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DAR FRUTO DESPOJÁNDOSE

Érase una vez un corredor de bolsa con mucho talento que tenía éxito en sus operaciones financieras. Trabajaba duro para alcanzar sus objetivos. Siempre que viajaba en tren o en avión, se le veía con su portátil o su móvil haciendo consultas o transmitiendo órdenes. Su trabajo le apasionaba y le ocupaba por entero los siete días de la semana. Para la agencia que le había contratado y para sus clientes era el hombre más productivo del mundo. La única nota divergente la ponían su mujer y sus hijos, que no le veían nunca. Al fin acabó pasando lo que tenía que pasar: su mujer le pidió el divorcio y sus hijos dejaron de llamarle “papá”. Empezaron a llamarle “señor”. El corredor de éxito no había sido un marido ni un padre de éxito.

¿Cómo ser productivo o dar fruto?: he aquí la cuestión planteada en el evangelio de Juan. Hay que tener cuidado y no dejarse “embriagar” por la imagen de la viña y los sarmientos, así como por la de Cristo en nosotros y nosotros en Cristo, que nos fascina por su belleza y la dulce intimidad sugerida en ella, mientras olvidamos la verdadera cuestión: ¿qué significa estar unido a Jesús?

A Jesús yo no lo he visto en la vida. Nadie lo ha visto, en realidad, a no ser un iluminado. Si puedo acercarme a Él es a través de los relatos evangélicos, en la medida que medito sobre ellos asiduamente. También puedo acercarme a Él gracias a aquellos que intentan impregnarse de su pensamiento y de su vida. Me acerca a El todo un esfuerzo intergeneracional para comprender su visión de las cosas y ponerla en práctica. Y me acerca también una fuerza misteriosa que siento dentro de mí: unas veces se llama “sed de amar”; otras, “sed de verdad”. Ocurre, en efecto, como en una relación de pareja que aspira a perdurar: tiempos de conflicto y tiempos de silencio se suceden en ella, tiempos de acción y tiempos de intimidad…
Algo así le pasa también a todo el que aspira a una relación duradera con Jesús ¿Es suficiente  esto, sin embargo, para dar fruto? Parece que no.


“Todo sarmiento que dé fruto mi Padre lo podara para que dé más fruto” ¿Qué significa “podar”? A mí en particular reconozco que la poda no me gusta nada. En el patio de atrás de mi casa tengo unos rosales y una docena de plantas cruzadas de té. Cuando llega el otoño hay que cubrir las plantas de turba de forma que solo queden a la luz unos treinta centímetros en cada una para protegerlas de los fríos invernales. Yo me resisto a cortar sus hermosas ramas, llenas de flores y brotes nuevos. La mayoría de las veces es a mi mujer a quien le toca hacerlo. Es imprescindible para volver a disfrutar de un rosal lozano cuando llegue la primavera ¿Ha visto alguien un tocón de viña en invierno? El noventa por ciento de sus sarmientos han sido cortados. Ahora bien, ¿qué es exactamente una vida que se deja podar?

Desde hace algunos años mi libertad e intimidad se han visto sometidas a una cierta poda. Mi hija y su esposo viven con nosotros: ella sigue estudiando y, dados sus escasos recursos, hemos decidido ayudarles a ambos de este modo. También nosotros, cuando aceptamos vivir en pareja, aceptamos la poda de una parte de nuestra libertad, muy conscientes de que era ésta una condición necesaria para dar fruto abundante. Cuando alguien comparte sus recursos, ¿no está sometiéndose a una cierta poda? Al dejar atrás su vida tranquila en Nazareth, al aceptar que las autoridades religiosas acabaran destruyendo su reputación y al amar hasta pagar el precio de su propia vida, Jesús se ha visto sometido a una poda incesante. Se suele hablar acerca del fruto de su Resurrección sin tener presente que éste ha sido el fruto de una larga poda.

Aceptar la poda, aceptar la pérdida de todo aquello que es, en sí, algo bello, es tan difícil que necesitamos de los demás. Saber que, al final, nos aguarda un fruto abundante no basta. Necesitamos la fuerza del amor, un entorno que nos ayude. “Sin mí no podéis hacer nada”, dice Jesús. La tragedia que conmocionó a los habitantes de Toronto cuando una bala perdida, en un intercambio de disparos entre bandas callejeras, mató a una niña inocente, ¿no refleja las consecuencias trágicas de un entorno viciado?  Nuestras comunidades cristianas ¿son auténticas y capaces de ayudarnos a hacer este trabajo de poda?

Uno de los frutos más extraordinarios de este trabajo de poda es que nuestro corazón se pone a vibrar al mismo ritmo que el de Jesús, a anhelar lo que Él anhela. Tal como sucede en la vida de una pareja, de forma que Dios nos concede todo lo que le pedimos.

Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P

¿PASTOR O DEPREDADOR?

La historia de Shayma me ha inquietado no poco. A sus dieciocho, tenía toda una vida por delante. Había completado sus estudios secundarios en un programa ampliado. Era un modelo de alumna. Había conseguido la beca de la comisión escolar en favor del compromiso social y la constancia en los estudios. Además, destacaba en el deporte. Hasta que una tarde, que supuestamente iba a pasar con sus amigos, abandonó el hogar paterno para no volver jamás a él: emprendió viaje a Siria como yihadista.

Sus padres no entendieron nada. Olvidaban el papel de Adil, el imán controvertido que había abierto una escuela dominical para jóvenes. Shayma la frecuentaba. Años atrás, este hombre había copado titulares en la prensa como presunto agente oculto de Al Quaeda, según los servicios secretos que le venían investigando. Sea de ello lo que fuere, está claro que supo sembrar, en el corazón sensible e idealista de Shayma, una inquietud que le acabaría conduciendo hacia las filas del Estado islamista sirio. A ella, sí, preocupada desde siempre por la suerte de los palestinos y  contraria a las actitudes islamófobas ¿Fue Adil un buen pastor o un depredador?

