Archivo de la etiqueta: SEMANA SANTA

DEL COMBATE A LA VIDA

Versión audio del articulo

En cierta ocasión, le pregunté
a un anciano profesor de Antiguo Testamento si no era acaso el de Lucas su evangelio preferido. Su respuesta fue rotunda: «¡en absoluto! El evangelio de Lucas es amable en exceso. Suprime ciertas escenas en las que hay dureza». El relato de la Pasión de Cristo llevaría, por cierto, el agua a su molino: Lucas reduce al mínimo la violencia sufrida por Jesús. No le vemos coronado de espinas ni azotado ni escupido ni siquiera abandonado por sus discípulos.



Más aun. La dureza de algunas escenas queda muy atenuada por otras mucho más consoladoras: poco después de ver a Pedro renegando de Jesús le escuchamos comprometiéndose a salvar la fe y a confirmar en ella a sus hermanos; tan pronto como el criado del sumo sacerdote sufre la mutilación de su oreja, ésta vuelve de nuevo a su sitio; uno de los bandidos crucificados con Jesús se vuelve a él y escucha la promesa de que estará con él en el paraíso; la gente que se había quedado mirando la crucifixión se vuelve arrepentida ¿No es éste un evangelio dulcificado? ¿Y si no fuera, más bien, lo contrario? ¿No pone Lucas el acento en la puerta de la vida que podemos abrir todos si aceptamos nuestros combates cotidianos? Veamos…

La clave para comprender el relato de la Pasión nos la proporcionan aquellas palabras de Lucas en la escena de Getsemani:

«En la hora de la agonía Jesús rezaba aun más intensamente»



Por desgracia, el texto litúrgico traduce la palabra «agonía» por «angustia». «Agonía» es una palabra de origen griego que viene a significar «lucha» o «combate». El verbo «agonizar» significa, ante todo, «combatir» o «luchar por». Aceptar los combates de la vida no es posible, ciertamente, sin ansiedad, turbación y angustia. Pero no es la angustia sino la lucha misma lo que da vida. Cada vez que recordamos la vida de Jesús, asistimos a combates en muchos momentos de la misma: las luchas interiores más variadas, desde el episodio de las tentaciones hasta el duro testimonio de su proceso, pasando por sus curaciones e invitaciones a cambiar de vida.

Vivir es luchar sin tregua a fin de nacer a nosotros mismos y ayudar a otros a que nazcan, también ellos, a sí mismos. La impresionante historia del noruego Bose Ousland y del sudafricano Mike Horn puede ayudarnos a entender la lucha de la vida. En Enero del 2006 salieron de Siberia y llegaron al Polo Norte en marzo de ese mismo año, en plena noche ártica. Todo el camino lo hicieron a pie y esquiando.



Lo que recuerdan ambos más intensamente no es el haber llegado al Polo Norte sino el combate de cada momento, la victoria sobre la tentación de abandonarlo todo cada vez que la banquisa, empujada por los vientos en dirección contraria, les forzaba a retroceder, la lucha contra el intenso frío que congelaba sus dedos y su rostro, los contados pasos que lograban avanzar cada noche, con más de 150 kilos de carga a sus espaldas y sin visibilidad alguna. Dejar de avanzar suponía la muerte. Al fin, no fue el Polo Norte lo que se encontraron sino, en cierto modo, a sí mismos.

La mayor parte de las veces no elegimos nuestros combates. Alguien que se encuentra con un diagnóstico de cáncer, ¿ha elegido este combate? Una pareja con un hijo discapacitado, ¿ha elegido este combate? Alguien que se ocupa de su padre enfermo o sin movilidad, ¿ha elegido tener a su padre en un estado así? ¿Y qué decir de la persona que descubre un día su homosexualidad? ¿Podríamos cambiar algo si echasemos la culpa de todo a unos genes defectuosos o a unos padres responsables de nuestros problemas con el alcohol o la droga? Lo único que cuenta es la lucidez de reconocer que tenemos ante nosotros un combate, aceptarlo y encontrar la vida en él.



De esto nos habla la escena de Getsemani. En ella vemos a Jesús debatiéndose entre aceptar el combate hasta el fin, muerte incluida, o poner tierra de por medio. Por Lucas sabemos que Jesús debió de rezar con todas sus fuerzas y sudar gotas de sangre, lo cual da idea de lo difícil que fue para él la situación. Pero el evangelista quiso poner de relieve, ante todo, la vida que el propio combate suscita desde el principio. Hay aquí algo contagioso: uno de los malhechores crucificados con Jesús se resiste a maldecir su propia suerte y acepta un nuevo combate volviéndose a Jesús. Éste le abre entonces las puertas de una vida inesperada. La gente que se fue del Golgota dándose golpes de pecho se enfrenta ahora al reto de una vida nueva.

Aceptar o no el combate de la vida es algo tremendo que está en nuestras manos ¿Amamos la vida de veras? Si la amamos sabremos qué decisión tomar.

Texto de André Gilbert

Trad. por V.M.P.