y no soy olido. Si toco con mi mano, en cambio, soy tocado. No puedo tocar sin ser tocado. Lo que toco me toca a mí. Si Jesús toca con su mano al leproso, éste le puede contagiar su enfermedad. La libertad no es solo la capacidad de elegir. Es también la capacidad de asumir las consecuencias de lo que elegimos. El hecho de que veamos, oigamos u olamos cualquier cosa no siempre tiene consecuencias para nosotros. El hecho de que toquemos algo las tiene siempre.


Jesús y el leproso lo sabían y por ello brotó del corazón del leproso aquella súplica jamás oída: “si quieres…”. Es la misma súplica que brota silenciosa en nuestro corazón tan pronto como alguien se acerca a nosotros: “trátame bien, trátame con tacto como tú también querrías que yo te tratase”. Cada cual puede ser para el otro como un dios que castiga o un hombre o mujer que acoge, ayuda o trata con tiento. Con tacto o sin él en lo que hacemos o decimos: he aquí la opción de la libertad. Ser libre no consiste en poder hacer o decir lo que a cada uno le dé la gana. Si la libertad se ha convertido hoy en un valor absoluto, intocable, es porque ha perdido su verdadero sentido hace mucho tiempo. Ha perdido el sentido del tacto, que es el sentido de la libertad. La libertad no es nunca un valor absoluto sino relativo. Sin tacto en lo que se hace o dice, en la manera de tratar a los demás, se convierte en un valor absoluto y se echa a perder por entero. El que juega a ser como Dios deja de ser lo que es: persona humana, alguien que no sufre el trato sin tacto.

Ahora podemos entender mejor la súplica del leproso que conmovió a Jesús. Le conmovió el hecho de encontrarse ante un ser humano en su más profunda verdad. La humildad de la súplica habla por sí sola al corazón de cada uno: ¿no habla también el leproso en nuestro propio corazón? En él cada cual bien puede sentirse representado. En él el Salvador toca nuestra piel, sensible al buen o maltrato, y nosotros tocamos su cuerpo, lleno de vida y de luz. Y, al tocar su cuerpo, la vida y la luz del Resucitado llega a nosotros y nos convierte en criaturas nuevas.

De algún modo el milagro del encuentro entre Jesús y el leproso tiene lugar en cualquiera de nuestros encuentros, siempre que tratamos a los demás como quisiéramos que ellos nos tratasen. El tacto, en contra de lo que cantaba mi madre, no podemos perderlo ni siquiera “cuando nos enamoramos”.

Texto escrito por V.M.P.

DEVOCIÓN DOS SETE DOMINGOS DE SAN XOSÉ

A Igrexa, seguindo unha antiga costume, prepara a Festa de San José, o día 19 de marzo, adicado al Santo Patriarca os sete domingos anteriores a esa Festa en recordó dos principais gozos e dores da vida de San Xosé.

En concreto, foi o Papa Gregorio XVI quen fomentou a devoción dos sete domingos de San Xosé, concedéndolles moitas indulxencias; pero S.S. Pio IX lles deu actualidade perenne co seu desexo de que se acudira a San Xosé, para aliviar a entón aflictiva situación da Igrexa Universal.

A continuación vos deixamos enlace o vídeo, con reflexións de Monseñor Munilla, correspondente o primero domingo, do pasado domingo 31 de Xaneiro.

Xesús fronte os psicologos

Neste mundo noso, no que son tan abondosos os mestres ou gurus, expertos e mais especialistas, custa moito achegarse a persoa de Xesús sen pensar nel como noutro dos grandes mestres espirituais da Humanidade: Sócrates, Xesús, Buda…Tamen Xesús tivo discipulos: os que seguiron a sua doutrina e souberon facer chegar a sua mensaxe de amor universal. O feito de falarmos, nos hoxe, de “discípulos” ou de “mensaxe” xa fala de seu: Xesús e logo outro mestre….Se non o fora non teria discipulos nin mensaxe. Na nosa espiritualidade a carta, podemolo elixir coma mestre noso. Ou mesturar, se cadra, a sua doutrina ca de Buda. Ou vela reflectida na dos mestres do moderno hinduismo. Cadaquen escolle as crenzas ou doutrinas que millor lle parecen. Cadaquen segue ao seu mestre.