Ésta es la cuestión que plantea el evangelio del Buen Pastor. El evangelio de Juan sostiene, en efecto, que Jesús es el buen pastor ¿Cuál es el criterio que permite distinguirlo del malo? Está dispuesto a entregar su propia vida por aquellos de los que cuida. Detengámonos ahora un momento a considerar este criterio y preguntémonos: ¿por quiénes y por qué estamos dispuestos a entregar nuestra propia vida? Sin llegar, tal vez, al extremo de la muerte física, ¿por qué o por quién estamos dispuestos a entregarlo todo: tiempo, dinero, energías? Leía recientemente la historia de unos padres entregados hasta el heroísmo por su hijo discapacitado…He aquí, pues, el primer criterio para distinguir al buen pastor. Para los primeros cristianos, que debían hacer frente a los sarcasmos de tantos acerca de la muerte ignominiosa de Jesús entre bandidos y malditos, tuvo que ser muy importante proclamar el sentido profundo de esta muerte como entrega por los demás.

Para el evangelio de Juan hay, además, un segundo criterio, tan importante como el primero porque confirma que Jesús es el buen pastor. Se trata del conocimiento mutuo que se da entre Jesús y los suyos. Este conocimiento reviste un doble sentido. Por un lado, conocer significa saber quién es el otro, qué es lo que le puede ayudar a ser él mismo por entero, a realizarse y alcanzar su plenitud. Por otro lado, conocer significa también reconocer en el otro algo que nos es connatural, valores comunes, una voz que nos es familiar y resuena en lo más profundo de nosotros mismos. Todo esto requiere paciencia, tiempo para conocerse y mucha perspicacia. Uno imagina fácilmente que fue esto lo que hubo entre Jesús y sus discípulos.

Para mí, dos mil años después de haber pisado los caminos de Palestina, Jesús sigue siendo el buen pastor. Es lo que fue para sus discípulos, lo que es para mí  y lo que puede ser para nuestro mundo. Su Palabra refleja un conocimiento profundo de lo que somos los seres humanos, una visión clara de lo que hace posible nuestra plenitud como personas en este mundo. Claro que el camino que nos propone no es fácil. Cuando leemos el contexto de la parábola del buen pastor, nos enteramos de que, por siete veces, intentaron las autoridades apoderarse de él para darle muerte. Jesús, sin embargo, se mantuvo firme en su postura de rechazo a la violencia. En Getsemaní, cuando fueron a buscarlo para prenderlo, le dijo a Pedro: “mete la espada en la vaina”. Eligió el camino del amor que acepta la entrega de la propia vida para abrazar otra vida más plena ¿Quién puede escuchar, por cierto, palabras como éstas? Es preciso que resuenen en el fondo de nuestro corazón, que aviven el rescoldo del amor que arde en lo más profundo de nuestro ser, que despierten lo que ya es parte de nosotros, que encuentren un corazón abierto.

Yo pienso que Adil es un depredador, no un buen pastor. Porque el buen pastor no se pone al servicio de una ideología sino al servicio de las personas. Adil se sirvió de Shayma, de su sincera indignación frente a las injusticias cometidas contra los palestinos y algunos musulmanes, de su sed de un mundo mejor, para sembrar el odio y la violencia. De ella no se preocupó para nada ni perdió el tiempo en conocerla a fondo. Estoy seguro, por cierto, de que nunca dará su vida por ella. Se limitó a mostrarle a Shayma un  camino que la llevará a la alienación. Es un falso dios lo que le ha presentado.

Todo esto pone de manifiesto la importancia de los buenos pastores para guiar a los seres humanos. Hay un vínculo íntimo entre el buen pastor y su Dios. Cuando Jesús declara “el Padre me ama porque yo doy mi vida para recuperarla”, está afirmando que, en su propia persona, es Dios mismo quien rechaza la opción de la omnipotencia y elige la del amor que se entrega, la única que puede abrir el camino hacia una vida plena. Cuando alguien dice “Dios”, “Alá” o “Jehová”, está imponiendo a los demás toda clase de exigencias, sin relación alguna con el amor que se entrega. Está siguiendo a un falso pastor y a un falso dios que acabarán por alienarle. Si alguien escucha una palabra que despierta, ante todo, sentimientos de odio, no buscará lo que hay en mí de mejor sino que me alienara seguramente. Es, pues, vital responder a la pregunta “¿quién es mi pastor?”.

Texto de André Gilbert traducido por V.M.P.

LA EVOLUCIÓN DE LA FE


Con la edad, como es mi caso, nos sucede, como a Tomás, el mellizo: nos cuesta más creer y sentimos menos que antes la presencia de Dios ¿Qué nos pasa, pues?

El paralelo más lúcido que he podido encontrar  para comprender la evolución de la fe es el de la relación entre padres e hijos. Mientras somos pequeños nuestros padres están siempre ahí, protegiéndonos y mimándonos, porque dependemos para todo de ellos. En el plano espiritual, nos sentimos bendecidos por Dios y su presencia a cada instante nos es manifiesta. En el evangelio, esta etapa infantil corresponde a los relatos de milagros, en los que se proclama las maravillas de Dios. Teresa de Lisieux disfruta como una niña al contemplar aquella nieve inusual que ha pedido y ve caer el día de su profesión religiosa. Un Ayton Sena, campeón de fórmula uno, presume de la protección divina.


Después viene la adolescencia y uno empieza a descubrir otro mundo diferente del que le enseñaron sus padres. Aquel pone a éste en cuestión. En el mundo de la fe, uno empieza a constatar que puede vivir muy a gusto y de una manera auténtica sin Dios. Comprueba, además, que las injusticias y el mal están presentes de tal modo en el mundo que este planeta parece seguir su curso sin que Dios haga nada por él. En el evangelio, esta crisis aparece, sobre todo, con los acontecimientos de la Pasión y condena de Jesús: ya no hay milagro alguno, lo único que hay es la dura realidad de la vida. Teresa de Lisieux sufre también la tortura de de esta crisis. Ayton Sena muere en un accidente de fórmula uno.


¿En qué se convierten los padres para sus hijos cuando éstos se hacen mayores? A menos de haber quedado bajo su tutela, los hijos ya no tienen con sus padres una relación utilitaria. La única posibilidad, pues: un nuevo tipo de relación, mucho más de igual a igual, centrada, más bien, en alguna forma de amistad ¿No sucede algo parecido también en nuestra relación con Dios? Alguien podría bramar de indignación ante la sola posibilidad, recordando que ningún ser humano es Dios: ¡es evidente! Con todo, ¿no ha dicho Jesús aquello de que “ya no os llamo siervos sino amigos…”?


El evangelio que nos cuenta lo que sucedió después de la muerte de Jesús apunta claramente en esta dirección ¿Por qué se alegran los discípulos de ver a Jesús? La fuente de su alegría no es otra que el mero hecho de verle presente, vivo. Se diría, entonces, que semejante actitud no fue posible sino tras una experiencia de duelo, como la que vivieron los propios discípulos. Tuvo que morir antes el rostro omnipresente y omnipotente del padre…



¿Qué es lo que mueve a Tomás a exclamar: “Señor mío y Dios mío”? ¿Es que ha recibido, acaso, un favor especial,  como pudiera ser, por ejemplo, el de haber sido curado? En absoluto. Su exclamación creyente brota de quien se ha sentido conocido por Jesús. En realidad, Jesús no hace otra cosa que repetir las palabras que había dicho ocho días antes en presencia de los demás discípulos, como si Tomas hubiera estado también entre ellos. Se trata de una clase de conocimiento que solo es posible cuando existe un amor profundo. Algo similar se puede decir de lo que le pasó a María Magdalena cuando se encontró con el hortelano junto al sepulcro vacío y éste le dijo: “¡María!”. Ella, entonces, exclamó: “¡Rabuni!”. Como enseña el evangelio de Juan: “el pastor conoce a las ovejas por su nombre”.

Cuando Jesús dice “Como el Padre me ha enviado, así también os envió yo” a lo que somos enviados nosotros es a una situación en la que los padres se hacen a un lado para que sus hijos puedan tomar el relevo. Para proseguir una misión hace falta un mínimo de igualdad en la relación. Éste es el sentido que reviste la donación del Espíritu: nos hace capaces de tomar distancia de nuestra propia vida  para dar vida a otros. Teresa de Lisieux dijo, antes de morir: “después de mi muerte quiero seguir siendo misionera”.



Digo todo esto porque estoy convencido de que este paradigma nos puede ayudar a dar pasos hacia una fe adulta, la fe que brota de la Pascua. Aun siendo, como somos, criaturas marcadas por la finitud, la limitación y el pecado, nos sentimos llamados a un amor de intimidad, como si fuéramos iguales que nuestro Creador. No nos seguirán faltando, con todo, momentos de suplica, pero como le sucede a un amigo cuando se abre con su amigo.



Mi dificultad para creer guarda relación seguramente con lo difícil que es, en sí, el nacimiento de la fe después de Pascua: es necesaria, ante todo, la experiencia de alguna forma de duelo en la manera de concebir al que siempre hemos llamado “Dios”. En la celebración de cada domingo, ¿por qué no exclamar: “¡Qué grande es el misterio de la fe!”?

Texto escrito por André Gilbert y traducido por V.M.P.

EL ARDUO CAMINO HACIA LA PAZ

La liturgia pascual proclama estas palabras de Juan: “el sábado al atardecer, durante el encuentro semanal de la comunidad, encerrados aun los discípulos por miedo a los judíos, experimentaron una presencia que les llenó de una paz profunda. Cuando esta paz dio, a su vez, origen a la fe en aquel que había sido crucificado y muerto, los discípulos sintieron un gozo inefable. Fue entonces cuando recibieron la misión de salir de su estupor y guiar a los demás a la misma fe, a la misma paz, al mismo gozo, liberándose, así, de este mundo, lleno de perdición y de muerte, y descubriendo la vida verdadera. El camino de la fe no es evidente, como lo manifiesta Tomás, porque se trata de la fe en un crucificado, esto es, del descubrimiento de la paz y del gozo a través de los sufrimientos y de la muerte”

Amigos lectores, este relato representa, para mí, un desafío considerable, tanto por su comprensión como por su llamada a la fe. Hay que prescindir, ante todo, de una lectura superficial y de primer nivel, como si el evangelista se hubiera propuesto informarme sobre los poderes extraordinarios del Resucitado -capaz de atravesar las paredes y oír las conversaciones de todo el mundo, incluido Tomás- o recordarme que, a los once discípulos más cercanos, les ha concedido el poder de confesar y perdonar los pecados. Este relato, como su final pone de manifiesto, se dirige, en realidad, a todos nosotros, hombres y mujeres de todos los tiempos, para que tengamos vida. En la medida que es como el trampolín para una experiencia de fe, el relato en cuestión no se refiere simplemente a una realidad del pasado sino a contenidos actuales que están a mi alcance y  puedo descubrir. He aquí el desafío.

Sabemos distinguir la vida física de la vida plena para una persona auténtica: algunos están vivos, pero su corazón está muerto; otros, en cambio, a pesar de su salud precaria, respiran felicidad a pleno pulmón. Cuando Jesús habla de vida, no se refiere simplemente a la vida física porque él mismo murió a la vida física.