A Xesús, poren, non somos nosoutros quen de elixilo coma mestre noso. Somos quen de elixir e seguir a doutrina de Buda, por exemplo. A mensaxe de Xesús non somos quen de seguila. Non somos nosoutros os que eliximos e seguimos as pegadas de Xesús. E o mesmo Xesús o que elixe e chama aos seus discipulos. Se non temos isto en conta non daremos distinguido a Xesús dos mestres e gurus espirituais que somos quen de seguir neste mundo noso. O feito de sermos nos os elixidos e chamados e non os que elixen a carta ou segundo as suas comenencias e a cerna do conto. A min, alomenos, pareceme moi esquecida nestes tempos nosos a diferenza entre Xesús e os mestres espirituais. Esquecida mesmo polos cristians, que seguen doutrinas e mestres que falan moito de Xesús pero pouco do que lle afasta dos grandes mestres.

Ao meu entender, non son aqueles pescadores que deixaron os seus aparellos a beira do mar de Galilea e seguiron a Xesús convertendose dese xeito nos seus primeiros discípulos os que mellor nos poden axudar a entender hoxe a diferenza entre Xesús e os mestres espirituais. O Evanxeo falanos doutros discipulos. Non sabemos os seus nomes pero tivo que habelos. Refirome aos que puido haber entre os doentes e endiañados que Xesús sanou. Aqueles pescadores puideron deixar os seus aparellos a beira do mar e seguir a Xesús cos seus pes. Foron quen de deixalo todo e seguir ao seu mestre. Os doentes, en troques, non eran quen de facer nada. Non eran quen, nin sequera, de achegarse a Xesús. Da sogra de Simon, por exemplo, dinos o Evanxeo que estaba deitada con febre. Foi o mesmo Xesús o que, “achegandose, colleuna pola man e ergueuna”. O Evanxeo dinos tamen que “chegada a tardiña, levaronlle a Xesús todolos doentes e mais endemoñados…”. Non foron eles…

Se hai unha cousa a que lle temos medo os homes do noso tempo e a non sermos quen de facer nada por nos mesmos, sen axuda. A non valermonos. Sermos independentes e o primeiro dos nosos valores. Non precisar de ninguen. De feito os gurus da psicoloxia mesturada coa relixion que atopamos na internet non falan doutra cousa: “se ti mesmo, fai o teu camiño en soidade, so con Deus…todo aquilo do que precisas telo dentro de ti. Eu sou o teu mestre e vouche axudar”.
Supoño que por iso, cando pensamos nos primeiros discípulos de Xesus so acordamos dos que deixaron os aparellos. Non pensamos nos que non puideron deixar nin o seu leito, nos que non puideron achegarse a Xesus, nos que foron levados nas padiolas, nos dependentes de todo…

Xesus non vai sandar a todos os que lle andaban a buscar. Isto tamen e moi importante telo en conta. Non vira so sandar. Vira tamen predicar dun sitio a outro. A palabra tamen sanda. Sanda porque chega ao corazon de cadaquen. Non deixa indiferente a ninguen. Fai o seu traballo, como dixo o profeta…Non e o traballo que facemos nos ao meditala ou estudala. Os mestres e os psicologos convidannos a facer un traballo, a “traballarmonos a nos mesmos”. A Palabra de Deus, en troques, non nos convida a traballar. Todo o traballo faino ela. Todo o traballo fixóo dunha vez por sempre a Palabra feita home, morto e resucitado por nós. Ao que nos convida a Palabra de Xesús e a acollela na nosa vida. A acollermonos os uns aos outros nela. So iso. Mais nada e non che e pouco.