Hay que distinguir también entre la paz de la que hablan cuantos no quieren que nadie les moleste, como si la paz fuera falta de preocupaciones, y la paz profunda, manifestada por aquellos seres humanos que se encuentran en el corazón de la adversidad, entre preocupaciones y circunstancias nunca antes vividas, como en el momento de la muerte. Jesús dijo a sus discípulos: “yo os dejo mi paz”. Y poco después tuvo que enfrentarse, él mismo, a la incomprensión, los tormentos y la muerte.

Hay, en fin, otra distinción que notar entre el gozo anunciado en televisión por cualquiera con una botella de Coca-cola en su mano y el gozo profundo de alguien que ha encontrado el amor de su vida. Yo imagino que Juan se hace eco fiel de la vida de Jesús cuando pone en sus labios estas palabras: “os digo estas cosas para que mi gozo esté en vosotros y vuestra alegría sea completa”.

Y ahora, la gran cuestión: “¿dónde tener la experiencia de esta paz y de este gozo y encontrar, así, la vida que las preocupaciones, el sufrimiento y la muerte física no pueden alcanzar? Indagando en mi propia experiencia saco a la luz un recuerdo de infancia: cada noche, mientras me iba quedando dormido, mi padre tenía la costumbre de entrar muy despacio en mi habitación a oscuras para cerciorarse de que estaba bien arropado en mi cama. Aun recuerdo aquella sensación que me llenaba de paz: alguien velaba sobre mí y yo me sentía protegido. Es evidente que este sentimiento ha dejado huella en mi personalidad y en los caminos de mi vida. Con el tiempo, sin embargo, ya no basta este sentimiento para hacer frente a ciertas situaciones en la vida. No puedo explicar ahora con detalle cómo ha tenido lugar el tránsito desde aquel sentimiento infantil hasta mi fe actual en Alguien que vela sobre mí y me protege en todas las circunstancias de la vida. O, más bien, cómo tiene lugar cada día este tránsito. Queda claro, de todos modos, que, sin esta vivencia de seguridad y amor, un ser humano no puede alcanzar su plenitud. Sin esta vivencia, es difícil sentirse liberado de toda forma de esclavitud, división, amargura o pecado.


El evangelista me asegura: “es Jesús de Nazareth quien me ha hecho descubrir esta dimensión de un mundo habitado por un Padre amoroso”. Sé que alguien como el Dalai Lama, cuya paz y cuyo gozo admiro profundamente, encuentra de otra manera el poder de la serenidad que nos abre al futuro. Lo que me parece esencial, en todo caso, es que esta vivencia llegue a integrar todos nuestros sufrimientos, miedos, guerras y muertes, porque nuestra fe es en la Resurrección de los muertos, no en una vida sin muerte. La fe en el futuro es fe en algo que escapa a nuestro control: el Espíritu es como el viento, oyes su voz pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. He aquí la dificultad con la que tropieza Tomás y también nosotros, tal vez. 

Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P.

EL DISCÍPULO AL QUE JESÚS AMA

Tras la muerte de un ser humano, cuando el recuerdo de los acontecimientos que marcaron su vida es evocado en sus funerales y su cuerpo sepultado o incinerado, es el momento de la interiorización. En el relato del sepulcro vacío que leemos el Domingo de Pascua ¿no sucede algo semejante? Es verdad que el tiempo del relato es reducido: lo que dura la acción de bajar el cuerpo de la cruz y envolverlo en lienzos. Nos traslada enseguida al momento en que las exequias ya han terminado: el cuerpo ya no está a la vista y empieza la interiorización.

Quiero abrir aquí un paréntesis: ¿qué habría sucedido si el cuerpo de Jesús hubiera seguido allí, en el sepulcro, y hubiera pasado el tiempo sobre ese cuerpo cubierto de lienzos? Que nadie me diga: “esa situación nunca se habría dado porque Jesús ha resucitado”. Podríamos seguir creyendo en la Resurrección de Jesús sin dejar de ver su cuerpo yacente en el sepulcro: el estado de Resurrección no requiere la presencia -ni la ausencia- de un cuerpo mortal. Entre los expertos hay acuerdo en que la tradición de la Resurrección y la del sepulcro vacío son totalmente independientes entre sí. Basta leer las cartas paulinas para comprobar que no hay, en ellas, la menor alusión al sepulcro vacío. Cuando Pablo habla del “cuerpo resucitado” se refiere a un “cuerpo espiritual” distinto del cuerpo de carne (1 Cor 15, 44). Vuelvo, pues, a mi reflexión inicial. En realidad, si el cuerpo de Jesús hubiera seguido allí, en el sepulcro, y no se hubiera corrompido, se habría operado, en mi opinión, una especie de fijación castradora sobre el pasado: sería la nuestra una religión del recuerdo.

Tenemos que habérnoslas, sin embargo, con la ausencia del cuerpo. Con el cuerpo ausente podemos poner en relación muchas cosas de nuestra propia vida: la carencia de tantas que podrían llenar de estímulo y pálpito nuestra vida, la ausencia de seres queridos que a uno le gustaría tener siempre a su lado, la falta de seguridad íntima que todos necesitamos, la pérdida del cuerpo joven y alerta que uno ha tenido. Se podrían añadir a todo ello los deseos insatisfechos de comprender una historia personal, de dar sentido a todos los azares e imprevistos de la vida, de entender unas circunstancias que pueden parecer insignificantes y sin la menor transcendencia. María la Magdalena llora: “necesito su cuerpo, dime dónde puedo encontrarlo”.

Fijémonos, ahora, en la disposición de Pedro y del otro discípulo. Pedro entra en el sepulcro vacío. Parece el primero en abrirse a esta experiencia de ausencia. Con él nos salen al encuentro todos aquellos para quienes esta experiencia sigue despertando un sinfín de interrogantes dolorosos. El discípulo al que Jesús amaba entra después. A diferencia de Pedro -viéndose, como él, en el corazón de esta experiencia de ausencia-, ve y cree. Será, pues, el primero en la experiencia de la fe ¿Qué es lo que ha visto? ¿Qué es lo que ha creído?

El evangelista repara en que el sudario que había cubierto el rostro de Jesús no se halla entre los lienzos sino enrollado en un sitio aparte. Queda claro, entonces, que la ausencia del cuerpo no se debe a que alguien se lo haya llevado, como creyó María Magdalena, porque no se habría tomado la molestia de coger el sudario y enrollarlo cuidadosamente en un sitio aparte. Estos detalles, por cierto, no han escapado a la atención de Pedro ¿Qué es lo que el otro discípulo ha visto además? ¿Cómo es posible que el sudario se haya convertido en un signo?

Amigo lector, el biblista que soy se siente, ahora, un poco desconcertado. Me resisto a caer en la trampa de los fundamentalistas, para quienes la casualidad no existe porque Dios decide hasta la más insignificante de las cosas que pasan. Sin embargo, estoy convencido de que es el sentimiento de haber sido amado con locura el que ha permitido al otro discípulo ser el primero en presentir los signos o indicios de algo que no era puramente accidental, en buscar febrilmente un sentido para ello, en recordar las palabras de Jesús y en percibir su relación con el conjunto de las Escrituras ¿Cuál es su descubrimiento? El de un significado que emerge de este duelo y hace posible sentir una presencia. Este sentimiento le mueve a decir: “ya no soy ya el discípulo al que Jesús AMABA. En adelante voy a ser el discípulo al que Jesús AMA”. Aquel a quien el amor ha hecho correr más rápido que Pedro contempla ahora su relación con Jesús eternamente viva.

Entre los relatos pascuales éste es el que más me interpela. Como la mayoría de las personas, yo no he tenido nunca experiencias privilegiadas del Jesús Viviente, similares a las que los relatos de encuentro con Jesús resucitado parecen sugerir. Lo cierto, sin embargo, es que el evangelista describe, a mi entender, la experiencia de fe por excelencia: la que tiene lugar sin ver a Jesús. Juan me invita a abrirme a todo aquello que representan los vacíos de mi vida, las ausencias que duelen, los adioses más o menos forzados…Y me dice: “mira un poco mejor al corazón de lo que parece un vacío: ¿no hay ahí una presencia amorosa que te espera? Si lo haces, sentirás una paz que te arrancará palabras como éstas: ¡el Viviente está aquí!”

Mientras escribo estas líneas los periódicos cuentan la historia de unos jóvenes esquimales que se drogan con el vapor del combustible. Sabemos que no tuvieron nunca unos padres que miraran por ellos, les prestaran atención, les quisieran. Su abandono se ha convertido en un pozo sin fondo. Con el discípulo que fue el primero en descubrir lo que significa ser amado con locura, me atrevo a formular esta plegaria: que la Pascua venga para todos, para que, en medio de nuestros duelos, pueda germinar la vida.

Texto original de André Gilbert y traducido por V.M.P.

CONSENTIR EN MORIR PARA VIVIR

Cuando uno se para a leer o a escuchar con atención el evangelio descubre enseguida su significado. Unos griegos, medio judíos en su práctica religiosa, se sienten atraídos por la figura de Jesús y tratan de entrar en relación con él a través de sus discípulos más genuinamente helenos, Andrés y Felipe, originarios de Betsaida, región helenizada. Curiosamente, la respuesta inicial de Jesús a estos dos discípulos es una plática sobre el sentido de su propia muerte, ya próxima. Después dará comienzo a una breve plegaria marcada por la angustia y coronada por su decisión de consentir el sufrimiento que le espera. Finalmente volverá sus ojos a la multitud para anunciar el fracaso de los poderes que le atacan y su propia victoria a través de todos los creyentes que se verán atraídos por Él. En resumidas cuentas: la entrada en la comunidad creyente de un grupo de fieles ajenos al pueblo de Israel viene a ser fruto de la gesta incomparable de Jesús, que ha llegado al extremo de consentir una muerte trágica antes de extender su influjo sobre el mundo entero más allá de su muerte.

A mí me parece, de todos modos, que esclarecer las intenciones del evangelista, lejos de poner punto final a nuestra reflexión, deja abiertas ante nosotros muchas preguntas. La primera de todas puede ser la siguiente: ¿por qué es necesario morir para dar fruto? La imagen, en labios de Jesús, es elocuente: “os lo aseguro: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo. Pero, si muere, da mucho fruto”. Esta imagen parece el reflejo de la propia vida de Jesús. Pero, en la trama de nuestras vidas, ¿de que verdad es reflejo, a su vez?

Es, por cierto, en el propio evangelio de Juan donde creo encontrar un esbozo de respuesta a esta pregunta: es el gesto de devolver la vida a Lázaro el que mueve abiertamente a las autoridades judías a sentenciar a muerte a Jesús ¿No es paradójico? Su poder para devolver la vida le llevará a la muerte. Todo lector asiduo del evangelio joánico sabe hasta qué punto el tema de la vida, de la misteriosa “vida sin fin” en concreto, es un hilo conductor del relato evangélico ¿Por qué, entonces, elegir la vida en toda su plenitud supone la muerte?