DO ABRAIO A FE

Foron moitos os que, secundo o evanxelista, ficaron abraiados diante dos feitos e das palabras de Xesus. Del deron en dicir que “ensinaba como quen ten autoridade e non coma os letrados”. Disque o abraio e o alicerce da filosofia. Pampo ou perplexo, o home anda a procura das razons do que ve cos seus ollos: “¿Que e isto? ou, se cadra, ¿como vai ser isto”. A verdade entra polos ollos e chega o corazon a xeito de pregunta.
Non todo o que entra chega: isto e bo telo en conta. Para que o que entra polos ollos chegue o corazón ten que haber corazón. Se non o hai, o abraio vaise dos ollos coma escuma que o mar deixou na praia e foise.Foron moitos os abraiados diante das palabras de Xesus. A cantos se atopaban na sinagoga de Cafarnaum, letrados e ointes fieis da Palabra de Deus, cando Xesus se puxo a ensinar nela, apampounos a sua autoridade na maneira de ensinar. Ningun deles, poren, obedeceu a sua palabra. A verdade entrou polos seus ouvidos pero non chegou o seu corazón. O seu abraio foi coma escuma na praia. E iso que eran ointes fieis da Palabra…Sabian oila e mais interpretala.
Pero non obedeceron, non deron resposta as palabras de quen lles falaba con autoridade. Pampos o escoitaren as palabras non deron resposta a Palabra da que viñan as palabras.A resposta da fe a Palabra de Xesus non veu dos fieis nin dos letrados, xuntos na sinagoga de Cafarnaum a hora do culto. Entre os ointes das palabras de Xesus o abraio foi coma escuma que deixa o mar na praia e vaise. “E cadrou que había naquela sinagoga un home posuido por un mal espirito…”, lemos no Evanxeo. “E cadrou…”: o que non tiña espazo na sinagoga, o que non tiña que xuntarse cos fieis, o maldito de Deus, cadrou que se atopaba ali tamen, no medio dos fieis e dos letrados. E cadrou que foi del so do que veu a resposta da fe. Puxose a berrar e no seu berro oiuse a voz de moitos dicindo: “¿Que temos que ver contigo?”. Os moitos que berraban no home posuido polo mal espirito tiñan tan pouco que ver con Xesus como os fieis e os letrado co home que berraba dese xeito. Como o Espirito de Deus cos malos espiritos. Como a luz cas tebras.O mal nunca chega so. Sempre chega con outros. Faise forte porque e complexo, enguedellado. Son moitos o mesmo tempo. E unha mestura de sentimentos o que remexe dentro de nos. Por iso o home posuido por un mal espirito berra ca voz de moitos. Berra, non fala. O berro e unha mestura. O berro remexe os sentimentos dos ointes. No medio da mestura, poren, imos escoitar a resposta da fe: “Ben sei quen es ti: elo Santo de Deus”. Xa non se oe un berro: agora escoitase unha resposta. Fala un, non moitos. A Palabra de Xesus xa non fica nos ouvidos abraiados, como a escuma. A Palabra de Xesus chega o corazon do maldito, do non ointe, do non merecente. E o espirito obedece daquela o mandado de Xesus: “cala e botate fora dese home”. Para que o que entra polos ouvidos chegue o corazon ten que haber corazon. A fe devolvenos a nos tamen o corazon, posuido adoito polo espirito do malo ainda que esteamos entre os ointes fieis e abraiados das palabras do Señor. Unha cousa e o abraio, outra a fe.
 
Escrito por V.M.P.

NON SOMOS COUSAS

Se hai unha virtude que para nos e a primeira, a que lle damos mais importancia, non e outra ca do traballo. Ser boa persoa quere dicir ser traballador. Canto mais mellor. Por iso o que pode gabase de que ninguen lle deu nada: todo o seu e froito da suor da sua fronte. Ninguen regala nada: o traballo fai o home. Cadaquen e o que ten e ten o que obtivo do seu traballo. Somos o que temos. O que non traballou non e nada.

¿E certo que somos o que temos? A sabedoria deste mundo teno por certo. A sabedoria de Deus, poren, revelanos outra cousa: que non somos cousas senon persoas. Se temos cousas que son o froito do noso esforzo e somos o que temos, daquela somos cousas nos tamen. Somos vidas espalladas entre cousas: a nosa casa, os noso choio, a nosa saude, o noso coche, as nosas preocupacions, os nosos plans, os nosos medos, a nosa xente…Ora ben, ¿quen son eu de feito? ¿Quen e o que ten as cousas da miña vida? Pertencenme todas as miñas cousas pero ¿a quen lle pertenzo eu?

“Camiñando pola ribeira do mar de Galilea -lemos no Evanxeo-, Xesus viu a Simon e mais a Andrés, seu irman, largando o aparello no mar, e dixolles:
-Vide comigo e fareivos pescadores de homes.
E deixando de contado o aparello, seguirono”. Aqueles pescadores andaban espallados no seu traballo, nos seus aparellos e cousas cotias. A sua vida era o traballo a beira do mar de Galilea. O que tiñan era froito do seu traballo. Ata que Xesus pasou xunta deles e chamounos. Enton comprenderon de contado que non eran o que tiñan. Ao seguiren a Xesus e deixaren os aparellos e as preocupacions da sua vida cotia aprenderennos a nosoutros, homes e mulleres do noso tempo, que non somos cousas. Somos persoas. Persoa quere dicir llamado. O que escoita a chamada de Xesus na sua vida atopa a sua verdadeira identidade.