Creo que la vida me ha dado una respuesta parcial a esta pregunta. En el fondo, yo mismo no he dejado nunca de morir. Al abandonar el vientre materno lo que hice fue poner fin a mi vida dependiente dentro de una cálida crisálida. Cuando me llegó el día de ir, por primera vez, a la escuela, tuve que despedirme de muchas horas jugando feliz y ponerme a aprender a leer y escribir. Ya adolescente, me fui a vivir a un piso compartido, renunciando así a una parte de mis lazos familiares y entregándome a la ardua tarea de adquirir una preparación. Más tarde, a los dieciocho, dejé mi pueblecito de Rouyn-Noranda para matricularme en las instituciones académicas de Montreal. Tomé la decisión de cursar primero estudios universitarios en Ottawa y, después, bíblicos en Europa y en el Oriente Próximo, ávido siempre de conocer culturas y realidades nuevas. Hasta que llegó para mí el día de tomar una decisión crucial: dejar atrás, en buena medida, todo aquello que había estado construyendo durante veinte años, así como la seguridad que me venía deparando, con el fin de empezar un nuevo proyecto de vida, lo que supondría morir a muchas cosas hermosas para poder nacer a otras ¿Qué continuidad puede haber entre todas estas muertes sino el anhelo de ser fiel a la vida, a la llamada de la vida en plenitud y verdad? ¿Qué sentido pueden tener nuestros desiertos sino el de esperar en ellos la tierra prometida?

Yo estoy personalmente convencido de que ningún ser humano puede crecer y seguir adelante, abierto sin cesar a la verdad y a la vida que le salen al encuentro en su camino, sin aceptar la necesidad de morir cada día a una parte de sí mismo, como la crisálida que viene a morir para convertirse en mariposa. No tenemos acceso al diario íntimo de Jesús pero yo imagino en Él esta misma necesidad cuando declara: “allí donde yo vaya irá también mi servidor”.

He hablado, líneas atrás, de una respuesta parcial, en absoluto completa, pues queda en pie un profundo interrogante: ¿por qué hay muertes que, al menos en apariencia, lejos de ayudar a crecer, matan el alma y el corazón de la persona? He vuelto a leer recientemente el relato de los hermanos, padres y amigos de las catorce mujeres asesinadas en la masacre que tuvo lugar en la escuela politécnica de Montreal. Son personas rotas que confiesan haber perdido las ganas de vivir desde aquel seis de diciembre de 1989, si es que no han puesto ya fin a su vida ¿Cómo seguir hablando, entonces, de una muerte que ayuda a crecer? Sin haber dado con la respuesta definitiva a esta pregunta, reconozco que solo puedo hacerme eco de semejante misterio contemplando, en la fe y en el amor, la historia íntima de Jesús que dice: “Ahora mi alma está agitada y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora….”

En esta fe y en este amor me gustaría celebrar la esperanza de que estas muertes sin sentido den a luz una vida absolutamente inesperada.

Texto original de Andréé Gilbert traducido por V.M.P.

NUNCA RENUNCIES A LA FELICIDAD

¡Preciosa homilia del Papa Francisco!!!

“Puedes tener defectos, estar ansioso y vivir enojado a veces, pero no olvides que tu vida es la empresa más grande del mundo. Solo tú puedes evitar que se vaya cuesta abajo. Muchos te aprecian, admiran y aman. Si pensabas que ser feliz es no tener un cielo sin tormenta, un camino sin accidentes, trabajar sin cansancio, relaciones sin desengaños, estabas equivocado.


Ser feliz no es solo disfrutar de la sonrisa, sino también reflexionar sobre la tristeza.
No solo es celebrar los éxitos, sino aprender lecciones de los fracasos.


No es solo sentirse feliz con los aplausos, sino ser feliz en el anonimato.


La vida vale la pena vivirla, a pesar de todos los desafíos, malentendidos, periodos de crisis. Ser feliz no es un destino del destino, sino un logro para quien logra viajar dentro de sí mismo. Ser feliz es dejar de sentirse víctima de los problemas y convertirse en el autor de la propia historia, atraviesas desiertos fuera de ti, pero logras encontrar un oasis en el fondo de vuestra alma.


Ser feliz es dar gracias a Dios por cada mañana, por el milagro de la vida. Ser feliz es no tener miedo de tus propios sentimientos. Es saber hablar de ti. Es tener el coraje de escuchar un “no”. Es sentirse seguro al recibir una crítica, aunque sea injusta. Es besar a los niños, mimar a los padres, vivir momentos poéticos con los amigos, incluso cuando nos lastiman.


Ser feliz es dejar vivir a la criatura que vive en cada uno de nosotros, libre, feliz y sencilla. Es tener la madurez para poder decir: “Me equivoqué”. Es tener el valor de decir: “perdón”. Significa tener la sensibilidad para decir: “Te necesito”. Significa tener la capacidad de decir “te amo”.


Que tu vida se convierta en un jardín de oportunidades para ser feliz …
Que tu primavera sea amante de la alegría. Que seas un amante de la sabiduría en tus inviernos.
Y cuando te equivoques, empieza de nuevo desde el principio. Solo entonces te apasionará la vida. Descubrirás que ser feliz no es tener una vida perfecta.
Pero el uso de las lágrimas es para regar la tolerancia. Utiliza las pérdidas para entrenar la paciencia. Usa errores para esculpir la serenidad. Usa el dolor para pulir el placer. Usa obstáculos para abrir ventanas de inteligencia.
Nunca te rindas … Nunca te rindas con las personas que te aman. Nunca renuncies a la felicidad, porque la vida es un espectáculo increíble ”.

(Papa Francisco).

ACOLLELO CAMBIO

A coresma é o tempo do cambio. Conversión quere dicir isto: cambio. Hai duas maneiras, porén, de entendelo cambio: cambiar eu certas cousas na vida –na miña ou na dos outros- ou ben acollelo cambio. O primeiro e máis doado ca o segundo. Cambiar cousas, mesmo importantes na vida, e máis doado que acollelo cambio. A vida pódenos cambiar nun intre. O que non pode a vida é facer o que só nosoutros podemos: acollelo cambio. A conversion da que nos fala Xesús non é troco dunhas cousas por outras: do que está mal polo que está ben. Non nos convida a trocar cousas na vida. Isto xa sabemos facelo se queremos. Convídanos a acollelo cambio, a vida que nos cambia nun intre ás veces. Isto é a conversion que agarda de nós.

A vida é certo que pode nos cambiar nun intre. Para ben ou para mal. A vida vén como vén. As cousas pasan, ás veces, sen que poidamos facer nada por evitalas. Sen que poidamos nin sequera entendelas. Ós malos tócalles a lotaría. Alomenos parécenos que nunca lles pasa nada. Todo me pasa a mín “Por qué a mín?”, pregúntase calquera, “se eu sempre me portéi ben e fun una boa persoa…”. No entanto, para ós que lles vai ben ou non lles pasa nada, non é certo que foron ditas aquelas palabras: “vindo a luz ó mundo os homes escolleron a tebra en vez da luz?”

O difícil non é trocar unhas cousas por outras, as malas polas boas. Se che toca a lotaría podes facelo axiña. E se non che toca pero es unha boa persoa sempre poderás mellorar. O difícil é acollela luz que vén cara a nós cando a vida nos cambia. O difícil é crer na luz no medio da tebra deste mundo onde ós malos nunca lles pasa nada é, por riba de todo, lles vai moi ben.

Texto escrito por V.M.P.

¿CUAL ES NUESTRA PRÓXIMA ETAPA?



Ésta es la historia de Babai Sathe.


Sucedió en Jawalke, una minúscula población del estado de Maharashtra, en el centro de la India. Se la veía siempre con el manguito neumático de la tensión, el estetoscopio y una báscula para pesar a los bebés ¿Quién era ella? No era médico ni enfermera. Era una mujer analfabeta de la casta de los intocables, nacida en la miseria más absoluta. Sólo comía cuando las castas superiores le tiraban comida y ésta caía al borde de su sari. Caminaba descalza por el pueblo porque las mujeres intocables no tienen derecho a usar calzado. Hasta que se habilitó para trabajar como sanitaria en el pueblo, asistir partos, curar enfermedades y  salvar vidas ¿Qué había pasado, pues?


Sathe se acordaba de cuando debía permanecer durante horas cerca del pozo local, que no tenía derecho a tocar, esperando a que alguna mujer de otra casta superior se compadeciera, al fin, de ella y llenara su cubo de agua. Era tan pobre que lavaba su cabello con barro y no tenía más que un sari: cuando lo lavaba se quedaba esperando en la orilla del río hasta que estuviera seco. Casada a los diez años, nunca pudo ir a la escuela.


Por aquellos días cierto médico, graduado en una de las facultades más prestigiosas de la India, tomó la decisión de consagrarse, junto con su esposa, a los más pobres de los pobres. Para promover la medicina preventiva puso en marcha un programa en el que los propios habitantes del lugar debían implicarse, sobre todo las mujeres de las castas inferiores, tras recibir una formación específica. Así fue como Sathe empezó a formarse. Y lo primero iba a ser la transformación de sí misma. Hasta entonces, cuando alguien le preguntaba su nombre, ella respondía con el nombre de su pueblo natal y de su casta, pues no creía tener identidad propia como ser humano. Fue mirándose en un espejo cómo se acostumbró a decir su propio nombre. Poco a poco fue aprendiendo a habitar su propia persona y a apropiarse de su identidad. Tras varias semanas y meses de formación en cuidados de la salud, llegó a ser una autoridad en el lugar: asistía los partos, prodigaba consejos a las madres más jóvenes, desmitificaba la salud y desmontaba sus mitos. “Yo era como una piedra sin alma -solía recordar-; cuando vine aquí recibí un ser, la vida. Aprendí a ser valiente y audaz. Me convertí en un ser humano”. Sathe acababa de nacer.


La historia de Sathe nos puede ayudar a comprender el evangelio. Jesús, en cierta ocasión, se refirió a una curiosa iniciativa de Moisés, al fabricar y levantar éste en el desierto una serpiente de cobre y bronce para contener la plaga de serpientes venenosas que venía diezmando a su pueblo ¿Por qué fabricar una serpiente? La serpiente es un símbolo de vida, de renovación y eterna juventud al mudar su piel una y otra vez. A Esculapio, dios griego de la salud, se le representaba en forma de serpiente. No en vano, hoy en día, la serpiente enroscada en torno a una vara es el símbolo del árbol de la vida y el emblema de las sociedades médicas. Pues bien, Jesús hará suyo este símbolo para anunciar su propio destino. No olvidemos aquellas palabras que el propio Jesús le dirige a Nicodemo: “sin nacer de nuevo nadie podrá ver el Reino de Dios”. Si estamos hablando nada menos que de un nuevo nacimiento, ¿qué significa, entonces, nacer de nuevo?


No es fácil explicar lo que significa nacer de nuevo. Cuando habla con Nicodemo, Jesús evoca la imagen del viento: uno sabe que hay viento cuando lo oye sonar pero lo que no sabe es en qué dirección va a soplar un momento más tarde. Uno puede trazar un plan pero no puede trazar de antemano la ruta que lo hará prosperar. Prosperar conlleva actuar siempre con transparencia, buscar la luz y secundar una inspiración interior que viene de Dios: “El que realiza la verdad busca la luz para dejar de manifiesto que sus acciones son acordes con la inspiración de Dios”. Tendrá, además, el valor de abandonar su vieja piel, como la serpiente. Eso fue lo que hizo Sathe. Ya no dirá en lo sucesivo “he llegado a la meta” sino “¿cuál es la próxima etapa?”