Atopaa: isto e a cerna da cuestion. Cadaquen chega a ser o que e grazas o que ten. Unha vida e un camiño. Ao comezo do camiño ninguen e nada, ninguen ten nada. Ao final dunha vida, no entanto, chegamos a ser o que non fomos e a ter o que non tivemos. Non e o mesmo cando pensamos na chamada de Xesus ao seu seguimento. O vencello coa persoa e o a sorte de Xesus e o mesmo o primeiro co final. O vencello coa persoa de Xesus fainos persoas dunha vez para sempre.

Non e froito dun camiño de medranza persoal, sicoloxico ou espiritual. Non e froito do esforzo e da medra. Non somos nos os que eliximos a Xesus. Somos nos os elixidos, coma Simon ou Andres, Santiago ou Xoan, a beira do mar de Galilea. Ali mesmo somos nos tamen elixidos e atopados.

Xa non somos daquela vidas espalladas entre cousas obtidas coma froito da suor da nosa fronte. Somos persoas. Unha cousa acabase deixando por outra a beira do mar deste mundo. Unha persoa, en troques, non e unha cousa. Non se deixa por outra. A sua sorte non e ser esquecida a beira do mar. E porse en camiño con Xesus. Para cadaquen, poren, O Señor ten unha voz e unha faciana…

Escrito por V.M.P

Adiós 2020, bienvenido 2021

Pedro Antonio de Alarcón en una hermosa meditación -eso solo es un estracto- de Año Nuevo, escrita hace más de siglo y medio

»—¡No han muerto, no —decíais—, ni los seres que lloro ni las virtudes que no practico! ¡No han muerto ni mi fe, ni mi entusiasmo, ni mis padres y maestros, ni mis amigos y mis amores! ¡No han muerto, no, mi inocencia, mi esperanza, mis creencias, mi alma, en fin! ¡Mentira y vanidad es cuanto ansié en la tierra: mentira y vanidad aquella vida; mentira y vanidad son el poder y las riquezas y los honores; pero mi alma, pero mi llanto, pero mi Dios no son ni vanidad ni mentira!

»Supongamos que en este momento dieron las doce los relojes de Madrid. ¡Era Año Nuevo! Pero los muertos no añadieron un guarismo a la losa de su sepultura, ni los astros brillaron más ni menos que el día de la Creación. Entonces dijisteis:

»—Para las tumbas y para el cielo, el tiempo no tiene medida. El alma carece de edad; y, mientras caen deshechos los ídolos de barro que erige la soberbia del hombre, el espíritu se purifica en el destierro para asistir al banquete de la Inmortalidad. El tiempo es el verdugo del que duda y el amigo del que espera.

Adiós 2020. Bienvenido 2021.
Que Dios nos acompañe en este nuevo año.

Lo que no somos

“No era él la luz sino testigo de la luz” Jn 1, 6

Saber lo que no queremos ser, le oí decir una vez a cierto sabio, ya es algo. Sabiendo lo que no quiere ser es como empieza uno a saber lo que quiere. Yo, en cambio, no pienso así. El fariseo en oración sabía que no quería o no creía ser como el publicano en quién tenía puestos sus ojos en vez de ponerlos en su Señor. Los acusadores de Socrates creían saber quién era el que estaba corrompiendo a los jovenes. Pero se mostraron incapaces de señalar quién era el que los hacía mejores. Saber lo que no queremos o no creemos ser no siempre nos ayuda a descubrir lo que somos y queremos ser. Tanto el fariseo como el acusador de Sócrates, si algo ponen de manifiesto, es su profunda -y culpable- ignorancia. Creen saber lo que no saben.

Por eso la figura de Juan el Bautista, sometido al interrogatorio de los sacerdotes y levitas enviados desde Jerusalén, crece tanto a nuestra vista. Enfrentado a los profesionales de la religión, es decir a quienes creen saber lo que son y quieren ser, Juan se revela en su verdad más íntima. Dice, ante todo, lo que él no es. Tener claro lo que no somos no tiene nada que ver con proclamar, como el fariseo o el acusador de Sócrates, lo que no queremos ser. Una es la verdad. Otra, la opinión. La opinión puede estar equivocada. La verdad, en cambio, nada tiene en común con la mentira.

Juan no era la luz sino testigo de la luz. Cuanto menos queremos brillar, enseña San Bernardo, más verdadera es nuestra luz. El Bautista, que pudo brillar ante la muchedumbre de los que bajaban al Jordán a ser bautizados por él, no quiso lucir sino arder. Anunció así un bautismo de fuego y Espíritu el que nos invita hoy a nosotros, con el testimonio de su vida, a descubrir y manifestar a los demás nuestra verdad más íntima: lo que no somos.

Texto escrito por Víctor Márquez, sacerdote de la UPA de As Pontes