Pero aun nos queda un paso más. El evangelio enseña que Jesús es la serpiente de vida, la luz que abre el camino hacia una vida sin fin. La serpiente levantada en el desierto es claramente una alusión a la cruz: siguiendo el camino del amor fue en ella donde Jesús abandonó su propia piel, con la que tanto bien hizo, para nacer a la vida universal que hoy en día nos sigue transformando más allá del tiempo, por medio de seres humanos como aquel médico que hizo nacer una persona nueva en Sathe.

En el año 2005 Babai Sathe, la intocable, fue elegida Sarpanch, esto es, líder en la población de Jawalke ¡Qué triunfo de la vida! Nosotros sabemos que esta victoria no ha sido fruto del azar pues tiene rostro: el que Dios ha querido revelarnos por medio de Jesús ¿Estamos dispuestos a que esta misma fuerza de renovación nos siga transformando y conduciendo hacia una vida sin fin?

Texto de André Gilbert y traducido por V.M.P

LA VIOLENCIA DE LA VIDA

El once de septiembre del año 2001 quedará grabado para siempre en nuestra memoria colectiva como el día de la violencia religiosa. Aquellas bombas humanas ¿no buscaron su justificación en una santa cruzada contra el imperio del mal, la civilización occidental, que ataca abiertamente los preceptos milenarios de la ley islámica? Es en esta clave como propongo volver a leer el relato evangélico en que vemos a Jesús expulsando a los mercaderes del templo.


Es curioso que un mismo relato aparezca recogido en los cuatro evangelios.  Excepción hecha naturalmente de los relatos que nos cuentan la muerte y la Resurrección de Jesús. Llama poderosamente la atención que los primeros cristianos hayan querido que llegara hasta nosotros el recuerdo de un hombre Jesús que parece “fundir los plomos”. Juan, por cierto, describe el gesto de Jesús con más crudeza que los demás evangelistas. Nos cuenta, por ejemplo, que “hizo un látigo de cuerdas”, “tiró al suelo las monedas de los cambistas y volcó sus mesas”.  Y, sin embargo, el evangelista no dice en ningún momento de ellos que fueran unos ladrones o embaucadores.  Se limita a recordar que eran unos simples mercaderes y cambistas ¿Cuál es, pues, el problema?


Conviene recordar el papel tan importante que juegan en el templo estos mercaderes. Cuando Lucas, el evangelista, nos cuenta que María y José ofrecieron en sacrificio por la circuncisión de Jesús lo estipulado según la ley, un par de tórtolas, ¿dónde pudieron adquirir esas aves sino en el puesto de uno de estos mercaderes? Al hacer frente a los vendedores de bueyes, de ovejas y de tórtolas, lo que hace Jesús es poner en cuestión todo el sistema de las ofrendas sacrificiales, es decir, el mismísimo culto del templo. Es un gesto radical, no exento, sin duda, de cierta violencia.


¿Qué puede mover a Juan, el evangelista, a presentarnos una escena en la que Jesús parece hacer blanco en el corazón mismo de la religión judía, tal como podría hacerlo un integrista islámico que rechaza la sociedad occidental? Tenemos un esbozo de respuesta a nuestra pregunta en otra escena anterior, de profundo simbolismo, “las bodas de Cana”: el agua se convierte en vino, el agua de las abluciones rituales en la religión de Israel queda reemplazada por algo mejor, el vino de la fiesta y de la alegría en comunidad que trae Jesús. En la escena de los vendedores expulsados a latigazos se proclama, a su vez, que el templo y todo el ritual de los sacrificios han dejado de servir para vivir en relación con Dios y han sido superados por el nuevo templo que es la persona misma de Jesús, vivo para siempre después de una vida entregada hasta la muerte.


Y, no obstante, ¿por qué toda esta violencia? Es la violencia propia de la vida. Como el que va a nacer oprime desde dentro el vientre de su madre para salir de él y sale, al fin, gritando a la luz, así Jesús quiere tirar abajo todos esos muros que impiden una relación amorosa con aquel a quien Él mismo llama “Padre”. Los discípulos encuentran la clave de la actitud de Jesús en el salmo 69: “el celo de tu casa me devora”. Este versículo lo podemos traducir, por cierto, como sigue: “el amor que se entrega me llena del todo” y también “el amor que se entrega acabará por causarme la muerte”. El culto del templo no solo no permite alcanzar una comunión vital con Dios, antes bien, la obstaculiza. Tú y yo, ¿no reaccionaríamos, tal vez, como Jesús en nuestro anhelo de vida auténtica ante todo lo que pudiera representar un obstáculo para el amor verdadero? La intensidad de la violencia es del mismo orden que la intensidad del amor.


¿Qué diferencia hay, pues, entre la actitud de Jesús  y la de los integristas de toda laya, musulmanes o cristianos? El integrismo es una postura de rechazo ante cualquier novedad que pueda brindar el presente, con sus experiencias y conocimientos nuevos. Es el acantonamiento en el statu quo y en la creencia de que la salvación consiste en volver al pasado y a las soluciones de otros tiempos. Hay, en el integrismo, una falta radical de fe y una oposición al dinamismo de la vida. La actitud integrista es una fuente de amargura y de odio ante la situación actual, que se convierten en ideología y en violencia destructora. En el polo opuesto, la necesidad de contraer una relación amorosa con un Dios que es Padre y el ansia de vida que despierta esta misma necesidad moverá a Jesús a tirar por tierra los ritos fosilizados del templo y a presentarse a sí mismo, en la ofrenda de su propio cuerpo, como nuevo ámbito para la relación con Dios. La única violencia que aquí tiene lugar es la del amor que construye, manifestado en la Pascua.

Ojala pudiéramos encontrar la misma violencia amorosa y constructiva entre los cristianos de nuestros días, tal vez demasiado entregados a sus actos rituales. 

André Gilbert